viernes, 25 de marzo de 2022

EL GIRO (INFUENCIA DEL PENSAMIENTO EPICÚREO EN LA CULTURA OCCIDENTAL)

 


 

En el invierno de 1417, el humanista toscano Poggio Bracciollini se encontraba en Constanza, desocupado por fuerza mayor. Había llegado un par de años antes en el séquito del papa Juan XXIII con el importante cargo de scriptor, secretario apostólico. En la ciudad suiza se celebraba el concilio que pretendía zanjar el ominoso cisma que aquejaba a la cristiandad con tres papas reclamando la cátedra de Pedro: Benedicto XIII (Pedro Martínez de Luna), Gregorio XII (Angelo Correr) y Juan XXIII, el intrigante aristócrata napolitano Baldassarre Cossa, para el que trabajaba Poggio. El infalible y santo concilio general de Constanza declaró que la conducta detestable e indecorosa de Cossa había llevado el escándalo a la Iglesia y que no era digno de seguir ostentando un cargo tan elevado. Juan XXIII huyó hacia Alemania y finalmente fue apresado en la ciudad de Heildelberg, donde murió al poco tiempo. Tras cuatro años de deliberaciones, los electores de Constanza eligieron un nuevo pontífice, el noble romano Oddo Colonna, quien adoptó el nombre de Martín V.

Así pues, el cesante Poggio Bracciollini quedó sin recursos y libre de toda obligación. Pero, como inquieto humanista, no desaprovechó la oportunidad y se dedicó, tal vez financiado por algún mecenas, a la caza de manuscritos latinos, como hiciera décadas antes el maestro de los studia humanitatis, Francesco Petrarca, quien, rastreando bibliotecas de París o Lieja, había conseguido restaurar la monumental Historia de Roma desde su fundación, de Tito Livio, y recuperó importantes textos olvidados de Cicerón, Propercio y otros.

Con idéntico propósito, Poggio encaminó sus pasos hacia el monasterio de San Galo, al norte de Suiza, y, después, hacia el de Fulda, en la Alemania central, cuyas bibliotecas le depararon valiosos hallazgos, arrumbados durante siglos en los copiosos anaqueles monacales. Halló manuscritos de obras hasta entonces olvidadas de Silio Itálico, de Manilio o del historiador Amiano Marcelino. Pero el descubrimiento más significativo y excepcional se lo proporcionó el manuscrito De rerum natura, del poeta romano de la primera mitad del siglo I a.C. Tito Lucrecio Caro. Curiosamente se desconoce en cuál de los dos recintos religiosos se produjo el valioso hallazgo, aunque los estudiosos se inclinan por el monasterio de Fulda.

Casi nada se sabe del poeta Lucrecio, más allá de alguna mención dispersa de Cicerón, Virgilio u Ovidio y una glosa marginal de San Jerónimo en una crónica antigua. En la entrada del año 94 a. C., anota:“nació Tito Lucrecio, quien después de volverse loco por un filtro amoroso, escribió, en los intervalos de cordura que le dejara su demencia, varios libros revisados por Cicerón; y que se mató con sus propias manos a los cuarenta y cuatro años de su edad”. Ningún crédito cabe otorgar, sin embargo, a la nota del santo padre de la Iglesia que, como se sabe, fue un ferviente denostador de la literatura pagana, por considerarla portadora de pecaminosas perversiones que podrían contaminar con nocivas ideas la mente de los cristianos.

Y no anduvo del todo desencaminado en su temor San Jerónimo, ya que, tras la exhumación del manuscrito por parte de Poggio, la obra se divulgó profusamente en diversas copias, que se multiplicaron desde mediados del siglo XV por la invención de la imprenta; y, desde luego, Sobre la naturaleza de las cosas era portadora de ideas encontradas con la ortodoxia católica, lo que no impidió en cualquier caso que gozara de muy buena acogida por parte de los artistas e intelectuales del Renacimiento y de siglos posteriores, hasta el extremo de suponer el embrión del pensamiento libre de Europa.

Esta es, al menos, la tesis del investigador norteamericano Stephen Greenblatt, quien en El Giro (2011), ensayo galardonado con el National Book Award y el premio Pulitzer, sostiene que las ideas que plantea Lucrecio en su espléndido libro alimentaron el pensamiento de pensadores e intelectuales señeros de la cultura occidental: desde Maquiavelo, Erasmo, Tomás Moro, Montaigne, Galileo o Newton hasta Darwin, Freud o Einstein.

