viernes, 7 de septiembre de 2012

Los años del Gintonic.

Yo escuchaba decir a los bilbaínos que era Bilbao el lugar donde mejor se servían los gintonics, y no le daba importancia. Tampoco se la doy cuando un bilbaíno defiende hasta el colapso -esa carótida palpitando como un hinchable en la feria del aneurisma- que como en Bilbao no se bailan las sevillanas o que el pulpo ‘á feira’ solo se cocina bien en Bilbao.


Todo cambió cuando la gente de fuera comenzó a alabarme el gintonic. Ahí comencé a sospechar. Uno estaba, no sé, en Madrid, y se encontraba con un conocido que al despedirse caía sobre el asunto: «A ver si voy a visitarte, que en Bilbao ponéis los gintonics como nadie».

La quinta vez que me dijeron que cómo poníamos los gintonics, yo me hice una pregunta: «¿Cómo ponemos los gintonics?» Fue un momento mío cartesiano. Entonces reparé en que últimamemente todos los bares de Bilbao han ganado un certamen de la cosa y garantizan el gintonic perfecto. O sea, todos hacen cosas complicadas. Esas copas gigantes, por ejemplo, congeladas con los chismes de los leds y el gas carbónico. De pronto, sobre la barra, hay un vaso que admite más luces y humo que una gira mundial de Kiss.

Luego el barman comienza a fardar de ginebras, a proponer maridajes, a enumerar tónicas. Cuando termina, vierte los líquidos con extraños giros y explicaciones técnicas, olvidando que el gintonic, no solo no es una fórmula alquímica, sino que ni siquiera es un cóctel. Después llega la lluvia de frutas, el chaparrón de chuches: pepino, regalices, cardamomo. Pronto habrá quien lance ahí una morcilla de Arceniega. Los caminos del maridaje son inescrutables.

Pasados los años del titanio, yo creo que estamos viviendo los años del gintonic. Son unos años efectistas y un poco papanatas en los que confundimos el estilo en general con el estilo de los narcocapos tropicales en particular. Esa ostetación, esa jactancia, ese sibaritismo colectivo... Estoy casi seguro de que hay algo significativo en esos copones azulados y humeantes que la ciudad trasiega y valora como si se encerrase en ellos algún secreto del buen gusto.

Pero el caso es que eres bilbaíno y has pedido un gintonic y te han puesto uno al que llaman ‘Premium’. Cuando te dan la copa, se ve tan imponente que dudas entre beberla o levantarla sobre tu cabeza y posar para la prensa. Decides probarla. Y, efectivamente, el resultado es extraordinario. Aquello sabe aproximadamente como comerse una macedonia amarga mientras te esnifas un ‘Marionnaud’.

Todo es un pequeño despropósito. Sobre todo cuando hablamos de un trago viejo, noble y humilde. Cualquiera que haya visto a un inglés de cierta edad prepararse un ‘gin and tonic’ sabe que no hay lugar para tanta pose. La receta clásica sería algo así. Se coge un vaso cualquiera y se le quita el polvo, o no. Si encuentras algo parecido a hielo en algún lado, se echa una piedra. Ginebra a discreción. Tónica, un poco, cualquiera, si hay abierta, tampoco es imprescindible. Rodaja gruesa de limón y golpecito con el dedo o con el cuchillo que ha cortado el limón (en su libro ‘On Drink’ Kingsley Amis permite que las mujeres y los niños utilicen un cuchillo limpio). A continuación, todo para adentro. Y Dios salve a la Reina. Y que vengan esos malditos zulúes si se atreven, soldado Owen.   Pablo Martínez Zarracina. El Correo. 26-7-2012.  

miércoles, 1 de febrero de 2012

Jorge Luis Borges y Enrique Banchs: Buenos Aires, tigres y espejos



Enrique Banchs (Buenos Aires, 1888-1968) es un poeta argentino prácticamente olvidado, lo cual al propio Banchs no le habría desagradado del todo. De hecho, puso en ello algún empeño, como lo demuestra que, tras publicar cuatro libros de versos en su juventud, a los veintitrés años dejara de escribir —o al menos de publicar— y que nunca permitiera que se reeditaran sus obras. Pertenece a esa categoría de escritores que coleccionó Enrique Vila-Matas en su divertido Bartleby y compañía, es decir, autores que se retiran en plena madurez literaria, incluso después de haber alcanzado cierta fama, como Rimbaud o Salinger, por citar dos ejemplos célebres.

