miércoles, 4 de enero de 2023

 

                                                                   ISABEL



Siendo pequeña y no habiendo llegado aún la guerra, su madre salía en un coche de caballos dando la vuelta al ruedo en la plaza de las Ventas. Ella lo veía desde las gradas acompañada de su tío y de sus hermanos. Estaba acostumbrada a esos acontecimientos grandilocuentes porque su abuelo era un importante empresario de la almoneda, dentro del intrincado escenario del Madrid de la República, e Isabel, todavía muy niña y dócil, disfrutaba con aquellas fiestas en las que cantaba y bailaba sin ton ni son y hacía reír las gracias que provocaba con su inocencia. Su situación en la familia, la menor y al cuidado de otros tres hermanos, la inclinaba a sentir una alegría desbordada, siempre contenta sin ser consciente de la realidad, observando el lado más jovial en cada sucedido, divirtiendo continuamente con sus ocurrencias.


¡Isabel! ¡Isabelita!¡Isa!”, gritaba su madre a la hora de la merienda, y ella subía corriendo al olor del pan con sardinillas que repartía generosamente con sus amigos de juegos. Ya durante la guerra, sus padres la llevaron a vivir con una mujer cuya vivienda se encontraba en una zona más protegida de los bombardeos, mientras sus hermanos se alistaban en el ejército popular exceptuando el más pequeño, al que su padre sacó del tren cuando se disponía a marchar con el resto de milicianos. Isabelita los echaba de menos y tenía que hacer un esfuerzo por sacar su sentido del humor a relucir, pero no se desanimaba y jugaba solitariamente con las pocas muñecas que le habían dejado llevarse. La relación con la señora era cordial y ayudaba, en la medida de sus posibilidades y a pesar de su edad, en las tareas del hogar. Con todo, el breve tiempo que había pasado en la escuela le ayudó a resolver sencillas cuentas y a leer libros fáciles que la entretenían en las tardes llenas de temor por las incursiones del frente nacional; mientras la radio retransmitía los movimientos republicanos, ella se distraía mirando las viñetas del Pulgarcito y ojeando los cuentos de Celia, lo que le permitía fantasear con un mundo irreal y olvidar los sinsabores de su existencia.


Después de pasar un tiempo en el campo de concentración de Argelés-Sur-Mer, sus hermanos mayores volvieron a reunirse con la familia y ya, todos juntos, afrontaron la posguerra no sin cierta desazón, puesto que la contienda había hecho mella en la fortuna que el abuelo había amasado gracias a las antigüedades. A pesar de todo, la madre de Isabelita seguía despilfarrando, y un día sí y otro también solía pedir los cocidos de Casa Lhardy y los almuerzos de Viena Capellanes, lo que llevó la economía parental al borde de la quiebra . La niña, sin embargo, era feliz, interpretando obras de teatro con su amiga Luisita en las que se disfrazaban y hacían gala de su imaginación ofreciendo actuaciones para goce de los más cercanos.


Transformada en una joven muy atractiva, los amigos y conocidos decían que se parecía a la actriz Carole Lombard. Así, cuando cumplió 20 años, Isabel ennovió con un apuesto auditor de una conocida firma de baterías y juntos decidieron enfrentarse a lo que les deparase el destino. Convertidos en marido y mujer, tuvieron que marchar a la ciudad de Córdoba ya que a él le trasladaron por motivos de la empresa y, allí, al poco tiempo, tuvieron un hijo. Isabelita cuidaba del niño y de su madre, la cual hacía poco que había enviudado, y entablaba buenas migas con las vecinas de la barriada andaluza. Ocurrió que un buen día, una de estas residentes, con varios hijos y estando embarazada, entró en situación de parto y tuvo un aborto. La mujer, ignorante, entregó el feto a los niños para que jugasen con él. Cuando Isabel y su madre entraron en la casa, se encontraron a la vecina en la cama con las sábanas ensangrentadas y a los churumbeles bañando en un barreño, como si de un muñeco se tratase, al engendro que su progenitora había extraído de sus entrañas.

-¡Si es que son muy brutos, si es que son muy brutos!-exclamó Isabelita. “-Con decirte que el marido arranca el coche con el embrague echado”-todo esto mientras ayudaba a la mujer a levantarse y su madre llamaba a una ambulancia.


Andando el tiempo, los esposos, la suegra y el hijo regresaron a Madrid en busca de una mejora económica que no llegaba. La demediada fortuna del abuelo había quedado mal repartida entre sus herederos y, la madre de Isabel, sólo recibió unos mantones de los tiempos gloriosos y unas pocas joyas que acabó malvendiendo con el fin de seguir consumiendo los manjares a los que estaba acostumbrada. A menudo, pedía a su hija manitas de cerdo y los entresijos y gallinejas que las freidurías madrileñas ponían al servicio de sus paisanos y, eso, junto con otros caprichos que demandaba ponía a Isabelita en una situación financiera muy comprometida. El nieto, dotado de un acerado humor, gastaba bromas a su abuela acerca de su glotonería, lo que provocaba las risas de sus padres, pero la anciana, no entendiendo el sentido de estas fantasías, murmuraba con hosco gesto: “-A este chico debéis llevarle a observación.”