Sobre la naturaleza de las cosas es un largo poema, escrito en hexámetros de hermoso latín y estructurado en VI libros, en el que el aliento poético y la pasión científica se funden hasta ser una misma cosa. Y es la obra de un discípulo que transmite unas ideas desarrolladas varios siglos antes por el filósofo griego Epicuro, genuino mesías filosófico de Lucrecio. Epicuro había nacido a finales del año 342 a. C. en la isla de Samos, en el Egeo, a donde su padre había ido como colono y donde ejerció como maestro. La baja extracción social de Epicuro fue reproche de Platón y de Aristóteles, sus contemporáneos y competidores doctrinales en el contexto pedagógico de la Atenas del siglo IV a. C.

Epicuro difundía en el Jardín (Kêpos), la escuela que fundó en Atenas, y en la que admitió como estudiantes mujeres, prostitutas y esclavos, la idea de que todo está constituido por átomos, noción tomada de Leucipo de Abdera y de su discípulo más destacado, Demócrito. El concepto que postulaba Demócrito, una conjetura sin posibilidad de demostración empírica hasta dos mil años después, afirmaba que existe un número infinito de átomos, cuyas únicas cualidades son el tamaño, la forma y el peso, partículas que constituyen lo que vemos combinándose entre sí en una variedad inagotable de formas. Esta idea que propagó Epicuro es una solución fantásticamente audaz del problema que obsesionaba a los grandes intelectos de aquel mundo y que se enfrentaba a la idea de Platón de la realidad como una representación imperfecta, una proyección del perfecto mundo de las ideas, o de la configuración aristotélica de la realidad de las cosas en accidentes y sustancia.

Dicha explicación del todo (átomos, vacío y nada más) lleva a excluir la magia y puede liberar al hombre de la terrible aflicción del temor a algo después de la muerte, “el país inexplorado -en palabras de Hamlet- de cuyos confines no regresa viajero alguno”. Liberados, pues, de la superstición, del inexistente más allá y del concepto del alma eterna, ya que el alma, asimilable a la noción de mente o pensamiento, muere con el cuerpo, decía Epicuro y repite Lucrecio, tendremos libertad para buscar el placer, el fin supremo de la existencia. La muerte no significa nada y, por tanto, no ha de preocuparnos. Es fácil entender que, en el contexto tardo medieval, la obra de Lucrecio llevaba aparejada la definición de ateísmo que cualquier inquisidor habría juzgado con la mayor severidad. De hecho, terminó ocurriendo un siglo después (febrero de 1600), en la triste figura de Giordano Bruno, epicúreo confeso y lector de Lucrecio, que fue juzgado y condenado a la hoguera por sus heréticos escritos mofándose de la Divina Providencia.

Los reparos y barreras que desde el poder se establecieron quizá contuvieron las ideas lucrecianas con especial éxito en España. “En esta desventurada patria -escribe Agustín García Calvo en 1983-, dominada largos siglos por el miedo y la miseria que la necesidad de un imperio Católico hubo de imprimir a sus súbditos, no tengo noticia de que se leyera el poema de Lucrecio”. No es del todo exacto, sin embargo: en 2008, Trevor Dadson, revisando inventarios de las bibliotecas de la nobleza española, encontró referencias de alguna copia de De rerum natura, como la de Alonso de Olivera, médico a comienzos del siglo XVII de la princesa Isabel de Borbón; y la que adquirió Francisco de Quevedo en una almoneda de 1625 por un real. En lo que sí acierta García Calvo es en la ausencia de traducciones, al menos hasta que a finales del siglo XVIII tradujera en verso la obra de Lucrecio el abate Marchena, si bien esta no se publicó hasta que Marcelino Menéndez Pelayo la diera a la luz de la imprenta en 1896. Unos años antes, en 1893, se publicó una traducción en prosa de Manuel Rodríguez-Navas, prologada por don Francisco Pi y Margall.

