Matsuo Basho
No hay nada que se contemple que no sea flor; nada que se piense que no sea luna.
Joan Fuster (1955) El descèdit de la realitat:
La pintura abstracta vuelve la espalda a la realidad; el surrealismo no; el surrealismo la presenta como una perfidia indecorosa, la priva del último y más pequeño prestigio que le quedaba: la verosimilitud.
Conde de Villamediana:
Viviendo pareció digno de muerte,
muriendo pareció digno de vida.
William Faulkner:
Es solo en la literatura donde las anécdotas paradójicas y a menudo mutuamente excluyentes de un alma humana pueden yuxtaponerse y amalgamarse, por medio del arte, en un todo de verosimilitud y plausibilidad*.
———
* He decidido conservar este sustantivo de la traducción original, porque, pese a sus dificultades prosódicas, proporciona al enunciado cierta frescura de agua de colonia.
José María Ridao:
La instalación de una corte estable en Madrid [en el siglo XVI] llevó a afirmar, según hizo la historiografía nacionalista, que España gobernó el mundo, cuando en realidad, lo que estrictamente sucedió es que una rama de la dinastía Habsburgo gobernó sus amplísimos dominios desde Castilla. No hubo, por consiguiente, una hacienda española, sino una hacienda de los Habsburgo de la que formaban parte la de Castilla y Aragón, entre otras. Como tampoco hubo tercios españoles en el sentido de que estuvieran compuestos o mandados por españoles, sino fuerzas reclutadas y financiadas por los Habsburgo en sus diversos dominios.
Negro Black:
Resulta paradójico que, en términos ecológicos o de política medioambiental, los discursos conservadores se muestren partidarios de los cambios en favor del progreso y que los discursos progresistas sean conservadores (o conservacionistas).
Spinoza:
La voluntad de Dios no es sino el asilo de la ignorancia.
Pascal Boyer:
Aunque los creyentes suelen atribuir su moralidad a un agente sobrenatural, los modelos cognitivos indican todo lo contrario: nuestros sentimientos morales son reclutados para dar verosimilitud a las nociones morales de la religión.
Esto explica algo obvio y es cómo cada cuerpo doctrinal religioso es reflejo de la realidad social de la que surge, con evidentes injusticias o imperfecciones que difícilmente podrían achacarse a un ser perfecto como Dios.
Enrique Miret Magdalena:
Porque Dios, lejos de ser un amo exigente, es “poesía en la cual se cree”.
Cipolla:
La soberbia hace que tratemos de entender al criminal para combatirlo mejor. La modestia nos obliga al renegar del idiota que lo justifica.
James Wood, Los mecanismos de la ficción:
El realismo no es la imitación de la realidad, sino una representación de la experiencia de la realidad, y por tanto asume dosis de artificio semejantes a las de la vida misma. Y si la realidad ficticia a menudo acude a efectos (o efectismos) es porque el efecto no resta veracidad a la narración, como los sentimientos forma parte de ella.
Y es así, mediante los detalles expuestos con la inteligencia selectiva de un narrador a menudo se alumbra una verdad: la necesidad de”aportar el mejor relato posible de la complejidad de nuestro tejido moral”.
Henry Miller, Trópico de cáncer:
El cáncer del tiempo nos devora a todos.
Manuel Vicent:
[Ezra Pound] fue uno de esos tipos que luchan denodadamente a lo largo de su vida para alcanzar el propio fracaso y no cesan de combatir hasta conseguirlo.
André Geim (físico molecular descubridor del grafeno):
Solo puedo predecir con exactitud el pasado.
Rafael Sánchez Ferlosio:
Convendría, por tanto, señalar que el Nosotros no solo en la gramática es tan persona como el Yo, sino también, por añadidura, como se ha visto en la unanimidad del totalitarismo, muchísimo peor persona.
Gisbert Haefs, “Los juglares y la Historia”, en Babelia, 8-08-2010:
[A mi querido Montenegro, en otro tiempo denostador contumaz de la novela histórica y defensor de la novela periodística]
No es normal sino infame hacer de su gusto personal una ley general —no me ha gustado una novela histórica, entonces todas las novelas históricas son mala literatura— ¿Y el José (y sus hermanos) de Thomas Mann? Ah, no señor, no es novela histórica porque es de Mann.
Antonio Moreno, Nombres del árbol:
[Las palabras]
tan plenas que decirlas
ha sido hacer el mundo y su silencio.
Nietzsche:
La verdad y la mentira no son más que el modo en que una moral determinada trata de imponerse a las otras moralidades.
George Best (extremo izquierdo del Manchester):
En mi vida me he gastado enormes cantidades de dinero en alcohol, drogas y mujeres; el resto lo he despilfarrado.
Charles Simic:
Cada segundo, la tierra es duramente golpeada
por dos kilos de luz solar.
Vargas Llosa, El sueño del celta:
Eso era la historia, una rama de la fabulación que pretendía ser ciencia.
Rubén Darío, “Metempsicosis”:
Yo fui un soldado que durmió en el lecho
de Cleopatra la reina. Su blancura
y su mirada astral y omnipotente.
Eso fue todo.
Y crujió su espinazo por mi brazo;
y yo, liberto, hice olvidar a Antonio.
(¡Oh el lecho y la mirada y la blancura!)
Eso fue todo.
Javier Marías:
La literatura no sirve para iluminar nada, solo sirve para ver un poco mejor cuánta oscuridad hay alrededor.
Mel Gibson:
Nadie es ateo cuando la cuerda aprieta.
Kierkegaard:
La vida se vive hacia delante, pero se comprende hacia atrás.
Luc de Clapiers, marqués de Vauvernagues:
La servidumbre envilece a los hombres hasta el punto de lograr que la amen.
Jorge Semprún:
En el fondo, mi patria no es el idioma -como ocurre con la mayoría de los
escritores-, sino lo que se dice.
Macedonio Fernández:
Amor se fue; mientras duró
de todo hizo placer.
Cuando se fue
nada dejó que no doliera.
Anton Chéjov:
“Champagne. Relato de un granuja”
¿Qué otro mal se le puede causar a un pez ya pescado, frito y servido en la mesa con una salsa?
“Los enemigos”
Los desgraciados son egoístas, malvados, injustos, crueles y menos capaces de comprenderse entre sí que los tontos. La desgracia no une, sino que separa a los hombres; e incluso en aquellos casos en que, al parecer, los seres humanos deberían estar ligados por un dolor análogo, se cometen muchas más injusticias y crueldades que entre gentes relativamente satisfechas.
lunes, 1 de agosto de 2011
jueves, 28 de julio de 2011
Últimas horas del niño Federico Nietzsche
"Las palabras más silenciosas son las que traen
la tempestad. Los pensamientos que se acercan
con pasos de paloma dirigen el mundo"
FEDERICO NIETZSCHE
la tempestad. Los pensamientos que se acercan
con pasos de paloma dirigen el mundo"
FEDERICO NIETZSCHE
Cuando Federico Nietzsche volvió a ser niño en la alta noche de su locura, sólo le confortaban la lectura de Spinoza y ciertos pasajes musicales tocados por su madre al piano. Nunca fue la luz más hermosa que en aquellas mañanas de invierno en la casa familiar de Weimar, mientras el silencio le retiraba con su mano de agua la oscuridad del rostro. A veces, la fiebre conquistaba su cuerpo y le venían imágenes y vivencias anteriores a esta nueva infancia, de otro tiempo en que pensaba y escribía con sangre, desde ese patíbulo en que se convirtió su vida y ahora le hacía balbucear muy para adentro, inconscientemente: "Sí, ahora y en la hora en que estamos todos como muertos, y el alma es sólo un frío infinito que nos gangrena los labios".
A la otra niñez, la oficial, también regresaba en ocasiones, sobre todo al languidecer la tarde e incendiarse la hilera de cedros que se alzaban sobre la cercana colina. Con el viento solía llegar la visión de su padre, adusto clérigo protestante, poco antes de morir, y ese triste olor nunca olvidado que exhalaba su cabello. Se asomó por vez primera al horror y la soledad que alberga el protestantismo, todas las religiones, en suma. Y nuevamente afloraban recuerdos inconexos: "Elisabeth, hermana, sabrás que en Leipzig me masturbé frecuentemente"; "te aseguro que me gustaría creer, como el buen ladrón en la cruz, que existe el paraíso"; "Cristo, Platón, la propia vida... ¿quién pisoteó la belleza y la libertad de tantas flores?". Sin duda, había sangre de camellos muertos por tanta carga en la travesía del desierto.