Si solo hubiera publicado sus tres primeros libros (Las barcas, 1907; El libro de los elogios, 1908; El cascabel del halcón, 1909), se entendería mejor la vocación por el olvido de Enrique Banchs, pues poco brillo aportaron sus versos al escaparate donde relumbraban los jades, las gemas y las turquesas de la bisutería modernista. En estos primeros textos, Banchs no pasa de versificador correcto, variado cultivador de las formas métricas clásicas. El propio autor se veía a sí mismo, más que como un mero seguidor de Rubén Darío, como un poeta “tradicionalista, tributario de la herencia romántica”. Sin embargo, en 1911 publicó La urna, su último poemario y genuina obra maestra. Tampoco aquí abandonó el clasicismo, ya que el libro presenta una serie de cien sonetos, muchos de ellos de amor, amor desconsolado y no correspondido. Pero, a pesar de lo manido del tema o de la forma, los endecasílabos parecen nuevos, alcanzan una originalidad luminosa, insólita en el contexto de la época y aun de la lírica en lengua castellana.

En La urna, el hablante, el yo del poeta, auténtico protagonista del libro, desgrana mediante una suerte de diario íntimo o de soliloquio interior el sentimiento de fracaso amoroso y, como consecuencia, de fracaso existencial. Para ello, Banchs despliega una lengua poética rigurosamente depurada, carente de todo ornato innecesario, con la selección de un vocabulario inusualmente natural, cercano, lo que confiere a la expresión un tono conversacional, de prosodia atenuada, pese al recurrente incordio del isosilabismo y de la rima, casi siempre inadvertidos. Como consecuencia, los sonetos transmiten verdad, sinceridad de sentimientos, por encima de juegos o de modas, de una manera que quizá no se repetía desde Garcilaso. Resulta difícil justificar la poesía de La urna intentando buscar antecedentes o modelos desde los que evolucionara: los versos de Banchs no tienen parangón en la poesía americana o española del momento. Si acaso, en la evocación melancólica del desencuentro pasado entre el hablante y la amada, o en el tono quedo y confidencial de la expresión, como de dietario sentimental, los poemas del argentino suscitan por momentos el recuerdo de las Rimas de Bécquer. Más bien al contrario, habrá que esperar varias décadas para recobrar parecidas emociones a las que proporciona La urna a través de cierta poesía española de la segunda mitad del siglo XX, con la que, de manera extraña, parece relacionarse.

La pretensión de estas líneas, en cualquier caso, no consiste en analizar los poemas de La urna, empresa que precisaría mayor esfuerzo y espacio, sino constatar cómo una simple lectura del libro de Banchs permite establecer conexiones formales y temáticas con buena parte de la producción poética de Jorge Luis Borges, principalmente sonetos, en los que se prodigó el genio argentino a partir de 1960.

Desde el punto de vista formal, una de las relaciones más nítidas de La urna con los sonetos de Borges es la común preferencia por la variante del soneto inglés o isabelino, poco cultivado en la tradición castellana. Tanto Banchs como Borges emplean también el soneto italiano, de dos cuartetos y dos tercetos, pero con frecuencia se inclinan por la combinación de tres cuartetos (o tres serventesios) rematados por un dístico pareado, tal y como los escribiera Shakespeare. Esta selección se hace además singular por la adecuación entre el discurso y la estructura métrica. Aquí Banchs —y también Borges— opta por una elocución entrecortada, rompiendo la esticomitia de los versos, pues el flujo discursivo se reparte en los endecasílabos incómodamente, sin hacer coincidir las unidades sintácticas con las unidades rítmicas. Esto, que dota al soneto de modernidad, obliga a quebrar de vez en cuando un verso con un punto y seguido o a aislar tras un signo de puntuación la palabra de rima, propiciando de esta manera abruptos encabalgamientos. Lo mismo cabría decir de la disposición del contenido en los sonetos, que a menudo evita la coincidencia entre la estructura interna y la estructura externa que facilita el poema estrófico.

