Per la Mare de Déu d'agost
a las set ja es fosc.
Hasta el 1 de Enero de 1901 la hora legal española era la del meridiano de Madrid y después cada gobernador civil hacía lo que se le antojaba en su provincia respectiva. ¿Qué hora es? La que usted quiera, señor Gobernador. El primer día del nuevo siglo se introdujo para todo el territorio el Tiempo Universal o GMT (Greenwich Meridian Time). En fecha tan remota como Abril de 1918 nos calzaron el horario de verano con adelanto de una hora entre Abril y Octubre. Por fin, en 1940 se implantó la hora oficial del meridiano 15º (¿por qué demonios el meridiano 15º, que pasa a casi 1500 kilómetros el este de Madrid?) y el 16 de Marzo de ese año a las 23.00 horas los relojes se adelantaron una hora por decreto y para siempre. Bien, este es el cuadro general. Las excepciones son muchas, caprichosas e impenetrables: No hubo cambio de hora en 1920, 1921, 1922, 1923 ni 1925. La República suprimió el horario de verano hasta 1936. En cambio durante la guerra los relojes saltaron frenéticamente y a su aire en cada zona. Así que días tuvo 1938 en que entre la Puerta del Ángel y la de Toledo había dos horas de diferencia. Actualmente toda Europa y casi todo el hemisferio Norte se ha apuntado al baile con diferentes modulaciones.
Entretanto en medio de este marasmo y desconcierto general la gente ha ido haciendo su vida como ha podido, más o menos como siempre y más o menos al margen de la hora oficial excepto los franceses. Se trata de un fenómeno que observo cada verano y que al menos favorece la rotación en las playas y la productividad de los restaurantes. Los franceses se van a comer cuando yo acabo de plantar la sombrilla, cuando me levanto de la siesta ya están pensando en la cena y -peor todavía- son capaces de meterse en la cama cuando las aguas a sotasol del crepúsculo se visten de ese oscuro y rojizo misterio coloidal, como si todo el océano se hubiera derramado de una inmensa botella de Burdeos. Esto es aún más extraño considerando que la longitud de París es la misma que la de Gerona. En cambio un gallego ve salir el sol media hora más tarde que un catalán, si bien es difícil sustraerse a la sospecha de que un gallego lo ve salir media hora más tarde aunque viva en Barcelona. Lo cierto es que franceses y españoles, como alfiles de distinto color, nos vamos cruzando por el damero del estío sin encontrarnos nunca.
Mi teoría al respecto es muy simple. Al tiempo de introducirse estos cambios España era aún una sociedad agraria, terca y preindustrial donde aún se miraba más al cielo que a la muñeca, probablemente desnuda. Así que los efectos domésticos del trajín horario fueon prácticamente nulos. Las doce, la una o las dos, mande usted lo que quiera; el sol cruza el meridiano del lugar, es mediodía y yo me voy a comer. Si en 1900 se comía a las 12,30 en 1980 se comía las 14,30, o sea, a la misma hora. Sospecho en cambio que los franceses hicieron el camino inverso y adaptaron la vida al reloj hasta sucumbir a sus extravagantes horarios contra natura. No olvidemos que Francia es una nación de ciudadanos y España un reino de súbditos, proclives, por tanto, a la desafección y a la anarquía.
Hoy vuelve el rito de adelantar el reloj, devastador para niños, animales, conductores, coristas del cotolengo de Santan Eduvigis y para la reputación de algún gobierno autonómico manirroto y pródigo (Impacto del cambio de hora civil en las pautas reproductivas del escarabajo pelotero de La Sagra). Pero yo adelanto el reloj con alegría. Con la promesa de las tardes interminables, demasiado largas y azules para mí.
domingo, 27 de marzo de 2011
viernes, 25 de marzo de 2011
Canon transcendental del chino de Königsberg
Aquel que desea pero no actúa,
engendra pestilencia.
