miércoles, 12 de octubre de 2011

De teólogos y científicos



En 1496, a sus veintitrés años, Juan Pico della Mirandola publicó en Roma Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae, donde expuso novecientas proposiciones. Era su deseo discutirlas tras la Epifanía del año siguiente con sabios de las distintas culturas conocidas en el momento. El Papa Inocencio VIII frustró esta pretensión por encontrar en el prolijo postulado dieciocho tesis heréticas. Pico insistió en su pertinencia con una Apología, que el pontífice juzgó como grave pecado de soberbia y obstinación, por lo que fue excomulgado; pese a que huyó a Francia, acabó siendo detenido y encarcelado en la prisión de Vicennes.

Una de sus proposiciones afirmaba que ninguna ciencia da mejor prueba de la divinidad de Cristo Jesús que la magia y la cábala; otra proclamaba que el teólogo no puede estudiar las propiedades de las líneas y de la figuras sin peligro. La presencia en su biblioteca de los Elementos, de Euclides, y un ejemplar de la Geometría, de Leonardo de Pisa, prueban que él mismo había afrontado, siquiera momentáneamente, ese riesgo.

Tiempo después, una confirmación de ambas tesis se encontró explícitamente reflejada en el trabajo de los teólogos Gottfried Leibniz e Isaac Newton.

El alemán, al que se deben indudables avances en el ámbito del cálculo o de la lógica combinatoria, prodigó con generosidad su talento para teorizar sobre lo inexistente. Así, en la Monadología se establecen los fundamentos básicos del más allá: las mónadas. Estas vienen a ser a la Metafísica lo que los átomos representan en la realidad de los fenómenos. La Teodicea, sin embargo, especula con la justificación de las evidentes imperfecciones de la naturaleza, y concluye que este es “el mejor de los mundos posibles”, porque fue creado por un Dios perfecto.

El inglés —incuestionable genio al que la humanidad adeuda el intrincado cálculo infinitesimal, el análisis físico de la luz, la ley de la gravitación universal y las leyes de la dinámica— dedicó más tiempo al estudio de la Biblia que al de la ciencia. Se declaró arriano y combatió con insistencia el dogma de la Trinidad (An historical account of two notable carruption of Scriptures); solía firmar sus escritos de esta índole con el seudónimo Jeova Sanctus Unus. También aventuró variadas conjeturas sobre el advenimiento del “Dia del Juicio Final” (Observations upon the prophecies), que según él no acaecería antes del año 2060. Pero quizá su más arriesgada aportación se produjo en el ámbito de la alquimia: Newton estudió con ahínco la trasmutación de los elementos (The vegetations of metals) y buscó con denodado entusiasmo la piedra filosofal y el elixir de la vida (Teatrum chemicorum, De natura acidorun, Praxis…).

A pesar del desarrollo del método científico en la Edad Contemporánea, la idea de Dios ha seguido poblando la mente de los hombres de ciencia de nuestro tiempo, al menos como metáfora. Es verdad que el estudio de los conjuntos infinitos y transinfinitos de los números, promovido por el matemático Georg Cantor, no ayuda a clausurar la imagen de un ser superior: en el infinito cabe todo. Así, en la misma línea esotérica, los físicos del CERN, que buscan en su gigantesco acelerador de partículas el bosón de Higgs, han llamado a esta mota, fundamental e hipotética, la partícula Dios.

De una forma poética parecida, Albert Einstein, por ejemplo, creía en “un Dios que se revela en la armonía de todo lo que existe, no en un Dios que se interesa en el destino y las acciones del hombre”. El ilustre premio Nobel deseaba conocer cómo Dios había creado el mundo. Resumió así sus creencias: “Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los más pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”. Como Spinoza, Einstein creía que Dios es idéntico al orden matemático del universo. “Si hay algo en mí —afirmó en cierta ocasión en su correspondencia— que pueda ser llamado religioso es la ilimitada admiración por la estructura del mundo, hasta donde nuestra ciencia puede revelarla”.