Desde el punto de vista temático, las diferencias entre ambos poetas son claras: poco tienen que ver las ideas o el tono que uno u otro emplean. Sin embargo, en tres sonetos de Banchs emergen sendos referentes que, en manos de Borges, han adquirido el rango de símbolos universales: los espejos, los tigres y “la ciudad nativa”, Buenos Aires.


Los espejos

Borges nunca ocultó su devoción hacia Banchs y siempre reivindicó el singular valor de La urna. De hecho, si alguien hoy se embarca en la turbadora aventura de leer los sonetos de Banchs, probablemente se lo deba al autor de El Aleph. A comienzos del verano austral de 1936, este publicó en la revista El Hogar un artículo conmemorando las “bodas de plata con el silencio” de Banchs; mucho después, ya anciano, Borges evocó así al enmudecido poeta en un soneto de su libro Los conjurados:

Un hombre gris. La equívoca fortuna
hizo que una mujer no lo quisiera;
esa historia es la historia de cualquiera
pero de cuantas hay bajo la luna
es la que duele más. Habrá pensado
en quitarse la vida. No sabía
que esa espada, esa hiel, esa agonía,
eran el talismán que le fue dado
para alcanzar la página que vive
más allá de la mano que la escribe
y del alto cristal de las catedrales.
Cumplida su labor, fue oscuramente
un hombre que se pierde entre la gente;
nos ha dejado cosas inmortales.


No sin cierto sentido del humor, Borges solía repetir que a un escritor de talento le es dado elegir a sus propios precursores. De alguna manera, en el artículo citado de 1936, el argentino universal postula a Banchs de forma indirecta como antecedente de uno de los tópicos borgianos por excelencia: los espejos. Y se permitió copiar el soneto 59 de La urna:

Hospitalario y fiel en su reflejo
donde a ser apariencia se acostumbra
el material vivir, está el espejo
como un claro de luna en la penumbra.
Pompa le da en las noches la flotante
claridad de la lámpara, y tristeza
la rosa que en el vaso agonizante
también en él inclina la cabeza.
Si hace doble al dolor, también repite
las cosas que me son jardín del alma.
Y acaso espera que algún día habite
en la ilusión de su azulada calma
el huésped que le deje reflejadas
frentes juntas y manos enlazadas.


Es cierto que en Borges el espejo se convierte en un símbolo de mayor complejidad y entronca con el juego de dualidades de lo real y con los desdoblamientos de personalidades, mientras que para Banchs es un mero elemento que subraya la soledad del hablante, su aciaga frustración amorosa y el fracaso vital. Pese a esta diferencia radical, si se examina la poesía de Borges con detenimiento, surgen aquí y allá pequeños retazos, breves analogías, recursos formales o selecciones léxicas, donde parece aflorar un sustrato banchsiano. Así, “la ilusión de su azulada calma”, metáfora del espejo en Banchs, es evocada por “el agua especular que imita/el otro azul en su profundo cielo”, del poema “Los espejos” de El Hacedor. Por otra parte, el deseo que Banchs atribuye al espejo, en los cuatro últimos endecasílabos, de esperar el reflejo de un huésped con su amante recuerda el final de otro soneto de Borges, “Al espejo”, recogido en La rosa profunda, donde también se imaginan los reflejos futuros del azogue doméstico:

Cuando esté muerto, copiarás a otro
y luego a otro, a otro, a otro, a otro…


De forma análoga, si en el soneto de Banchs el espejo “repite/las cosas que me son jardín del alma”, en el poema de Borges titulado “Buenos Aires”, de Elogio de la sombra, se lee: “Es el último espejo que repitió la cara de mi padre”.
En El Hacedor aparece otro símbolo típicamente borgiano, la rosa, con protagonismo en el breve relato titulado “La rosa amarilla”, que “una mujer ha puesto en una copa”, y muy bien podría subsistir en ella “la rosa que en el vaso agonizante/también en él inclina la cabeza” del soneto de Banchs.