WILLIAM BLAKE
Aquellos últimos días de Kant llovió mansamente sobre Königsberg y la hierba tomó un brillo blanco y perfumado. En su mirada, apenas resonaba otro pensamiento que el de cuál sería su epitafio. El mismo Thomas de Quincey, que lo visitó por entonces, confiesa haber salido de la casa con la sensación irreal de haber mantenido una larga y confusa conversación sobre la muerte. Pero Kant apenas hablaba ya, quizá algún susurro distante, y permanecía durante horas frente a la ventana observando cómo se perdían por dentro del cristal las gotas de lluvia, igual que ciertos recuerdos se dejan morir en la memoria dolorida.
Su infancia y adolescencia estuvieron dominadas por una vaga pena y el miedo al cuerpo que la severidad pietista había sembrado en su ánimo. Contemplaba la naturaleza o un color especial del cielo, temeroso siempre de encontrar un aroma de sensualidad o satisfacción. Tal vez tuviera razón Hume, pensó ya más tarde, y las religiones sean sueños de hombres enfermos. Pero lo cierto es que los días se abrían con la suspicacia hacia la carne, que se despereza en el resplandor de un cuarto oscuro. Muere su madre teniendo Emanuel nueve años, y la hiriente sensación de que la pureza no alcanzada agrieta el alma semejante al frío los labios. Queda a cargo de su padre, que fabrica correajes y cinturones para caballerías y espadas, un buen oficio para que el joven aprenda a sujetar y templar su alma asustada. Mas el sueño de la vida engendra espinas, monstruos de soledad, y el joven Emanuel quiso huir de sus garras mirando de frente a la razón. Tenía que doblegar lo más tierno y cálido de sí mismo.
Sus primeros años en la universidad fueron un callado y desabrido invierno, un constante alejarse de su cuerpo, con templadas distracciones de banquetes y amigos, pensando que era una ciudad conquistada por la peste. Estudió fieramente todas las disciplinas racionales, sin olvidar nunca las íntimas bestias que resuellan en habitaciones cercanas. En tales oficios sobrevino 1770 y el silencio asedió su existencia rutinaria. Un relámpago, un latigazo de terror debió moverla a una decisión drástica: hablar definitivamente consigo mismo de todo aquello largamente silenciado, y viajar con la mayor determinación a esa tierra de lo que jamás se había dicho. Porque oficialmente creemos que apenas se distanció de Königsberg, pero surgieron rumores de que cambió sus costumbres peripatéticas: de pasear por callejuelas y los puentes sobre el río Pregel, se encaminó hacia el lago Vístula que da acceso al mar Báltico. Y hubo quien afirmó que le vieron embarcar una noche azulada de verano con rumbo desconocido. Sea como fuere, envió misivas a sus amigos rogándoles que no le molestaran en tal período de hondas perturbaciones, y experimentó la necesidad de acudir diariamente cerca del mar a escribir breves poemas de sabor oriental. Confusos testimonios así los conservan:
Crece suave la mañana
sobre el gran manto de plata.
Los pájaros mueren dentro del alma.
Más allá del corazón
la amada en el silencio.
Sólo nieve en la mirada.
Consideró por aquella época, con extrema melancolía, que nunca había amado a una mujer y que tal vez el amor fuera una gran ilusión trascendental, algo que podemos pensar pero no conocer. Y todo su ser temblaba con la vana quimera de un amor que le desgarrara dulcemente. La opacidad luminosa de esos años no transparentaba otra noticia que la presunción de esa búsqueda desesperanzada. Su alma y sus sentidos, macerados en la renuncia, se rebelaban, encontrando, como tantos otros, consuelo en la filosofía: "cobarde simulación de todas las huidas", se decía con frecuencia en voz tan queda que no conseguía escucharse. "He visto soldados que, al serles amputadas partes de sus cuerpos, los sumergían en barriles con sal para cicatrizarlas; la filosofía es una ulceración extrema del alma que cree encontrar la verdad cuando se pudre la mirada". Estos y otros pensamientos le acometían de continuo y sólo a algún amigo cercano se lo confiaba. Como él mismo avisara, "estamos acosados por heridas o deseos de verdad que no podemos contestar, abismos que todos vemos y pactamos ignorar... Pero si lo único que hacemos es hablar de ellos, y no sólo cuando sobreviene la muerte, el horror o la enfermedad".