Con los años y ya fallecida su madre, Isabel mantenía su jovialidad y gustaba de poner motes a los famosos de las revistas o a los conocidos que provocaban su hilaridad. Sin ir más lejos, al hijo de una folklórica famosa le llamaba “El coquito de la lenteja” y a Paquito, el marido de la portera, le apodaba “Cabezón de la sal” por el gran promontorio que cargaba sobre sus hombros. Cuando se juntaba con su cuñada, entre las dos sacaban punta a todos los acontecimientos del día y a los eventos de la alta sociedad, tal era su capacidad de burla que no paraban en mientes ante todas las ocurrencias que se les presentaban de continuo. Y el niño de Isabel no le iba a la zaga: ya de mayorcito le sacaban parecido con el cantante Manolo García, y él hacía gala de una fina ironía comentando que debía haber cotizado a lo largo de su vida en la modalidad de artista.


Sucedió que el joven se emparejó con una compañera de trabajo con la que tuvo un hijo, pero ella era lo bastante severa y egoísta como para no empatizar con su suegra. No obstante, la alegría del nieto colmó los deseos que pudieran tener los abuelos acerca de este asunto y volcaron todo su amor en aquel regalo que les había llegado con la vejez.


Cuando el Alzheimer hizo presa en la mente de Isabel, su familia la trasladó a una residencia de bajo presupuesto puesto que era lo único que se podían permitir. Allí falleció afectada por un virus convertido en pandemia mundial y por la nefasta gestión de unas autoridades autonómicas encargadas de la residencias de mayores. Murió sola, sin el calor de una mano amiga, sin la caricia de una voz, sin la viveza de una sonrisa, sin el ánimo ante el desaliento. Murió como nadie debe morir, porque nadie se merece marchar sin el soplo de un ser querido.




                              ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO

                                                 4 DE ENERO DE 2023

domingo, 4 de diciembre de 2022

 

                                                                    CARLOTA



           En la profesión, Carlota se hacía llamar Michelle. De pequeña, había escuchado la canción de The Beatles y se prometió que algún día utilizaría ese nombre. Ahora, en un breve receso del trabajo, paseaba por los canales de Ámsterdam recordando las razones y circunstancias que la habían llevado allí.


           Aún tenía muy presente cuando, siendo todavía una niña, vivía con repugnancia las caricias de su padre sobre sus tersos muslos mientras éste mostraba una avidez perturbadora; y su madre, no siempre dispuesta a atender los comentarios que la chica revelaba, le decía que eran simples muestras de cariño y que no contrariase los deseos de ese hombre que, al fin y al cabo, se ocupaba de ellas.


       Pero no, no se ocupaba de ellas. Las utilizaba para que limpiasen casas que él mismo les buscaba, mientras se pasaba la mañana bebiendo en la taberna. En un principio y por la edad, Carlota preparaba la comida de su madre y se la llevaba todavía caliente. Pero al cumplir los 14, empezó a fregar escaleras en edificios estrechos y con olor a garbanzos en remojo. Edificios en los que no entraba el sol y donde algunas mujeres se aposentaban en los portales exhibiendo impúdicamente sus carnes ceñidas con ropas muy llamativas. En uno de esos inmuebles, vivía un joven que hacía ademán de cierta cortesía y mostraba una instrucción no muy acorde con el vecindario que se gastaba en aquellos lugares. Carlota le veía pasar mientras la saludaba educadamente. Ella se sentía halagada y, secretamente, iba cogiéndole querencia deseando la hora en la que salía o entraba de la casa. Un buen día, él se atrevió a preguntarle la edad que tenía y si no debería estar en el colegio, a lo que Carlota respondió que trabajaba por un sueldo con el que ayudar a sus padres. No hubo nada más, no cruzaron más palabras pero, desde ese instante, sintió que alguien se preocupaba por ella. Tanto es así que, un buen día, encontró en el cuarto de la limpieza un pequeño transistor y unos cuadernos de caligrafía y de sencillas cuentas. Carlota se aplicó a ellos y escuchó, por primera vez en la radio, la canción de Michelle y otras muchas que le animaron a seguir adelante.


          Sin embargo, su vida no estaba destinada a caminos halagüeños. Una tarde en la que todavía estaba con la faena de las escaleras, corrieron a avisarle de que su madre había sufrido una caída en plena calle y estaba en el hospital. Cuando llegó, ya estaba muerta. Había sufrido un colapso cardiovascular que la condujo a un desenlace fulminante. Carlota se ocupó de todo, ya que su padre aceptó la situación con un encogimiento de hombros. Las pocas personas que asistieron al funeral dieron sus condolencias de manera fría y formal y Carlota, con un llanto contenido, sintió que algo se le rompía por dentro. Aquella misma noche, después del entierro, se acostó pensando que su vida ya no tenía sentido y que debía espabilar en un mundo que le era adverso. Pero sus desgracias no habían finalizado. Su padre, borracho y desatado, llegó a la casa dispuesto a arrasar con todo y, sin mediar ningún trato, se le metió en la cama. Entre muestras de cariño y muestras de cariño, abusó de Carlota.


           Así, deshonrada y ultrajada, sintió una infinita vergüenza y juró a su padre que nunca se lo perdonaría, lo que no impidió que él la vendiera a una madama de alguna de las escaleras en las que ejercía como fregona. La realidad entonces se hizo más insoportable. Por la vida de Carlota fueron pasando hombres de todo género y toda condición, la mayoría viejos, babosos, repugnantes, repulsivos; hombres que la obligaban a todo tipo de prácticas sexuales y dejaban su dignidad conculcada y aplastada. Empezó a beber y a tomar drogas con el fIn de sobrellevar su existencia y, en algunas ocasiones, pensó en quitarse de en medio.

