BEATRIZ
Los
ojos de su marido la vigilaban con avidez. Era como si un ojo
escrutase cada uno de sus actos y el otro ojo indagase en lo que ella
sentía mientras realizaba las tareas cotidianas. Beatriz se sentía
observada y eso la molestaba. Había llegado un punto en el que le
odiaba, sentía asco de su olor, de su forma de comer, de los
ronquidos que emitía durante la noche; no podía hacer un movimiento
sin que él la recriminase su proceder y percibía con estupor que no
le era permitido guardar ningún secreto ni reservarse cualquier dato
o hecho que rozase el misterio.
Hacía
veinte años que estaban casados. Los primeros tiempos habían sido
cálidos, se amaban con la inocencia de la juventud, ponían su
ilusión en el porvenir y se unían felices a las fiestas de los
amigos o los eventos de los conocidos. No habían tenido hijos. No
porque no los quisieran sino porque, en un principio, estaban
demasiado ocupados con asentarse en sus respectivos trabajos y,
después, la desesperanza se fue apoderando de ellos y de todas sus
expectativas.
No
habían transcurrido más de tres veranos desde que Beatriz se
volviese a reencontrar con aquel hombre.
Lo
había conocido siendo muy joven, todavía menor de edad, un día en
el que fue con su amiga Estela a la plaza de Santa Ana. Al principio,
las risitas de las chicas les hacía parecer un poco bobas dejándose
acariciar por el galanteo de aquellos dos pretendientes que, a la
caída de la tarde, apuraban el tiempo del domingo. Después, ya más
confiadas, pasearon juntos hasta una terraza en la que sentarse y
consumir algo. El acompañante de Beatriz era pintor o eso decía,
hacía alarde de cierta madurez rotunda y se sintió halagado cuando
la muchacha le confesó que se parecía al mismísimo Gustavo Adolfo
Bécquer.
-¿Sabías
que Bécquer, además de escritor, fue un gran dibujante?
-No-respondió
ella.
-Sí,
colaboró con su hermano Valeriano y realizó una serie de dibujos en
los que pretendía reírse de la muerte: `Les morts por rire´.
Así,
comenzaron una relación tórrida en la que la niña fue adentrándose
en el mundo del arte y del amor. Aprendió los secretos de la vida
sexual, amén de las tácticas de seducción y de las perversiones
que conlleva una pasión temprana con alguien experimentado. Se hizo
una avezada experta en pintura contemporánea y llegaba a juzgar las
obras por sus matices, su expresión figurativa y su ubicación en
las corrientes o escuelas donde se vieran inscritas. Pero a la hora
de elegir carrera universitaria se decantó por Administración y
Dirección de Empresas, lo que a su amante dejó perplejo e incapaz
de comprender cómo Beatriz no prefería estudiar algo relacionado
con las bellas artes. Lo que ocurría es que ella tenía un sentido
práctico, amasado familiarmente, que la condujo a decidirse por una
licenciatura con salida y proyección profesional. De esta manera
conoció a su futuro marido, ambicioso y concluyente en lo que se
refería a la planificación de su vida.
Y
ocurrió por tanto que los días en los que él dibujaba a Beatriz
desnuda se fueron dilatando; las visitas a las galerías de pintura
se daban cada vez más de tarde en tarde y el olor a tabaco rubio de
su amado, que la envolvía y la mareaba, fue perdiendo su poder
alucinógeno. La chica fue poniendo sus acentos en todo lo
relacionado con sus estudios, en los amigos que la surgían del
campus, en ese nuevo acompañante que era tan solícito y amable con
todo lo que la concernía. Poco a poco, Beatriz perdió interés por
su antiguo amante y no acudía al estudio del pintor con tanta
asiduidad porque sus recomendaciones se le hacían demasiado
paternales, demasiado seniles para lo que ella precisaba en esos
momentos. Hasta que un día dejaron de verse. Fue una ruptura
anunciada, evidente, pero la muchacha se sintió emancipada, liberada
por fin de aquel halo de madurez que la obligaba a pensar y actuar
por encima de su edad, por encima de sus impulsos juveniles, por
encima de la inocencia perdida de forma prematura.
Beatriz
se dedicó a sacar buenas notas, a acudir los fines de semana a
reuniones con sus compañeros de clase, a presentar a sus padres a un
novio que era colega de facultad. Y ya nada le haría recordar su
pasado, porque su futuro se estaba escribiendo con el ansia y la
pretensión de una vida desahogada, suntuosa, espléndida, sumida en
la vorágine de los negocios y la gestión de empresas millonarias,
de la febril inmersión en el despacho, la ganancia, el provecho, el
lucro. Su futuro marido la azuzaba en esta aventura, eran fieles
socios de un viaje en el que ambos perderían los intereses más
personales y más íntimos, más que una pareja eran una razón
social. De esta manera transcurrieron los días, los meses, los años.
Pasada la cuarentena, la mujer se sentía agotada, aburrida, vaciada
por una vida que la aportaba bienestar físico, sí, pero que no
completaba ni llenaba sus anhelos emocionales ni le hacía crecer
como ser humano.
Un
domingo, deambulando por las calles de Madrid, sus pasos la llevaron
a la plaza de Santa Ana. Se sentó en un banco cerca de la estatua de
Federico García Lorca y dirigió la mirada en derredor por el
entorno que, en aquellas horas de la tarde, se atestaba de gente
dispuesta a ocupar las terrazas con voracidad consumista. Al
principio no le conoció. La pareció un vagabundo o un indigente de
los que en aquella zona circulaban mendigando unas monedas para
subsistir. Pero no, allí estaba, con su melena encanecida a lo
Gustavo Adolfo Bécquer, con sus lánguidas manos de dedos afilados,
dedos de pintor, algo más encorvado, más envejecido, con aire
antiguo e inveterado. Cuando Beatriz se acercó pudo aspirar su olor
a tabaco rubio y, por un momento, se sintió embriagada, enajenada,
evocando un tiempo en el que como la magdalena de Proust, las hebras
del cigarro estimulaban los recuerdos más privados y prohibidos.
