miércoles, 10 de agosto de 2011

Matsuo Basho: Pequeño manuscrito en el morral (I)



Traducción: Fernando Rayo

Edición y prólogo: Negro Black





Prólogo

Doble se me antoja la oportunidad de presentar estos diarios de viaje de Matsuo Basho: de un lado, se pretende ofrecer a los selectos lectores de La Rivoli algunas de las obras más emblemáticas de la lírica universal, por primera vez vertidas al castellano directamente del japonés; por otro, es una forma de rendir un humilde y emocionado homenaje al recientemente desaparecido profesor Fernando Rayo, uno de los más renombrados japonesista de occidente, quien dedicó su vida a estudiar y divulgar la inagotable y rica literatura del país del sol naciente. De su sabia mano salieron, entre otros, documentados y sensibles estudios sobre la obra poética de Basho, Buson o Shiki, y a él debemos también la primicia europea que supuso la traducción de la casi desconocida poetisa japonesa Otsumi Mikawa (Jardín interior, Ediciones La Rivoli, 2001), de quien tuve recientemente el honor de publicar en este blog una treintena de jaikus.
Bien es cierto, como se sabe, que ya existía en nuestro idioma la versión del diario más conocido del poeta de Ueno (Sendas de Oku, México, 1956), realizada por Octavio Paz en colaboración con Eikichi Hayachiya; recientemente han aparecido otras traducciones (Hiperion, 1998 y 2010) de distintos cuadernos de viaje, con deuda demasiado evidente de versiones francesas e inglesas. Esta, pues, que tienes ante tus ojos, es la primera fiel traducción a nuestra lengua de los diarios “menores” de aquel poeta peregrino que fue Matsuo Basho.
Qué decir del depurado estilo de estos apuntes líricos. Sorprende la elegante naturalidad y la sencillez minimalista de sus reflexiones, tan modernas vistas desde nuestra mentalidad; sobre todo si se comparan con ejercicios coetáneos europeos, como la prosa alambicada e involuntariamente humorística de Baltasar Gracián, por ejemplo.
La edición del profesor Rayo viene precedida de un prolijo estudio —que omito, pero recomiendo— sobre la lírica japonesa del siglo XVII. Así mismo, la traducción se acompaña de numerosas notas que aclaran los detalles locales y culturales aludidos en los diarios; diáfanos para el receptor culto del Japón de la época, pero lógicamente velados para el lector occidental contemporáneo. Debido a las limitaciones que impone el formato digital, me he tomado la libertad de incorporar buena parte de las anotaciones en el propio texto, a fin de facilitar su comprensión.
Para evitar la fatiga en la lectura que propicia la pantalla, los textos se administrarán en tres entregas: esta primera, que solo ofrece la reflexión lírica conocida como “La canción del viento otoñal”; la segunda, correspondiente a un periplo de Basho a los cuarenta años de edad: “Notas de viaje de un cráneo”; y, finalmente, el cuaderno que da título al volumen: “Pequeño manuscrito en el morral”.
Solo espero que las obras sean del agrado de los lectores y que se reproduzcan en su ánimo emociones similares a las que yo he experimentado mientras preparaba esta modesta edición.

Madrid, agosto de 2011






LA CANCIÓN DE VIENTO OTOÑAL

Algunos piensan que los jaikus son como hierbas sin raíz, que no florecen y no dan fruto, una suerte de broma balbuceada de vil cultivo. Sin embargo, cierto día, Kikaku, mi fiel sobrino y discípulo, durante un viaje bajo el cielo de Kioto, estrechando lazos de amistad con Mukai Kyorai, fraternal amigo y poeta predilecto, y bebiendo con él sake y té, conversando sobre lo dulce y lo salado, de lo ácido y de lo suave, aprendió rápidamente la levedad y la profundidad del agua del sentimiento y, a la mañana siguiente, ya sabía también que extrayendo poca agua se puede conocer el gusto de cien ríos.
En el otoño de este año (1686), tú, Kyorai, visitaste el templo de Ise en compañía de tu hermana menor. En el Río Blanco, donde sopla el viento otoñal, te entretuviste después recogiendo cañas en la orilla del mar. Me enviaste hasta mi mesita de trabajo, a través de la puerta de hierba de mi cabaña, la descripción de todo aquello que te había conmovido durante el viaje. La primera vez la declamé con emoción. La segunda vez la recité encantado. La tercera vez la leí intuyendo la perfección. Estás verdaderamente avanzado en este sendero y lo has recorrido hasta el fondo. Al este o hacia el oeste, única es la melancolía del viento de otoño.

lunes, 8 de agosto de 2011

Matsuo Basho: Pequeño manuscrito en el morral (II)




NOTAS DE VIAJE DE UN CRÁNEO

Extrañamente fría es la voz del viento cuando, sin provisiones para un viaje de mil leguas, apoyándome en el bastón de los antiguos, libre de pensamientos durante tres meses, bajo la luz de la luna, me dispongo a abandonar mi cabaña en otoño, octavo mes del año del ratón, hermano mayor de la madera en la era Jokyo.

Pienso en el cráneo
tirado en el campo.
El viento me hiela.


¡Diez otoños!
Edo, más que otras veces,
se convierte en nostalgia.


El día que crucé la frontera
llovía, todos los montes
cubiertos de nubes.


Lluvia y niebla:
encantadoras
antes de llegar al Fuji.



Un tal Chiri me ayudó durante el viaje con toda suerte de atenciones y cuidados. Entre nosotros hubo siempre una relación armoniosa: aquel hombre demostró ser un amigo sincero. Me dedicó un poema:

Oh río profundo.
En el Fuji Basho
confiamos.


Mientras caminábamos por la orilla del río Fuji, oímos el llanto desesperado de un niño de tres años.
“Incapaz de afrontar a flote las olas del mundo, tu vida, efímera como el rocío que espera al sol, fue abandonada a la impetuosa corriente del río. Quizá arrastrada por el viento de la noche como un pequeño trébol que mañana se marchitará”.
Paso, lanzándole los alimentos que llevo en la manga.

Oh llanto que los monos escuchan;
¿qué decir del viento otoñal
que flagela a un niño abandonado?


¿Por qué? ¿Te odió tu padre? ¿Fuiste repudiado por tu madre? No, no fuiste odiado por tu padre ni repudiado por tu madre. Solo del cielo y de tu infeliz destino puedes dolerte.
Cuando cruzamos el río Oi llovió durante todo el día. Chiri compuso estos versos:

Río Oi
en un lluvioso día de otoño:
en Edo contarán los días que llevamos fuera.



Poema compuesto a caballo:

Devorados por los caballos
los hibiscos
de la cuneta del camino.


Amanece: se entrevé la luna velada de la vigésima noche, y las laderas
del monte siguen inmersas en la oscuridad mientras avanzamos asidos a los flecos que cuelgan de los flancos de los caballos, sin haber oído todavía el canto de un gallo. Caminamos con nostálgicas huellas de sueño, como en el Veloz viaje del poeta chino Toboku, y junto a la ciudad de Sayo del Nakayama despertamos de repente.

Despierto sobre el caballo
con un rastro de sueño:
luna remota, humo en los hogares para el té.


Llegamos al santuario de Ise, donde moró el monje poeta Matsubaya Fubaku, en el que permanecimos diez días. No llevo puñal al cinto, solo una taleguilla colgada en el cuello y un rosario de dieciocho cuentas en la mano. Parezco un monje, pero estoy cubierto de polvo; parezco un laico, pero sin pelo. Me consideran un religioso porque llevo la cabeza rapada, pero no me permiten acercarme al sagrario. Por la tarde visito el recinto exterior y me quedo en la densa sombra del pórtico; desde allí veo parpadear las luces de las linternas. El poderoso viento de los pinos de la cumbre me penetra los huesos suscitando profundas emociones en mi ánimo.
Compongo estos versos:

Noche de fin de año sin luna,
la tormenta abraza
cedros milenarios.