Los tigres

Igualmente difusas son las relaciones que, a partir de Banchs, podrían explicar en la poesía de Borges la recurrencia de los tigres como tema. Según el propio autor, la fijación por estos felinos le viene de la infancia, de los recuerdos del zoológico de Palermo y de las estampas de las enciclopedias. Con el tiempo, el tigre se convertirá en el ideario borgiano en un símbolo de críptico enigma, que se enriquece con “el tigre de Blake y de Hugo y Shere Khan”. Extrañamente, nada comenta Borges sobre el tigre del soneto 64 de La urna, que rececha al lector como víctima propicia:

Tornasolando el flanco a su sinuoso
paso va el tigre suave como un verso
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.
Y despereza el músculo alevoso
de los ijares, lánguido y perverso
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas. El reposo...
El reposo en la selva silenciosa.
La testa chata entre las garras finas
y el ojo fijo, impávido custodio.
Espía mientras bate con nerviosa
cola el haz de las férulas vecinas,
en reprimido acecho... así es mi odio.


Quizá no sea arriesgado conjeturar que el afilado zarpazo con que se remata este soneto no fuera muy del agrado de Borges, poco dado a efusiones personales tan viscerales y primarias. Tal vez por ello, el poema en prosa “El tigre”, incluido en Historia de la noche, da la réplica y parece querer contradecir la imagen de Banchs:

Pensamos que era sanguinario y hermoso. Norah, una niña, dijo: está hecho para el amor.

Existen otras tenues proximidades: como en el segundo verso de este soneto (“a su sinuoso/paso va el tigre suave como un verso”) en que se asocian los sustantivos verso y tigre, Borges también aúna ambos conceptos en un endecasílabo (“el otro tigre, el que no está en el verso”) del poema “El otro tigre”, en El Hacedor.

Buenos Aires

Algo parecido, finalmente, ocurre con la evocación de Buenos Aires en los versos de Banchs.

Cuando en las fiestas vago en el suburbio,
desde las tierras altas la mirada
de albatros tiendo a la ciudad cargada
de hombres, al lado del estuario turbio.
Como en una visión de grandes valles,
veo, entrando en el cielo, humeantes barras,
las azoteas rojas, las pizarras
y el tajo ceniciento de las calles.
Y veo el barrio donde está tu casa,
(lo veo y la tristeza me traspasa)
y la casa escondida donde estriba
mi vida laboriosa y miserable...
Y se me alza en el pecho, inolvidable,
el gran amor de la ciudad nativa.


Como se sabe, la ciudad del Plata representa un perenne y polifacético mito borgiano, escenario de relatos, referente de sus versos. Para Borges, la capital porteña es la población recogida y decimonónica de sus mayores, y que él aún alcanzó a ver; es la ciudad de la infancia, que se ensancha en el recuerdo hacia la llanura, una urbe patricia y europea, poblada en sus arrabales por compadritos y malevos; galería de personajes literarios cercanos a los tipos de los poemas gauchescos o de los versos de Evaristo Carriego, a los que el joven Borges dedicó un extenso ensayo. Esta concepción idealizada, como en los tangos, conforma una suerte de “épica del suburbio” en una ciudad mítica y agónica, cuyos contornos todavía recrean los primeros libros de Borges: Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno de San Martín (1929); por no hablar de las evocaciones tardías de las milongas contenidas en Para la seis cuerdas (1965). Después, las transformaciones del siglo XX convirtieron Buenos Aires en una macro ciudad que Borges deja de reconocer.