-¿Te
has fijado en que Lorca no tiene la avecilla que sostenía entre sus
manos?- preguntó él.
-Sí.
En su lugar le han colocado unas rosas, pero ya están marchitas.
-Algún
envidioso se la ha tenido que arrancar, le debía molestar la
delicadeza con la que el autor concibió la estatua invitando a volar
al pequeño pájaro en el nido de sus manos.
Ella
le acompañó a la austera pensión en la que se alojaba. La
habitación se componía de cama, mesilla, cómoda con espejo,
armario y un caballete con lienzo en el que su amigo componía en
esos momentos un bodegón minimalista que recordaba algunos cuadros
de Frank Stella. El recinto estaba limpio. Siguieron hablando sin
reproches, sin censura, abriendo su corazón y su alma a esa nueva
oportunidad que se les presentaba sin vergüenzas, ahora que el miedo
ya no anegaba sus ánimos, ahora que las miradas eran francas, ahora
que la pasión estallaba en cada uno de sus espíritus.
Y
comenzaron otra relación, renovada, abierta, sin secretos. Se amaban
en las cálidas tardes después de que el trasiego del día les
hubiese dejado exhaustos y sin ganas de mantener comunicación con
otras gentes. Buscaban su particular paraíso en aquella pensión
recoleta que ocultaba sus murmullos y jadeos; hablaban de pintura y
de las nuevas corrientes que aparecían en las galerías de arte; se
comían con los ojos comprendiendo que ya nada les podía separar. Y
él volvió a dibujar a Beatriz desnuda. La muchacha se dejaba
acariciar por la mirada de su amante mientras éste recorría cada
centímetro de su cuerpo buscando el mejor ángulo, la mejor textura
con el fin de plasmar el color de su piel, la percepción sutil del
movimiento de sus labios.
Pero
su marido empezó a intuir algo. Los días en que Beatriz llegaba
tarde a casa y no daba ninguna explicación, el ocultamiento del
móvil o apagarlo cuando no había por qué, y ¿cómo no?, sus
repuestas esquivas ante preguntas que parecían inocentes, hacían de
sus sospechas algo más que una simple manía de marido aburrido.
Empezó a observarla, a seguir sus pasos, a ponerle pequeñas trampas
en la conversación con respecto a las citas que tenían con los
amigos. Y su nerviosismo y sus recelos fueron en aumento. Hasta que
supo la verdad. Beatriz le pidió el divorcio, le dijo que ya no le
quería, que estaba enamorada de otro hombre y que se iría con él.
La discusión que allí surgió fue subiendo de grado, tanto es así
que los vecinos, haciéndose eco de las voces y los gritos, llamaron
a la policía. Cuando los agentes llegaron los ánimos se calmaron
por un momento. Preguntaron a la mujer si existía algún tipo de
maltrato, pero ella les contestó que solo había sido una bronca
puntual, cosa de matrimonios, no había que darle más importancia.
Pasaron
los días sin que las cosas fueran a mejor. La ira que ascendía por
las venas del esposo le hacían congestionarse, perder la razón, la
vista se le nublaba y sus pensamientos eran como un enjambre de
locura volcados hacia un único objetivo: que Beatriz no le
abandonase. Los celos no le dejaban vivir. A cada gesto equívoco de
ella, él la interrogaba sobre sus intenciones, sobre lo que había
hecho en el trabajo, con quién había estado, a dónde pensaba ir. Y
Beatriz le fue odiando cada vez más, lo que la hacía olvidarse de
regresar al domicilio conyugal pasando algunas noches en la pensión
de su amante.
Una
tarde que volvía con la firme determinación de recoger sus cosas y
marcharse definitivamente, se encontró a su marido borracho y
profiriendo insultos contra todos los hombres que frecuentaba su
mujer. No dispuesta a aguantar más, entró en la habitación a
preparar la maleta. En su acometida, abrió el bolso para guardar
algún dinero y allí encontró uno de los dibujos en los que
aparecía desnuda haciéndole sentir una inmensa ternura hacía el
hombre que era objeto de su amor. Su marido la observaba desde el
quicio de la puerta. Llevaba en su mano el sacacorchos con el que
había estado abriendo botellas de vino mientras que una ola de rabia
y furia ascendía por su cuerpo. Su rostro estaba enrojecido,
respiraba con dificultad y sus manos y sus piernas temblaban
peligrosamente. Cuando Beatriz terminó de cerrar la maleta, él se
acercó por detrás. La agarró del pelo y empezó a musitar una
salmodia muy cerca de sus oídos: “¡No me vas a dejar! ¡No me vas
a dejar!”. Mientras decía esto, clavó con fuerza el sacacorchos
en el cuello de su esposa cortando de lado a lado minuciosamente
hasta conseguir degollarla.
Unas
gotas de sangre se derramaron sobre el dibujo en el que Beatriz
aparecía desnuda. Sus manos dejaron caer el papel mientras se
derrumbaba sobre la alfombra que había junto a la cama. Fue la
víctima 43 por violencia de género de ese año.
Madrid, 1
de diciembre de 2023
Estrella
del Mar Carrillo Blanco