En ocasiones, la idea de Dios ha servido también a algún científico del presente como estrategia comercial, lo que no deja de ser una variante del peligro sobre el que alertaba Pico della Mirandola. El astrofísico Stephen Hawking representa un significativo caso de esta perversión teológica. Siempre que lanza al mercado algún ensayo de divulgación científica, los diarios del mundo suelen recoger sus manifestaciones en dicho sentido. Recientemente, a propósito de la publicación de The Grand Desing — título que pretende provocar a los seudo científicos creacionistas— , afirmó: “Creo que el universo está gobernado por las leyes de la ciencia. Estas pudieron haber sido creadas por Dios; pero Dios no interviene para romper las leyes”. Semejantes aseveraciones juegan a desafiar puerilmente a las confesiones religiosas, si bien no dejan de ser retos vacuos. ¿Qué tipo de científico sería si afirmara lo contrario?

Resulta imposible agotar los ejemplos: nada se dirá de Charles Darwin y su prolongado dilema entre ciencia o creencia; baste, por referir tipos contemporáneos, con los investigadores Richard Dawkins y Francisco Ayala. El primero es un sociobiólogo empeñado en demostrar científicamente la inexistencia de Dios; el segundo, genetista insigne, admite que ciencia y fe siguen caminos separados, que no se interfieren.

No se pretende abordar aquí la sucesiva invención de Dios, proeza literaria incomparable, que parece ser consecuencia de un residuo biológico, unánime excrecencia de eso que los paleoantropólogos gustan llamar la mente simbólica, y que ni siquiera el ejercicio prolongado de la razón cesa. La única aspiración de estas notas consiste en subrayar lo cerca que en ocasiones bregan el mito y el logos, no entre sí, sino codo con codo, en su obcecada empresa por ofrecer la enésima explicación del mundo. Acaso, las vacilaciones de los hombres de ciencia muestren el humilde y justo convencimiento de que toda ley, aunque se acompañe de la etiqueta de “universal”, solo ha sido comprobada en esta insignificante y remota región de la Vía Láctea donde vivimos: si no existe la empiria universal, nunca se sabrá si las leyes que pretenciosamente formulamos se cumplen en cualquier rincón del cosmos.

La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo, no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que estos son provisionales. A pesar de los riesgos, la ciencia, su capacidad de repensarse, es lo único que nos queda. Lo demás son respuestas sospechosamente sencillas para satisfacer enigmas. Esperemos que siempre haya candidatos dispuestos a correr el peligro sobre el que alertaba Pico, determinados a desmontar una ley sin otra arma que la realidad, empeñados, aunque solo sea, en distinguir los sueños de la vigilia o en confirmar que más allá de las ecuaciones solo se alcanza el vértigo de la noche.

La noche…Teólogos que practican ciencia y científicos que escudriñan a Dios, también nos ayudan a intuir esa identidad.

martes, 4 de octubre de 2011

Apostillas a un texto apócrifo




"Los espejos y la cópula son abominables
porque multiplican el número de los hombres"

JORGE LUIS BORGES







En tiempo de perturbación, no hacer mudanza, predicaba aquel legionario a lo divino, Ignacio de Loyola. Y esto viene a cuento por un hecho maravilloso sucedido recientemente en este mismo blog. El prodigio, de naturaleza borgiana, es un presunto escrito que me pareció ver y leer y al mismo tiempo desaparecer, semejante a la dulce contemplación del discurrir melancólico de las aguas del Guadiana.

"Es tierno y alado esperar la llegada de la primavera y de los amigos", pensaba Confucio. Y yo añadiría que también lo es la desaparición de ambos. El caso es que sueño o perpleja vigilia pude disfrutar de su contenido y fantasear con las múltiples sugerencias que me provocaba. Si, como creí entender, Dios era la ardorosa referencia del artículo y el eterno objeto del deseo, tanto de teólogos como científicos, todos los pensamientos se pierden en el infinito como el miedo de noche. Digas lo que digas de Dios, dirás mentiras, opinaban humildemente los místicos. Tal vez, sólo nos quede el consuelo de aquella teología negativa que buscaba a Dios donde no estaba. Porque poco o nada sabemos de este asunto, y no sólo porque el tema sea complejo y la vida breve, que también, sino más fuertemente por la infinitud del tema, y siempre se ha sospechado que la idea de infinito amenaza cualquier otra idea.