          Hasta que apareció un “guardián protector”. El llamado “chulo” que le tocó en suerte le hizo abrir los ojos en cuanto a sus valores como carnaza erótica. Ella era guapa y tenía muy buen tipo, por lo que no era de recibo desperdiciarse en burdeles de tres al cuarto. El “rufián” le empezó a hablar de la prostitución en Ámsterdam, que era legal y eso conllevaba unos derechos asegurados, como los controles sanitarios y la posibilidad de pedir ayuda policial si la necesitaba. Que podía alquilar una vitrina y realizar sólo aquellas prácticas que libremente eligiese, que tenía la potestad de permanecer al amparo de un “padrino” como él y que, obviamente, como en todo trabajo regulado, debía pagar impuestos. Carlota pensó que era una oportunidad para dar un giro a su vida, que seguiría trabajando en lo mismo pero, al menos, podía ser más dueña de sus actos. Hizo acopio, por tanto, de los ahorros que tenía y con su “amigo” marcharon a la capital de los Países Bajos. Una vez instalados en el Barrio Rojo, buscaron la manera de legalizar su situación.


           Ahora, mientras Carlota (o Michelle, que así le gustaba que la llamasen) paseaba por los canales y hacía acopio de todas sus experiencias, se preguntaba qué habría sido de ella si otra infancia, otros orígenes más propicios, le hubieran sido dados. Si la objetividad de los hechos no hubieran sido tan malsanos y enfermizos, quizá no estaría allí, quizá sólo la historia se hubiese escrito de otra manera.


           Recordó entonces que debía prepararse para el turno de las 20 horas, que debía ponerse sus pestañas postizas y elegir una peluca (no, esa no, la pelirroja) para estar en el escaparate y hacer pasar a sus clientes. Es posible que la historia ya se estuviese escribiendo de otra manera. Es posible que aquellos a los que levemente había importado, no hubiesen estado ahí de forma inútil. Es posible que Carlota, al menos en algunas coyunturas, tomase por primera vez sus propias riendas sin pedir permiso a nadie.



                    ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO


                                 4 DE DICIEMBRE DE 2022

viernes, 25 de noviembre de 2022

 

                                                      MERCHE Y LOLA



Acababan de salir del cine y se dirigieron a un café cercano. Una vez allí, pidieron un completo con churros y croissant.

MERCHE: “¿Qué te ha parecido la película?”

LOLA: “Pues me ha gustado, pero el que más Viggo Mortensen, ¡qué tío! ¡siempre está bien!”

MERCHE: “¿Que si está bien? ¡Está para comérselo!”

LOLA: “¿Y la temática?¿Qué piensas?”

MERCHE: “Pues me ha recordado aquello que decía mamá: `La instrucción, en el colegio; la educación, en casa´. Es como lo que siempre hemos vivido con nuestros padres, educadas en la más absoluta libertad, lejos de los convencionalismos y los prejuicios del sistema.”

LOLA: “Ya, pero en la película no parece que den libertad a los chicos para ir a la escuela. Tanto la madre como el padre les entrenan en plena naturaleza para que sean autosuficientes y vivan de forma crítica...”

MERCHE: “Sí, sí, guiándoles sin tecnología y con un ideario de extrema izquierda”-interrumpió. “Es una postura socioanarquista que pretende acabar con la escolarización obligatoria.”

LOLA: “Bueno, ¿y no estás a favor?”

MERCHE: “En parte, sí. Pero, ¿recuerdas a Micaela? Pues su hija no quería ir al instituto y terminaron por quitarle la custodia, teniendo que pagar la consiguiente multa. Consecuencias de la escolarización obligatoria.”

LOLA: “Claro, se considera un logro de las sociedades democráticas porque se salvaguardan los derechos de la infancia, favorece el desarrollo de los niños y niñas, prepara para la inserción en el mundo laboral, promueve la igualdad de oportunidades, ayuda a la socialización de los chavales...pero...”

MERCHE: “¿Pero...?”

LOLA: “Pues volviendo a la película, si observamos los principios rousseaunianos, el hombre es bueno en la naturaleza y sería la sociedad (en especial la sociedad consumista y capitalista) la que lo corrompe.”

MERCHE: “Recuerda que es el hijo mayor el que se queja de esa educación, que los deja al margen del mundo real. Saben sobrevivir, por la fuerza de sus manos, en un medio hostil; conocen todos los artículos de la Constitución; tienen una vasta cultura en cuanto a lecturas, celebran el Día de Noam Chomsky en lugar de la Navidad; pero ignoran las cuestiones más básicas de la sociedad moderna.”

LOLA: “Bueno, eso es lo que quiere reflejar la película, pero cabría preguntarse si los niños que poseen todos los medios tecnológicos, reciben una instrucción de los colegios y los institutos acordes con esa sociedad moderna de la que hablas, están socializados con otros semejantes de su misma edad; cabría preguntarse, digo, si realmente están preparados para la vida real.”

MERCHE: “En teoría, sí. De hecho se les prepara para que obtengan un título, una certificación, y puedan acceder al mundo laboral, funden una familia y no sean unos delincuentes o unos indigentes.”