Por las pendientes del valle donde se retiró el antiguo y admirado poeta Saigyo discurre un torrente. Contemplo algunas mujeres que lavan patatas en la corriente:

Mujeres lavando patatas;
si fuese Saigyo,
compondría un poema.


Aquel día, a la vuelta, me detengo en una casa de té, donde una moza llamada Mariposa me dijo: “Escribe una poesía sobre mi nombre”. Y me da una tira de seda blanca. Escribí con el pincel:

El aroma de la orquídea
las alas de la mariposa
ha perfumado.


Visito la cabaña de un ermitaño:

Sobre ramas de yedra
y ralo bambú,
una tormenta.


A comienzos del mes largo vuelvo a mi tierra natal, a la heredad familiar: no queda ni rastro en el pabellón norte de la hierba del olvido, que mi madre cuidaba; ha sido arrasada por la escarcha. Mis hermanos, muy cambiados por el tiempo, se me acercan: pintan canas en las sienes y arrugas alrededor de los ojos: “Estamos vivos”, se limitan a decir, y después callan. El mayor desata los cordones de una bolsita de talismanes y susurra: “Venera los cabellos blancos de nuestra madre. Que esta bolsa sea para ti como la preciosa caja de Urashima. Los años también han mudado tus cejas”. Lloramos largamente:

¿En la mano, las canas
no desaparecen
como escarcha de otoño?


Recorremos a pie la provincia de Yamato y llegamos al lugar llamado En Medio del Bambú, en el distrito de Katsuge, desde donde se divisa el pueblo natal de Chiri. Nos demoramos allí algún tiempo, para descansar.

Arco que bate el algodón,
como laúd nos serena
desde el fondo del bambú.


Nos acercamos en peregrinación al templo de Taima, sobre el monte Futagami, y admiramos los pinos del jardín, que parecen milenarios: son tan grandes que en sus copas podría esconderse un buey, como afirma el poeta chino Soshi (Chuangzi). Al contrario que los hombres, los pinos no albergan sentimientos, pero evidentemente Buda también protege su karma, porque aún no han encontrado su camino:

¿Cuantos monjes
y enredaderas habrán muerto?
Permanecen los pinos.


Parto solo hacia las montañas Yoshino, selva verdaderamente impenetrable. Sobre las cimas se adensan blancas nubes y el valle se sepulta bajo la niebla de la lluvia. Aquí y allá se divisan casitas serranas; hacia poniente se oyen los hachazos de los leñadores y el sonido de las campanas hace eco en el ánimo. Desde tiempos remotos, quienes se aventuraban entre estas montañas para apartarse del mundo a menudo se refugiaban y se escondían en la poesía. El monte Rozan de China será similar a estos montes.
Pido hospitalidad para pasar una noche en un templo.

Golpeo el kinuta [soporte de las ofrendas]
para poder oírlo,
esposa del monje.



Los vestigios de la cabaña de paja del venerable Saigyo permanecen al final de un largo sedero invadido de vegetación, a unas doscientas varas, a la derecha del recinto exterior del templo, en un camino apenas recorrido por las desbrozadoras. La cabaña se encuentra situada al borde de un profundo barranco que inspira respeto. El agua clara que cantó en sus versos (“toc, toc”) no ha cambiado, y las gotas siguen cayendo con aquel sonido.

Toc, toc de rocío:
trata de lavar el polvo flotante
del mundo.


Si en el país del sol naciente existiese un hombre como Hakui, príncipe del reino de Shu, capaz de apartarse a un monte y dejarse morir de hambre antes que esquilmar a su pueblo, sin duda se enjuagaría la boca en esta limpia fuente. Si pudiera ofrecérsela a Kyoyo, quien se lavó las orejas cuando le propusieron la sucesión de un trono, el sabio volvería a lavárselas.
Mientras subo y bajo de montaña en montaña, los rayos del sol se van inclinando. Son muchos los lugares famosos que no he podido visitar, pero he rezado ante la tumba del emperador Go Daigo, que se refugió con su corte en estos montes cuando fue depuesto por la espada rival.

¿Atrás quedan los años sobre la tumba,
a los que nunca aguarda
el helecho de la paciencia?


Salgo de la provincia de Yamato, atravieso las tierras de Yamashiro, en la provincia de Omi y llego a Mino, en la orilla oriental del lago Biwa. Superada la roca de Yamanaka (En Medio de los Montes), encuentro el antiguo túmulo de Tokiwa, dama de la corte de la emperatriz Kujoin, cuya vida cesó trágicamente cuando fue sorprendida tras huir con su amante, el valeroso general Yoshimoto. Como escribió el monje poeta Moritake de Ise (inventor del jaiku): “El viento del otoño se parece a Yoshimoto” ¿Pero en qué sentido se semeja a este impetuoso y rebelde guerrero?
También yo compongo un poema:

Viento de otoño
similar al ánimo
de Yoshimoto.


Viento de otoño
en los bosques y el los campos
de la triste frontera de Fuwa.



La noche en que llego a Ogaki me hospedo en casa del comerciante poeta Bokuin, quien ansía mostrarme sus versos. Abandoné la llanura de Musashi con el pensamiento de dejar que mis huesos se blanquearan en los campos.

Todavía no he muerto
en el final de mis notas de viaje
en el crepúsculo otoñal.



Llego al templo de la Verdadera Unión de Kuwana.

Peonias invernales,
las pajaritas de las nieves
son como los cucos.



Cansado de recostarme sobre cojines de hierba, desciendo hacia la playa, aunque el cielo todavía no se ha despejado.

Al alba
los chanquetes,
una pulgada de blancura.



Emprendo un peregrinaje al templo marino de Atsuta.
El interior del templo está completamente en ruinas, los muros derruidos, e invadido por las hierbas. Las cuerdas todavía delimitan el espacio sagrado, donde antiguamente se emplazaba un templete, erigido junto a una piedra consagrada a un dios. De ella brota una maraña de artemisas y de helechos de la paciencia. El lugar posee más encanto ahora que cuando alojaba el solemne templo.

Incluso el helecho de la paciencia
amarillea;
compro un bollo de arroz en la posada.



En el camino hacia Nagoya entono versos:

A Chicusai* me parezco,
con sus locos versos,
el cuerpo al viento que los árboles seca.


——
* Falso médico, protagonista cómico de antiguos relatos, que viajaba con un criado por estas tierras.
——-
Almohadas de hierba,
¿acuosos también los perros como lluvia de otoño?
Nocturnos ladridos.



Camino contemplando la nieve:

Gente de ciudad:
este sombrero vendo,
un sombrero de nieve.


Observo a algunos viajeros:

Incluso los caballos
contemplo,
en la mañana nevada.

Después de recorrer la orilla:
oscuro está el mar,
solo el vago brillo que gañen las gaviotas.



Aquí me desato las sandalias de paja, allí he abandonado el bastón, para descansar.
Hacia fin de año:

Termina el año
mientras todavía uso
un sombrero de juncos y sandalias de paja.



A mi pesar, también paso el fin de año en una casa de montaña:

¿De quién será el hijo
que carga bollitos envueltos en helechos
en el año del buey?



En el camino que lleva a Nara:

Es primavera:
tenue niebla
en una montaña sin nombre.



En el retiro del templo del Segundo Mes:

Al extraer el agua del pozo,
el crepitar del calzado
helado de los monjes.