El fantasmal y delicioso escrito que soñé leer ofrecía datos históricos sobre la búsqueda filosófica y científica de ese Otro que se esconde más allá de todos los desiertos. De cómo ambos caminos se entremezclaban e interferían mutuamente, y de cómo el cuerpo carnal de Dios (y el materialista Spinoza intuía conmovido que lo tenía) nadie conseguía percibirlo o tocarlo. Nuestra pobre alma (mera idea del cuerpo, según el filósofo) sólo puede anhelarlo vigorosamente y esperar sosegados a que las palomas de sus labios ilimitados nos besen, ya muertos, los párpados.

Todo esto tendrá sentido si nos desazona la materia de tanto dislocado discurso; y a nadie más que a los no creyentes les horada las íntimas entretelas tal cuestión. Por lo demás, y vuelvo al escrito ensoñado, los viajes de la magia y la cábala que emprendieron con temor y pasión los pensadores renacentistas, desconozco los territorios que pudieron o puedan descubrir, si nos traen o no un puñado de tierra que Aquel pisó. Más torpe y desalentado, prefiero el goce modesto de las palabras, y la amistad de hombres inteligentes como el autor del supuesto escrito.

domingo, 2 de octubre de 2011

Sobre el pulidor de lentes Benito Spinoza



Dedicado al muy docto y culto conde Montenegro, sin cuya amistad y protección la vida sería más oscura



Una luz de miel penetra como el cansancio en el taller de Baruch Spinoza. Sentado frente a su mesa de trabajo, su mirada se abisma en los destellos de unos lentes recién pulimentados; de su mano derecha resbala un manuscrito del que se acierta a ver el título en castellano: Apología para justificarse de su abdicación de la sinagoga. Acaso la memoria de una antigua injuria familiar le hizo emplear esa lengua, que ahora enciende la herida de la pestilente ceremonia de su expulsión. Aún siente sus labios desollados por el olor de aquellas velas, el sudor punzante de su frente que provocaba la cera derretida y la humedad del río. ¡Dios de mis padres, qué abominación es ésta, aquellos que fueron hostigados y no se les dejó compartir el pan y los serenos cielos de Portugal y España, ahora flagelan y humillan a sus propios hermanos!

Tiemblan las palabras, no la pluma, cuando tu único designio es la libertad, consistes en ella, te amamanta su leche bravía. Así empezó a vivir Spinoza fuera de su Amsterdam natal; con el temple de este nuevo y severo amor traza los escritos de su pensamiento. Un río diferente, el Rin, y la casa de un amigo le conceden la posibilidad de que este fuego creador pueda hablar bajo la calma azul de la noche. Ordena sus numerosas notas y observaciones para reformar el entendimiento y la forma de percibir la realidad. Un austero arrebato de pájaros le levanta el cuerpo y la mente ( “Nadie sabe de lo que es capaz el cuerpo” , intuirá con vehemencia). Dios mismo se le aparece bajo la forma de la Naturaleza y las cosas mismas no son más que el deseo de perseverar en lo que son, los árboles, las rocas, los alimentos, el invierno, la infancia o este cuerpo que se cree enamorado. No importan las mudanzas y cambios, en su naturaleza tienden a ser siempre iguales, aunque se oculten por un tiempo.

Los antiguos dualismos del pensamiento occidental se derrumban como secretas lágrimas en su conciencia. Escribe enajenado su Etica y sabe que no cabe esconder la clarividencia de estas llamas, que sólo el rigor de la lógica matemática y el lenguaje geométrico pueden transmitir con precisión y transparencia su mensaje. A veces, el furor le puede y la memoria, siempre impura, le acerca la imagen doliente de su padre Michael, el agua oscura de su tristeza , cuando el adolescente Baruch atendía conjuntamente el comercio familiar de importación en Amsterdam. Pero pronto se yergue la vida y el deseo de escribir y celebrar la libertad, ahora que el celo represor de los inquisidores religiosos parece alejarse.