LOLA: “Entonces, ¿a qué responde la queja de muchos docentes sobre la desmotivación de sus alumnos, la disrupción que les lleva a hacer de las clases algo insoportable? Y, sí, efectivamente obtienen una certificación que les permite tener un trabajo, pero esos mismos docentes y, quizá, la sociedad se quejan de la excesiva puerilidad de una gran parte de los jóvenes, que se estresan ante cualquier revés y no saben asimilar el fracaso.

MERCHE: “Seguramente por querer hacer de ellos megaciudadanos que, a través de las clases regladas y no regladas, se conviertan en seres competitivos capaces de cualquier salvajada dentro de las junglas de cemento. Pero como esto se hace con extremo mimo y llevándoles entre algodones, pues de ahí la ruptura que se produce en su interior.”

LOLA: “¿Es posible que eso se vea reflejado en Captain Fantastic en la figura de la madre, con trastorno bipolar, que la conduce al suicidio?

MERCHE: “No lo sé, no lo creo. Ellos lo que quieren es dar a sus seis hijos una educación alternativa, lejos de los cauces convencionales. De ahí la no escolarización. Lo de la madre pienso que no tiene nada que ver; ella sufre un trastorno mental, pero la película no deja entrever que esto se deba a un conflicto entre lo que quiere para sus hijos y su propia experiencia personal.”

LOLA: “Eso nos lleva a que lo que hay que distinguir es la escolarización de la educación. Una cosa es estar escolarizados, `estabulizados´ para entendernos, y otra cosa es recibir una educación, que es lo que reclaman para sí algunos padres que no ven con muy buenos ojos la obligación de llevar a sus hijos a la escuela.”

MERCHE: “Ya, pero fíjate, ¿la E.S.O. qué significa? Educación Secundaria Obligatoria, con lo que se pretende una enseñanza integral, que aúne conocimientos, procedimientos y valores. Y que, lejos de desmerecer el aprendizaje que se inculca en casa, complemente los dos ámbitos: el de la enseñanza institucional y el de las familias.”

LOLA: “Vale, vale, pero no termino de ver claro lo de OBLIGATORIA. Los amishs, sin ir más lejos, no llevan a sus hijos al colegio y, sin embargo, éstos reciben una educación muy estricta.”

MERCHE: “Ya, ya sé que estudian todos juntos del primer al octavo grado. Una asamblea de padres selecciona a mujeres jóvenes solteras, que hayan mostrado una fuerte dedicación al estilo de vida Amish y la religión, para que trabajen como profesoras. Todo ello al margen de las escuelas oficiales, poniendo énfasis en la obediencia en términos de toda la comunidad y no del individuo.”

LOLA: “Y en Estados Unidos es legal.”

MERCHE: “Muy bien, pero lo que salvaguarda una educación oficial obligatoria es que los niños y las niñas no puedan ser educados dentro del régimen de cualquier fanatismo religioso, que reciban valores democráticos, igualitarios, solidarios y críticos.”

LOLA: “¿Y qué me dices de la etnia gitana aquí en España?”

MERCHE: “Pues que una de las razones de la Renta Mínima de Inserción es garantizar que los niños y niñas gitanos estén escolarizados y no trabajen en el mercadillo con sus padres o en cualquier otro sitio, lo que podría suponer una explotación de los mismos, un impedimento para que puedan acceder a estudios superiores, y un factor de exclusión social. De paso se pretende favorecer su pleno desarrollo como ciudadanos.”

LOLA: “Especialmente por lo que respecta a las niñas gitanas, las cuales, en gran número, son madres entre los 12 y los 16 años, y eso les lleva a abandonar sus estudios a edad muy temprana.”

MERCHE: Efectivamente. Mira, el sistema tiene sus fisuras y sus contradicciones pero es `garantista´, es decir, asegura unos mínimos en cuanto al derecho a una educación básica, a tener los resortes y recursos para poder ganarse la vida de forma digna y a tener expectativa de futuro. En cualquier caso, aunque haya países donde se permite la educación en casa, aquí en España no es posible, a pesar de que ha habido sentencias que han dictaminado que la obligación de escolarizar tiene un sentido más restringido que la obligación de educar, por lo que la falta de escolarización supone la infracción de un precepto legal, pero no todas las infracciones legales constituyen un delito. En consecuencia, ha habido padres que han sido absueltos por educar a sus hijos al margen de la institución docente.

LOLA: “Eso me lleva a que, quizá, debería ser un derecho de los padres.”

MERCHE: “Quizá...”

LOLA: “Bueno pues, mientras tanto, brindemos, aunque sea con café, por Noam Chomsky.”

MERCHE: “Y por Viggo.”

LOLA: “Eso.”

Seguidamente, pagaron la cuenta, se pusieron los abrigos y salieron del local enlazadas del brazo.