Para finalizar, cabe preguntarse qué papel juega el azar, como en toda actividad humana, en la evolución cultural. Analizando la curva ascendente de la tecnología, podría pensarse que el progreso es un logro imparable y siempre en alza, pero, si se analiza dicha gráfica en escalas más pequeñas, se verá que la curva describe picos y valles, descensos que precipitan momentos históricos a hondos pozos de oscuridad. ¿Qué habría sido de la humanidad, por ejemplo, si no se hubiera quemado la antigua biblioteca de Alejandría? Es una pregunta que muchos se han planteado. En la misma línea puede formularse el interrogante de cómo habría evolucionado el pensamiento en occidente, si Poggio Bracciollini no hubiera encontrado el manuscrito de De rerum natura, perdido en un remoto monasterio germánico. ¿Se habría desarrollado el racionalismo ilustrado si el pensamiento epicúreo no se hubiera preservado en el cofre de Lucrecio? A la luz del ensayo de Greenblatt, parece incuestionable que no o, al menos, se habría desenvuelto más tardíamente. En cualquier caso, no se debe olvidar que el oscurantismo, la propensión a las supersticiones, la paranoia nacionalista y la irracional pasión de los seres humanos por la violencia, rasgos todos alejados de la búsqueda del placer intelectual que propugnaba Epicuro, son lacras que solo se pueden atenuar con la luz que emana de la razón. La lucha del logos contra el mito es, pues, una pugna perpetua.

En los aciagos momentos que hoy vivimos, tal vez sea oportuno terminar con los versos de Lucrecio, solo un fragmento del memorable “Himno a Venus” que inicia la obra, en la bella traducción del abate Marchena:

 

Haz que entre tanto el bélico tumulto

y las fatigas de espantosa guerra

se suspendan por tierras y por mares;

porque puedes tu sola a los humanos

hacer que gusten de la paz tranquila;

puesto que las batallas y combates

dirige Marte, poderoso en armas,

que arrojado en tu seno placentero,

consumido por llaga perdurable,

la vista en ti clava, se reclina,

 con la boca entreabierta, recreando

sus ojos de amor ciegos en ti, diosa,

sin respirar, colgado de tus labios.

martes, 15 de marzo de 2022

                                                                LA MUERTE


                                                                                A mi padre, In memoriam


           Uno no es consciente de la ausencia hasta pasados varios días. Comienza con una dificultad en la respiración y, poco a poco, sin apenas darte cuenta, te invade cierto malestar muy cercano a la náusea. Entonces llegan los recuerdos: esa mirada extraviada en la postrera situación de la cama, la dificultad para darle de comer sin poder evitar el ahogo, la petición de una caricia, la confirmación de que para él eres muy importante...


            Habían transcurrido 9 años desde que se le declaró la enfermedad. Así, se fue deteriorando como un pajarillo en las frías heladas de invierno. Y ya no pudo ir de caza, ni de pesca, que a él le gustaba. Y ya sólo soñaba con un osezno que jugaba en la frondosidad del bosque.


            Él había sido un trabajador de los que vivieron la guerra de chico y, posteriormente, fue de aquellos que se esforzaron por que sus hijos fuesen a la universidad y por que las cosas cambiasen. Ya sabes, pelearon de forma callada y sumisa a través del denuedo diario, de la silenciosa fatiga, del sacrificio anónimo, del esmero en la faena. No se les podía exigir más, lo dieron todo, se dejaron la piel en todo, siendo el precio su propia vida.


          Y ya en los últimos tiempos, disfrutaba en la soledad de su habitación conectando con el Tour de Francia, el Giro de Italia o la Vuelta a España. ¡Qué entusiasmo con Valverde, con Alberto Contador, con las nuevas generaciones! Aunque sus ídolos de verdad seguían siendo Perico Delgado, Miguel Induráin, el Volcán de Baracaldo... Si hasta fantaseaba inventando una bicicleta que superase su invalidez y le permitiera subir al Puerto de los Leones.


           Pero nada volvió a ser como antes. Ni las tardes en las que arreglaba la escalera con sus piedras redondeadas, ni el cuidado que tenía por sus nietos, ni los días en los que a mí me rescataba al dejarme el coche tirada.


               Ni el flamenco...


             De cuando en cuando, en las reuniones familiares, nos alegraba entonando una copla o se arrancaba por una soleá. Y es que de pequeño escuchaba a los grandes a través de las ondas de radio, lo que le había permitido degustar el cante jondo. Apreciaba, por tanto, el método del maestro Chacón, el purismo de Antonio Mairena, los fandangos de Farina, la hondura de Caracol... El primer vehículo que se pudo comprar, un Citröen 2 caballos de color azul, fue bautizado con el nombre de “La Paquera”, en homenaje a la cantaora de Jerez.