Asentado en La Haya, traza las últimas palabras de la obra: “Lo excelso es tan difícil como raro”. Ese polvo estricto con el que están escritas todas las vidas va a cebarse con sus pobres pulmones, ahogándolos en sombras por las emanaciones del pulimento de los cristales. ¿Para qué sirve proclamar la libertad de sólo pensar en la vida si la muerte se acerca y acecha las débiles luces de estos días? Tal vez el conocimiento sólo añada dolor, como nos dice la Biblia, y no nos pueda dar la alegría, ese adusto olor a hierba recién cortada, a encendido alimento tomado en silencio.” También la historia avivará la oscuridad de estos momentos. Los agrios vientos de la represión política y la intolerancia religiosa impedirán la publicación de la “Ética”, le obligarán a difundir encubiertamente su “Tratado teológico-político”, porque la “libertad de pensar y decir se ve oprimida por los predicadores”



Hospedado desde hace años en casa del pintor Van der Spick, su pecho se va consumiendo, y no sólo por un oficio que le da la única paz que disfruta, trabajar en la comprensión humilde de Dios o la Naturaleza en cada llameante fulgor de los pulidos cristales,sino más fuertemente por el dolor que le causa la ignominia de los hombres. Sentado ante la mesa de su cuarto, apoya lánguidamente su brazo derecho sobre dos libros apilados: uno es de Galileo y el otro de Descartes. Los dos ultrajados en la expresión de sus pensamientos por la ferocidad del poder. Tampoco puede alejar de su mente el cruel linchamiento en las calles de La Haya de su amigo y protector de las libertades Jan de Witt.



Ni siquiera el blanco aroma del queso o esa sensación a mañana despojada del pan, que componen su frugal cena, consiguen apaciguar su ánimo. Una evocación de sí mismo a los dieciséis años, planteando serias dificultades teológicas en la sinagoga, le trae imágenes de los canales de Amsterdam, la desazón que los reflejos de sus aguas provocaba en sus creencias. También el amargo recuerdo de aquellos años del pobre médico y teólogo judío Uriel da Costa, obligado por la infamia de la comunidad religiosa a suicidarse, a desaparecer como una flor seca. Con el automatismo de un sonámbulo saca del fondo de un cajón un retrato, oculta pasión de quien, a fuerza de tocar con sus manos los cristales, siente miedo de los espejos. Es el retrato de una joven que representa el único episodio amoroso de su vida, cuando quería investigar las emociones “como si fueran líneas, planos y cuerpos”.



Quizá al subir a su habitación la última noche de su vida, escribió una carta confesando su pesar por aquel amor perdido, o tal vez no lo hizo, pensando que a fin de cuentas todo lo que hacemos y vivimos es repetir una infinita ausencia.




viernes, 23 de septiembre de 2011

La hora de los valientes.

La cuestión del momento no es que los neutrinos sean más rápidos que la luz sino que la autoridad económica sea más lenta que una tortuga reumática. La fatal insuficiencia financiera se nos echa encima sin remisión y los llamados a conjurarla se limitan a seguir alargando la mecha en este hora crítica que debería ser la hora de los valientes. La crisis, cuatro años después, vuelve a su epicentro, a la banca y su dudosa solvencia.