Sin embargo, sí la identificaría aún en la visión cenital, a vista de pájaro, que proporciona Banchs en su soneto. Quizá este recuerdo llevara a Borges a incluir otra vista aérea de la metrópolis en el poema “Buenos Aires”, de Elogio de la sombra:

[Buenos Aires] Es el Dédalo creciente de luces que divisamos desde el avión
y bajo el cual están la azotea, la vereda, el último patio, las cosas quietas.


También encontramos algún adjetivo transferido desde el soneto de Banchs: por ejemplo, el “estuario turbio” se convierte en el poema “Montevideo”, de Luna de enfrente, en “las dulces aguas/turbias” sobre las que la capital uruguaya contempla el amanecer.

Pese al puñado de analogías hasta ahora expuestas, el paciente lector ya habrá observado la debilidad probatoria de buena parte de ellas, apoyadas la mayoría en sutiles detalles, achacables al azar o al simple hecho de que los poetas comparados compartían el medio, referentes comunes. Sin embargo, el número de detalles es significativamente amplio como para poder afirmar que los versos de La urna ejercieron alguna influencia en el joven Borges, tanto desde un punto de vista formal como temático. Además, esa influencia perduró, ya que fue recuperada cuando en 1960, empujado por la ceguera, volvió a la poesía en plena madurez creadora. Diríase, por tanto, que se trata de un influjo meditado.

Sirvan, pues, estas notas para reivindicar los versos de La urna, no solo por su valor intrínseco, sino también como fuente borgiana. El propio Borges solía afirmar que la historia de la literatura consiste en la repetición de cuatro o cinco metáforas. Sin duda, Borges debió ensayarlas. Aquí solo se apunta que, al menos tres de ellas, también las usó Enrique Banchs.

domingo, 22 de enero de 2012

Ripios para un brindis en la taberna del Laurel con Luis Soria

¿Quién se blasona de lis?
Luis.
¿Quién se inventa su historia?
Soria.
¿Quién luce garbo torero?
Romero.

Sépalo el mundo entero,
de Alcorcón a Palomeras:
noble, poeta y guaperas
es don Luis Soria Romero.

viernes, 30 de diciembre de 2011

El llanto militar



"La nieve, como las lágrimas, cae sin fin.
¿Cómo no iba a llorar el firmamento cuando
hemos perdido a nuestro general, que era un
gran hombre del cielo? Mientras la muerte
nos separe de nuestro general, el pueblo,
las montañas y el cielo derramaremos lágrimas
de sangre, querido comandante supremo".

Un militar anónimo en el funeral de Kim Jong-il







Creo que fue Borges quien evocaba la figura quevediana del "llanto militar". Obviando el hallazgo retórico, desazona la coexistencia paradójica de la delicadeza y la bizarría, que ya experimentamos en la "Heroica" de Beethovens. Pero no hay duda de que la imagen estalla en múltiples y encontradas connotaciones, que la verticalidad y elegancia que sugiere concuerdan con las palabras arriba mencionadas y las estampas contempladas en estas históricas exequias.
Estas escenas luctuosas del pueblo y la milicia de Corea del Norte llorando la muerte del dictador abominable con pinta de maitre gay de un restaurante chino, y tan parecido a Juanito "Golosinas" (ya sabéis, el cariñoso y pizpireta amigo homosexual de las folklóricas españolas) me recuerdan, no por las tendencias sexuales que son respetables, con qué facilidad se hermanan el agua pura de los sentimientos y el viento sucio de la barbarie.
La filósofa Hanna Arendt hablaba de la trivialidad del mal, de lo accesible que resultaba perpetrar cualquier infamia sin ningún sobresalto ético. Algo así como el ejercicio burocrático de la iniquidad. Pero aquí aparece también otro rostro: el cuerpo seductor de la literatura (espontánea y popular) para envolver y hacer plausible la bestialidad de los hombres. Dejando al margen las propiedades psicoanalíticas y edípicas que encierra el llanto por la desaparición bajo la nieve del "gran padre de la patria", el escalofrío de estas imágenes y de esas palabras muestra la naturalidad con que nace en el alma de los hombres la pasión poética y el lirismo conmovedor ante cualquier tipo de vida y de actos.
Por vulgares y trillados que nos resulten estos resortes de la condición humana, no puedo evitar la conmoción que sinceramente me causan. No sólo el dolor por la ausencia de un monstruo, sino también y muy amargamente la "legitimidad" que inevitablemente presta la lengua poética besando con emoción los cuerpos violentados.