              No sé si aquella vez en la que asistió a un concierto de El Cabrero, con un frío que pelaba, pudo escuchar “El canto de la perdiz” (cante que ensalza al emblemático animal de riqueza cinegética) y disfrutar aunando dos de sus pasiones más queridas. Y si las circunstancias lo hubieran propiciado, si la realidad no nos hubiera atrapado de forma tan canalla, yo le hubiera llevado a ver a Miguel Poveda en la Sala Galileo, con el fin de que manifestase su gusto y su opinión por las nuevas voces y por los nuevos flamencos.


              Al final, no pudo ser. Ni eso ni otras cosas. Pero con su trabajo y con su esfuerzo intentó tejer un entramado de sólidas bases con el que dar sentido a esta incongruencia y a este caos que es la vida. Nos enseñó a no desfallecer, a seguir en la lucha de manera honesta, a perseguir nuestros proyectos perseverando en los mismos. Le vimos sufrir y empatizamos con su sufrimiento, pero admiramos su fortaleza porque con ella nos hizo también fuertes. No quisimos llorar ni gritar. Guardamos simplemente su recuerdo en lo más profundo de nuestra piel, en lo más hondo del pensamiento, en todos los rincones de los ojos.

                                                                             MADRID, 14 DE MARZO DE 2022


                                                                                  Estrella del Mar Carrillo Blanco

sábado, 19 de febrero de 2022

"Dios no juega a los dados" y otras prositas

 

Dios no juega a los dados

 

Dios no juega a los dados. En esto, Einstein llevaba razón. Dios es más de póker. No es que desdeñe otros juegos de azar. La ruleta francesa, la rusa o el blackjack, por ejemplo, también le ponen; pero el póker…

Las razones de dicha preferencia son diversas. En primer lugar, Dios es, como se sabe, un ferviente monárquico. La jerarquía de los naipes -reyes, caballeros, damas, pajes- suponen su ideal de orden social. De hecho, desde siempre ha ungido con su gracia a los soberanos. Por otra parte, nada como crear un mundo el viernes por la noche en una partida de cartas: la larga velada con los coleguillas (algunos arcángeles y un par de jinetes del Apocalipsis, imaginemos), el tapete verde, la copa de ambrosía con hielo y soda burbujeando a su vera, un buen veguero…Y, sobre todo, la pasión por el juego. Piénsese que, si Dios quisiera, podría adivinar con facilidad las bazas que juegan sus compañeros de mesa, pero entrar en variaciones y estadísticas rompería el encanto. Dios prefiere abandonarse al azar de la baraja. Este capricho divino explica por sí solo algunas de las desgracias que nos afligen, pero se comprende, sin el factor suerte la partida carecería de emoción.

De todas formas, se dice que tiene mal perder, que no soporta en un envite fuerte llevar un trío, pongamos por caso, y que un rival le venga con un ful o un póker de cincos. En estos lances, Dios se enfurruña y, aunque lo disimula, se percibe su enojo en cómo lanza las cartas sobre el tablero o en esa manera obsesiva de alinear los montoncitos de fichas.

Hay quien afirma que los maremotos o las erupciones volcánicas responden a estos arrebatos, pero no está del todo claro.

               


Infancia

 

Cuando recuerdo la infancia, no puedo evitar acordarme de mis andanzas con otros niños, al atardecer, en los solares del barrio, llenos de escombros, yerbajos y lagartijas. Sobre todo, lagartijas.

Un muchacho de imaginativa crueldad, Paquito, se había especializado en su captura (nada fácil, por cierto), para crucificarlas a continuación en dos palitos atados en aspa; a veces, una horquilla bastaba. Después, si el día acompañaba, las torturaba con una lupa, concentrando con la lente la radiación del sol en un pequeño haz de luz candente, a la altura del corazón. El animal no emitía quejido alguno, parecía aceptar ese cáliz como un mesías resignado. Aun así, los movimientos de su cabeza permitían intuir el sufrimiento.

En ocasiones, la ejecución se interrumpía, porque las madres nos llamaban para que recogiéramos la merienda. Entonces, la lagartija se quedaba sola en su calvario, tal vez horrorizada por la resurrección.

 


Mientras esperaba


Mientras esperaba a mi amigo, hice tiempo. Se me da mejor el espacio, sin embargo. El otro día, sin ir más lejos, fabriqué en un boleo un hueco para aparcar el coche. Pero el tiempo…

Empecé con unos instantes, más aptos para principiantes. Cuando cogí cierta soltura, como mi amigo no llegaba, ya me atreví con otros ratos más amplios, si bien se me escoraban un tanto hacia el pasado. Es cuestión de práctica, desde luego, no se puede improvisar semejante destreza. Además, como no creo en la pedagogía, soy autodidacta, y eso se nota, claro, cuesta más.