                                                  ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO

                                                               25 DE NOVIEMBRE DE 2022

viernes, 18 de noviembre de 2022

 

                                                                    AMANDA


¿Cómo es posible que mi hija no se haya dado cuenta de semejante despropósito? Le dije que tuviera cuidado con ese hombre, que no era de fiar. ¿Pues no le dio confianza para poner un negocio de vinos? Y ella le entregó 3000 euros, para que le arreglase el local de venta y, claro, no se los devolvió. Se quedó con el dinero y no hizo nada. Mira que se lo dije, que siempre te has fiado demasiado de todo el mundo, que has sido una ingenua toda la vida, que tú no sabes nada de ese tipo de negocios. Y ella erre que erre, que sí, que era una oportunidad, que nadie la iba a engañar, que le habían hablado muy bien de esa persona, que todo lo hacía por salir adelante después de su divorcio. Si es que es como su padre, un crédulo, un cándido, un imprudente, un irreflexivo. Son tal para cual. Y yo siempre cuidando de ellos, advirtiéndoles de los peligros, de las malas gentes, del fraude, de la trampa, de la engañifa.

Todavía recuerdo aquella cesión de terreno que hizo él cuando apenas teníamos nada, cuando para arreglar la casa del pueblo le regaló al vecino un trozo de la parcela para que pudiera acceder con el camión. Es que era tonto, así, sin reclamarle ningún coste ni ningún papel, y eso que el terreno era mío de la herencia que me dejó mi madre... Pues se atrevió a hacer y deshacer sin consultar y ahora, ya ves, no tenemos sitio nosotros para meter el coche. De aquellos lodos vienen estos polvos. Y que no pasa nada, que era un acto de generosidad vecinal, que nos convenía por si alguna vez le teníamos que pedir algún favor. ¡Será ingenuo!

¿Y qué decir de ella? No me extraña que la abandonase el marido, si se pasaba gran parte del día con los del partido político ese en el que se metió, si no sabía ni freír un huevo, y ahora dice que el futuro son los vinos. Cabeza de chorlito. Como mis hermanas, a cual más desahogada. Toda la vida preocupándome de sus intereses, de sus deseos, de sus necesidades, pero ninguna me lo agradeció. Cada una va a lo suyo y allá te las entiendas. Cría cuervos. Nunca les ha importado si yo reclamaba algo, si me hacía falta algo, si estaba enferma, nada, yo era la burra de carga de todos, la que tenía que apechugar si había algún problema en la familia, la que les sacase las castañas del fuego. Y como la madre me dejó a mi la casa por ser la mayor y por ser la que más se había ocupado de ella, pues se armó el chocho grande. Que yo la había manipulado, que no tenía derecho, que me había aprovechado de su buena voluntad. Pues ya no me hablan.

Y el pamplinas de mi yerno, que lo único que ha hecho bueno es cortar con mi hija, pero mientras duró bien que quería que le hiciese la comidita y que le planchase los pantalones, y que le escuchase todas las tonterías que se le venían a la cabeza. Me decía: “¡Mamá grande! Preciosa, ¿qué te parece el traje que me he comprado? Voy a ir a la despedida de soltero de Joaquín, que se nos casa, ya iba siendo hora, si no se echaba novia ni con la más fea del barrio, pobrecillo, pero `ha pinchao´ y se nos casa de penalty. A ver si tu hija deja un día de estar con sus amigas y me ayuda a comprarle un regalo. Va a ser un bombazo.”

Pero no tenían que haberlo dejado. Al fin y al cabo él era el único que me hacía reír, el único que se acordaba de mi cumpleaños. ¡Qué pena de hija! No sabe lo que ha perdido, porque tener a alguien que acompañe tu soledad...eso es impagable. Si lo sabré yo que, aunque su padre es un chiquilicuatre, está conmigo y me hace compañía. Los dos se conocían desde pequeños, desde que se hicieron amigos en el parvulario y no había dios que los separase. Jugaban, estudiaban, se divertían, venían a mi a que les diese la merienda, estaban hechos el uno para el otro. Pero al pasar de los años y no tener hijos, eso, eso es lo que más me duele, que no me hayan dado nietos, con lo que disfrutaría ya con la edad que tengo, con la felicidad que hubieran traido unos retoños, ¡qué calamidad! Mi hija se metió en el partidos político ese que no sé qué le da...pues se metió porque conoció a un tipo que la comió la cabeza y le aseguró que podía hacer carrera política, que tenía don de persuasión y podía hacer mucho por su país. ¡Cuántas mentiras! Y poco a poco fue abandonando sus rutinas, sus querencias, a los amigos de siempre y se echó a esas amigas que se llaman feministas, que se creen que sólo ellas se preocupan por las mujeres. ¡Como si yo no me hubiese estado haciendo cargo de todas las que me rodeaban a lo largo de mi vida! Sin hacer halaraca, sin montar pollos, sin manifestarme cuando según ellas los hombres cometen algún abuso. Si al final va a resultar que la auténtica feminista soy yo. Pero mi hija dice que hay que salir a la calle y denunciar, y hacer visible los siglos de patriarcado que hemos sufrido. ¡Cuántas mentiras! Con lo que he peleado para que ella sea una mujer independiente, inteligente, con carrera universitaria, para que viviera con honradez y nadie pudiera pisotearla, para que nadie se burlase de ella y la tratasen con toda la dignidad que se merece. Pues no. Ahora dice que su marido la impedía crecer y que necesita sentirse realizada a través de otras ocupaciones. Que la gente del partido le ha enseñado a valorarse, que ahora es cuando realmente siente que su vida tiene sentido. ¡Válgame! ¿Y todo el trabajo que hemos hecho su padre y yo? Eso ya no le importa, ahora está empecinada en poner un negocio de vinos, que uno del partido le ha dicho que le vendrá muy bien para promocionarse entre los empresarios y en su carrera política. ¡Vaya desatino! No será si yo lo puedo impedir, que ya está bien, ella lo que tiene que hacer es volver con su marido, que es el que más la quiere, y seguir con su profesión sin meterse en camisas de once varas, que la deben 3000 euros y no sabe cómo los va a recuperar. Si se mete en berenjenales será por encima de mi cadáver. No le consiento que eche a perder su vida en nombre de no sé qué ideales y no sé qué principios. Principios de señoritas desocupadas, de gente ociosa, de personas vagas que solo emplean su tiempo en adoctrinar a los ingenuos que no se han esforzado en su vida. Gentes que aleccionan a los demás y en el fondo tienen un gran vacío dentro. Eso es lo que pienso y nadie me va a hacer cambiar de opinión.”