La banca tiene en su pasivo todo nuestro dinero, exigible más o menos al momento y sin embargo comprometido en inversiones de todo pelo con vencimientos lejanos: El principal (no se olvide que es nuestro dinero, no el del banco) será devuelto en años, lustros, décadas o quizá nunca. Es natural que el Estado, llamado a regular tan peligroso juego, haya establecido un capital propio simbólico, unas reservas insignificantes, un fondo de garantía diseñado para hacer frente a una quiebra puntual de una entidad mediana y una supervisión arcangélica. Fin. También es natural que los bancos se fusionen, crezcan, se hipertrofien y que los depositantes se conviertan en rehenes, los estados en prisioneros y el supervisor en supervisado. En realidad todo banco es metafísicamente insolvente puesto que no puede hacer frente a una retirada masiva de depósitos. Ahora bien, esa retirada masiva sólo se producirá si el banco es oficial u oficiosamente insolvente. Por tanto la solvencia es un estado de espíritu. Un banco es solvente mientras se confíe en su solvencia. Esto recuerda peligrosamente aquella gregería de Ramón: La felicidad consiste en ser un desgraciado y creerse feliz. Seguro que este fin de semana se nos ocurre algo para seguir creyéndonos felices, al menos mientras nuestros policy makers se olviden del crecimiento, del empleo, de la estabilidad de precios y zarandajas por el estilo y sigan trabajando sin descanso para que ningún gran banco quiebre, que es precisamente lo que tiene que ocurrir para empezar a pensar en una verdadera salida de la crisis.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El proveedor de realidades Óscar Mishkin

En 1949, la calle Monturiol de Figueras lo vio nacer; en la pila de Sant Pere recibió el nombre de Óscar Davin Brell, que proclama la ascendencia judía. Su lengua materna fue el catalán ampurdanés. Cuando abandonó la casa familiar para estudiar lenguas clásicas en Barcelona comprendió que el idioma de sus mayores degeneraba en el sur, por lo que, en un gesto radical que lo define, decidió, por respeto, no volver a hablarlo más allá del puro círculo íntimo. Completó su formación en París con estudios de Física y de Economía. En 1969 defendió en la Sorbona su tesis doctoral sobre las ideas económicas de Sébastien Le Preste, Señor de Vauban; al año siguiente publicó una síntesis —Fortalezas estrelladas e impuesto único— con el seudónimo de Óscar Mishkin. Varias biografías han especulado sobre la rúbrica que ya nunca abandonó: la Enciclopedia Británica lo considera un préstamo del príncipe Lev Nicolayevich Mishkin, conocido protagonista de El idiota, de Dostoievsky; más apropiado parece que derive del economista norteamericano Frederic Stanley (Rick) Mishkin, por cuyas teorías económicas profesa especial admiración nuestro autor.
Pese a su sentido hiperestésico de lo real, en 1982 advirtió, con una especie de temor parecido a ratos al pánico y a ratos a la felicidad, que los problemas metafísicos estaban organizándose en él, y que la solución —o una solución— era casi inminente. Dejó entonces de leer, dedicó sus mañanas y sus noches a la vigilia y se empeñó en construir en el sótano de su casa un barco de vela. Había cumplido treinta y tres años: la edad, según los cabalistas, del primer hombre cuando lo formaron del barro. De la experiencia del bricolage náutico surgió Navegaciones y regresos, una refutación de las ideas metafísicas desde Aristóteles hasta Heidegger.
Aunque frecuenta la amistad de literatos, Óscar Mishkin no ha dedicado una sola línea a la ficción; nunca su pluma trazó un verso. Suele argumentar que bastante excesiva se muestra la realidad, como para duplicarla con espejos verbales. Aún así, en 1992 exploró los metódicos laberintos de la crítica literaria en el ensayo El “Machaquito” de Pellegrini, obra fundamental para entender las claves de la vasta e imprescindible novela de su amigo Luigi S. Pellegrini.
La obra de Mishkin rebasa ya los veinte volúmenes y comprende empresas ingentes como la documentada Historia universal de la estulticia, un estudio le los tantálicos verbos en el indoeuropeo y varias monografías sobre el pensamiento económico de John Maynard Keynes, Joan Robinson, Milton Friedman y John Kenneth Galbraith, entre otros. Con todo, en este monumental trabajo de proporciones megabíblicas, destaca sobremanera el ensayo Presente y futuro del club Underbridge. Se trata de un lúcido análisis de ese sector de la humanidad que la retórica histórica ha denominado de manera sucesiva como esclavos, siervos, parias, mujiks, proletarios, descamisados…, y que conforman el mayor grupo de hombres del planeta. Con fórmulas impecables, Mishkin establece los coeficientes de masa crítica y de desesperación crítica necesarios en este sector de población para engendrar cambios sociales. Sus controvertidas teorías han sido objeto de duros ataques e incluso ridiculizadas. Él siempre se ha defendido con la afilada navaja de Robert J. Hamlon: “Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”.
Actualmente, Óscar Mishkin vive retirado con su mujer y sus hijos en algún pueblo del Ampurdán. Acérrimo aficionado al ciclismo, es fácil imaginarlo fatigando cuestas y repechos en las tardes malva de su tierra; quién sabe si fabricando a mano una carabela.