"Basta", "es suficiente", repite Emanuel frente a la ventana, sin volverse a mirar a los respetuosos visitantes.. La locura se extiende mansa como la lluvia, ya digo que cayó plácidamente aquellos días, y él mismo acierta a definir la vida "como un tapiz tejido con hilos de locura". Tal vez, volvió a escribir poemas con una secreta sonrisa, fechándolos anacrónicamente como hiciera el pobre exiliado de Hölderlin, ansiando también la salvación en el peligro de los valles en sombras. Dejaba una obra rigurosa, casi exhaustiva, la disección feroz y civilizada del cadáver de la razón en lo que hizo y en lo que intentó y no pudo. Y el legado de la más hermosa conclusión de un pensamiento fatigado: "Dos cosas me llenan el ánimo de admiración y asombro: el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral dentro de mí".
Se oye el llanto del viento sobre los cipreses
y la última sangre de sus palabras:
"Está bien, todo está bien".
martes, 15 de marzo de 2011
Un día perfecto
A Víctor, amigo de mi hijo,
que tiene el don de la alegría cansada.
Aquel amanecer de enero de 1600, el cielo estaba duro y rojo en el Campo de las flores, la muerte acechaba famélica y una oscura música quería subir del río cercano. Apenas nacido el día, a Giordano Bruno le esperaba el fuego de la hoguera igual que a otros la fiera luz del desprecio. Por lo demás, la vida y la ignominia no eran especiales.
Mientras el carro que le conduce a la plaza chirría por las callejuelas, y los insultos brillan en la frialdad del aire, unos chiquillos se aproximan y le escupen. "¡Dios, qué hermosa era la vida en Nola cuando yo era niño, y me perdía por la calidez de sus campos, cuando, tumbado sobre la tierra rojiza, la sentía como un lienzo infinito, la dulzura de dejarme envolver por el sueño!" Alguna vez, se vislumbró como estaba ahora, al despertarle de anochecida una enloquecida bandada de pájaros que se perdían en un revuelo de llamas por el horizonte.
"Sí, lo vio bien aquel buen filósofo de Alejandría, como es arriba es abajo, y cada cosa es todas las demás, el sol todas las estrellas, y cada estrella todas las estrellas y el sol. La saliva inocente de estos niños me salva del veneno que la instiga, y es de la misma naturaleza que mis lágrimas. ¿Por qué alimenta la misma sangre el ultraje y el llanto?"
Gira el carro en la última calle, y le deslumbra el rumor lejano de un mercado, su olor denso como el cansancio. No puede refrenar una queja cuando la placa de retractación ("Abiuro", se lee en el metal oxidado) le acuchilla el cielo de la boca. "¡Señor, por qué el dolor me hace pensar en la nieve como si fuera un recuerdo! Yo que tanto practiqué las artes de la memoria siento que un sol negro va quemando todas las imágenes de las tierras que he visitado. Viví perseguido por la tormenta, y el exilio es mi casa perpetua."
Unos giros más y el carro desemboca en la plaza. Un presentimiento de ceniza espanta a los pájaros que picotean los desperdicios de frutas y flores. Su lengua recoge una brizna de sangre que tiñe sus labios. De tanto padecer miedo, se murieron su hijos tristes y solitarios.