De todas formas, cuando esté más ducho, pienso construirme un par de eones y, entonces sí, estaré preparado para crear un espacio-tiempo en condiciones, lo que me permitirá forjar mi propio universo.

 


Fábula del mono y el horizonte

 

Aquella mañana, el horizonte devino en inconsútil yaga sangrienta. Un mono entusiasmado saltó de la rama y corrió a su encuentro. No lograba alcanzarlo, pero notó cómo la cabeza se le poblaba con figuras de agudos ángulos, de teoremas estrictos. Se tomó un descanso y un plátano, por ver si se despejaba. Alguien que pasó por allí le propuso cambiar el plátano por un adverbio de tiempo (siempre, creo), y aceptó. Al poco tiempo, sin embargo, se sintió defraudado y experimentó un odio inusitado que nunca había sentido hasta el momento. Siguió caminando sobre sus patas traseras, para ampliar las zancadas. Tenazmente, fatigó en vano los campos tras esa inasible línea remota.

Al caer la noche, desolado, añoró su rama feliz y las hojas que ocultaban el horizonte, aquel nido mullido donde se columpiaba la inconsciencia. Pero ya no supo regresar, y lloró por el irreparable error de bajarse del árbol.



Postulado


Si alguna vez lograra ser Dios, prohibiría la serpiente en el Paraíso y no alentaría el fratricidio. También arbitraría regímenes moderados de lluvia y reconstruiría Sodoma, permitiendo incluso en sus calles nuevas la celebración del Orgullo Gay. Desde luego, si consiguiera ser Dios, no exigiría oraciones ni holocaustos y, por supuesto, no enviaría a mi hijo a mezclarse con los hombres.

Me limitaría, eso sí, a contemplar mi creación como un artista, entreteniéndome en retocar los detalles, consciente, en cualquier caso, como ocurre con los textos, de que ningún mundo se concluye del todo, solo se abandona, ni existe obra que se precie sin la imperfección.



Miradas perdidas

 

¿Dónde van las miradas perdidas?

La opinión más extendida sugiere que son irrecuperables, pues en nada se posan. Se cree que huyen por la ventanilla del autobús y vagan cuan fantasmas por las calles sombrías, diluidas en un laberinto deshabitado. O caen al suelo en el paseo vespertino, sin prender en materia alguna, música líquida atravesando la tierra, ínfimo neutrino errante con rumbo a las antípodas de los pasos.

Pero tal vez viajen hacia adentro, para explorar en quien mira sus más raras regiones y allá, en los confines, quizá se confundan extraviadas con los días confusos que selecciona el olvido.

En ocasiones, sin embargo, el mar devuelve alguna mirada perdida, y no pasa nada.

 


En días como hoy

 

En días como hoy, cuando no me alcanzan los versos, me siento como esos poetas que, tras ofender al emperador, son enviados al Ponto, para esquivar los dardos de los partos.

Pero siempre hay un momento de descanso en el frente, una breve tregua para recoger a los muertos y tomarse el bocadillo. Es entonces cuando me dedico a forjar mis confusos hexámetros, doblo después con cuidado el pliego y fleto una paloma que atraviese el imperio transportando mis tristes expónticas.

sábado, 12 de febrero de 2022

 





                                      PASTORAL


                                            A Marcelino Menéndez Pelayo, In memoriam


                                                                      Cada día es una pequeña vida

                                                                                                  HORACIO


               Aquel 25 de julio, D. Marcelino madrugó más que de costumbre para emprender el camino hacia el valle de Liébana. El olor pastueño de la mañana remansaba su alma de las agitadas aguas del mundo cultural y académico, de las sombrías bregas a las que se veía abocado en su indesmayable defensa de la catolicidad de España. Como estaba fatigado, el dulce acunamiento del traqueteo del tren le adormeció hasta casi los términos del Monasterio de San Toribio, donde iba a asistir a los oficios en honor de Santiago Apóstol.