martes, 6 de septiembre de 2011

El poeta y novelista Luigi S. Pellegrini

Nació en la ciudad de Soria el 13 de abril de 1950. Su padre, Arcangelo Pellegrini di Gianbologna, natural de Ferrara, se asentó en la ciudad del Duero como profesor de música y canto. Allí su batuta confraternizó con don Antonio Machado y Gerardo Diego, en el tiempo sucesivo en que tan insignes poetas ejercieron la docencia en el instituto de la capital, y animó la vida cultural soriana con veladas musicales y conciertos. Nuestro autor creció, pues, entre partituras y tertulias; el varonil cierzo que enfría el Urbión completó su adiestramiento. Una atribución verosímil pretende que la enigmática y sinuosa sigla de su nombre evoque el solar que le vio nacer.
La historia personal de Pellegrini, como la de ciertas naciones, se pierde en mitologías. Una de sus leyendas sostiene que en los años mozos se ganó la vida como tahúr en los casinos de su ciudad natal y en los de las localidades aledañas; otra le atribuye orígenes nobiliarios y asegura que ostenta el blasón de señor de Verrún, heredado por vía materna. Sabemos, con seguridad, que recibió una educación laica y cumplida en el instituto soriano y que publicó —a los diecisiete años— un largo estudio sobre Ibsen en la Revista de Occidente. El culto de Ibsen lo movió a aprender el Noruego. Hacia 1968 —desde entonces la paradoja nunca le abandona— escribió una diatriba contra el proyecto de que se fundara en Soria una compañía de teatro estable. La tituló El sudario del cadáver, donde ya esgrimía los principales argumentos contra el género dramático que siempre le acompañaron; el principal, que tras Ibsen no tenía sentido hacer teatro. En 1969 fue a París, a estudiar medicina. Siempre le atrajeron las obras vastas, las que abarcan un mundo: Dante, Shakespeare, Homero, Dean Martin, Aristóteles…

El novelista

Los primeros libros de Pellegrini no son importantes. Mejor dicho, únicamente lo son como anticipaciones de La vida exagerada de Machaquito de Hamburgo o en cuanto pueden ayudar a su comprensión. Pellegrini trabajó el Machaquito en los terribles años del tardo franquismo. Al dejar voluntariamente su patria, juró forjar un libro que perdurara “con las tres armas que me quedan: el silencio, el destierro y la sutileza”. Ocho años consagró a cumplir dicho juramento. Mientras el Criminalísimo completaba su ingente tarea de aniquilación, desde el Perú, Pellegrini, mientras tanto —en los intervalos de corregir galeradas en una insignificante editorial limeña o de improvisar artículos para la revista El inca beodo— componía su vasta recreación de la breve vida del diestro teutón. Más que la obra de un solo hombre, Machaquito parece la labor de muchas generaciones. A primera vista es caótico; el libro expositivo de su camarada literario Óscar Mishkin —El “Machaquito” de Pellegrini, 1992— declara sus estrictas y ocultas leyes. La delicada música de su prosa es incomparable.
La fama conquistada por Machaquito ha sobrevivido al escándalo que inicialmente produjo en los pacatos círculos literarios europeos y americanos. El libro subsiguiente de Pellegrini, Obra en gestación, es, a juzgar por las entregas publicadas, un tejido de lánguidos retruécanos en un castellano veteado de italiano y de latín.