La pira fulge en el centro de la plaza, bulle la muchedumbre en círculo, y esbirros y verdugos cumplen sus rituales de muerte. Estalla el silencio, y resuenan las acusaciones contra su garganta exangüe.Va a ser sacrificado por sus muchos errores y abominaciones, por ser enemigo de la fe y la Iglesia. Él, que había naufragado en los heroicos furores del conocimiento, humilde "excitador de las almas dormitantes", es incapaz de sentir su alma velada por las columnas de humo que le asedian. Alguien le acerca un crucifijo y piensa o sueña que lo rechaza. Tampoco le parecen reales las palabras que rompen la siniestra calma: "Vosotros tenéis más miedo de dictarme la sentencia que yo de recibirla". Sombras silenciosas son los pensamientos, y quizá la penumbra hermosa de una mujer rasgó su última mirada.
Cuatro siglos más tarde, el universo probablemente es infinito, y su dolor vive ya sin esperanza. La sombría efigie de Bruno sigue ardiendo en la indiferencia, se adivinan sus ojos de bronce bajo la capucha, ensimismados en un libro como si fuese una herida. Un pájaro ventea la brisa maloliente del Tíber, y otra mujer pasa corriendo y mira las artificiales rosas amarillas, tal vez soñando que algún día podamos encontrar a la vida.
sábado, 26 de febrero de 2011
Al amigo muerto con mi cariño y agradecimiento a los poetas César Vallejo y Miguel Hernández
Te espero en la taberna el alma abierta:
la luz y claridad del compañero;
hoy inunda el cinc de azul y enero
tanto sol que hiere a tumba puerta.
Me bebo tu recuerdo todo entero
y el vaso a cada paso me despierta
la sed que sólo sacia amarga y cierta
la memoria que a tragos yo requiero.
Con tu memoria a veces sobrevivo
a asaltos del presente y del futuro;
y del pasado y el verso que concibo
sólo queda el poso frío y duro
de saberte tan ahí ya nunca vivo
tan amigo, tan azul, tan alto y puro.
la luz y claridad del compañero;
hoy inunda el cinc de azul y enero
tanto sol que hiere a tumba puerta.
Me bebo tu recuerdo todo entero
y el vaso a cada paso me despierta
la sed que sólo sacia amarga y cierta
la memoria que a tragos yo requiero.
Con tu memoria a veces sobrevivo
a asaltos del presente y del futuro;
y del pasado y el verso que concibo
sólo queda el poso frío y duro
de saberte tan ahí ya nunca vivo
tan amigo, tan azul, tan alto y puro.
viernes, 18 de febrero de 2011
Enxiemplo enmarcado de los dos montes
Una vez estaba hablando el conde Fernando con Montenegro, su consejero, y le dijo:
—Maestro, hace poco, a propósito de algunos textos que he publicado, dos amigos que me quieren han escrito loas hiperbólicas sobre mi persona que me sorprenden y me hacen sospechar que tal vez de esta manera pretendan hacerme ver que me dejo arrastrar por un alto concepto sobre mí mismo y que no soy consciente de que me expongo al ridículo ante numerosos lectores. Esta cuestión me ha hecho reflexionar y preguntarme por qué escribo y no encuentro respuesta más apropiada para el caso que la necesidad de buscar aprobación en los demás, la urgencia del aplauso y del encomio a cualquier precio. He leído las justificaciones que otros autores, más dotados que yo, dan al mismo interrogante y no me convencen del todo. Hay quien dice escribir porque la literatura es una forma de conocimiento que proporciona un cumplido entendimiento de la realidad; otros aseguran que escriben para ahuyentar sus temores; los más afirman que la literatura es una vía de comunicación que les permite entrar en sintonía con gran número de personas; algunos incluso, más modestos quizá, sostienen que es una humilde manera de distraer las tardes; hay quienes llegan a decir que fabulan porque la vida no es suficiente. A mí ninguna de estas respuestas me satisface ni se adecuan a mi manera de sentir. Además dudo de su sinceridad, pues ninguno confiesa que escribe para ganar dinero, si bien la mayoría obtiene buena recompensa por su dedicación a las letras. El instinto me dice que quizá deba abandonar mi tarea literaria, pero antes quisiera saber qué me aconsejáis en este asunto.