PD.:Menos mal que nos queda la tibia esperanza de que el hijo del extinto dictador, Kim Jong-un, no ha acabado el bachillerato y ni siquiera contempla la posibilidad de un ciclo formativo.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Por unas navidades lógicas y etimológicas.

Navidad, diría un gramático del Siglo de Oro, es corrupción de nativitatem, asumiendo con toda naturalidad el hecho de que lo que llamamos español es un latín gravemente deteriorado. Pero el latín tampoco era la lengua de Adán sino un producto más de la descomposición y fragmentación del indo-europeo, la madre de la casi totalidad de las lenguas habladas en ese amplio arco que recorre Europa desde la India pasando por Turquía y el Creciente Fértil. Así que nativitatem es derivación de natum y natum también es corrupción de gnatum que se remonta a la raíz indoeuropea *gn- (engendrar, nacer, producir). El asterisco que precede a una raíz indica que no está documentada (ninguna raíz indoeuropea lo está) sino reconstruida a partir de los escombros de la desintegración presentes en las lenguas hijas. El indoeuropeo es apenas una larga sucesión de asteriscos, como una cualquiera de nuestras ciber-contraseñas, pero cada uno de esos asteriscos ilumina el enigma fascinador del nombre de las cosas y sus suculentas relaciones subterráneas.*gn llega a los alienígenas y a nuestros omnipresentes genes, pasando por la gens, el conjunto de individuos que tienen un ancestro común (mi gente) y el gen-ius, la divinidad que preside el nacimiento y después la deidad tutelar de cada individuo y por extensión, su destino, sus inclinaciones naturales, la condición de su carácter, su in-genio. En el natum latino se engendra la natura, lo creado y la natio, el parto, sublimado después en el poderoso símil de la nación, los que nacen a la ciudadanía en un mismo alumbramiento colectivo, tan grato a la Roma clásica y a la Francia tricolor. En las lenguas germánicas *gn- está presente en child (eso sí que es corrupción) y en könig o king (de noble familia) y ya tenemos otra vez al niño-rey de la celebración cristiana. Pero no podemos terminar sin el a-gnatum que es el pariente de sangre y el co-gnatum que es el pariente co-lateral, con lo que hemos llegado al cuñado, que es el anticristo de la Nochebuena.La intersección del conjunto de los seres más queridos y los más odiados sería el conjunto vacío si no existiera la cena de Nochebuena. Esto es inevitable, pero no debería impedir que la disfrutemos con paz, sin enturbiar la gozosa y humilde alegría de los verdaderos destinatarios de esta buena cena: nuestros sufridos y amados progenitores. Dé igual si son agnatos o cognatos. Mi feliz navidad va por ellos y por todos vosotros, mis queridos ausentes, haraganes, indolentes, perezosos, gandules y apáticos compañeros de redacción. Mis mejores deseos para todos.

domingo, 23 de octubre de 2011

Gentuza.