En el viaje de vuelta a la capital visito la villa campestre de Mitsui Shufu, en la Cascada Sonora.

Bosquecillo de ciruelos:

Blancas flores de ciruelo:
ayer las grullas
me arrobaron.


Perfil
de un roble,
indiferente a las flores.



Encuentro con el generoso monje, el abad Ninko, del Bancal Occidental de Fushimi:

Sobre mi vestido
derrama
los duraznos de Fushimi.



Superado el sendero de montaña, el camino que conduce a Otsu, antigua capital del lago Biwa:

En el sendero montano,
que encanto
las violetas.



Vista del lago:

El pino de Karasaki,
más que de flores,
velado está de niebla.



Tras veinte años, me reúno con un viejo amigo en Minakuchi:

Flores de cerezo
vivieron en medio
de dos vidas.



Un monje de la islita de Sanguisughe en el Izu, que inició una peregrinación en el otoño del año pasado, me reconoce e insiste en acompañarme y en compartir conmigo las almohadas de hierba. Me sigue hasta Owari:

Así ambos
nos alimentaremos de espigas
sobre almohadas de hierba.



Aquel monje me comunica que, en el primer mes de este año, el bonzo Daiten del templo Engaku había mudado de forma. Me parece estar soñando: a lo largo del camino envío un mensaje a mi joven primo y pupilo Kikaku, que fue alumno de Daiten:

Lágrimas
contemplando las azaleas
con nostalgia del ciruelo.



Escribo a Tokoku, mi amigo y mecenas:

Sobre la blanca amapola,
la mariposa deja sus alas
en prenda.



De nuevo en Toyo, me preparo para regresar a las regiones orientales:

Nostalgia de la abeja
que profunda penetra
entre los estambres de la peonia.



Me detengo en la localidad llamada En Medio de los Montes, en la provincia de Kahi:

Se reconforta con el forraje
el potro, después del viaje,
en la posada.


Al final del mes de las liebres vuelvo a mi cabaña para recuperarme de la fatiga del viaje.

Ropas de verano
todavía de piojos
infestadas.

lunes, 1 de agosto de 2011

La lección de san Ambrosio

Cuando Agustín de Hipona tituló su libro Confesiones probablemente consideró que así acentuaba la veracidad de su obra. Escribiría acaso en primera persona para que nadie pudiera dudar de su sinceridad autobiográfica. No sabía, o quizá sí, que un libro no es un confesionario, y que elegir la letra escrita inevitablemente convierte lo verdadero en verosímil y lo real en realista, incluso aunque se tenga la pretensión de redactar un tratado científico, discurso en principio ajeno, a pesar de siglos de irritante escolasticismo, al de un teólogo más o menos consciente de la invención del objeto de su estudio.
Tenía fe Agustín y la transmitió literariamente: invención con convicción de quien amaba los libros como a sí mismo. En 430, en su lecho de muerte, rodeado de sus discípulos, que apenas respiraban para poder oír el mensaje que habrían de repetir nunca adulterado por los siglos de los siglos amén, pronunció sus últimas palabras: “Cuidad bien de mi biblioteca, muchachos”.
¿Sustituyó en algún momento Agustín el interés por lo divino por la pasión por lo libresco o supo siempre que lo uno y lo otro eran indisociables y que Dios era un libro? La respuesta quizá sólo la conociera quien sin duda había sido su confesor, quien le había convertido o convencido al cristianismo: el obispo Ambrosio, a quien la humanidad debería recordar por haber sido capaz de conseguir algo hoy impensable, que Teodosio I prohibiera los juegos olímpicos.
La infancia de Ambrosio, como la de Platón, estuvo ungida por uno de esos sucesos que los protagonistas viven con total naturalidad pero que sus hagiógrafos consideran una señal que adjetivan según su contexto histórico y cultural. En nuestro caso la señal solo podía calificarse de divina, aunque fuera en realidad entomológica: el niño Ambrosio disfrutaba del jardín de su casa patricia cuando un enjambre de abejas vino a revolotear por su rostro hasta que algunas de ellas se deslizaron en el interior de su boca sin picarlo. Cualquier cronista mínimamente objetivo deduciría el consiguiente efecto; desde ese día Ambrosio dedicaría su vida al estudio de las bellas letras, aprendería griego y leería a Virgilio y a Tito Livio.
Y en esa situación lo encontró Agustín siendo ya su mentor obispo en Milán. Nos lo refiere en sus Confesiones: “ Cuando leía –dice asombrado Agustín al sorprender así a Ambrosio-, sus ojos recorrían lentamente las páginas; su espíritu y su corazón estaban alerta para comprender; pero sus labios no se abrían, sino que guardaban silencio”. Hasta ese momento la humanidad lectora había leído siempre en voz alta, mientras paseaba por los pórticos de las bibliotecas o se sentaba en los bancos de la exedra; pero sin acceder a la lectura interior, de la que se desconfiaba. Sócrates sospechaba de la moda de la lectura privada porque el libro no podía sustituir al maestro y debilitaba la memoria. Así nos lo muestra Platón, que parece sentir una especial inquina contra los libros en sus Diálogos. Aunque por sus hechos los conoceréis: reunió en la Academia una estupenda biblioteca y despilfarró su dinero en comprar libros porque era un lector empedernido, lector en voz alta. Con Ambrosio se produjo el cambio; había descubierto el placer individual y oculto del lector que solo se escucha a sí mismo con la voz íntima de la inteligencia. Este episodio también conmocionó en su día al versificador bonaerense Pelegrini, que nunca llegó a poeta porque nunca logró escribir con voz propia; sus versos siempre sonaron a otro. Así se advierte en el poema que dedicó a Ambrosio y que, según él mismo reconoce, se debe al magisterio del gran poeta y bibliotecario argentino Jorge Luis Borges :



La lección de san Ambrosio

Siente Ambrosio la música callada
de un enjambre de palabras en su boca,
lector silente en soledad sonora
que vuela hacia la luz desde la nada.
Tan absorto el santo está en la letra,
tanto anula menos uno sus sentidos,
que no advierte, entre las páginas perdido,
la solícita impaciencia de la uretra.


Emocionémonos con Pelegrini y reivindiquemos la lectura ambrosiana frente a la lectura convertida en espectáculo. Hay que boicotear los actos de nauseabunda lectura colectiva.

Las analectas son para el verano

Matsuo Basho

No hay nada que se contemple que no sea flor; nada que se piense que no sea luna.


Joan Fuster (1955) El descèdit de la realitat:

La pintura abstracta vuelve la espalda a la realidad; el surrealismo no; el surrealismo la presenta como una perfidia indecorosa, la priva del último y más pequeño prestigio que le quedaba: la verosimilitud.


Conde de Villamediana:

Viviendo pareció digno de muerte,
muriendo pareció digno de vida.



William Faulkner:

Es solo en la literatura donde las anécdotas paradójicas y a menudo mutuamente excluyentes de un alma humana pueden yuxtaponerse y amalgamarse, por medio del arte, en un todo de verosimilitud y plausibilidad*.

———
* He decidido conservar este sustantivo de la traducción original, porque, pese a sus dificultades prosódicas, proporciona al enunciado cierta frescura de agua de colonia.


José María Ridao:

La instalación de una corte estable en Madrid [en el siglo XVI] llevó a afirmar, según hizo la historiografía nacionalista, que España gobernó el mundo, cuando en realidad, lo que estrictamente sucedió es que una rama de la dinastía Habsburgo gobernó sus amplísimos dominios desde Castilla. No hubo, por consiguiente, una hacienda española, sino una hacienda de los Habsburgo de la que formaban parte la de Castilla y Aragón, entre otras. Como tampoco hubo tercios españoles en el sentido de que estuvieran compuestos o mandados por españoles, sino fuerzas reclutadas y financiadas por los Habsburgo en sus diversos dominios.