—Señor conde —dijo Montenegro—, en cierta ocasión, durante una entrevista, le preguntaron a Borges cuál era su principal defecto, a lo que respondió que la vanidad. Después le inquirieron sobre su principal virtud: “La modestia”, dijo el genial argentino, tan amigo de las paradojas. Entre estos dos polos se desenvuelve no solo la escritura, sino toda actividad humana. Pero permitid que añada otra elocuente historia al respecto.
En abril de 1336, Francesco Petrarca, cuando apenas contaba la edad de treinta años, decidió escalar junto a su hermano menor y sus respectivos criados el Mont Ventoux, sin otro motivo que respirar la ligereza del aire en su cumbre y contemplar desde lo alto la magnificencia del valle del Ródano. De hecho, esta expedición se considera el primer antecedente de la escalada deportiva. Durante la fatigosa ascensión, mientras su hermano atacaba directamente la ventosa ladera de la montaña, Petrarca intentó buscar la senda que le llevara hasta la cumbre con el menor esfuerzo, aunque ello significara en ocasiones tener que descender, lo que inevitablemente le obligaba a recorrer una mayor distancia. Sin embargo, después de largos vericuetos, comprendió que sólo coronaría el monte si, al igual que su hermano, se decidía a tomar el camino más empinado. Cuando llegó exhausto a la cima no pudo evitar analizar su actitud en clave alegórica. Así lo escribió en una epístola dirigida a su amigo el agustino Dionisio da Borgo Sansepolcro (Rerum familiorum, IV, 1): “cuando hayas vagado durante largo tiempo, habrás de ascender hacia la cima de la vida beata bajo el peso de un esfuerzo pospuesto de manera inoportuna o te deslizarás indolente en el valle de tus pecados”.
Una vez repuesto, se deleitó en la contemplación del paisaje: las nubes bogaban a sus pies; al este, en dirección a su amada Italia, se erigían con aparente cercanía las escarpadas moles de los Alpes; en el norte, dulces campos y colinas suaves extendían un tapiz hasta Lyon; mirando al oeste atisbó la pincelada zarca del mar, hacia la cual discurría la curva del caudaloso Ródano que, desde la altura, era solo un alfanje plateado y roto.
Junto a su hermano, sentados ambos sobre una peña, Petrarca sacó del bolsillo un pequeño códice de Las confesiones de san Agustín, que siempre llevaba consigo, y lo abrió al azar para leer en aquel lugar tan cercano al cielo. Cuál no sería su sorpresa cuando su voz encontró estas palabras del obispo de Hipona: “Los hombres llegan a admirar los altos montes, las olas gigantes del mar, el amplio lecho de los ríos, el vasto círculo del océano y el camino de las estrellas. Pero se olvidan de lo más importante, y no se admiran a sí mismos”.
Aquellas líneas parecían estar escritas para él, pensadas para ser leídas en aquel preciso momento. Como es fácil imaginar quedó profundamente conmovido. Horas después, tras un silencioso y largo descenso, en la soledad nocturna de la fonda donde se hospedó la expedición, Petrarca escribió a propósito de aquel crucial instante de la cumbre: “me quedé estupefacto, lo confieso, y rogando a mi hermano, que deseaba que siguiera leyendo, que no me molestara, cerré el libro, enfadado conmigo mismo, porque incluso entonces había estado admirando las cosas terrenales, yo que ya para entonces debía haber aprendido de los propios filósofos paganos que no hay ninguna cosa que sea admirable fuera del espíritu, ante cuya grandeza nada es grande”.
Empequeñecido así el Monte Ventoso y todo lo que la vista hubo contemplado desde lo alto, el joven poeta experimentó una lección reveladora, un baño de humildad que le podría animar el resto de su existencia hacia la vida interior. Ved, noble conde, cómo reflexionaba: “así yo también encontré en el breve pasaje citado la razón y el límite de toda mi lectura, meditando en silencio cuán faltos de juicio están los hombres, pues descuidan la parte más noble de sí mismos, se dispersan en múltiples cosas y se pierden en vanas especulaciones, de modo que lo que podrían hallar en su interior lo buscan fuera de sí”.