            En ese punto, se despertó sobresaltado por los gritos de un pastor persiguiendo por la dehesa un toro suelto que se acercaba con lúbrico afán a unas vacas. Nuetro erudito, célibe empedernido, a poco estuvo de acompañar al nemoroso guardián en su intento de frenar lo irremediable. Pero dos niños que viajaban enfrente iniciaron un coro alborozado de gracietas, palmas y jaleo festejando la escena. A todo esto, el bravo y encastado animal ya había agarrado una robusta hembra y procedía no digo que a conocerla bíblicamente porque, a fuer de irracional, le están vedados los deleites de la sagrada sabiduría, pero sí a darle un fogoso repaso que de cierto no olvidaría. El bueno de D. Marcelino, antaño nada complaciente con semejantes celebraciones, amonestó afablemente a los infantes, haciéndoles ver que se trataba solo de los designios de la naturaleza, que bien está, y no hay culpabilidad en ello, pero que sobraba tanto jolgorio y morisquetas, que estos asuntos debían vivirse con comedimiento, pues ya dijo el sabio Zenón que toda pasión es contraria a la recta razón y a la Naturaleza.

           Con tan prudentes y templadas palabras, fueron aquietándose los ánimos y don Marcelino pudo bajarse en su destino. Al rato, lo encontramos devotamente reclinado en la iglesia del Monasterio, con los ojos fijos en su devocionario abierto por el Memento, homo. De pronto, brotaron miríficas, resplandecientes las notas del imponente himno O Dei Verbum, que el Beato compusiera en alabanza del Apóstol. D. Marcelino levantó la mirada hacia la hermosa cúpula decorada con sugerentes guirnaldas y amorcillos. ¿Cómo describir el abrupto estremecimiento que lo asaltó? Oleadas de imágenes del revuelo matutino lo invadieron, turbándole en extremo, suscitándole la ensoñación de que los angelotes del techo le susurraban una impúdica cantinela:


                                                           Marcelino, Marcelino,

                                                           no te olvides de que eres hombre

                                                           y tienes un buen pepino



                 Tomado por la vergüenza y contrito, un ardimiento involuntario recorrió su cuerpo espabilando sus regiones pudendas, y con infinito arrepentimiento, a él que militaba en el ejército de Cristo, sintió que se le amorcillaba el soldado poniéndose firme de un respingo.

             Salió despavorido como alma que tienta el diablo, a refugiarse en la Cueva Santa, cercana al Monasterio. Lacerado por la vergüenza y la fiebre, apenas podía discernir lo que estaba experimentando o soñando, pero lo cierto es que en lo más íntimo de la gruta dio rienda suelta al desahogo de su cuerpo, y es dable pensar que el prodigio de un tocamiento allí floreció y quedó sepultado.

              Las tinieblas y el misterio envuelven los siguientes días a este suceso. Ni siquiera D. Marcelino acertaba a esclarecerlo. Poco o nada sabemos. Lo reencontramos, pasada una semana, de vuelta en Santander notablemente transfigurado. La imaginación popular desató toda clase de invenciones y fantasías sobre su vida y costumbres por aquel entonces: visitas a mancebías, frecuentación de tugurios, insomnes tertulias con poetas picantes y pornográficos, tímidos ensayos de vida pastoril, hasta el infamante bulo de un episodio de priapismo indomeñable... En fin, “bohemias”, como afirmó una vecina tiempo más tarde.

             Sea como fuere, la bruma de tanta búsqueda y desvarío se disipó un mes de mayo que, de la mano del viento, pasó a lo que algunos llaman la última infancia. Su íntimo amigo y mentor, Alejandro Pidal, fundador de la Unión Católica, batió la vivienda hallando numerosos cuadernillos y legajos con composiciones bucólicas de contenido erótico-festivo. Indignado por el hallazgo, ordenó quemarlos, aventurando que, sin duda, todos estos papeles obedecían al excesivo trato que su buen amigo había tenido en sus estudios con la heterodoxia y el libertinaje.

           Más un último encuentro reavivó su esperanza en la salvación espiritual del compañero y amigo: un pergamino con el “Miserere” del rey David, y una esquela pequeñita, en uno de cuyos ángulos podía leerse: Dejé mi cuidado entre las azucenas olvidado. Se humedecieron los ojos del prohombre Pidal que, conmovido, evocó con voz trémula al padre Homero:

                                           “Como las generaciones de las hojas, así los hombres”


                                                                                                            LUIS CARLOS YEPES

sábado, 29 de enero de 2022

Cocktales

 