                                            ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO


                                                          18 DE NOVIEMBRE DE 2022

lunes, 24 de octubre de 2022

 

                                                                     NELLY



A Nelly no le gustaban los aviones...

Cuando se decidió a marchar a España en un vuelo con escala en Lisboa, fue descubierta por las autoridades del aeropuerto sobre la ilegalidad de su visado y, en consecuencia, fue devuelta a su tierra de origen: Paraguay. ¡Malditos portugueses!, repetía Nelly mientras sufría las turbulencias en su regreso. Pero una vez recuperada del susto y haciendo acopio de cierta cantidad de dinero, volvió por sus andadas y cogió otro avión para la madre patria. Una vez allí, se instaló con su marido en un angosto y desaliñado piso de la calle Bravo Murillo, donde la comunidad de paraguayos se ayudaba mutuamente y conseguían mantener, no sin esfuerzo, ciertas señas de identidad.

Con todo, ella no se arredraba ante nada y consiguió enseguida trabajo como limpiadora de una casa en el centro de la capital. Nelly se esforzaba por hacer su tarea con esmero y cuidado, pero la señora era demasiado exigente y exquisita como para apreciar la labor que su joven asistenta realizaba. Pronto se marchó de allí y, poco a poco, consiguió hilar una serie de ocupaciones en distintas casas de la Comunidad de Madrid. Lo que más esfuerzo le supuso fue trabajar en un hotel en el que tenía que arreglar veinte habitaciones por hora, sin saber cuándo acabaría, debiendo estar disponible en cualquier momento de la jornada.


Ella luchaba por traerse a sus dos hijos de Asunción, cuidados ambos por su madre y educados en el más profundo guaraní. Cómo le gustaría que hiciesen sus estudios en España, con la importancia que tienen los títulos que aquí se obtienen, válidos en el mundo entero. Nelly soñaba con que, con un poco de suerte, su hija Enilda pudiese ser maestra, y ojalá su hijo Carlitos llegase a ser médico. Con ello estaba cuando su marido abrió la puerta de la casa y se venció ebrio en el ajado sofá del salón. No era la primera vez que su hombre aparecía así, tambaleándose de un lado a otro y vociferando blasfemias mientras empujaba todo lo que encontraba a su paso. En esos momentos, Nelly quería huir, salir corriendo, no sabía cómo afrontar la situación. Porque, en algunas ocasiones, él la había pegado.


Todavía sufría cuando recordaba el engaño al que la había sometido mientras ella permanecía en Paraguay, él con otra mujer, como si fuese su esposa, como si hubiese olvidado que tenía la auténtica en lejanas tierras. A Nelly se le encogía el corazón pensando en estas cosas y viendo a su marido desvencijado y hablando con lengua de trapo. Porque, por encima de todo, le quería y no podía abandonarle. Las amigas le habían aconsejado una abogada que lidiaba con los malos tratos y ella le había hecho una visita sólo para disipar algunas dudas acerca de la custodia de los hijos. Pero Nelly se debatía entre el tormento que la ocasionaba aquella realidad y la lealtad que guardaba por su hombre, los votos que habían jurado cuando se casaron, las cálidas noches en las que él la amaba y aseguraba que no habría otra mujer en su vida.


Porque Nelly era hermosa. Sus rasgos étnicos arrancaban murmullos entre las féminas más envidiosas y hasta el señorito de la ciudad residencial la apodaba “la bella indígena”. Porque a pesar de su pelo recogido en la nuca, a pesar de sus cejas casi inexistentes, a pesar de sus uniformes de criada agrandados para tener movilidad, ella era hermosa. Pero no era engreída ni estaba para perifollos. Creía que la mujer debe vivir para su familia y estar bella sólo para el marido. Esas eran sus creencias así como una religiosidad primaria que le hacía ser devota de su virgencita de la Asunción y de su amado niño Jesús. Así vivía, exhibiendo su inocencia sin ninguna maldad.