Este es el tipo de experiencia que, cabría suponer, conduciría a un hombre sensible y devoto como Petrarca al silencio, a la concentración solipsista; el trance que le haría desistir del vanidoso halago de los hombres para recoger su talento en la soledad de una celda, dedicado a leer, a pensar y a conocerse, haciendo buenas las palabras que lejos de allí, en otro tiempo remoto, el sabio Lao Tse acuñó:
Sin salir de la puerta se conoce el mundo,
Sin mirar por la ventana se ven los caminos del cielo,
Cuanto más lejos se sale menos se aprende.
Pues bien, pasados apenas cinco años desde este episodio, Petrarca sucumbió a la tentación del mundo. Poco duró en el amante lejano de Laura la aspiración a la vida beata. En 1341 recibió dos propuestas para ser laureado al estilo de los antiguos poetas, como Dante fue coronado por Beatriz en el Paraíso. Una invitación le llegó del canciller de la Universidad de París; la otra, desde Roma, por los buenos oficios de los Colonna, mecenas del aretino, quienes vieron la posibilidad de reforzar su posición mediante aquel acto solemne. Lógicamente, Petrarca se inclinó por el ofrecimiento romano. Cabría conjeturar que lo hacía convencido de la trascendencia de su obra; sin embargo, por aquel tiempo, el sabio filólogo apenas si había escrito quince poemas en latín, además de haber iniciado dos textos ambiciosos: De viris ilustribus y el largo elogio Africa, cuyos hexámetros deberían ensalzar las virtudes del casto Escipión. También tenía escritos algunos de sus reconocidos poemas en toscano, a los que el propio Petrarca quitaba importancia llamándolos naugellae.
Todo esto indica que el laurel de los dioses le fue otorgado no tanto por su talento poético, como por sus relaciones políticas.
Desde Vaucluse se trasladó a Nápoles, donde se entrevistó con el rey Roberto de Anjou. Después partió hacia Roma para la ceremonia laudatoria en el panteón de Agripa, en cuyo seno Ursus d’Anguillara depositó sobre la egregia testa la corona de laurel y le otorgó el Privilegium lauree que certificaba la coronación y la carta de ciudadanía romana. Tras el acto solemne, en un rapto devoto y quizá de falsa modestia, Petrarca depositó la corona de humildes hojas en la tumba de Pedro.
Vos, señor conde, es preciso que reconozcáis que nada de lo que hacen los hombres escapa a la vanidad y a la modestia, por lo que podéis seguir escribiendo sin que os deba preocupar lo que otros piensen, sea esto bueno o malo, pues los juicios también responden a dichas imposiciones.
El conde Fernando vio que Montenegro le había aconsejado muy bien, obró según sus recomendaciones y le fue muy provechoso hacerlo así.
Y, viendo Negro Black que el cuento era bueno, lo mandó escribir en este blog e hizo estos versos que condensan toda su moraleja:
Entre la modestia y la vanidad
debe encontrar el hombre su verdad.
jueves, 17 de febrero de 2011
Bodegón con oreja y mejillón en salsa. (Óleo sobre lienzo. 1998)

Entre asomada y descubierta, y de batida en batida hay que reponer las fuerzas. El pueblo es de Castilla. Un pueblo de tantos con su iglesia en pie, su palacio en el suelo, su ayuntamiento balconado y berlanguiano y sus viejas calles desiertas que saben tener un momento dulce cuando la última luz del día las baña con los relumbres dorados de las trigos y una brisa propicia les regala los perfumes paleozoicos del pinar. Un pueblo que empieza justo donde termina el sembrado y donde al calor de un nutrido grupo de bares se ha establecido y prosperado una comunidad de labradores, ganaderos y exiliados ponedores que retornan por San Juan con instinto y algazara de una bandada de grullas. Estos benditos bares son (quizá siempre lo han sido) el alma de Castilla. El café del alba; los aperitivos de mediodía; otra vez el café y la copa con la brisca de la sobremesa; otra vez los aperitivos del crepúsculo; y otra vez las copas de las madrugadas. La vida pasa, a veces galopa, a veces trota y a veces fluye como un hilillo de aceite sobre la barra. Se tejen enemistades oscuras, se cruzan halagos y desafíos o se forjan alianzas y amistades eternas. Se leen los bandos, los periódicos, los programas festivos y los carteles taurinos. Se habla alto o nada, se cavila pero sobre todo, se convida. Se convida siempre y mucho: a los amigos, a los conocidos, a los desconocidos, quizás a los muertos.