Porque hubo un tiempo en que buscó el amor como una fiera solitaria, viajando hacia la demencia con insinceros oficios de soberbia, a los que llamó filosofía. Desollar la desesperación para sentirla en carne viva. Simulacros de felicidad o música, en forma de mujer, llámese Lou Andreas Salomé o, tal vez, Cósima Wagner. No importaban los países ni los paisajes, siempre ese pensamiento salvaje insinuándose como una herida en medio de la noche.
Mientras su madre lee el final de la Ética de Spinoza: Lo excelso es tan difícil como raro, una sonrisa de águila danza en sus ojos lejanos. Nadie supo nunca nada, pero el mundo había renacido semejante al sueño de un león.
Del cadáver de este león y de su memoria, aventada la ceniza del superhombre y la terrible idea del eterno retorno, surge un nuevo comienzo, el sueño que realmente somos: hombres y mujeres, bellos pero desvalidos ante la muerte. Porque no sólo soportan la soledad los dioses y las bestias, sino también, y más enérgicamente, los filósofos y los poetas, aquellos que han recuperado la sublime humildad de la infancia.
En la claridad de su aposento, entra por la ventana el olor de la lluvia igual que la lejana rosa de un recuerdo. Y Federico Nietzsche ve que al final la salvación es ser de verdad niños, ese echar a volar las doloridas palabras como si fueran renacidas y fulgentes aves. Que en el cielo y en la tierra, cuando el dolor, la enfermedad, la injusticia y la barbarie lo permitan, nos quede la feroz alegría que a todos nos iguala. Porque somos todos lo mismo: cuerpos solitarios de niños que hablan, callan y miran cómo cae incansablemente la nieve.
viernes, 1 de julio de 2011
Una experiencia libresca
A mis queridos colegas rivolinos, que me han abandonado a mi suerte en las procelosas páginas de la web, para ver si se animan a colgar algún texto en esta que yo creía empresa común.
Hoy he oído en las noticias el caso de Juan Haldudo y Andrés Otawe. Una de esas historias chungas que ocurren todos los días, solo que esta me toca más de cerca. Mirado desde el que se entera por la tele, es un asunto fácil. El tal Haldudo, ganadero de la sierra, contrató a un chavalín africano, Andrés Otawe, uno de tantos de los que llegan en cayucos, para que cuidara de sus ovejas. Todo bajo cuerda, claro. Al parecer, el chico, que curraba por cuatro perras, no se tomaba muy en serio su oficio y perdía de vez en cuando algún animal. Haldudo se lo echó en cara, discutieron, pelearon y el ganadero murió apuñalado. Detuvieron a Andrés, le juzgaron y hoy le han metido dieciocho años de maco. Su abogado alegó defensa propia, que cuadra con las graves heridas que tenía el chico cuando lo trincaron. Dio igual. El abogado quiere recurrir, aunque para toda la peña es un caso cerrado. Yo podría echarle un cable, pero paso. Entre otras cosas, me perjudicaría… Además, me importa un carajo.
Escribo en esta libreta la historia tal y como la recuerdo. Lo hago por pasar el rato y porque sé que nadie la leerá.
Me gusta el campo. O la naturaleza, como dicen los lilas esos que defienden los bosques y a los animales. A mí los bichos y los árboles me la sudan. Lo que me mola del campo es que no hay nadie, que se puede estar solo mucho tiempo sin ver un alma. Cuando me mosqueo con la Mari o me pillo algún rebote, cojo el buga y me abro al campiri. Me da igual el sitio, poco me importa que haya montañas o llanos. Lo que busco es no ver vasca, y ya está.
Aquel día me peleé con mi tronca, la Mari. Nos llevamos bien casi siempre, pero de vez en cuando se me acampana y me la monta. La podría haber estampado contra una puerta. Me corté. Mejor pirarme por ahí hasta que se le pasara el mal rollo. Pillé una china en lo del Sebas y tiré para la sierra. Después de una hora conduciendo, dejé la carretera y me metí por un camino de tierra que iba entre árboles. Al cabo de un rato, en un sitio que me pareció guay, paré el coche y me puse a andar. Hacía bueno y todo estaba verdecito, mazo guapo. Cogí un palo y lo usé de bastón. Caminé largo trecho hasta que en una revuelta del sendero encontré una fuente. Paré a refrescarme y a descansar un ratito. Me senté apoyado en el tronco de un pino y me lié un peta. Se estaba de puta madre y no se oía nada más que algún pájaro y el chorrito de agua en el regato del manantial. Grabé letras en el palo con la navaja. Decidí poner Mari, para luego regalárselo a la Mari, cuando volviera. Quedó chulo. Recordando a mi tronca se me puso dura. Suele ocurrirme, porque está buena que te cagas. Me hice una paja pensando en ella, que me dejó suave. Me entró sueño, y me quedé sopa mientras acariciaba mi cara un airecito guapo.
No sé cuánto tiempo estuve grogui, pero sí recuerdo que me desperté sobresaltado por un chillido, como el de un animal herido. Supuse que sería un jabalí o algo así. Al poco volví a oír el grito. Ahora parecía de alguien que estaba sufriendo. Como no tenía nada mejor que hacer, decidí enterarme de lo que pasaba. Me metí en el bosque en dirección a los chillidos, que cada vez se sentían más cerca. A pocos pasos, en un claro, vi un caballo atado en una encina y en otra a un negrito que era el que daba voces; y con razón, porque un tío le estaba breando a correazos. Mientras le zurraba la badana, le iba diciendo lindezas:
—¡La próxima vez espabilas, mamón!
Y el chaval respondía:
—¡Estaré listo, por favor, ya vale; no pegar más, no pegar más! ¡Yo vigilo ovejas!
Me acerqué con cuidado, sin hacer ruido. Cuando estuve a tres o cuatro metros del de la correa, cogí el palo con la derecha y, dando golpecitos en la palma de la otra mano, le entré al pavo:
—¿Por qué no pruebas conmigo?
El campesino se dio la vuelta y, al verse a tiro de garrote, se lo pensó mejor. Muy templadito dijo:
—Mire, señor, este desgraciado al que estoy castigando trabaja para mí cuidando un rebaño de ovejas que tengo en estos contornos. Es tan descuidado, que cada día me falta alguna. Porque le descuento de su sueldo las pérdidas, dice que soy un miserable. Así, para que aprenda a tratar como Dios manda a la gente, le estoy dando lo que merece.
—¿Lo que merece? Suéltalo ahora mismo, si no quieres que te abra el melón de un palazo —dije.
El menda bajó la cabeza y sin decir ni pío desató al negrito. Pregunté al chaval cuánto le debía el ganadero. Calculó nueve meses a ciento cincuenta euros cada mes.
—¿Ciento cincuenta pavos, cabronazo? —dije, mirando a aquel negrero sádico.
—Teniendo en cuenta las mermas, pierdo dinero —respondió—. Además le visto, le calzo, le doy comida y cama. Incluso, un tiempo que anduvo enfermo, le pagué el médico y las medicinas.
Apreté los dientes y ganas me entraron de molerlo a garrotazos allí mismo. Pero me frené. De todas formas, me resultaba curiosa la sensación de que aquella mierda me era familiar, como si ya la hubiera vivido antes.
—Con los correazos, te has cobrado con creces —dije—. Así que ya estás achantando lo que le debes.
—Lo malo es que no tengo aquí dinero. Que se venga Andrés conmigo a casa, que yo le pagaré un euro sobre otro.
—¿Irme con él? —dijo el chaval—. Ni hablar. No ir. Cuando esté con él solo, me arranca piel a tiras. Juan Haldudo es chungo, es mucho chungo.
—Yo creo que te va a pagar —dije, y miré al tal Haldudo—; porque, si no, juro por estas que volveré a buscarte y te deslomo a palos, aunque te escondas más que una lagartija, como que me llamo Contreras.
Di media vuelta, me interné en el bosque y desaparecí. Sabía de sobra que aquello no había terminado. Me senté tras uno matojos y esperé. Así escondido, me vino de pronto. Ya sabía a qué me sonaba todo aquello. Yo no leo libros, es mazo aburrido, pero me acordé de unas historias que nos leía el maestro en la escuela sobre un pibe que perdió la chola, un caballero de esos de antes. Le pasó algo parecido. Se topó con un nota que pegaba a otro chaval, como al negrito. Me rayó un poco la coincidencia. Pero recordé que el loco aquel, después de parar la paliza, se fue y se quedó tan contento. Yo no.