El poeta

Es conocido el caso muy común del poeta que a veces hábil, es otras veces casi bochornosamente incapaz. Hay otro caso más extraño y más admirable: el de aquel hombre que en posesión ilimitada de una maestría, desdeña su ejercicio y prefiere la inacción, el silencio. A los diecisiete años, Jean Arthur Rimbaud compone el “Bateau ivre”; a los diecinueve la literatura le es tan indiferente como la gloria. Los goces peculiares de la sintaxis fueron anulados en él por los que suministran la política y el comercio. En la ciudad de Lima, en el año 1991, Luigi S. Pellegrini publica Cócteles, el mejor de sus libros y uno de los mejores de la literatura en lengua castellana; luego, misteriosamente, enmudece para la lírica. Hace veinte años que ha enmudecido; “de casi todo —suele repetir con Gil de Biedma— hace veinte años”.
Cócteles es un libro contemporáneo, un libro nuevo. Un libro eterno, mejor dicho, si nos atrevemos a pronunciar esa portentosa o hueca palabra. Sus dos virtudes principales son la limpidez y el temblor, no la invención escandalosa ni el experimento cargado de porvenir. Cócteles ha carecido, asimismo, del prestigio guerrero de las polémicas. Pellegrini ha sido comparado a Virgilio. Nada más agradable para un poeta; nada, también, menos estimulante para su público.
He aquí un poema que ha sido repetido en innumerables ocasiones en la soledad, bajo las luces de uno y otro hemisferio.

Vaga luz de primavera

Silencio de ventiladores,
la galería pálida
cobra sus ruidos cotidianos.
Silencio;
solo el batir leve
de la ropa en la cuerda.
El sol golpea
en el paredón blanco,
ciega:
ciega luz de mediodía
sobre la que la enredadera
trepa.
Vaga luz de primavera:
en pensativas flores blancas
nieva
su prestigio de nueva,
de irrepetible;
nunca otra luz como esta.


Tal vez otro poema de Pellegrini nos dé la clave de su inverosímil silencio: aquel que se sustenta en su desapego por el mundo.


Cierto asco

¡Qué noche para un suicidio!-oí decir.
Y era el sinuoso meandro
sobre negro lodo de inconsciencia.
Sentí cierto asco
ante el vómito del río,
monstruosa deyección de abandono.

La muerte era este rechazo,
territorio de blandura yerta,
cesión perpetua de la tierra,
franja fétida y dulzona
de pescados muertos
agolpados en la noche.

Propicia noche para un suicidio.

Pero
los suicidas eran los peces.

Siempre resulta difícil explicar una renuncia en la cresta de una ola de éxito. Tal vez la carrera literaria le pareciera irreal, esencialmente y en los halagos que se le pide; tal vez su propia destreza le hace desdeñar la literatura como un juego demasiado fácil.
Es grato imaginar a Luigi S. Pellegrini atravesando los días de Lima, viviendo una cambiante realidad que él sabría definir y que no define: hechicero feliz que ha renunciado al ejercicio de su magia.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Breve semblanza de Fernando Rayo