Cada uno tiene su personalidad, su temporada, sus horas, su clientela, su especialidad, su atmósfera y su secreto, pero es dislate pensar que todo eso pueda ser revelado en un día, en un mes o en un verano. En cierto modo, este viaje, este Gradus ad Parnasum con todos sus peldaños, es un viaje que nunca termina porque es un trayecto circular y obsesionante y cuando uno cree que ya lo ha visto y probado todo es cuando se da cuenta de que acaba de empezar. Los bares, los bares... ¿Y las plazas? ¿Y las calles? Sí, hay dos plazas, una con gran animación y afluencia, que es precisamente la que goza de la presencia de cuatro establecimientos con sus correspondientes terrazas. En cuanto a la otra, siempre está desierta. Respecto a las calles, cumplen una función excelente: conectan los bares entre sí y nos permiten ir de uno a otro con una relativa comodidad post-sembrado.
En la plaza es de rigor comenzar por el bar Las Torres. Aquí pisamos terreno firme y soportalado. Es un establecimiento espacioso y rectangular con una barra tan larga como su lado más largo donde incluso en el frenesí de una mañana de Domingo siempre es posible abrirse un hueco. Dirigirle la palabra al jefe es como meter el dedo en la boca de un congrio. Representante ilustre de ese gremio de mesoneros desengañados y ariscos que han llegado a tal punto de despecho que la figura del cliente les inspira una repugnancia invencible. Pero en la hostelería, como en el amor, a mayor desdén, mayor aprecio. Mientras él vomita dicterios y desplantes, la estoica parroquia trasiega con fruición su cerveza, sus platillos de calamar, su pulpo, su oreja, su jeta, su morro... Para que nadie se llame a engaño el decálogo de la casa siempre había estado a la vista en lugar bien visible:
A lo que da derecho un vaso de vino:
1. A sentarse.
2. A ver la televisión.
3. A jugar a las cartas.
4. A pasar la tarde.
5. A leer los periódicos.
6. A gastar servilletas.
7. A hacer aguas menores.
8. A hacerlas mayores.
9. A gastar papel.
10. Y a decir que el dueño gana mucho dinero.
Pero este año, en una brillante operación de marketing destinada quizá a captar nuevos parroquianos, el cartel ha sido retirado discretamente.