Negro Black:

Resulta paradójico que, en términos ecológicos o de política medioambiental, los discursos conservadores se muestren partidarios de los cambios en favor del progreso y que los discursos progresistas sean conservadores (o conservacionistas).


Spinoza:

La voluntad de Dios no es sino el asilo de la ignorancia.


Pascal Boyer:

Aunque los creyentes suelen atribuir su moralidad a un agente sobrenatural, los modelos cognitivos indican todo lo contrario: nuestros sentimientos morales son reclutados para dar verosimilitud a las nociones morales de la religión.
Esto explica algo obvio y es cómo cada cuerpo doctrinal religioso es reflejo de la realidad social de la que surge, con evidentes injusticias o imperfecciones que difícilmente podrían achacarse a un ser perfecto como Dios.



Enrique Miret Magdalena:

Porque Dios, lejos de ser un amo exigente, es “poesía en la cual se cree”.


Cipolla:

La soberbia hace que tratemos de entender al criminal para combatirlo mejor. La modestia nos obliga al renegar del idiota que lo justifica.


James Wood, Los mecanismos de la ficción:


El realismo no es la imitación de la realidad, sino una representación de la experiencia de la realidad, y por tanto asume dosis de artificio semejantes a las de la vida misma. Y si la realidad ficticia a menudo acude a efectos (o efectismos) es porque el efecto no resta veracidad a la narración, como los sentimientos forma parte de ella.
Y es así, mediante los detalles expuestos con la inteligencia selectiva de un narrador a menudo se alumbra una verdad: la necesidad de”aportar el mejor relato posible de la complejidad de nuestro tejido moral”.



Henry Miller, Trópico de cáncer:

El cáncer del tiempo nos devora a todos.


Manuel Vicent:

[Ezra Pound] fue uno de esos tipos que luchan denodadamente a lo largo de su vida para alcanzar el propio fracaso y no cesan de combatir hasta conseguirlo.


André Geim (físico molecular descubridor del grafeno):

Solo puedo predecir con exactitud el pasado.


Rafael Sánchez Ferlosio:

Convendría, por tanto, señalar que el Nosotros no solo en la gramática es tan persona como el Yo, sino también, por añadidura, como se ha visto en la unanimidad del totalitarismo, muchísimo peor persona.


Gisbert Haefs, “Los juglares y la Historia”, en Babelia, 8-08-2010:


[A mi querido Montenegro, en otro tiempo denostador contumaz de la novela histórica y defensor de la novela periodística]

No es normal sino infame hacer de su gusto personal una ley general —no me ha gustado una novela histórica, entonces todas las novelas históricas son mala literatura— ¿Y el José (y sus hermanos) de Thomas Mann? Ah, no señor, no es novela histórica porque es de Mann.


Antonio Moreno, Nombres del árbol:


[Las palabras]
tan plenas que decirlas
ha sido hacer el mundo y su silencio.



Nietzsche:

La verdad y la mentira no son más que el modo en que una moral determinada trata de imponerse a las otras moralidades.


George Best (extremo izquierdo del Manchester):

En mi vida me he gastado enormes cantidades de dinero en alcohol, drogas y mujeres; el resto lo he despilfarrado.


Charles Simic:

Cada segundo, la tierra es duramente golpeada
por dos kilos de luz solar.



Vargas Llosa, El sueño del celta:

Eso era la historia, una rama de la fabulación que pretendía ser ciencia.


Rubén Darío, “Metempsicosis”:

Yo fui un soldado que durmió en el lecho
de Cleopatra la reina. Su blancura
y su mirada astral y omnipotente.
Eso fue todo.
Y crujió su espinazo por mi brazo;
y yo, liberto, hice olvidar a Antonio.
(¡Oh el lecho y la mirada y la blancura!)
Eso fue todo.



Javier Marías:

La literatura no sirve para iluminar nada, solo sirve para ver un poco mejor cuánta oscuridad hay alrededor.

Mel Gibson:

Nadie es ateo cuando la cuerda aprieta.


Kierkegaard:

La vida se vive hacia delante, pero se comprende hacia atrás.


Luc de Clapiers, marqués de Vauvernagues:

La servidumbre envilece a los hombres hasta el punto de lograr que la amen.


Jorge Semprún:

En el fondo, mi patria no es el idioma -como ocurre con la mayoría de los
escritores-, sino lo que se dice.



Macedonio Fernández:


Amor se fue; mientras duró
de todo hizo placer.

Cuando se fue
nada dejó que no doliera.



Anton Chéjov:

“Champagne. Relato de un granuja”

¿Qué otro mal se le puede causar a un pez ya pescado, frito y servido en la mesa con una salsa?


“Los enemigos”

Los desgraciados son egoístas, malvados, injustos, crueles y menos capaces de comprenderse entre sí que los tontos. La desgracia no une, sino que separa a los hombres; e incluso en aquellos casos en que, al parecer, los seres humanos deberían estar ligados por un dolor análogo, se cometen muchas más injusticias y crueldades que entre gentes relativamente satisfechas.

jueves, 28 de julio de 2011

Últimas horas del niño Federico Nietzsche

"Las palabras más silenciosas son las que traen
la tempestad. Los pensamientos que se acercan
con pasos de paloma dirigen el mundo"
FEDERICO NIETZSCHE







Cuando Federico Nietzsche volvió a ser niño en la alta noche de su locura, sólo le confortaban la lectura de Spinoza y ciertos pasajes musicales tocados por su madre al piano. Nunca fue la luz más hermosa que en aquellas mañanas de invierno en la casa familiar de Weimar, mientras el silencio le retiraba con su mano de agua la oscuridad del rostro. A veces, la fiebre conquistaba su cuerpo y le venían imágenes y vivencias anteriores a esta nueva infancia, de otro tiempo en que pensaba y escribía con sangre, desde ese patíbulo en que se convirtió su vida y ahora le hacía balbucear muy para adentro, inconscientemente: "Sí, ahora y en la hora en que estamos todos como muertos, y el alma es sólo un frío infinito que nos gangrena los labios".


A la otra niñez, la oficial, también regresaba en ocasiones, sobre todo al languidecer la tarde e incendiarse la hilera de cedros que se alzaban sobre la cercana colina. Con el viento solía llegar la visión de su padre, adusto clérigo protestante, poco antes de morir, y ese triste olor nunca olvidado que exhalaba su cabello. Se asomó por vez primera al horror y la soledad que alberga el protestantismo, todas las religiones, en suma. Y nuevamente afloraban recuerdos inconexos: "Elisabeth, hermana, sabrás que en Leipzig me masturbé frecuentemente"; "te aseguro que me gustaría creer, como el buen ladrón en la cruz, que existe el paraíso"; "Cristo, Platón, la propia vida... ¿quién pisoteó la belleza y la libertad de tantas flores?". Sin duda, había sangre de camellos muertos por tanta carga en la travesía del desierto.


Porque hubo un tiempo en que buscó el amor como una fiera solitaria, viajando hacia la demencia con insinceros oficios de soberbia, a los que llamó filosofía. Desollar la desesperación para sentirla en carne viva. Simulacros de felicidad o música, en forma de mujer, llámese Lou Andreas Salomé o, tal vez, Cósima Wagner. No importaban los países ni los paisajes, siempre ese pensamiento salvaje insinuándose como una herida en medio de la noche.