Alentado por los numerosos comentarios que los siempre curiosos lectores de La Rivoli han dedicado a El pequeño manuscrito en el morral, traducido por Fernando Rayo, he perpetrado algunas líneas para rememorar a este insigne polígrafo en una de sus dedicaciones más desconocida, aunque no por ello menos deleznable: la de poeta.
Fernando Rayo —acaso el primer poeta de La Sagra y sin duda el más sagreño— nació en Arcicóllar, provincia de Toledo, el 14 de abril de 1949. Su padre era un herrero cacereño, Rutilio López, empleado en los talleres del Ferrocarril de Bargas. Como los López abundaban en el taller, su padre se mudó a otro apellido más inequívoco y optó por el de Rayo.
Sin recurrir a la transmigración, Fernando Rayo —como Jorge Luis Borges, como Pablo Neruda, como sus compañeros Óscar Mishkin y Luigi S. Pellegrini— ha cursado muchos destinos, algunos de los más laboriosos. De los trece a los diecinueve años fue sucesivamente portero de discoteca, acomodador de cine, tramoyista, peón de un horno de ladrillos, carpintero, lavaplatos en hoteles de Talavera de la Reina, Torrijos y Argamasilla de Alba, peón de cortijo, pintor de radiadores y pintor de paredes. En el 69 se alistó como voluntario en la División Acorazada Brunete, y sirvió casi un año en el Regimiento de carros de combate Alcázar de Toledo. (A su poesía no le gusta el recuerdo de esa aventura militar.) Un compañero de armas lo instó a educarse. A su vuelta ingresó en la Escuela de Ingenieros de Minas de Almadén. De esa fecha (1970-1973) datan sus primeros escritos: algunos ejercicios en prosa y verso que no se parecen a él. Durante sus estudios mineros brotó también en su ánimo el amor por la lírica japonesa. En aquel tiempo, Rayo creía que le interesaba más el fútbol que las letras. Su primer libro —que es de 1975— ya contiene algunos renglones que un discípulo suyo no rehusaría. El Rayo esencial tarda diez años más en aparecer, en el poema “Méntrida”. Casi inmediatamente La Sagra lo reconoce, lo aplaude, lo aprende de memoria, y también lo insulta. Como su poesía no tiene rimas, los opositores resuelven que no es poesía. Los partidarios contraatacan, invocando los nombres y los ejemplos de Enrique Heine, del rey David y de León Felipe. Inútil repetir la discusión, todavía corriente en el casino de Arcicóllar, aunque ya del todo arrumbada en los otros países del mundo…
En 1972, Rayo (entonces periodista de El orto de Torrijos) se casó. En 1981entró en el ABC; en 1982 hizo un piadoso viaje a Cáceres, tierra de sus mayores. Un par de años después publicó Silicosis y cinabrio. La dedicatoria es así: “Al sargento Torrijano, pintor de nocturnos y de rostros, grabador de vislumbres y de momentos, oyente de vientos azules de la tarde y frescas rosas amarillas, soñador y hallador, jinete de grandes mañanas en jardines, valles, batallas”.
Rayo ha recorrido las diversas islas e islotes del archipiélago japonés, dando conferencias, leyendo con lenta intensidad sus poemas, recogiendo y cantando viejos jaikus. Hay cintas de casete que registran la seria voz y la guitarra de Rayo. Las poesías de Rayo están compuestas en un castellano que se parece a su voz y a su modo de hablar: un castellano oral, conversado, con palabras que no están en los diccionarios y que están en las calles sagreñas, un castellano castizo en suma. En sus poemas hay un juego incesante de falsas torpezas, de habilidades que quieren pasar por descuidos.
Hay en Fernando Rayo una fatigada tristeza, una tristeza de atardecer en la llanura, de ríos cenagosos, de recuerdos inútiles y precisos, de hombre que siente día y noche el desgaste del tiempo. Whitman, en una Nueva York de tres o cuatro pisos, celebró las ciudades verticales que se tiran al cielo; Rayo, en el vertiginoso Arcicóllar, suele prever el tiempo remoto en que la soledad, las ratas y la llanura se repartirán los escombros de su pueblo.
Rayo ha publicado seis libros de poemas. Uno de los últimos se titula Buenos días, Sagra. Es autor, así mismo, de tres libros de cuentos y de una vasta bibliografía dedicada a distintos aspectos de la literatura japonesa.

Un poema de Rayo

Péndulo

Francisco, el alguacil, alias Ratón, cuelga de la viga maestra del pajar. Lleva todavía su gorra de plato. De joven fornicaba con muchachas púdicas, hoy madres respetables, a través de verjas insondables.
—¡Ven p'acá…! —decía, y aferraba a la temblorosa amante por la cintura con su correa, para poder tomarla.
Ahora pende como un muñeco, un almirante grotesco sin navío. Fuera, un sol radiante ilumina nubes algodonosas y felices. Las campanas omniscientes tocan a muerto. Un campo arado extiende sus paralelas hasta el remoto horizonte.

 ¡Qué tiempos! ¡O tempora. o mores! ¡Oh, tiempo de los moros!