Pasada media hora volví a oír los gritos; ahora más fuertes, si cabe. Me acerqué sigiloso, como un comanche de las pelis. Efectivamente, Haldudo volvió a las andadas: había atado otra vez al moreno y se estaba empleando a fondo con él. Me escondí tras unas rocas. Abrí la navaja. El chaval ya no gritaba, porque había perdido el conocimiento, pero Haldudo seguía pegándole con todas sus fuerzas. Esperé a que tuviera la correa en alto y salté sobre él como una fiera. No le di tiempo. Le metí la navaja entre las costillas y lo dejé seco. Corté las ligaduras de Andresillo, que seguía inconsciente, y me piré de allí cagando leches. Eso fue todo.
Hoy he oído en las noticias el caso de Juan Haldudo y Andrés Otawe. Una de esas historias chungas que ocurren todos los días, solo que esta me toca más de cerca. Mirado desde el que se entera por la tele, es un asunto fácil. El tal Haldudo, ganadero de la sierra, contrató a un chavalín africano, Andrés Otawe, uno de tantos de los que llegan en cayucos, para que cuidara de sus ovejas. Todo bajo cuerda, claro. Al parecer, el chico, que curraba por cuatro perras, no se tomaba muy en serio su oficio y perdía de vez en cuando algún animal. Haldudo se lo echó en cara, discutieron, pelearon y el ganadero murió apuñalado. Detuvieron a Andrés, le juzgaron y hoy le han metido dieciocho años de maco. Su abogado alegó defensa propia, que cuadra con las graves heridas que tenía el chico cuando lo trincaron. Dio igual. El abogado quiere recurrir, aunque para toda la peña es un caso cerrado. Yo podría echarle un cable, pero paso. Entre otras cosas, me perjudicaría… Además, me importa un carajo.
Escribo en esta libreta la historia tal y como la recuerdo. Lo hago por pasar el rato y porque sé que nadie la leerá.
Me gusta el campo. O la naturaleza, como dicen los lilas esos que defienden los bosques y a los animales. A mí los bichos y los árboles me la sudan. Lo que me mola del campo es que no hay nadie, que se puede estar solo mucho tiempo sin ver un alma. Cuando me mosqueo con la Mari o me pillo algún rebote, cojo el buga y me abro al campiri. Me da igual el sitio, poco me importa que haya montañas o llanos. Lo que busco es no ver vasca, y ya está.
Aquel día me peleé con mi tronca, la Mari. Nos llevamos bien casi siempre, pero de vez en cuando se me acampana y me la monta. La podría haber estampado contra una puerta. Me corté. Mejor pirarme por ahí hasta que se le pasara el mal rollo. Pillé una china en lo del Sebas y tiré para la sierra. Después de una hora conduciendo, dejé la carretera y me metí por un camino de tierra que iba entre árboles. Al cabo de un rato, en un sitio que me pareció guay, paré el coche y me puse a andar. Hacía bueno y todo estaba verdecito, mazo guapo. Cogí un palo y lo usé de bastón. Caminé largo trecho hasta que en una revuelta del sendero encontré una fuente. Paré a refrescarme y a descansar un ratito. Me senté apoyado en el tronco de un pino y me lié un peta. Se estaba de puta madre y no se oía nada más que algún pájaro y el chorrito de agua en el regato del manantial. Grabé letras en el palo con la navaja. Decidí poner Mari, para luego regalárselo a la Mari, cuando volviera. Quedó chulo. Recordando a mi tronca se me puso dura. Suele ocurrirme, porque está buena que te cagas. Me hice una paja pensando en ella, que me dejó suave. Me entró sueño, y me quedé sopa mientras acariciaba mi cara un airecito guapo.
No sé cuánto tiempo estuve grogui, pero sí recuerdo que me desperté sobresaltado por un chillido, como el de un animal herido. Supuse que sería un jabalí o algo así. Al poco volví a oír el grito. Ahora parecía de alguien que estaba sufriendo. Como no tenía nada mejor que hacer, decidí enterarme de lo que pasaba. Me metí en el bosque en dirección a los chillidos, que cada vez se sentían más cerca. A pocos pasos, en un claro, vi un caballo atado en una encina y en otra a un negrito que era el que daba voces; y con razón, porque un tío le estaba breando a correazos. Mientras le zurraba la badana, le iba diciendo lindezas:
—¡La próxima vez espabilas, mamón!
Y el chaval respondía:
—¡Estaré listo, por favor, ya vale; no pegar más, no pegar más! ¡Yo vigilo ovejas!
Me acerqué con cuidado, sin hacer ruido. Cuando estuve a tres o cuatro metros del de la correa, cogí el palo con la derecha y, dando golpecitos en la palma de la otra mano, le entré al pavo:
—¿Por qué no pruebas conmigo?
El campesino se dio la vuelta y, al verse a tiro de garrote, se lo pensó mejor. Muy templadito dijo:
—Mire, señor, este desgraciado al que estoy castigando trabaja para mí cuidando un rebaño de ovejas que tengo en estos contornos. Es tan descuidado, que cada día me falta alguna. Porque le descuento de su sueldo las pérdidas, dice que soy un miserable. Así, para que aprenda a tratar como Dios manda a la gente, le estoy dando lo que merece.
—¿Lo que merece? Suéltalo ahora mismo, si no quieres que te abra el melón de un palazo —dije.
El menda bajó la cabeza y sin decir ni pío desató al negrito. Pregunté al chaval cuánto le debía el ganadero. Calculó nueve meses a ciento cincuenta euros cada mes.
—¿Ciento cincuenta pavos, cabronazo? —dije, mirando a aquel negrero sádico.
—Teniendo en cuenta las mermas, pierdo dinero —respondió—. Además le visto, le calzo, le doy comida y cama. Incluso, un tiempo que anduvo enfermo, le pagué el médico y las medicinas.
Apreté los dientes y ganas me entraron de molerlo a garrotazos allí mismo. Pero me frené. De todas formas, me resultaba curiosa la sensación de que aquella mierda me era familiar, como si ya la hubiera vivido antes.
—Con los correazos, te has cobrado con creces —dije—. Así que ya estás achantando lo que le debes.
—Lo malo es que no tengo aquí dinero. Que se venga Andrés conmigo a casa, que yo le pagaré un euro sobre otro.
—¿Irme con él? —dijo el chaval—. Ni hablar. No ir. Cuando esté con él solo, me arranca piel a tiras. Juan Haldudo es chungo, es mucho chungo.
—Yo creo que te va a pagar —dije, y miré al tal Haldudo—; porque, si no, juro por estas que volveré a buscarte y te deslomo a palos, aunque te escondas más que una lagartija, como que me llamo Contreras.
Di media vuelta, me interné en el bosque y desaparecí. Sabía de sobra que aquello no había terminado. Me senté tras uno matojos y esperé. Así escondido, me vino de pronto. Ya sabía a qué me sonaba todo aquello. Yo no leo libros, es mazo aburrido, pero me acordé de unas historias que nos leía el maestro en la escuela sobre un pibe que perdió la chola, un caballero de esos de antes. Le pasó algo parecido. Se topó con un nota que pegaba a otro chaval, como al negrito. Me rayó un poco la coincidencia. Pero recordé que el loco aquel, después de parar la paliza, se fue y se quedó tan contento. Yo no.
Pasada media hora volví a oír los gritos; ahora más fuertes, si cabe. Me acerqué sigiloso, como un comanche de las pelis. Efectivamente, Haldudo volvió a las andadas: había atado otra vez al moreno y se estaba empleando a fondo con él. Me escondí tras unas rocas. Abrí la navaja. El chaval ya no gritaba, porque había perdido el conocimiento, pero Haldudo seguía pegándole con todas sus fuerzas. Esperé a que tuviera la correa en alto y salté sobre él como una fiera. No le di tiempo. Le metí la navaja entre las costillas y lo dejé seco. Corté las ligaduras de Andresillo, que seguía inconsciente, y me piré de allí cagando leches. Eso fue todo.
jueves, 2 de junio de 2011
All you need is love
Lola salió a la galería de su apartamento para tender la ropa y se encontró sin sorpresa con la letanía del Santo Rosario que emitía en la radio una cadena católica.
—María, madre de gracia, madre de misericordia… —proclamaba una voz impostada y solemne.
—En la vida y en la muerte ampáranos, gran Señora —respondía un coro femenino.