                                                                   HEMINGWAY 

       Miro tus ojos que no me miran y miro mi pierna que me duele. Mi pierna anclada para siempre a mí y que no me mira, ajena siempre a mí y distinta de mi otra pierna. A veces caminan como si quisieran despedirse la una de la otra y me hacen parecer un pato. Llevan toda su vida viviendo juntas, y eso ha hecho surgir celos y envidias. No siempre me levanto con la misma pierna ni destino a una sola todas mis actividades. Procuro equilibrar, pero hábitos inevitables han supuesto cierta especialización, y si repaso sus vidas, discrimino afectos y encuentros. Mi pierna izquierda ha sido siempre el apoyo en la barra de mis bares, para chutar un balón, para hincar su rodilla al intentar amar la pierna derecha de alguna mujer, para embragar y desembragar y acabar cargándome el embrague. Ha sido una pierna sustantiva. Mi pierna derecha ha sido el verbo, la acción, la que camina y arrastra a su compañera que tiende a pesar de su pasado al inmovilismo físico. El horror de las palabras en ismo, quedan aisladas como piernas fugaces en algún armario de la memoria.

            Margarita me dijo me gustan tus piernas porque hablan cuando estás como ausente y hay un hipopótamo que pasea circunspecto por las calles de Pamplona y acaba de asomarse a la puerta del bar. Cuando Margarita, oceánica y baluarte, hacía ese tipo de afirmaciones yo la miraba como si fuera el obispo auxiliar de la diócesis Osma-Soria oficiando una novena a San Pancracio, es decir, como Bogart debería de haber mirado a la Herpburn antes de viajar por el África, reina. Miré mis piernas y comprobé que callaban presentes aunque Margarita adelantaba una de sus rodillas (pierna derecha) y la acercaba cordial a la rodilla de mi pierna izquierda, ambas enfrentadas bajo la barra del bar. El hipopótamo nos miraba melancólico con aires de viejo y de anfibio, y la tarde amenazaba lluvia y frío bajo los soportales. Detrás del gigante del gran río, que aquí parecía pequeño y suplicante, se alzaba un hombre de cuyos hombros pendía un cartelón que anunciaba un circo y que rogaba llenar de agua el cubo que llevaba en una mano para rociar la piel reseca de su paticorto reclamo, cuyos ojos lacustres se cruzaron un instante con los míos, añorantes los dos de lagos de agua dulce, él tan ungulado y yo flojo de piernas. Miré a Santiago cuando ya me temblaban las rodillas y estaba a punto de morirme en la tarde. Virtió el Pernod en una copa y añadió champán hasta conseguir el efecto adecuado de color lechoso opalescente:

“Beba despacio, y cuando haya dejado de llorar, pídame de tres a cinco copas más de este cóctel”.

 


jueves, 27 de enero de 2022

Cuatro poemas bobos


 "Cuatros poemas bobos" es extracto de Por lo demás, todo bien (2021), poemario inédito de Negro Black, quien saluda de esta forma la nueva y esperada singladura de La Rivoli


  Nocturno 

Cayó la noche. 
Un traspiés, 
y rodó todo lo larga que era.
No pudimos evitar la risa; 
para ocultarla, 
nos tapamos la boca con las manos. 

 Estábamos hartos de ver las noticias por la tele, 
 por eso nos distrajo 
 la irrupción cómica de la noche. 

 Las ventanas de enfrente 
 encendieron las luces con puntualidad, 
 quizá para mitigar el oprobio 
 de ver toda la noche derramada por los suelos. 

 No nos inquietaba, 
 sabíamos que volvería a incorporarse 
 con esa tenacidad que los sicólogos recetan 
 a quien se les acerca. 

 Pero llegó la hora 
 de ahogar nuestra inconsistencia en los sueños. 
 Entonces supimos 
que necesitábamos a la noche en pie. 

 Pronto experimentamos cierto alivio, 
 como cuando desciende el telón sobre el escenario, 
 al comprobar que, 
 tras el accidente, 
 no se le habían roto las gafas. 




  Post coitum tristia 

 Después de hacerlo 
acabaron rendidos. 
Analizaban la orografía del techo 
compartiendo un cigarrillo. 

Allá fuera, 
la lluvia rozaba la ventana 
con una vidriosa mirada de descaro. 

En el incómodo silencio, 
solo una pregunta revolaba, 
como una polilla tácita 
que hubiera atravesado el desierto 
solo para ellos: 
¿dónde quedó balbuciendo 
el no sé qué? 




  Irchelpark

Mientras caminábamos por la nieve, 
tú recordaste inoportunamente 
que el noveno círculo del Infierno 
es un páramo helado. 

No me inquietó, sin embargo, 
los cuervos velaban nuestros pasos en la vereda. 
En el Infierno no habrá aves, pensé. 