Sin embargo, Nelly tenía un secreto que ocultaba celosamente. Cuando aún estaba con su madre en Paraguay, y aún no tenían los hijos, apareció él cargado de regalos de la lejana España. Anduvo unos días pavoneándose de lo bien que le iba en el extranjero, y amó a Nelly ardientemente en las noches calurosas de Asunción, sabiendo que dejaría su huella. Tras su marcha, ella percibió una leve sospecha que, efectivamente, se manifestaría seis semanas más tarde. Nelly estaba embarazada aunque, de momento, quería que fuese una grata sorpresa y no diría nada. Todo marchaba bien y su madre la cuidaba amorosamente. Hasta que una mañana en la que estaba sola, sentada en el porche, Nelly sintió una punzada en el vientre. Los dolores fueron aumentando y, de repente, la sangre empezó a manar empapando la falda que le tapaba las rodillas. No pudo remediarlo, algo se le salía de las entrañas. Llamó, gritó pero nadie acudía a auxiliarla. Y sin querer, se encontró entre las manos con algo parecido a un muñeco, una masa de carne a medio hacer. Todo sucedió muy deprisa: un vecino, que escuchó su sufrimiento, corrió a socorrerla rápidamente llevándola al Hospital Central Samaritano. Allí, la sometieron a una intervención médica para vaciar el útero de todo resto fetal. Nelly, en estado de shock, lo vivió  sumida en una inmensa congoja. Pero no diría nada. Jamás sabría su hombre de esa pérdida, de semejante vergüenza contraria a la ley de Dios. Algún pecado imperdonable debía haber cometido para aquel desenlace. Sus labios, hermosos y tímidos, quedarían sellados para siempre.




                                                  ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO


                                                                      24 de Octubre de 2022

martes, 27 de septiembre de 2022

 

                                                                    LAURA



Laura, la de los ojos garzos, nunca había contemplado un muerto. En aquella sala con olor a incienso, reposaba el cuerpo de su madre fallecida dos días antes. No tenía ninguna sensación, ni de dolor ni de tristeza, simplemente le impresionaba la palidez del rostro a pesar del maquillaje y el tono acartonado que ofrecía el cadáver.


Ella misma había organizado todo lo relativo al sepelio y al funeral, ya que su padre en estado de shock no era de gran ayuda, y se preguntaba con curiosidad cuánto tardarían en llegar los amigos y familiares. Todo el procedimiento jurídico tras el suicidio había sido lento y cansino: el atestado del juez, el análisis forense, los informes policiales...., todo ello había dejado a Laura sin ganas para enfrentarse ahora a las múltiples preguntas e indagaciones de los conocidos.


Habían transcurrido diez años desde los primeros dolores de cabeza, los síntomas de ansiedad y los cortes y arañazos en las muñecas. Laura, entonces con 16 años, vivía esos sucesos como si estuviera viendo una película. Ayudaba a su padre en todo lo que podía, pero el peso de los acontecimientos era demasiado grande.


Todavía recordaba por momentos aquel novio que tuvo, educado, amable, pero que no pudo soportar la inquietud constante que Laura tenía por su madre. Los episodios de locura delirante la dejaban exhausta y comprometían seriamente su trabajo como dependienta de un comercio de modas. Sus amigas, pocas, le aconsejaban con buena intención: que se preocupase de sí misma, que dejase en manos de los médicos lo irremediable, que su padre hacía dejación de su responsabilidad... En fín, Laura veía pasar los días como encerrada en un túnel del que no contemplaba la posibilidad de salir.


Pero quería a su madre. En los momentos de lucidez, ella se mostraba serena y cálida, enseñaba a Laura a cocinar y le descubría los secretos propios de la adolescencia y la juventud. Todavía recordaba el día en el que un pajarillo cayó del nido y lo alimentaron con pan mojado en leche, como si se tratase de un pequeño regalo familiar, como si fuese un hijo al que hay que cuidar y proteger. En esos momentos afloraba un sentimiento maternal que no sabía de egoísmos ni de alucinaciones, que se reconciliaba con lo más profundo del ser humano en su vertiente más telúrica. Y aparecía la mujer risueña y jovial que Laura admiraba en su niñez, la mujer poderosa que arrancaba gestos de secreta envidia en el resto de las féminas, la esposa feliz que pisaba firme frente a cualquier problema que se le presentase.


Aún echaba de menos aquel viaje que hicieron juntas a Praga, cuando su padre tenía demasiado trabajo como para acompañarlas. Todavía no se había hecho manifiesto el constante extravío con el que luchaba la cabeza de su madre. Todavía, los momentos de calma y lucidez, se extendían con bastante extensión en el tiempo. Por eso, pasearon con alegría por el puente de Carlos, quedaron pasmadas ante el reloj astronómico y se hicieron numerosos selfies en la plaza de la Ciudad Vieja. Junto a la estatua de Jan Hus, ella contó a su hija que, mientras éste moría en la hoguera condenado por herejía, una viejita arrojó una ramita de enebro para que el fuego prendiera más deprisa. Esas y otras historias hacían las delicias de Laura sintiéndose privilegiada por tener una madre así, y reía con franqueza cuando, en la excursión a Karlovy Vary, bebieron el agua de las fuentes termales estando de acuerdo en que aquel brebaje limpiaría sus intestinos sin necesidad de más purgas en toda la vida.

En la visita que hicieron a la cripta de la iglesia de San Cirilo y San Metodio, quedaron estremecidas con la historia de los paracaidistas que se escondieron allí durante el asedio de los nazis, teniendo finalmente que suicidarse para no sufrir el tormento de los alemanes. Las dos mujeres contemplaron el busto de los héroes y los nichos del recinto, y enmudecieron cuando el hombre que cuidaba las postales con la imagen de los soldados sólo les pidió la voluntad por un puñado de ellas.