Mientras su madre lee el final de la Ética de Spinoza: Lo excelso es tan difícil como raro, una sonrisa de águila danza en sus ojos lejanos. Nadie supo nunca nada, pero el mundo había renacido semejante al sueño de un león.


Del cadáver de este león y de su memoria, aventada la ceniza del superhombre y la terrible idea del eterno retorno, surge un nuevo comienzo, el sueño que realmente somos: hombres y mujeres, bellos pero desvalidos ante la muerte. Porque no sólo soportan la soledad los dioses y las bestias, sino también, y más enérgicamente, los filósofos y los poetas, aquellos que han recuperado la sublime humildad de la infancia.



En la claridad de su aposento, entra por la ventana el olor de la lluvia igual que la lejana rosa de un recuerdo. Y Federico Nietzsche ve que al final la salvación es ser de verdad niños, ese echar a volar las doloridas palabras como si fueran renacidas y fulgentes aves. Que en el cielo y en la tierra, cuando el dolor, la enfermedad, la injusticia y la barbarie lo permitan, nos quede la feroz alegría que a todos nos iguala. Porque somos todos lo mismo: cuerpos solitarios de niños que hablan, callan y miran cómo cae incansablemente la nieve.

viernes, 1 de julio de 2011

Una experiencia libresca

A mis queridos colegas rivolinos, que me han abandonado a mi suerte en las procelosas páginas de la web, para ver si se animan a colgar algún texto en esta que yo creía empresa común.







Hoy he oído en las noticias el caso de Juan Haldudo y Andrés Otawe. Una de esas historias chungas que ocurren todos los días, solo que esta me toca más de cerca. Mirado desde el que se entera por la tele, es un asunto fácil. El tal Haldudo, ganadero de la sierra, contrató a un chavalín africano, Andrés Otawe, uno de tantos de los que llegan en cayucos, para que cuidara de sus ovejas. Todo bajo cuerda, claro. Al parecer, el chico, que curraba por cuatro perras, no se tomaba muy en serio su oficio y perdía de vez en cuando algún animal. Haldudo se lo echó en cara, discutieron, pelearon y el ganadero murió apuñalado. Detuvieron a Andrés, le juzgaron y hoy le han metido dieciocho años de maco. Su abogado alegó defensa propia, que cuadra con las graves heridas que tenía el chico cuando lo trincaron. Dio igual. El abogado quiere recurrir, aunque para toda la peña es un caso cerrado. Yo podría echarle un cable, pero paso. Entre otras cosas, me perjudicaría… Además, me importa un carajo.
Escribo en esta libreta la historia tal y como la recuerdo. Lo hago por pasar el rato y porque sé que nadie la leerá.
Me gusta el campo. O la naturaleza, como dicen los lilas esos que defienden los bosques y a los animales. A mí los bichos y los árboles me la sudan. Lo que me mola del campo es que no hay nadie, que se puede estar solo mucho tiempo sin ver un alma. Cuando me mosqueo con la Mari o me pillo algún rebote, cojo el buga y me abro al campiri. Me da igual el sitio, poco me importa que haya montañas o llanos. Lo que busco es no ver vasca, y ya está.
Aquel día me peleé con mi tronca, la Mari. Nos llevamos bien casi siempre, pero de vez en cuando se me acampana y me la monta. La podría haber estampado contra una puerta. Me corté. Mejor pirarme por ahí hasta que se le pasara el mal rollo. Pillé una china en lo del Sebas y tiré para la sierra. Después de una hora conduciendo, dejé la carretera y me metí por un camino de tierra que iba entre árboles. Al cabo de un rato, en un sitio que me pareció guay, paré el coche y me puse a andar. Hacía bueno y todo estaba verdecito, mazo guapo. Cogí un palo y lo usé de bastón. Caminé largo trecho hasta que en una revuelta del sendero encontré una fuente. Paré a refrescarme y a descansar un ratito. Me senté apoyado en el tronco de un pino y me lié un peta. Se estaba de puta madre y no se oía nada más que algún pájaro y el chorrito de agua en el regato del manantial. Grabé letras en el palo con la navaja. Decidí poner Mari, para luego regalárselo a la Mari, cuando volviera. Quedó chulo. Recordando a mi tronca se me puso dura. Suele ocurrirme, porque está buena que te cagas. Me hice una paja pensando en ella, que me dejó suave. Me entró sueño, y me quedé sopa mientras acariciaba mi cara un airecito guapo.
No sé cuánto tiempo estuve grogui, pero sí recuerdo que me desperté sobresaltado por un chillido, como el de un animal herido. Supuse que sería un jabalí o algo así. Al poco volví a oír el grito. Ahora parecía de alguien que estaba sufriendo. Como no tenía nada mejor que hacer, decidí enterarme de lo que pasaba. Me metí en el bosque en dirección a los chillidos, que cada vez se sentían más cerca. A pocos pasos, en un claro, vi un caballo atado en una encina y en otra a un negrito que era el que daba voces; y con razón, porque un tío le estaba breando a correazos. Mientras le zurraba la badana, le iba diciendo lindezas:
—¡La próxima vez espabilas, mamón!
Y el chaval respondía:
—¡Estaré listo, por favor, ya vale; no pegar más, no pegar más! ¡Yo vigilo ovejas!
Me acerqué con cuidado, sin hacer ruido. Cuando estuve a tres o cuatro metros del de la correa, cogí el palo con la derecha y, dando golpecitos en la palma de la otra mano, le entré al pavo:
—¿Por qué no pruebas conmigo?
El campesino se dio la vuelta y, al verse a tiro de garrote, se lo pensó mejor. Muy templadito dijo:
—Mire, señor, este desgraciado al que estoy castigando trabaja para mí cuidando un rebaño de ovejas que tengo en estos contornos. Es tan descuidado, que cada día me falta alguna. Porque le descuento de su sueldo las pérdidas, dice que soy un miserable. Así, para que aprenda a tratar como Dios manda a la gente, le estoy dando lo que merece.
—¿Lo que merece? Suéltalo ahora mismo, si no quieres que te abra el melón de un palazo —dije.
El menda bajó la cabeza y sin decir ni pío desató al negrito. Pregunté al chaval cuánto le debía el ganadero. Calculó nueve meses a ciento cincuenta euros cada mes.
—¿Ciento cincuenta pavos, cabronazo? —dije, mirando a aquel negrero sádico.
—Teniendo en cuenta las mermas, pierdo dinero —respondió—. Además le visto, le calzo, le doy comida y cama. Incluso, un tiempo que anduvo enfermo, le pagué el médico y las medicinas.
Apreté los dientes y ganas me entraron de molerlo a garrotazos allí mismo. Pero me frené. De todas formas, me resultaba curiosa la sensación de que aquella mierda me era familiar, como si ya la hubiera vivido antes.
—Con los correazos, te has cobrado con creces —dije—. Así que ya estás achantando lo que le debes.
—Lo malo es que no tengo aquí dinero. Que se venga Andrés conmigo a casa, que yo le pagaré un euro sobre otro.
—¿Irme con él? —dijo el chaval—. Ni hablar. No ir. Cuando esté con él solo, me arranca piel a tiras. Juan Haldudo es chungo, es mucho chungo.
—Yo creo que te va a pagar —dije, y miré al tal Haldudo—; porque, si no, juro por estas que volveré a buscarte y te deslomo a palos, aunque te escondas más que una lagartija, como que me llamo Contreras.
Di media vuelta, me interné en el bosque y desaparecí. Sabía de sobra que aquello no había terminado. Me senté tras uno matojos y esperé. Así escondido, me vino de pronto. Ya sabía a qué me sonaba todo aquello. Yo no leo libros, es mazo aburrido, pero me acordé de unas historias que nos leía el maestro en la escuela sobre un pibe que perdió la chola, un caballero de esos de antes. Le pasó algo parecido. Se topó con un nota que pegaba a otro chaval, como al negrito. Me rayó un poco la coincidencia. Pero recordé que el loco aquel, después de parar la paliza, se fue y se quedó tan contento. Yo no.
Pasada media hora volví a oír los gritos; ahora más fuertes, si cabe. Me acerqué sigiloso, como un comanche de las pelis. Efectivamente, Haldudo volvió a las andadas: había atado otra vez al moreno y se estaba empleando a fondo con él. Me escondí tras unas rocas. Abrí la navaja. El chaval ya no gritaba, porque había perdido el conocimiento, pero Haldudo seguía pegándole con todas sus fuerzas. Esperé a que tuviera la correa en alto y salté sobre él como una fiera. No le di tiempo. Le metí la navaja entre las costillas y lo dejé seco. Corté las ligaduras de Andresillo, que seguía inconsciente, y me piré de allí cagando leches. Eso fue todo.