Pese a que llevaba años escuchando por imposición el repertorio de aquella emisora, Lola no terminaba de acostumbrarse.
—Ya está la Sorda con sus beaterías —dijo.
La Sorda era una mujer mayor, viuda y austera, que se pasaba el día, mientras realizaba las tareas de la casa o cosía, entretenida con novenas, misas y otros oficios, cuando no sintonizaba coloquios enfervorizados sobre el derecho a la vida o la defensa de la familia. El problema de la contaminación acústica se producía, sobre todo, en primavera y en verano, tiempo en que las ventanas permanecían abiertas y los rezos inundaban con estrépito el patio interior, para extender las bendiciones por todo el vecindario.
A Lola no le constaba que su devota vecina, con la que nunca había cruzado palabra, fuera verdaderamente sorda; se trataba de una suposición sustentada en la costumbre de la anciana de poner la radio a todo volumen. De lo que no le cabía duda era de la sobriedad de su espíritu. Bastaba con observar cómo tenía la galería. Desde el piso de Lola, un quinto, se divisaban las balconadas del edificio de enfrente, que compartía con el suyo el portal y el patio de luces. Todas las galerías, salvo la del segundo, que estaba deshabitado, acumulaban más o menos el mismo tipo de objetos: tendederos, escaleras de mano, armaritos, trastos diversos y plantas, muchas macetas que alegraban el patio. En la galería de la Sorda, sin embargo, dominaba la estética zen. No había nada. Sólo la puerta y las ventanas con sus alféizares desiertos. Todo muy limpio, eso sí. Este detalle de la pulcritud, unido al de la vocación religiosa, había llevado a Lola a la conclusión de que la Sorda debía provenir de algún pueblo de la meseta, en el que sin duda veraneaba durante el mes de agosto, único periodo del año en que la comunidad de vecinos quedaba desprovista de jaculatorias.
Acompañada de las avemarías, Lola comenzó a tender la colada. Siempre le producía reparos esta tarea y no conseguía asomar medio cuerpo por la barandilla, para alcanzar la cuerda exterior del tendedero, sin experimentar cierto vértigo paralizante. Al intentar prender una sábana se le cayó la pinza y no pudo evitar retroceder de un respingo. Siguió con la mirada el viaje de la pinza hacia el fondo del patio. Entonces reparó en que el segundo piso, justo debajo del de la Sorda, ya no estaba vacío. Una silueta de mujer se entreveía a través del vidrio traslúcido de la puerta. La sombra aparecía y desaparecía como un vago fantasma. No había duda de que alguien trajinaba al otro lado de los cristales. Continuó con sus quehaceres, pero de vez en cuando se asomaba a la galería por si podía recabar más datos sobre los nuevos inquilinos. Hacia las dos de la tarde, mientras atendía un sofrito para aderezar las lentejas, pudo ver desde la ventana de su cocina a la mujer sacudiendo el polvo de una gamuza en el balcón del segundo. Era una joven menuda y morena; conjeturó que americana, por los rasgos de su rostro andino. Supuso que se trataba de una asistenta, contratada para limpiar el piso, que estaría bueno después de tanto tiempo cerrado. Esa misma tarde confirmó sus sospechas: vio a una pareja apoyada en la barandilla del segundo observando el patio de luces. Ella era una mujer rubia, de mediana edad, bien vestida y bien peinada, aunque se notaba que el color del pelo era de tinte. Él iba trajeado y tenía muy buena pinta.
Deben estar instalándose, pensó.
Esa misma noche, sentada frente al televisor mientras se limaba las uñas, se lo comentó a su marido:
—Tenemos nuevos vecinos. Hoy he visto a una parejita en el segundo de enfrente.
—Qué bien —dijo Mario, su marido, sin apartar la vista del partido de fútbol que retransmitían en la tele.
—Tienen buen aspecto; deben gozar de una buena posición, a juzgar por cómo iban vestidos.
—No me extraña —dijo Mario—, el precio de los alquileres del barrio no está al alcance de cualquiera.
—Tal vez deberíamos darles la bienvenida, ¿no te parece?
—No fastidies, Lola.
—Es lo correcto. Al fin y al cabo nos toparemos con ellos muchas veces en la escalera o en la calle.
—Pues, cuando nos los encontremos, los saludamos y ya está. No veo por qué hay que ir más lejos.
—¡Qué huraño eres! Si por ti fuera, no trataríamos con nadie. Pero no vives en una isla desierta, Mario. No hay nada de malo en ser educados; vamos, digo yo.
En los días siguientes, Lola pudo hacerse una composición de lugar sobre los recién llegados. Él salía temprano, siempre muy bien arreglado. Imaginó que sería ejecutivo o empresario. Ella se marchaba más tarde, sobre la nueve. No tenían hijos y se notaba que funcionaban muy bien. En un par de semanas de observación meticulosa no les había visto repetir modelito a ninguno de los dos. Una tarde, Lola volvía de comprar en el súper y le sorprendió a él cuando entraba con su automóvil en el garaje. Tenía un cochazo, de esos que llevan unos aritos en el morro, como los de los juegos olímpicos. No sabía de qué marca se trataba; pero era un buen coche, sin duda. A ella se la veía poco. Averiguó sus nombres gracias al buzón del portal: Marisa Sanz Mingo y Alfredo Ramos San Juan. Curiosamente, la mujer aparecía en primer término en la etiqueta del cajetín de correos. Detalle nada superfluo, porque evidenciaba que él no era un machista. Mario no habría consentido semejante cortesía. Menudo era para estas cosas.
Los apellidos, sin embargo, no aportaban indicio alguno sobre los pormenores que a Lola le interesaban, como la procedencia, el nivel social o la profesión de ambos. De todas formas, se hacía evidente cierta distinción en la pareja, se apreciaba que poseían estudios; carrera universitaria, incluso. Una prueba de ello, que a Lola le pareció incuestionable, consistía en que la mujer apenas salía a la galería. Los trabajos de la casa los realizaba la asistenta americana, con la que sí había coincidido en alguna ocasión en el mercado y, una vez, en el ascensor. La chacha, ecuatoriana, se llamaba Tamara Wendy y, aunque había intentado sonsacarla, no obtuvo mucha información.
—Tamara Wendy, vaya nombrecito —dijo Mario cuando Lola le comentó el encuentro con la asistenta.
A Lola, sin embargo, le gustaba el nombre. Le parecía gracioso y una combinación muy musical. “Tamara Wendy, Tamara Wendy”, repetía en voz alta, y seguía sonándole bien, como el nombre artístico de una cantante. Desde luego mejor que el suyo, María Dolores, más propio de una sadomasoquista; o mejor que cualquiera de los nombres de tantas mujeres de su edad: María del Sagrario, Inmaculada Concepción, María del Rosario… Parecían sacados de una relación de prisioneras del Santo Oficio. De hecho, todas las que conocía así llamadas terminaban por acortárselos con apelativos que enmascararan semejantes desatinos: Sagra, Pura, Inma, Charo. Ella misma se hacía llamar Lola. Cómo vas a preferir que te llamen Dolores —se decía—, es como poner a alguien el nombre de Cáncer o de Apendicitis. Un disparate.
En cualquier caso, Tamara Wendy, aparte de tener un nombre sonoro y original, era una mujer discreta, porque Lola no había conseguido de ella ningún dato que la mera observación no le hubiera proporcionado ya.
Cierta tarde en que Mario y Lola regresaban de dar un paseo por el parque se encontraron de frente con los nuevos vecinos. Al cruzarse con ellos, Lola ni corta ni perezosa vio la oportunidad de colmar su curiosidad y los abordó. Aunque el encuentro fue breve, y algo tenso por la brusquedad, le dio a Lola ocasión de presentarse. Primer paso, pensaba ella, para ir poco a poco adquiriendo confianza y así poderles invitar una noche a cenar en casa. La mujer, Marisa, le pareció algo seca, con poco mundo, pese a que la suponía culta y desenvuelta. Él, Alfredo, estuvo muy cortés, sin embargo, amable y casi familiar. Le cayó muy bien. La presentación no dio para más, pero el resultado del lance fue juzgado como satisfactorio por Lola. Su marido, en cambio, lo vio de otra forma y reprochó a su mujer la osadía, más propia de una cotilla metijona que de una buena vecina.