Economistas de fuste, analistas financieros y banqueros indignados empiezan a perder la paciencia con los políticos. Su disgusto se suma al de una población que empieza a estar de vuelta de esta democracia que ya sólo sirve para encumbrar a ineptos, corruptos y patanes. Qué mierda de políticos. El mejor impuesto es el que no se paga y el mejor político, el que goza de un retiro dorado en la butaca de  un consejo de administración o el que ya está muerto. Muertos y bien muertos habían estado hasta ahora, una vez alcanzado el gran objetivo: Que apartaran sus sucias manos del mercado para dedicarse a colocar familia y clientela, disputarse el presupuesto y reglamentar anos, fetos y fosas. La incompetencia y la indignidad de los padres de la patria escandalizan en las altas esferas empresariales y financieras y ya se escucha un clamor, un clamor que nace de la autoridad moral de quienes pueden presumir de tener entre sus filas a banqueros de la integridad de Alfredo Sáez, empresarios de raza como Ruiz Mateos, financieros ejemplares como los Albertos, jueces intachables como Pascual Estevill o industriales filántropos como Félix Millet  (y no ha recorrido mi horror toda la escala social)  y que siempre han sido conscientes de su abrumadora superioridad intelectual y ética sobre cualquier político. Los han tolerado, halagado, financiado porque eran, simplemente, un mal necesario. Pero ahora han descubierto que encima no sirven para nada, que la clase más pasiva de todas es la clase política.  Lo único que se les pide es que se echen a un lado, que no estorben, que no interfieran en el mercado perfecto y eficiente con regulaciones, supervisión, impuestos y normas. Y ahora que, gracias a su pasividad e irrelevancia está a punto de saltar por los aires todo el tinglado, son incapaces de arreglárnoslo. Qué gentuza...

miércoles, 12 de octubre de 2011

De teólogos y científicos



En 1496, a sus veintitrés años, Juan Pico della Mirandola publicó en Roma Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae, donde expuso novecientas proposiciones. Era su deseo discutirlas tras la Epifanía del año siguiente con sabios de las distintas culturas conocidas en el momento. El Papa Inocencio VIII frustró esta pretensión por encontrar en el prolijo postulado dieciocho tesis heréticas. Pico insistió en su pertinencia con una Apología, que el pontífice juzgó como grave pecado de soberbia y obstinación, por lo que fue excomulgado; pese a que huyó a Francia, acabó siendo detenido y encarcelado en la prisión de Vicennes.

Una de sus proposiciones afirmaba que ninguna ciencia da mejor prueba de la divinidad de Cristo Jesús que la magia y la cábala; otra proclamaba que el teólogo no puede estudiar las propiedades de las líneas y de la figuras sin peligro. La presencia en su biblioteca de los Elementos, de Euclides, y un ejemplar de la Geometría, de Leonardo de Pisa, prueban que él mismo había afrontado, siquiera momentáneamente, ese riesgo.

Tiempo después, una confirmación de ambas tesis se encontró explícitamente reflejada en el trabajo de los teólogos Gottfried Leibniz e Isaac Newton.

El alemán, al que se deben indudables avances en el ámbito del cálculo o de la lógica combinatoria, prodigó con generosidad su talento para teorizar sobre lo inexistente. Así, en la Monadología se establecen los fundamentos básicos del más allá: las mónadas. Estas vienen a ser a la Metafísica lo que los átomos representan en la realidad de los fenómenos. La Teodicea, sin embargo, especula con la justificación de las evidentes imperfecciones de la naturaleza, y concluye que este es “el mejor de los mundos posibles”, porque fue creado por un Dios perfecto.

El inglés —incuestionable genio al que la humanidad adeuda el intrincado cálculo infinitesimal, el análisis físico de la luz, la ley de la gravitación universal y las leyes de la dinámica— dedicó más tiempo al estudio de la Biblia que al de la ciencia. Se declaró arriano y combatió con insistencia el dogma de la Trinidad (An historical account of two notable carruption of Scriptures); solía firmar sus escritos de esta índole con el seudónimo Jeova Sanctus Unus. También aventuró variadas conjeturas sobre el advenimiento del “Dia del Juicio Final” (Observations upon the prophecies), que según él no acaecería antes del año 2060. Pero quizá su más arriesgada aportación se produjo en el ámbito de la alquimia: Newton estudió con ahínco la trasmutación de los elementos (The vegetations of metals) y buscó con denodado entusiasmo la piedra filosofal y el elixir de la vida (Teatrum chemicorum, De natura acidorun, Praxis…).