jueves, 2 de junio de 2011

All you need is love

Lola salió a la galería de su apartamento para tender la ropa y se encontró sin sorpresa con la letanía del Santo Rosario que emitía en la radio una cadena católica.

—María, madre de gracia, madre de misericordia… —proclamaba una voz impostada y solemne.

—En la vida y en la muerte ampáranos, gran Señora —respondía un coro femenino.

Pese a que llevaba años escuchando por imposición el repertorio de aquella emisora, Lola no terminaba de acostumbrarse.

—Ya está la Sorda con sus beaterías —dijo.

La Sorda era una mujer mayor, viuda y austera, que se pasaba el día, mientras realizaba las tareas de la casa o cosía, entretenida con novenas, misas y otros oficios, cuando no sintonizaba coloquios enfervorizados sobre el derecho a la vida o la defensa de la familia. El problema de la contaminación acústica se producía, sobre todo, en primavera y en verano, tiempo en que las ventanas permanecían abiertas y los rezos inundaban con estrépito el patio interior, para extender las bendiciones por todo el vecindario.

A Lola no le constaba que su devota vecina, con la que nunca había cruzado palabra, fuera verdaderamente sorda; se trataba de una suposición sustentada en la costumbre de la anciana de poner la radio a todo volumen. De lo que no le cabía duda era de la sobriedad de su espíritu. Bastaba con observar cómo tenía la galería. Desde el piso de Lola, un quinto, se divisaban las balconadas del edificio de enfrente, que compartía con el suyo el portal y el patio de luces. Todas las galerías, salvo la del segundo, que estaba deshabitado, acumulaban más o menos el mismo tipo de objetos: tendederos, escaleras de mano, armaritos, trastos diversos y plantas, muchas macetas que alegraban el patio. En la galería de la Sorda, sin embargo, dominaba la estética zen. No había nada. Sólo la puerta y las ventanas con sus alféizares desiertos. Todo muy limpio, eso sí. Este detalle de la pulcritud, unido al de la vocación religiosa, había llevado a Lola a la conclusión de que la Sorda debía provenir de algún pueblo de la meseta, en el que sin duda veraneaba durante el mes de agosto, único periodo del año en que la comunidad de vecinos quedaba desprovista de jaculatorias.

Acompañada de las avemarías, Lola comenzó a tender la colada. Siempre le producía reparos esta tarea y no conseguía asomar medio cuerpo por la barandilla, para alcanzar la cuerda exterior del tendedero, sin experimentar cierto vértigo paralizante. Al intentar prender una sábana se le cayó la pinza y no pudo evitar retroceder de un respingo. Siguió con la mirada el viaje de la pinza hacia el fondo del patio. Entonces reparó en que el segundo piso, justo debajo del de la Sorda, ya no estaba vacío. Una silueta de mujer se entreveía a través del vidrio traslúcido de la puerta. La sombra aparecía y desaparecía como un vago fantasma. No había duda de que alguien trajinaba al otro lado de los cristales. Continuó con sus quehaceres, pero de vez en cuando se asomaba a la galería por si podía recabar más datos sobre los nuevos inquilinos. Hacia las dos de la tarde, mientras atendía un sofrito para aderezar las lentejas, pudo ver desde la ventana de su cocina a la mujer sacudiendo el polvo de una gamuza en el balcón del segundo. Era una joven menuda y morena; conjeturó que americana, por los rasgos de su rostro andino. Supuso que se trataba de una asistenta, contratada para limpiar el piso, que estaría bueno después de tanto tiempo cerrado. Esa misma tarde confirmó sus sospechas: vio a una pareja apoyada en la barandilla del segundo observando el patio de luces. Ella era una mujer rubia, de mediana edad, bien vestida y bien peinada, aunque se notaba que el color del pelo era de tinte. Él iba trajeado y tenía muy buena pinta.

Deben estar instalándose, pensó.

Esa misma noche, sentada frente al televisor mientras se limaba las uñas, se lo comentó a su marido:
—Tenemos nuevos vecinos. Hoy he visto a una parejita en el segundo de enfrente.
—Qué bien —dijo Mario, su marido, sin apartar la vista del partido de fútbol que retransmitían en la tele.
—Tienen buen aspecto; deben gozar de una buena posición, a juzgar por cómo iban vestidos.
—No me extraña —dijo Mario—, el precio de los alquileres del barrio no está al alcance de cualquiera.
—Tal vez deberíamos darles la bienvenida, ¿no te parece?
—No fastidies, Lola.
—Es lo correcto. Al fin y al cabo nos toparemos con ellos muchas veces en la escalera o en la calle.
—Pues, cuando nos los encontremos, los saludamos y ya está. No veo por qué hay que ir más lejos.
—¡Qué huraño eres! Si por ti fuera, no trataríamos con nadie. Pero no vives en una isla desierta, Mario. No hay nada de malo en ser educados; vamos, digo yo.

En los días siguientes, Lola pudo hacerse una composición de lugar sobre los recién llegados. Él salía temprano, siempre muy bien arreglado. Imaginó que sería ejecutivo o empresario. Ella se marchaba más tarde, sobre la nueve. No tenían hijos y se notaba que funcionaban muy bien. En un par de semanas de observación meticulosa no les había visto repetir modelito a ninguno de los dos. Una tarde, Lola volvía de comprar en el súper y le sorprendió a él cuando entraba con su automóvil en el garaje. Tenía un cochazo, de esos que llevan unos aritos en el morro, como los de los juegos olímpicos. No sabía de qué marca se trataba; pero era un buen coche, sin duda. A ella se la veía poco. Averiguó sus nombres gracias al buzón del portal: Marisa Sanz Mingo y Alfredo Ramos San Juan. Curiosamente, la mujer aparecía en primer término en la etiqueta del cajetín de correos. Detalle nada superfluo, porque evidenciaba que él no era un machista. Mario no habría consentido semejante cortesía. Menudo era para estas cosas.

Los apellidos, sin embargo, no aportaban indicio alguno sobre los pormenores que a Lola le interesaban, como la procedencia, el nivel social o la profesión de ambos. De todas formas, se hacía evidente cierta distinción en la pareja, se apreciaba que poseían estudios; carrera universitaria, incluso. Una prueba de ello, que a Lola le pareció incuestionable, consistía en que la mujer apenas salía a la galería. Los trabajos de la casa los realizaba la asistenta americana, con la que sí había coincidido en alguna ocasión en el mercado y, una vez, en el ascensor. La chacha, ecuatoriana, se llamaba Tamara Wendy y, aunque había intentado sonsacarla, no obtuvo mucha información.