Un domingo por la mañana, Lola se recreó con la visión de Alfredo afeitándose ante el espejo del cuarto de baño. La ventana del segundo estaba abierta y, al amparo de las persianas de su galería, pudo observar tranquilamente todas las maniobras del apuesto vecino. Tenía el torso desnudo y llevaba el pantalón del pijama, un pantalón muy moderno con un estampado singular y colorido, no como los aburridos pijamas a rayas que solía usar Mario. Se apreciaba que Alfredo era un hombre fuerte y proporcionado, con los pectorales y los abdominales perfilados, sin asomo de barriguita, y dotado de unos brazos vigorosos, recios. Estaba muy mono, untándose la cara con la espuma de afeitar. Le sorprendió que se rasurara con navaja, a la antigua. Imaginó la suavidad de su cutis, lo agradable que resultaría besarlo sin rasparse con el mentón de lija, como le ocurría cuando besaba a Mario aunque estuviera recién afeitado.
Aquella misma noche, su marido le hizo el amor, torpe y mecánicamente. Cerró los ojos y pensó en Alfredo, en su piel suave y en sus músculos acerados. No fue la única vez que el galán del segundo pobló su imaginación. Una noche se despertó jadeando, excitadísima, después de soñar cómo Alfredo la había cortejado en el ascensor, para llevarla después a su apartamento donde la amó apasionadamente sobre la alfombra, haciéndola gritar de gozo. Pese a la agitación del sueño, Mario no se inmutó, seguía roncando en su lado de la cama, y respiraba entrecortadamente mientras se le movía la panza como a un animal moribundo. Para reponerse del sofoco, Lola se levantó y se refrescó la cara. Al verse reflejada en el espejo del aseo, levantó el camisón para examinar su cuerpo desnudo. Con la mano alzó un pecho y lo volvió a bajar. Se dio la vuelta y palpó las nalgas, que todavía le parecieron tersas y apetecibles. No estoy tan mal para mi edad, la verdad, se dijo. Algo más sosegada, regresó a la cama y se durmió de nuevo.
Al poco tiempo, una mañana en que salía a hacer la compra, se encontró en un rellano de la escalera con Tamara Wendy. Tenía los ojos inyectados en sangre, como si hubiera estado llorando, y el semblante melancólico.
—¿Te encuentras bien, Tamara Wendy? —le preguntó.
—El señor me acaba de despedir; ¡fíjese qué desgracia!—dijo.
—Pero, ¿ha pasado algo, has hecho algo mal?
—No, señora —contestó la criada—, nada de eso. Don Alfredo dice que ya no me necesitan, que pueden arreglarse sin mí. Ya ve usted qué pago, después de todo lo que he hecho por ellos.
—¿Y Marisa qué ha dicho? —preguntó Lola.
—Nada, porque no estaba. Pero habría dado igual. Ahí quien manda es él, señora. Y manda mucho, créame.
Tamara Wendy, emocionada, se recogió en un llanto ahogado, con hipo.
—Bueno, no te preocupes, mujer, seguro que encuentras pronto otra casa. No llores, que no merece la pena. Ya verás cómo todo se arregla antes de que te des cuenta.
Lola se compadeció de Tamara Wendy. La pobre muchacha parecía muy afectada, y no era para menos, con lo mal que estaba ahora el trabajo. Pero lo que le pareció más extraño es que los nuevos vecinos prescindieran de la asistenta. No se imaginaba a Marisa realizando las tareas de la casa; ni a Alfredo tampoco. Si se habían deshecho de la chica, debía de ser por razones económicas. ¿Igual no disfrutaban de tan buena posición como ella había imaginado? También le inquietó el comentario sobre el carácter autoritario de Alfredo. No lo aparentaba, la verdad. Debía tratarse de una impresión de Tamara Wendy. A fin de cuentas, el punto de vista de un empleado sobre su jefe siempre será sesgado.
Pocos días después, una tarde, sobre las ocho, Lola se encontró con Alfredo en el ascensor. Ella volvía de sacar las bolsas de la basura y él regresaba, supuso, de su trabajo. Se alegró de no coincidir acarreando los pestilentes desperdicios. Se habría sentido avergonzada. Alfredo fue muy amable. Abrió la puerta y le cedió el paso. Llevaba un traje azul marino, impecable, de esos que tienen brillo metálico. La corbata, verde clarito, combinaba muy bien con la camisa de rayitas muy finas, color celeste.
Entonces, en la intimidad del ascensor, se animó a formalizar la propuesta.
—Mario y yo habíamos pensado que estaría bien que vinierais a cenar alguna vez a casa. ¿Qué te parece? El viernes podría ser un buen día.
—Sois muy amables, pero me temo que no va a ser posible. Marisa tiene que irse de viaje. Va a estar fuera unos días. Muchas gracias de todas formas. Ya habrá otra ocasión.
—Vaya, cuánto lo siento. ¿Qué se marcha, por cuestiones laborales?
—Sí, su trabajo la obliga a viajar con frecuencia —dijo Alfredo.
—Ah. ¿Y en qué trabaja, si no es indiscreción?—preguntó Lola.
Apenas lo dijo se arrepintió. Lo que menos le apetecía es que Alfredo pensara que era una fisgona.
—Es agente comercial de una empresa de aplicaciones informáticas—contestó Alfredo.
—Oh, vaya, suena interesante —dijo Lola—. ¿Y tú también te dedicas a los ordenadores?
—No, yo trabajo en un bufete. Soy abogado.
—¡Qué bien! Ya sé a quién tengo que recurrir si quiero separarme de Mario.
Alfredo esbozó una sonrisa. El ascensor se detuvo.
—No me dedico a los divorcios, pero, si te decides, podría recomendarte a algún compañero. Bueno, yo me bajo aquí. Buenas noches y gracias por la invitación. Ya quedaremos otro día.
Mientras siguió hasta el quinto piso se miró en el espejo del ascensor. Pensó que presentaba un aspecto horrible. No le extrañaba que Alfredo se hubiera excusado. Aunque a lo mejor era cierto que Marisa se iba de viaje.
El viernes por la mañana, después de que Mario se marchara a la oficina, tomó la decisión: prepararía una tarta Sacher, una de sus especialidades, y se la obsequiaría a Alfredo. Puede que fuera una equivocación —no sería la primera vez—, pero pensó que era natural, sabiendo que estaría solo, que se preocupara por él. Hasta Marisa lo entendería. Se arregló y salió a comprar todo lo necesario. Como Mario los viernes no venía a comer, dispuso de la tranquilidad necesaria para preparar el pastel. Almorzó pronto y a eso de las tres comenzó la faena. Primero derritió chocolate de cobertura y extendió el líquido en la mesa de mármol de la cocina. Cuando se solidificó lo raspó con una espátula y extrajo las virutas que le servirían para cubrir la tarta. Después preparó la mezcla, que también llevaba chocolate. Mientras se horneaba el bizcocho en el molde, no pudo evitar pensar que el chocolate era afrodisíaco. Quién sabe, tal vez Alfredo la invitara a probar la tarta juntos, y quizá…Pero bueno, no quería hacerse ilusiones. Se conformaba con caerle bien. Cuando el bizcocho creció suficientemente, lo sacó del horno y lo dejó enfriar en la alacena. Aprovechó ese tiempo para pintarse las uñas de la manos y de los pies. Pasadas dos horas rebanó la torta con un corte transversal, untó la mitad inferior con una fina capa de nata montada y después colocó sobre ella una buena cantidad de frambuesas. Sabía que la receta original se hacía con mermelada de albaricoque, pero a Lola le gustaba esta variante. Además, las frambuesas también estimulan el instinto amoroso. Colocó encima de las frutitas la otra mitad del bizcocho y coronó el montaje con virutas de chocolate. Un ligero espolvoreado con azúcar glass remató el pastel. Sobre una bandeja de plástico y una blonda, le quedó perfecto.
Eran las ocho menos cuarto. Se dio una ducha rápida sin mojarse el pelo, se pintó un poco y se puso un vestido estampado y ligero, muy escotado. Pensó en telefonear a Mario o en enviarle un mensaje con el móvil. Finalmente le dejó una nota prendida en la puerta de la nevera diciéndole que había salido con sus amigas y que encontraría algo que cenar en el frigorífico.
A las ocho y cuarto, con la tarta en las manos, llamó a la puerta de los vecinos. La ventana del rellano estaba abierta. Del patio provenía la salmodia monótona de una novena a san José:
—Oh benignísimo Jesús, así como consolaste a tu amado padre en el doloroso misterio de la circuncisión…
—¡Por Dios, qué cruz! —dijo Lola— ¿Es que esta mujer no se cansa nunca?