A pesar del desarrollo del método científico en la Edad Contemporánea, la idea de Dios ha seguido poblando la mente de los hombres de ciencia de nuestro tiempo, al menos como metáfora. Es verdad que el estudio de los conjuntos infinitos y transinfinitos de los números, promovido por el matemático Georg Cantor, no ayuda a clausurar la imagen de un ser superior: en el infinito cabe todo. Así, en la misma línea esotérica, los físicos del CERN, que buscan en su gigantesco acelerador de partículas el bosón de Higgs, han llamado a esta mota, fundamental e hipotética, la partícula Dios.

De una forma poética parecida, Albert Einstein, por ejemplo, creía en “un Dios que se revela en la armonía de todo lo que existe, no en un Dios que se interesa en el destino y las acciones del hombre”. El ilustre premio Nobel deseaba conocer cómo Dios había creado el mundo. Resumió así sus creencias: “Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los más pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”. Como Spinoza, Einstein creía que Dios es idéntico al orden matemático del universo. “Si hay algo en mí —afirmó en cierta ocasión en su correspondencia— que pueda ser llamado religioso es la ilimitada admiración por la estructura del mundo, hasta donde nuestra ciencia puede revelarla”.

En ocasiones, la idea de Dios ha servido también a algún científico del presente como estrategia comercial, lo que no deja de ser una variante del peligro sobre el que alertaba Pico della Mirandola. El astrofísico Stephen Hawking representa un significativo caso de esta perversión teológica. Siempre que lanza al mercado algún ensayo de divulgación científica, los diarios del mundo suelen recoger sus manifestaciones en dicho sentido. Recientemente, a propósito de la publicación de The Grand Desing — título que pretende provocar a los seudo científicos creacionistas— , afirmó: “Creo que el universo está gobernado por las leyes de la ciencia. Estas pudieron haber sido creadas por Dios; pero Dios no interviene para romper las leyes”. Semejantes aseveraciones juegan a desafiar puerilmente a las confesiones religiosas, si bien no dejan de ser retos vacuos. ¿Qué tipo de científico sería si afirmara lo contrario?

Resulta imposible agotar los ejemplos: nada se dirá de Charles Darwin y su prolongado dilema entre ciencia o creencia; baste, por referir tipos contemporáneos, con los investigadores Richard Dawkins y Francisco Ayala. El primero es un sociobiólogo empeñado en demostrar científicamente la inexistencia de Dios; el segundo, genetista insigne, admite que ciencia y fe siguen caminos separados, que no se interfieren.

No se pretende abordar aquí la sucesiva invención de Dios, proeza literaria incomparable, que parece ser consecuencia de un residuo biológico, unánime excrecencia de eso que los paleoantropólogos gustan llamar la mente simbólica, y que ni siquiera el ejercicio prolongado de la razón cesa. La única aspiración de estas notas consiste en subrayar lo cerca que en ocasiones bregan el mito y el logos, no entre sí, sino codo con codo, en su obcecada empresa por ofrecer la enésima explicación del mundo. Acaso, las vacilaciones de los hombres de ciencia muestren el humilde y justo convencimiento de que toda ley, aunque se acompañe de la etiqueta de “universal”, solo ha sido comprobada en esta insignificante y remota región de la Vía Láctea donde vivimos: si no existe la empiria universal, nunca se sabrá si las leyes que pretenciosamente formulamos se cumplen en cualquier rincón del cosmos.

La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo, no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que estos son provisionales. A pesar de los riesgos, la ciencia, su capacidad de repensarse, es lo único que nos queda. Lo demás son respuestas sospechosamente sencillas para satisfacer enigmas. Esperemos que siempre haya candidatos dispuestos a correr el peligro sobre el que alertaba Pico, determinados a desmontar una ley sin otra arma que la realidad, empeñados, aunque solo sea, en distinguir los sueños de la vigilia o en confirmar que más allá de las ecuaciones solo se alcanza el vértigo de la noche.

La noche…Teólogos que practican ciencia y científicos que escudriñan a Dios, también nos ayudan a intuir esa identidad.

 ¡Qué tiempos! ¡O tempora. o mores! ¡Oh, tiempo de los moros!