Salir de aquí, cruzar la plaza y penetrar en las lobregueces del bar Manuel es como caerse al Atlántico Norte desde la tercera cubierta del Queen Mary. El incauto forastero que acceda por primera vez al local pensará que ha habido un error, que esto no puede ser un bar, que ya te lo decía yo, que esto en un domicilio, que aquí vive alguien con fotofobia. Las pupilas, que empiezan a dilatarse, le dejan entrever entre las sombras un par de mesas de patas metálicas, un armatoste de color berenjena que recuerda la barra de un bar y en el rincón más lóbrego y tenebroso, un futbolín para jugar de oído. Y por fin, una presencia humana, sí, ese sujeto que se frota las manos y sonríe de forma enigmática detrás de un pequeño puchero. Sobre el mostrador, la desnudez es absoluta. Ni una bandeja, ni una lata, ni un platillo. Sólo el grifo de la cerveza y el puchero, que en medio de esta desolación va adquiriendo poco a poco una gravitación obsesionante. Si se examina con cierta atención, el puchero, un puchero casero, veterano, insignificante produce un abatimiento definitivo. Alguna vez fue blanco con una voluntariosa cenefa de colores que viejas lenguas de fuego han ido royendo con la pátina de una carbonilla indestructible. El puchero, como es natural, permanece inmóvil e inodoro cubierto con su correspondiente tapa que vela el misterio de su contenido. El parroquiano hambriento no pasará por alto la oferta de la casa, que el propietario ha escrito con tiza en letras mayúsculas sobre un pizarrín: OREJA. TORTILLA. MEJILLONES. Oreja. Se ha terminado. Tortilla. No está hecha. Pues mejillones. ¿Uno? Bueno. ¡Uno! Retira la tapa y con una cuchara sopera coloca la pieza en un platito y derrama por dos veces sobre el bivalvo una salsa espesa y grana que rebosa los bordes... Una salsa picante, penetrante, deliciosa y adictiva, una delicatessen de Parador. Estos mejillones se facturan a 50 pesetas. 50 pesetas la unidad, se entiende. Esto puede parecer un abuso. De hecho es un abuso antes de probar la salsa. Después, significa que por quinientas pesetas puedes comerte diez. ¡Diez mejillones y veinte cucharadas de ambrosía! Cuando los mejillones se acaban, pega cuatro voces y una aristocrática joven que emerge de las sombras lo retira y desaparece por otra puerta donde en las enigmáticas circunstancias de siempre se procede a recargar el puchero. Manolín, ni muy frecuentado ni muy estimado, motejado de hipócrita, sacacuartos y cortabolsas es, en realidad, un genio incomprendido que ha llevado el concepto de especialidad a sus últimas consecuencias. Hasta tal punto que cuando el puchero se vacía por última vez, como la oreja se terminó, la tortilla nunca se hizo y mejillones ya no quedan, la clientela se desvanece y el bar cierra sine die, sin esperanza, sin salsa y sin horarios definidos.
Hora de buscar consuelo en una nueva ermita.
lunes, 14 de febrero de 2011
Breve e inevitable (y espero que perdonable) apología de Negro Black
¿Quieres ver lo que no vieron ojos humanos? Mira la luna
¿Quieres oír lo que los oídos no oyeron? Oye el grito del pájaro
¿Quieres tocar lo que no tocaron las manos? Toca la tierra.
Verdaderamente digo que Dios está por crear el mundo.
JORGE LUIS BORGES: "Los teólogos"
Con la misma inutilidad y ferocidad esenciales que tienen los exabruptos, quisiera entonar un encomio, sincero y falaz como todo en la vida, a la memoria viva de Negro Black, en la nebulosa creencia de que no existe. Igual que "en la noche de las noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua en los cántaros", así discurren en su escritura ríos de irónico ensueño, fértiles tierras en las que descansar tanto aburrimiento. Poco importa la insoportable miel de estos elogios, son tan ciertos como la severidad azul de ciertas mañanas.
Yo, torpe amanuense de lo que no sé qué pienso o siento, intuyo que, al igual que si Dios no existiera, no habría necesidad de inventarlo, si Negro Black existiera, habría que reinventarlo. En este ejercicio humorístico que es toda tarea intelectual y creativa, yo invoco a los espejos como compañeros inexorables de todas nuestras actividades para recordar cómo se multiplican los errores (incluidas estas caóticas palabras) cuando las defendemos, como egregiamente hace Negro Black, con ingenio e ironía (así también lo hizo el heresiarca Juan de Panonia ante sus inclementes acusadores, a decir de Borges).
Sinceramente, y sin querer ocasionar más tedio ni cansancio, digo que a Negro Black le conozco desde el principio de todos los tiempos, pero nunca hasta ahora le había disfrutado. Perdonad todos esta sangría verbal sin orden ni concierto. Algo tiene que ver una leve ebriedad y una honda melancolía. Un abrazo.
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