Marisa abrió la puerta. Su aspecto era triste y se notaba que había estado llorando, porque la sombra de ojos, diluida, manchaba los párpados; unos churretes sucios de lágrimas secas le recorrían las mejillas. Lola superó rápidamente su sorpresa.
—Marisa, ¿te encuentras bien? —dijo—, ¿te pasa algo?
—Estoy bien, gracias. ¿Qué querías?
—Oh, nada, una tontería —dijo Lola— He hecho este pastel y os lo traía para que Alfredo y tú lo probarais. Es una tarta Sacher. Está mal que yo lo diga, pero me sale muy rica.
—Pues Alfredo no creo que la vaya a probar—dijo Marisa, ensimismada, con la mirada perdida por encima del hombro de Lola, como si esperara encontrar a alguien en el rellano de la escalera.
—¿Está enfermo?—preguntó Lola aparentando ingenuidad.
—No, se ha ido; me ha dejado —dijo Marisa, y rompió a llorar.
Lola intentó consolarla. La habría abrazado, pero la tarta se lo impedía. Después de dudar unos segundos dejó la bandeja en el suelo y estrechó entre sus brazos a Marisa, que se deshizo en un llanto amargo y ruidoso.
—¡Vamos, vamos, no llores! Seguro que no es para tanto. Ven, vamos a entrar y me lo cuentas.
Avanzó hacia el salón, soltó a su vecina, recogió la tarta y cerró la puerta.
Fueron a la cocina y se sentaron en torno a una mesita adornada con un centro de flores secas. Marisa refirió entre sollozos sus desencuentros con Alfredo, cómo se habían distanciado en los últimos meses. Contó que cualquier minucia era motivo de agrias discusiones; que ya no la quería, que se había vuelto grosero y distante. Esta tarde habían discutido. Marisa le reprochó que hubiera despedido a Tamara Wendy y Alfredo, enfurecido, la había gritado y la acusó de cosas terribles, cosas que una mujer nunca debería oír por boca de su compañero. Después de despacharse a gusto —dijo— hizo la maleta y se marchó.
Lola intentó calmarla con los comentarios esperables. Marisa negaba con la cabeza y lloraba, lloraba incesantemente. Lola se levantó. Con desenvoltura, como si estuviera en su cocina, puso agua a calentar y preparó té. Sacó del congelador un bote de helado, dispuso cucharillas y platitos sobre la mesa y cortó unos buenos pedazos de tarta. Comieron en silencio la Sacher con helado y se tomaron el té. Marisa trajo del mueble bar del salón una botella de licor y se sirvieron unas copitas.
Hablaron y hablaron. Trataron sobre Alfredo, pero también sobre Mario: Lola confesó su desengaño, sus frustraciones. Hablaron de otros hombres, de actores de cine que les gustaban, de los hijos que no habían tenido, de ropa, de aplicaciones informáticas, de recetas de cocina… Y, a medida que charlaban y que bebían, algo achispadas, incluso llegaron a reír. Pasaron algunas horas. Lola miró por la ventana y vio cómo se apagaba la luz de su cocina al otro lado del patio. Mario, harto de esperarla, habría decidido acostarse. Reparó en el silencio. La Sorda había acallado, por fin, al apolíneo sacro coro. Permanecieron un rato sin hablar, saboreando a sorbitos el licor.
—¿Y si Alfredo no vuelve? —dijo Marisa.
—Tú eres una mujer independiente, joven… Eres guapa. Saldrás adelante, ya lo verás —dijo Lola—. Además, hay otros hombres. No es el fin del mundo.
Marisa apuró su copita y la rellenó de nuevo.
—Es cierto. Hay otros que podrían amarme. Lo importante es sentirse querida. Necesito que me quieran.
Miró a Lola con gratitud y Lola la correspondió con una sonrisa. Marisa se incorporó. Tuvo que apoyarse en la mesa para no perder el equilibrio. Se acercó a Lola y la besó en los labios. Fue un beso largo y dulce. Después, Marisa se dio la vuelta y se bebió la copa de un trago. Caminó hacia la puerta y en el umbral se giró. Lola estaba azorada. Notó un golpe de calor en el rostro. Marisa extendió una mano hacia Lola y con un gesto la invitó a acompañarla. Lola vaciló unos instantes. Se levantó, tomó la mano de Marisa y juntas abandonaron la cocina.
—María, madre de gracia, madre de misericordia… —proclamaba una voz impostada y solemne.
—En la vida y en la muerte ampáranos, gran Señora —respondía un coro femenino.
Pese a que llevaba años escuchando por imposición el repertorio de aquella emisora, Lola no terminaba de acostumbrarse.
—Ya está la Sorda con sus beaterías —dijo.
La Sorda era una mujer mayor, viuda y austera, que se pasaba el día, mientras realizaba las tareas de la casa o cosía, entretenida con novenas, misas y otros oficios, cuando no sintonizaba coloquios enfervorizados sobre el derecho a la vida o la defensa de la familia. El problema de la contaminación acústica se producía, sobre todo, en primavera y en verano, tiempo en que las ventanas permanecían abiertas y los rezos inundaban con estrépito el patio interior, para extender las bendiciones por todo el vecindario.
A Lola no le constaba que su devota vecina, con la que nunca había cruzado palabra, fuera verdaderamente sorda; se trataba de una suposición sustentada en la costumbre de la anciana de poner la radio a todo volumen. De lo que no le cabía duda era de la sobriedad de su espíritu. Bastaba con observar cómo tenía la galería. Desde el piso de Lola, un quinto, se divisaban las balconadas del edificio de enfrente, que compartía con el suyo el portal y el patio de luces. Todas las galerías, salvo la del segundo, que estaba deshabitado, acumulaban más o menos el mismo tipo de objetos: tendederos, escaleras de mano, armaritos, trastos diversos y plantas, muchas macetas que alegraban el patio. En la galería de la Sorda, sin embargo, dominaba la estética zen. No había nada. Sólo la puerta y las ventanas con sus alféizares desiertos. Todo muy limpio, eso sí. Este detalle de la pulcritud, unido al de la vocación religiosa, había llevado a Lola a la conclusión de que la Sorda debía provenir de algún pueblo de la meseta, en el que sin duda veraneaba durante el mes de agosto, único periodo del año en que la comunidad de vecinos quedaba desprovista de jaculatorias.
Acompañada de las avemarías, Lola comenzó a tender la colada. Siempre le producía reparos esta tarea y no conseguía asomar medio cuerpo por la barandilla, para alcanzar la cuerda exterior del tendedero, sin experimentar cierto vértigo paralizante. Al intentar prender una sábana se le cayó la pinza y no pudo evitar retroceder de un respingo. Siguió con la mirada el viaje de la pinza hacia el fondo del patio. Entonces reparó en que el segundo piso, justo debajo del de la Sorda, ya no estaba vacío. Una silueta de mujer se entreveía a través del vidrio traslúcido de la puerta. La sombra aparecía y desaparecía como un vago fantasma. No había duda de que alguien trajinaba al otro lado de los cristales. Continuó con sus quehaceres, pero de vez en cuando se asomaba a la galería por si podía recabar más datos sobre los nuevos inquilinos. Hacia las dos de la tarde, mientras atendía un sofrito para aderezar las lentejas, pudo ver desde la ventana de su cocina a la mujer sacudiendo el polvo de una gamuza en el balcón del segundo. Era una joven menuda y morena; conjeturó que americana, por los rasgos de su rostro andino. Supuso que se trataba de una asistenta, contratada para limpiar el piso, que estaría bueno después de tanto tiempo cerrado. Esa misma tarde confirmó sus sospechas: vio a una pareja apoyada en la barandilla del segundo observando el patio de luces. Ella era una mujer rubia, de mediana edad, bien vestida y bien peinada, aunque se notaba que el color del pelo era de tinte. Él iba trajeado y tenía muy buena pinta.
Deben estar instalándose, pensó.
Esa misma noche, sentada frente al televisor mientras se limaba las uñas, se lo comentó a su marido:
—Tenemos nuevos vecinos. Hoy he visto a una parejita en el segundo de enfrente.
—Qué bien —dijo Mario, su marido, sin apartar la vista del partido de fútbol que retransmitían en la tele.
—Tienen buen aspecto; deben gozar de una buena posición, a juzgar por cómo iban vestidos.
—No me extraña —dijo Mario—, el precio de los alquileres del barrio no está al alcance de cualquiera.
—Tal vez deberíamos darles la bienvenida, ¿no te parece?