—Tamara Wendy, vaya nombrecito —dijo Mario cuando Lola le comentó el encuentro con la asistenta.

A Lola, sin embargo, le gustaba el nombre. Le parecía gracioso y una combinación muy musical. “Tamara Wendy, Tamara Wendy”, repetía en voz alta, y seguía sonándole bien, como el nombre artístico de una cantante. Desde luego mejor que el suyo, María Dolores, más propio de una sadomasoquista; o mejor que cualquiera de los nombres de tantas mujeres de su edad: María del Sagrario, Inmaculada Concepción, María del Rosario… Parecían sacados de una relación de prisioneras del Santo Oficio. De hecho, todas las que conocía así llamadas terminaban por acortárselos con apelativos que enmascararan semejantes desatinos: Sagra, Pura, Inma, Charo. Ella misma se hacía llamar Lola. Cómo vas a preferir que te llamen Dolores —se decía—, es como poner a alguien el nombre de Cáncer o de Apendicitis. Un disparate.

En cualquier caso, Tamara Wendy, aparte de tener un nombre sonoro y original, era una mujer discreta, porque Lola no había conseguido de ella ningún dato que la mera observación no le hubiera proporcionado ya.

Cierta tarde en que Mario y Lola regresaban de dar un paseo por el parque se encontraron de frente con los nuevos vecinos. Al cruzarse con ellos, Lola ni corta ni perezosa vio la oportunidad de colmar su curiosidad y los abordó. Aunque el encuentro fue breve, y algo tenso por la brusquedad, le dio a Lola ocasión de presentarse. Primer paso, pensaba ella, para ir poco a poco adquiriendo confianza y así poderles invitar una noche a cenar en casa. La mujer, Marisa, le pareció algo seca, con poco mundo, pese a que la suponía culta y desenvuelta. Él, Alfredo, estuvo muy cortés, sin embargo, amable y casi familiar. Le cayó muy bien. La presentación no dio para más, pero el resultado del lance fue juzgado como satisfactorio por Lola. Su marido, en cambio, lo vio de otra forma y reprochó a su mujer la osadía, más propia de una cotilla metijona que de una buena vecina.

Un domingo por la mañana, Lola se recreó con la visión de Alfredo afeitándose ante el espejo del cuarto de baño. La ventana del segundo estaba abierta y, al amparo de las persianas de su galería, pudo observar tranquilamente todas las maniobras del apuesto vecino. Tenía el torso desnudo y llevaba el pantalón del pijama, un pantalón muy moderno con un estampado singular y colorido, no como los aburridos pijamas a rayas que solía usar Mario. Se apreciaba que Alfredo era un hombre fuerte y proporcionado, con los pectorales y los abdominales perfilados, sin asomo de barriguita, y dotado de unos brazos vigorosos, recios. Estaba muy mono, untándose la cara con la espuma de afeitar. Le sorprendió que se rasurara con navaja, a la antigua. Imaginó la suavidad de su cutis, lo agradable que resultaría besarlo sin rasparse con el mentón de lija, como le ocurría cuando besaba a Mario aunque estuviera recién afeitado.

Aquella misma noche, su marido le hizo el amor, torpe y mecánicamente. Cerró los ojos y pensó en Alfredo, en su piel suave y en sus músculos acerados. No fue la única vez que el galán del segundo pobló su imaginación. Una noche se despertó jadeando, excitadísima, después de soñar cómo Alfredo la había cortejado en el ascensor, para llevarla después a su apartamento donde la amó apasionadamente sobre la alfombra, haciéndola gritar de gozo. Pese a la agitación del sueño, Mario no se inmutó, seguía roncando en su lado de la cama, y respiraba entrecortadamente mientras se le movía la panza como a un animal moribundo. Para reponerse del sofoco, Lola se levantó y se refrescó la cara. Al verse reflejada en el espejo del aseo, levantó el camisón para examinar su cuerpo desnudo. Con la mano alzó un pecho y lo volvió a bajar. Se dio la vuelta y palpó las nalgas, que todavía le parecieron tersas y apetecibles. No estoy tan mal para mi edad, la verdad, se dijo. Algo más sosegada, regresó a la cama y se durmió de nuevo.

Al poco tiempo, una mañana en que salía a hacer la compra, se encontró en un rellano de la escalera con Tamara Wendy. Tenía los ojos inyectados en sangre, como si hubiera estado llorando, y el semblante melancólico.

—¿Te encuentras bien, Tamara Wendy? —le preguntó.
—El señor me acaba de despedir; ¡fíjese qué desgracia!—dijo.
—Pero, ¿ha pasado algo, has hecho algo mal?
—No, señora —contestó la criada—, nada de eso. Don Alfredo dice que ya no me necesitan, que pueden arreglarse sin mí. Ya ve usted qué pago, después de todo lo que he hecho por ellos.
—¿Y Marisa qué ha dicho? —preguntó Lola.
—Nada, porque no estaba. Pero habría dado igual. Ahí quien manda es él, señora. Y manda mucho, créame.

Tamara Wendy, emocionada, se recogió en un llanto ahogado, con hipo.

—Bueno, no te preocupes, mujer, seguro que encuentras pronto otra casa. No llores, que no merece la pena. Ya verás cómo todo se arregla antes de que te des cuenta.

Lola se compadeció de Tamara Wendy. La pobre muchacha parecía muy afectada, y no era para menos, con lo mal que estaba ahora el trabajo. Pero lo que le pareció más extraño es que los nuevos vecinos prescindieran de la asistenta. No se imaginaba a Marisa realizando las tareas de la casa; ni a Alfredo tampoco. Si se habían deshecho de la chica, debía de ser por razones económicas. ¿Igual no disfrutaban de tan buena posición como ella había imaginado? También le inquietó el comentario sobre el carácter autoritario de Alfredo. No lo aparentaba, la verdad. Debía tratarse de una impresión de Tamara Wendy. A fin de cuentas, el punto de vista de un empleado sobre su jefe siempre será sesgado.

Pocos días después, una tarde, sobre las ocho, Lola se encontró con Alfredo en el ascensor. Ella volvía de sacar las bolsas de la basura y él regresaba, supuso, de su trabajo. Se alegró de no coincidir acarreando los pestilentes desperdicios. Se habría sentido avergonzada. Alfredo fue muy amable. Abrió la puerta y le cedió el paso. Llevaba un traje azul marino, impecable, de esos que tienen brillo metálico. La corbata, verde clarito, combinaba muy bien con la camisa de rayitas muy finas, color celeste.

Entonces, en la intimidad del ascensor, se animó a formalizar la propuesta.

—Mario y yo habíamos pensado que estaría bien que vinierais a cenar alguna vez a casa. ¿Qué te parece? El viernes podría ser un buen día.
—Sois muy amables, pero me temo que no va a ser posible. Marisa tiene que irse de viaje. Va a estar fuera unos días. Muchas gracias de todas formas. Ya habrá otra ocasión.
—Vaya, cuánto lo siento. ¿Qué se marcha, por cuestiones laborales?
—Sí, su trabajo la obliga a viajar con frecuencia —dijo Alfredo.
—Ah. ¿Y en qué trabaja, si no es indiscreción?—preguntó Lola.
Apenas lo dijo se arrepintió. Lo que menos le apetecía es que Alfredo pensara que era una fisgona.
—Es agente comercial de una empresa de aplicaciones informáticas—contestó Alfredo.
—Oh, vaya, suena interesante —dijo Lola—. ¿Y tú también te dedicas a los ordenadores?
—No, yo trabajo en un bufete. Soy abogado.
—¡Qué bien! Ya sé a quién tengo que recurrir si quiero separarme de Mario.
Alfredo esbozó una sonrisa. El ascensor se detuvo.
—No me dedico a los divorcios, pero, si te decides, podría recomendarte a algún compañero. Bueno, yo me bajo aquí. Buenas noches y gracias por la invitación. Ya quedaremos otro día.