Un copo se descolgó de una rama
 y el estruendo estremeció 
una hilera de árboles desprevenidos. 

El cielo competía en blancura con la pradera 
y consiguió la victoria por dos medidas de leche. 

Fue entonces cuando apretamos el paso, 
temerosos de que el destino 
se perdiera con nosotros 
en aquel desierto blanco, 
preocupados porque los cuervos 
no mancharan de sombra 
nuestro camino de regreso. 




  Crepusculario 

Cuando bajo la basura, 
con chanclas y en pijama, 
me sorprenden en la calle 
los cielos pensativos, ensimismados, 
y el azul crepuscular de los viandantes. 

No me expongo mucho, 
porque me avergüenza que me vean así, 
mas no puedo evitar 
el deseo morboso de acariciar algún árbol, 
mientras los perros hieráticos 
alargan temerariamente 
sus sombras hacia el levante. 

“Es algo indecoroso enseñar a esas horas 
las uñas de los pies”, dice mi mujer. 

Pero cómo retraer las garras 
ante semejantes ocasos. 
Cómo resistirse a los finales trágicos de los días, 
a esa irrecuperable sensación de que todo se ha perdido, 
todo.

domingo, 23 de enero de 2022

Cayetano

 

Cayetano, aunque ya se lo olía, se acaba de enterar de que le han quedado cuatro asignaturas de su primer año de Bachillerato. Cayetano no vino al mundo con un pan debajo del brazo sino con una panificadora, una  próspera empresa familiar que dentro de unos años será suya, lo que le ha permitido acudir al colegio más privado y exclusivo de la capital. El padre de Cayetano tomará cartas en el asunto y tendrá un breve encuentro con la directora. No hará falta exponer el caso cruda y abiertamente. La directora ya sabe que Cayetano tiene dos hermanos más en el cole y su padre, buenos contactos en el Patronato. En cinco minutos todo habrá quedado resuelto. Cayetano no repetirá curso. Esa misma tarde el padre de Cayetano procesionará con su flamante SUV por la Castellana, banderas de España en ristre, para protestar con unos cuantos bocinazos contra una ley que, entre otras infamias, permite que un alumno en casos excepcionales pueda promocionar con dos o más asignaturas suspensas.

Y no es que yo esté a favor, es que estoy en contra de muchos fariseos que están en contra. En cuanto al fondo del asunto, es irrelevante. La vida sigue. Después de 35 años de brega y tres o cuatro leyes de Educación (ya ni lo sé) confieso que su impacto en mi día a día ha sido prácticamente nulo. Al final he llegado a convencerme de que a largo plazo los objetivos mínimos y el nivel de exigencia no los imponen el legislador, los centros y las autoridades educativas a los alumnos, sino los alumnos al legislador, a los centros y a las autoridades educativas. Si no fuera así, el llamado fracaso escolar desbordaría todos los límites y el sistema se vería abocado al colapso.

La verdad es que enseñar es difícil y aprender, también. La pretensión de mantener a un adolescente confinado durante horas entre cuatro paredes en reposo, concentración y silencio, es perfectamente antinatural. No voy a apelar a vuestros recuerdos escolares, seguramente demasiado recientes. Hace 130 años Galdós puso mano al primer capítulo de Miau con el siguiente párrafo: A las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios. Ningún himno a la libertad es tan hermoso como el que entonan los oprimidos de la enseñanza al soltar el grillete de la disciplina escolar y echarse a la calle piando y saltando. Sí, yo también he ascendido por el cursus horrorum de colegios, institutos, facultades…, condenado a bogar durante años en las galeras de aquellas aulas y abomino de la reencarnación porque me resulta metafísicamente insufrible la sola idea de tener que volver a hacer el Bachillerato.

Ahora y ya hablando en serio, bien está que la ley procure que el sistema sea capaz de formar e informar las destrezas básicas y los conocimientos mínimos de cada escalón. Pero hay también algo más, algo mucho más importante. De vez en cuando alguien será  capaz de prender una chispa, de leer o escribir sobre una pizarra un razonamiento filosófico, un verso o una ecuación en la que está misteriosamente trazado un sendero luminoso hacia vuestro propio destino. Las leyes llegan hasta donde pueden llegar. Las últimas razones palpitan en otra dimensión. Por eso en ningún código civil aparece la palabra amor.

 ¡Qué tiempos! ¡O tempora. o mores! ¡Oh, tiempo de los moros!