—No fastidies, Lola.
—Es lo correcto. Al fin y al cabo nos toparemos con ellos muchas veces en la escalera o en la calle.
—Pues, cuando nos los encontremos, los saludamos y ya está. No veo por qué hay que ir más lejos.
—¡Qué huraño eres! Si por ti fuera, no trataríamos con nadie. Pero no vives en una isla desierta, Mario. No hay nada de malo en ser educados; vamos, digo yo.
En los días siguientes, Lola pudo hacerse una composición de lugar sobre los recién llegados. Él salía temprano, siempre muy bien arreglado. Imaginó que sería ejecutivo o empresario. Ella se marchaba más tarde, sobre la nueve. No tenían hijos y se notaba que funcionaban muy bien. En un par de semanas de observación meticulosa no les había visto repetir modelito a ninguno de los dos. Una tarde, Lola volvía de comprar en el súper y le sorprendió a él cuando entraba con su automóvil en el garaje. Tenía un cochazo, de esos que llevan unos aritos en el morro, como los de los juegos olímpicos. No sabía de qué marca se trataba; pero era un buen coche, sin duda. A ella se la veía poco. Averiguó sus nombres gracias al buzón del portal: Marisa Sanz Mingo y Alfredo Ramos San Juan. Curiosamente, la mujer aparecía en primer término en la etiqueta del cajetín de correos. Detalle nada superfluo, porque evidenciaba que él no era un machista. Mario no habría consentido semejante cortesía. Menudo era para estas cosas.
Los apellidos, sin embargo, no aportaban indicio alguno sobre los pormenores que a Lola le interesaban, como la procedencia, el nivel social o la profesión de ambos. De todas formas, se hacía evidente cierta distinción en la pareja, se apreciaba que poseían estudios; carrera universitaria, incluso. Una prueba de ello, que a Lola le pareció incuestionable, consistía en que la mujer apenas salía a la galería. Los trabajos de la casa los realizaba la asistenta americana, con la que sí había coincidido en alguna ocasión en el mercado y, una vez, en el ascensor. La chacha, ecuatoriana, se llamaba Tamara Wendy y, aunque había intentado sonsacarla, no obtuvo mucha información.
—Tamara Wendy, vaya nombrecito —dijo Mario cuando Lola le comentó el encuentro con la asistenta.
A Lola, sin embargo, le gustaba el nombre. Le parecía gracioso y una combinación muy musical. “Tamara Wendy, Tamara Wendy”, repetía en voz alta, y seguía sonándole bien, como el nombre artístico de una cantante. Desde luego mejor que el suyo, María Dolores, más propio de una sadomasoquista; o mejor que cualquiera de los nombres de tantas mujeres de su edad: María del Sagrario, Inmaculada Concepción, María del Rosario… Parecían sacados de una relación de prisioneras del Santo Oficio. De hecho, todas las que conocía así llamadas terminaban por acortárselos con apelativos que enmascararan semejantes desatinos: Sagra, Pura, Inma, Charo. Ella misma se hacía llamar Lola. Cómo vas a preferir que te llamen Dolores —se decía—, es como poner a alguien el nombre de Cáncer o de Apendicitis. Un disparate.
En cualquier caso, Tamara Wendy, aparte de tener un nombre sonoro y original, era una mujer discreta, porque Lola no había conseguido de ella ningún dato que la mera observación no le hubiera proporcionado ya.
Cierta tarde en que Mario y Lola regresaban de dar un paseo por el parque se encontraron de frente con los nuevos vecinos. Al cruzarse con ellos, Lola ni corta ni perezosa vio la oportunidad de colmar su curiosidad y los abordó. Aunque el encuentro fue breve, y algo tenso por la brusquedad, le dio a Lola ocasión de presentarse. Primer paso, pensaba ella, para ir poco a poco adquiriendo confianza y así poderles invitar una noche a cenar en casa. La mujer, Marisa, le pareció algo seca, con poco mundo, pese a que la suponía culta y desenvuelta. Él, Alfredo, estuvo muy cortés, sin embargo, amable y casi familiar. Le cayó muy bien. La presentación no dio para más, pero el resultado del lance fue juzgado como satisfactorio por Lola. Su marido, en cambio, lo vio de otra forma y reprochó a su mujer la osadía, más propia de una cotilla metijona que de una buena vecina.
Un domingo por la mañana, Lola se recreó con la visión de Alfredo afeitándose ante el espejo del cuarto de baño. La ventana del segundo estaba abierta y, al amparo de las persianas de su galería, pudo observar tranquilamente todas las maniobras del apuesto vecino. Tenía el torso desnudo y llevaba el pantalón del pijama, un pantalón muy moderno con un estampado singular y colorido, no como los aburridos pijamas a rayas que solía usar Mario. Se apreciaba que Alfredo era un hombre fuerte y proporcionado, con los pectorales y los abdominales perfilados, sin asomo de barriguita, y dotado de unos brazos vigorosos, recios. Estaba muy mono, untándose la cara con la espuma de afeitar. Le sorprendió que se rasurara con navaja, a la antigua. Imaginó la suavidad de su cutis, lo agradable que resultaría besarlo sin rasparse con el mentón de lija, como le ocurría cuando besaba a Mario aunque estuviera recién afeitado.
Aquella misma noche, su marido le hizo el amor, torpe y mecánicamente. Cerró los ojos y pensó en Alfredo, en su piel suave y en sus músculos acerados. No fue la única vez que el galán del segundo pobló su imaginación. Una noche se despertó jadeando, excitadísima, después de soñar cómo Alfredo la había cortejado en el ascensor, para llevarla después a su apartamento donde la amó apasionadamente sobre la alfombra, haciéndola gritar de gozo. Pese a la agitación del sueño, Mario no se inmutó, seguía roncando en su lado de la cama, y respiraba entrecortadamente mientras se le movía la panza como a un animal moribundo. Para reponerse del sofoco, Lola se levantó y se refrescó la cara. Al verse reflejada en el espejo del aseo, levantó el camisón para examinar su cuerpo desnudo. Con la mano alzó un pecho y lo volvió a bajar. Se dio la vuelta y palpó las nalgas, que todavía le parecieron tersas y apetecibles. No estoy tan mal para mi edad, la verdad, se dijo. Algo más sosegada, regresó a la cama y se durmió de nuevo.
Al poco tiempo, una mañana en que salía a hacer la compra, se encontró en un rellano de la escalera con Tamara Wendy. Tenía los ojos inyectados en sangre, como si hubiera estado llorando, y el semblante melancólico.
—¿Te encuentras bien, Tamara Wendy? —le preguntó.
—El señor me acaba de despedir; ¡fíjese qué desgracia!—dijo.
—Pero, ¿ha pasado algo, has hecho algo mal?
—No, señora —contestó la criada—, nada de eso. Don Alfredo dice que ya no me necesitan, que pueden arreglarse sin mí. Ya ve usted qué pago, después de todo lo que he hecho por ellos.
—¿Y Marisa qué ha dicho? —preguntó Lola.
—Nada, porque no estaba. Pero habría dado igual. Ahí quien manda es él, señora. Y manda mucho, créame.
Tamara Wendy, emocionada, se recogió en un llanto ahogado, con hipo.
—Bueno, no te preocupes, mujer, seguro que encuentras pronto otra casa. No llores, que no merece la pena. Ya verás cómo todo se arregla antes de que te des cuenta.
Lola se compadeció de Tamara Wendy. La pobre muchacha parecía muy afectada, y no era para menos, con lo mal que estaba ahora el trabajo. Pero lo que le pareció más extraño es que los nuevos vecinos prescindieran de la asistenta. No se imaginaba a Marisa realizando las tareas de la casa; ni a Alfredo tampoco. Si se habían deshecho de la chica, debía de ser por razones económicas. ¿Igual no disfrutaban de tan buena posición como ella había imaginado? También le inquietó el comentario sobre el carácter autoritario de Alfredo. No lo aparentaba, la verdad. Debía tratarse de una impresión de Tamara Wendy. A fin de cuentas, el punto de vista de un empleado sobre su jefe siempre será sesgado.
Pocos días después, una tarde, sobre las ocho, Lola se encontró con Alfredo en el ascensor. Ella volvía de sacar las bolsas de la basura y él regresaba, supuso, de su trabajo. Se alegró de no coincidir acarreando los pestilentes desperdicios. Se habría sentido avergonzada. Alfredo fue muy amable. Abrió la puerta y le cedió el paso. Llevaba un traje azul marino, impecable, de esos que tienen brillo metálico. La corbata, verde clarito, combinaba muy bien con la camisa de rayitas muy finas, color celeste.