Mientras siguió hasta el quinto piso se miró en el espejo del ascensor. Pensó que presentaba un aspecto horrible. No le extrañaba que Alfredo se hubiera excusado. Aunque a lo mejor era cierto que Marisa se iba de viaje.

El viernes por la mañana, después de que Mario se marchara a la oficina, tomó la decisión: prepararía una tarta Sacher, una de sus especialidades, y se la obsequiaría a Alfredo. Puede que fuera una equivocación —no sería la primera vez—, pero pensó que era natural, sabiendo que estaría solo, que se preocupara por él. Hasta Marisa lo entendería. Se arregló y salió a comprar todo lo necesario. Como Mario los viernes no venía a comer, dispuso de la tranquilidad necesaria para preparar el pastel. Almorzó pronto y a eso de las tres comenzó la faena. Primero derritió chocolate de cobertura y extendió el líquido en la mesa de mármol de la cocina. Cuando se solidificó lo raspó con una espátula y extrajo las virutas que le servirían para cubrir la tarta. Después preparó la mezcla, que también llevaba chocolate. Mientras se horneaba el bizcocho en el molde, no pudo evitar pensar que el chocolate era afrodisíaco. Quién sabe, tal vez Alfredo la invitara a probar la tarta juntos, y quizá…Pero bueno, no quería hacerse ilusiones. Se conformaba con caerle bien. Cuando el bizcocho creció suficientemente, lo sacó del horno y lo dejó enfriar en la alacena. Aprovechó ese tiempo para pintarse las uñas de la manos y de los pies. Pasadas dos horas rebanó la torta con un corte transversal, untó la mitad inferior con una fina capa de nata montada y después colocó sobre ella una buena cantidad de frambuesas. Sabía que la receta original se hacía con mermelada de albaricoque, pero a Lola le gustaba esta variante. Además, las frambuesas también estimulan el instinto amoroso. Colocó encima de las frutitas la otra mitad del bizcocho y coronó el montaje con virutas de chocolate. Un ligero espolvoreado con azúcar glass remató el pastel. Sobre una bandeja de plástico y una blonda, le quedó perfecto.

Eran las ocho menos cuarto. Se dio una ducha rápida sin mojarse el pelo, se pintó un poco y se puso un vestido estampado y ligero, muy escotado. Pensó en telefonear a Mario o en enviarle un mensaje con el móvil. Finalmente le dejó una nota prendida en la puerta de la nevera diciéndole que había salido con sus amigas y que encontraría algo que cenar en el frigorífico.

A las ocho y cuarto, con la tarta en las manos, llamó a la puerta de los vecinos. La ventana del rellano estaba abierta. Del patio provenía la salmodia monótona de una novena a san José:
—Oh benignísimo Jesús, así como consolaste a tu amado padre en el doloroso misterio de la circuncisión…
—¡Por Dios, qué cruz! —dijo Lola— ¿Es que esta mujer no se cansa nunca?

Marisa abrió la puerta. Su aspecto era triste y se notaba que había estado llorando, porque la sombra de ojos, diluida, manchaba los párpados; unos churretes sucios de lágrimas secas le recorrían las mejillas. Lola superó rápidamente su sorpresa.
—Marisa, ¿te encuentras bien? —dijo—, ¿te pasa algo?
—Estoy bien, gracias. ¿Qué querías?
—Oh, nada, una tontería —dijo Lola— He hecho este pastel y os lo traía para que Alfredo y tú lo probarais. Es una tarta Sacher. Está mal que yo lo diga, pero me sale muy rica.
—Pues Alfredo no creo que la vaya a probar—dijo Marisa, ensimismada, con la mirada perdida por encima del hombro de Lola, como si esperara encontrar a alguien en el rellano de la escalera.
—¿Está enfermo?—preguntó Lola aparentando ingenuidad.
—No, se ha ido; me ha dejado —dijo Marisa, y rompió a llorar.

Lola intentó consolarla. La habría abrazado, pero la tarta se lo impedía. Después de dudar unos segundos dejó la bandeja en el suelo y estrechó entre sus brazos a Marisa, que se deshizo en un llanto amargo y ruidoso.

—¡Vamos, vamos, no llores! Seguro que no es para tanto. Ven, vamos a entrar y me lo cuentas.

Avanzó hacia el salón, soltó a su vecina, recogió la tarta y cerró la puerta.
Fueron a la cocina y se sentaron en torno a una mesita adornada con un centro de flores secas. Marisa refirió entre sollozos sus desencuentros con Alfredo, cómo se habían distanciado en los últimos meses. Contó que cualquier minucia era motivo de agrias discusiones; que ya no la quería, que se había vuelto grosero y distante. Esta tarde habían discutido. Marisa le reprochó que hubiera despedido a Tamara Wendy y Alfredo, enfurecido, la había gritado y la acusó de cosas terribles, cosas que una mujer nunca debería oír por boca de su compañero. Después de despacharse a gusto —dijo— hizo la maleta y se marchó.

Lola intentó calmarla con los comentarios esperables. Marisa negaba con la cabeza y lloraba, lloraba incesantemente. Lola se levantó. Con desenvoltura, como si estuviera en su cocina, puso agua a calentar y preparó té. Sacó del congelador un bote de helado, dispuso cucharillas y platitos sobre la mesa y cortó unos buenos pedazos de tarta. Comieron en silencio la Sacher con helado y se tomaron el té. Marisa trajo del mueble bar del salón una botella de licor y se sirvieron unas copitas.

Hablaron y hablaron. Trataron sobre Alfredo, pero también sobre Mario: Lola confesó su desengaño, sus frustraciones. Hablaron de otros hombres, de actores de cine que les gustaban, de los hijos que no habían tenido, de ropa, de aplicaciones informáticas, de recetas de cocina… Y, a medida que charlaban y que bebían, algo achispadas, incluso llegaron a reír. Pasaron algunas horas. Lola miró por la ventana y vio cómo se apagaba la luz de su cocina al otro lado del patio. Mario, harto de esperarla, habría decidido acostarse. Reparó en el silencio. La Sorda había acallado, por fin, al apolíneo sacro coro. Permanecieron un rato sin hablar, saboreando a sorbitos el licor.

—¿Y si Alfredo no vuelve? —dijo Marisa.
—Tú eres una mujer independiente, joven… Eres guapa. Saldrás adelante, ya lo verás —dijo Lola—. Además, hay otros hombres. No es el fin del mundo.

Marisa apuró su copita y la rellenó de nuevo.

—Es cierto. Hay otros que podrían amarme. Lo importante es sentirse querida. Necesito que me quieran.

Miró a Lola con gratitud y Lola la correspondió con una sonrisa. Marisa se incorporó. Tuvo que apoyarse en la mesa para no perder el equilibrio. Se acercó a Lola y la besó en los labios. Fue un beso largo y dulce. Después, Marisa se dio la vuelta y se bebió la copa de un trago. Caminó hacia la puerta y en el umbral se giró. Lola estaba azorada. Notó un golpe de calor en el rostro. Marisa extendió una mano hacia Lola y con un gesto la invitó a acompañarla. Lola vaciló unos instantes. Se levantó, tomó la mano de Marisa y juntas abandonaron la cocina.

 ¡Qué tiempos! ¡O tempora. o mores! ¡Oh, tiempo de los moros!