Laura disfrutaba con la compañía de su madre porque era generosa en sus emociones y porque nunca le reprochaba nada. Porque había entendido siempre sus inquietudes y sus sinsabores sin dejar un resquicio al desaliento, sin permitir que las desgracias hicieran mella en su alma de niña y adolescente. Por eso Laura cuidó de ella cuando la enfermedad hizo presa de la misma. Nunca se arrepentiría de las tardes en las que la abrazaba sujetando su cuerpo vencido hacia la locura, cuando tenía que taparse los oídos ante los gritos de la mujer herida, cuando lloraba porque había cortado sus venas y se desvanecía en las tinieblas de la noche.


Laura, la de los ojos garzos, miró una vez más el cadáver de aquella a la que amaba y, sin dejar que la tristeza la invadiera, depositó una de las postales de los soldados checos entre sus manos.




                                          ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO


                                                          27 DE SEPTIEMBRE DE 2022

lunes, 15 de agosto de 2022

 

                                                                  PETRA



La menstruación de las mujeres es un atraso. Así pensaba Petra, mientras se comía un helado Magnum sentada en el chiringuito frente al mar.


La gente deambulaba de orilla a orilla en aquella playa nudista donde los cuerpos se confundían como masa de carne sin procesar y Petra, cansada del espectáculo, imaginaba un mundo donde las mujeres no tuvieran sexo, ni identidad de género, ni condición de femineidad.


Hacía dos años que le habían diagnosticado un cáncer y, desde entonces, había llevado el tratamiento con severa disciplina. Ni siquiera cuando le practicaron la mastectomía había sentido miedo, jurándose con estoica decisión que luciría su cicatriz a la mínima ocasión que tuviera. Después, las sesiones de quimioterapia coadyuvante le provocaban fatiga y decaimiento, pero Petra optaba por liarse lentamente un porro y fumarlo a pequeñas bocanadas.


Ahora, contemplando el ir y venir de las olas, se había despojado del pañuelo que cubría su cabeza dejando al descubierto la plenitud de su calvicie, sintiéndose por fin libre, descargada de la responsabilidad de hacerse cargo de su propia enfermedad. Lo mismo le había ocurrido cuando, siendo aún adolescente, había decidido no ser madre, ni tampoco esposa. La vida de Petra Ramos era propiedad suya y la viviría como ella quisiera.


Había tenido amantes, algún amigo, pero nunca un compañero. Los hombres, en general, habían sido una decepción no pudiendo recordar, ni en los momentos más salvajes de sus relaciones, la experiencia de hermanamiento propia de una pareja. Así, Petra se sumergió en los avatares de su carrera primero y, después, de su profesión.


En su condición de abogada, lidiaba continuamente con casos de maltrato y de violencia que la hacían profundizar cada día en sus convicciones feministas. Con todo, no dejaba de tener una opinión pesimista sobre el género humano, lo que la mantenía a cierta distancia de cualquier encariñamiento fácil con el prójimo. Cuando por las noches acariciaba su soledad, imaginaba un mundo ausente de emociones, en el que las personas se comunicasen sólo a través de frías pautas sociales. Donde no hubiera hombres ni mujeres, quedando todo reducido a gilipollas tal y como decía Mark Renton en “Trainspotting”.


Lo recordaba con gran nitidez. Las películas que veía y los libros que leía quedaban grabados en su memoria para después recurrir a lo más significativo en sus conversaciones. Lo hacía continuamente y eso provocaba en los demás una sensación excesiva de pedantería. Por eso, había decidido no tener acompañante si la ocasión no lo requería, lo que le había llevado a comprobar que las ciudades no están hechas para mujeres solas. Así como en los bares es frecuente observar a hombres solos con el periódico o el móvil, resulta más difícil contemplar a mujeres en la misma situación. Y si sucede, siempre aparecerá un pesado que intentará romper el clima de independencia.


Pero no. Ahora se encontraba a gusto contemplando los cuerpos desnudos y sintiendo la brisa del mar en aquella playa de Almería. Hacía días que no sentía náuseas y podía comer con más libertad los alimentos que hasta entonces le resultaban aversivos. Por eso había elegido ese chiringuito para pasar la mañana, por la riqueza de sus menús y la tranquilidad de su ambiente.


Durante esos momentos matutinos, acostumbraba a ver a un señor con cierta morbidez en su peso que cargaba dos enormes bolsas y caminaba por la orilla de forma errática. Parecía extranjero y también estaba solo. Petra se preguntaba por las razones que habrían llevado a ese hombre a desplazarse tan lejos y pasear de manera tan extraña. Le resultaban tiernos la palidez de su cuerpo y el enrojecimiento que había adquirido por la exposición al sol. Jamás se pondría moreno, jamás alcanzaría esa morenez propia de pieles atezadas y acostumbradas a los rayos más abrasadores. Sintió pena. Por un instante quiso abrazarlo y besarlo, compartir con él la muda soledad, la caricia en su cicatriz de alguien que hubiese sufrido el implacable discurrir de un tiempo agónico, que se hubiese desangrado por la ausencia de una mano amiga. Petra se estremeció. Por un instante, pero sólo por un instante, tuvo ganas de llorar y por un instante, pero sólo por un instante, sintió que era un poco más humana.



ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO

15 DE AGOSTO DE 2022

 ¡Qué tiempos! ¡O tempora. o mores! ¡Oh, tiempo de los moros!