Entonces, en la intimidad del ascensor, se animó a formalizar la propuesta.
—Mario y yo habíamos pensado que estaría bien que vinierais a cenar alguna vez a casa. ¿Qué te parece? El viernes podría ser un buen día.
—Sois muy amables, pero me temo que no va a ser posible. Marisa tiene que irse de viaje. Va a estar fuera unos días. Muchas gracias de todas formas. Ya habrá otra ocasión.
—Vaya, cuánto lo siento. ¿Qué se marcha, por cuestiones laborales?
—Sí, su trabajo la obliga a viajar con frecuencia —dijo Alfredo.
—Ah. ¿Y en qué trabaja, si no es indiscreción?—preguntó Lola.
Apenas lo dijo se arrepintió. Lo que menos le apetecía es que Alfredo pensara que era una fisgona.
—Es agente comercial de una empresa de aplicaciones informáticas—contestó Alfredo.
—Oh, vaya, suena interesante —dijo Lola—. ¿Y tú también te dedicas a los ordenadores?
—No, yo trabajo en un bufete. Soy abogado.
—¡Qué bien! Ya sé a quién tengo que recurrir si quiero separarme de Mario.
Alfredo esbozó una sonrisa. El ascensor se detuvo.
—No me dedico a los divorcios, pero, si te decides, podría recomendarte a algún compañero. Bueno, yo me bajo aquí. Buenas noches y gracias por la invitación. Ya quedaremos otro día.
Mientras siguió hasta el quinto piso se miró en el espejo del ascensor. Pensó que presentaba un aspecto horrible. No le extrañaba que Alfredo se hubiera excusado. Aunque a lo mejor era cierto que Marisa se iba de viaje.
El viernes por la mañana, después de que Mario se marchara a la oficina, tomó la decisión: prepararía una tarta Sacher, una de sus especialidades, y se la obsequiaría a Alfredo. Puede que fuera una equivocación —no sería la primera vez—, pero pensó que era natural, sabiendo que estaría solo, que se preocupara por él. Hasta Marisa lo entendería. Se arregló y salió a comprar todo lo necesario. Como Mario los viernes no venía a comer, dispuso de la tranquilidad necesaria para preparar el pastel. Almorzó pronto y a eso de las tres comenzó la faena. Primero derritió chocolate de cobertura y extendió el líquido en la mesa de mármol de la cocina. Cuando se solidificó lo raspó con una espátula y extrajo las virutas que le servirían para cubrir la tarta. Después preparó la mezcla, que también llevaba chocolate. Mientras se horneaba el bizcocho en el molde, no pudo evitar pensar que el chocolate era afrodisíaco. Quién sabe, tal vez Alfredo la invitara a probar la tarta juntos, y quizá…Pero bueno, no quería hacerse ilusiones. Se conformaba con caerle bien. Cuando el bizcocho creció suficientemente, lo sacó del horno y lo dejó enfriar en la alacena. Aprovechó ese tiempo para pintarse las uñas de la manos y de los pies. Pasadas dos horas rebanó la torta con un corte transversal, untó la mitad inferior con una fina capa de nata montada y después colocó sobre ella una buena cantidad de frambuesas. Sabía que la receta original se hacía con mermelada de albaricoque, pero a Lola le gustaba esta variante. Además, las frambuesas también estimulan el instinto amoroso. Colocó encima de las frutitas la otra mitad del bizcocho y coronó el montaje con virutas de chocolate. Un ligero espolvoreado con azúcar glass remató el pastel. Sobre una bandeja de plástico y una blonda, le quedó perfecto.
Eran las ocho menos cuarto. Se dio una ducha rápida sin mojarse el pelo, se pintó un poco y se puso un vestido estampado y ligero, muy escotado. Pensó en telefonear a Mario o en enviarle un mensaje con el móvil. Finalmente le dejó una nota prendida en la puerta de la nevera diciéndole que había salido con sus amigas y que encontraría algo que cenar en el frigorífico.
A las ocho y cuarto, con la tarta en las manos, llamó a la puerta de los vecinos. La ventana del rellano estaba abierta. Del patio provenía la salmodia monótona de una novena a san José:
—Oh benignísimo Jesús, así como consolaste a tu amado padre en el doloroso misterio de la circuncisión…
—¡Por Dios, qué cruz! —dijo Lola— ¿Es que esta mujer no se cansa nunca?
Marisa abrió la puerta. Su aspecto era triste y se notaba que había estado llorando, porque la sombra de ojos, diluida, manchaba los párpados; unos churretes sucios de lágrimas secas le recorrían las mejillas. Lola superó rápidamente su sorpresa.
—Marisa, ¿te encuentras bien? —dijo—, ¿te pasa algo?
—Estoy bien, gracias. ¿Qué querías?
—Oh, nada, una tontería —dijo Lola— He hecho este pastel y os lo traía para que Alfredo y tú lo probarais. Es una tarta Sacher. Está mal que yo lo diga, pero me sale muy rica.
—Pues Alfredo no creo que la vaya a probar—dijo Marisa, ensimismada, con la mirada perdida por encima del hombro de Lola, como si esperara encontrar a alguien en el rellano de la escalera.
—¿Está enfermo?—preguntó Lola aparentando ingenuidad.
—No, se ha ido; me ha dejado —dijo Marisa, y rompió a llorar.
Lola intentó consolarla. La habría abrazado, pero la tarta se lo impedía. Después de dudar unos segundos dejó la bandeja en el suelo y estrechó entre sus brazos a Marisa, que se deshizo en un llanto amargo y ruidoso.
—¡Vamos, vamos, no llores! Seguro que no es para tanto. Ven, vamos a entrar y me lo cuentas.
Avanzó hacia el salón, soltó a su vecina, recogió la tarta y cerró la puerta.
Fueron a la cocina y se sentaron en torno a una mesita adornada con un centro de flores secas. Marisa refirió entre sollozos sus desencuentros con Alfredo, cómo se habían distanciado en los últimos meses. Contó que cualquier minucia era motivo de agrias discusiones; que ya no la quería, que se había vuelto grosero y distante. Esta tarde habían discutido. Marisa le reprochó que hubiera despedido a Tamara Wendy y Alfredo, enfurecido, la había gritado y la acusó de cosas terribles, cosas que una mujer nunca debería oír por boca de su compañero. Después de despacharse a gusto —dijo— hizo la maleta y se marchó.
Lola intentó calmarla con los comentarios esperables. Marisa negaba con la cabeza y lloraba, lloraba incesantemente. Lola se levantó. Con desenvoltura, como si estuviera en su cocina, puso agua a calentar y preparó té. Sacó del congelador un bote de helado, dispuso cucharillas y platitos sobre la mesa y cortó unos buenos pedazos de tarta. Comieron en silencio la Sacher con helado y se tomaron el té. Marisa trajo del mueble bar del salón una botella de licor y se sirvieron unas copitas.
Hablaron y hablaron. Trataron sobre Alfredo, pero también sobre Mario: Lola confesó su desengaño, sus frustraciones. Hablaron de otros hombres, de actores de cine que les gustaban, de los hijos que no habían tenido, de ropa, de aplicaciones informáticas, de recetas de cocina… Y, a medida que charlaban y que bebían, algo achispadas, incluso llegaron a reír. Pasaron algunas horas. Lola miró por la ventana y vio cómo se apagaba la luz de su cocina al otro lado del patio. Mario, harto de esperarla, habría decidido acostarse. Reparó en el silencio. La Sorda había acallado, por fin, al apolíneo sacro coro. Permanecieron un rato sin hablar, saboreando a sorbitos el licor.
—¿Y si Alfredo no vuelve? —dijo Marisa.
—Tú eres una mujer independiente, joven… Eres guapa. Saldrás adelante, ya lo verás —dijo Lola—. Además, hay otros hombres. No es el fin del mundo.
Marisa apuró su copita y la rellenó de nuevo.
—Es cierto. Hay otros que podrían amarme. Lo importante es sentirse querida. Necesito que me quieran.
Miró a Lola con gratitud y Lola la correspondió con una sonrisa. Marisa se incorporó. Tuvo que apoyarse en la mesa para no perder el equilibrio. Se acercó a Lola y la besó en los labios. Fue un beso largo y dulce. Después, Marisa se dio la vuelta y se bebió la copa de un trago. Caminó hacia la puerta y en el umbral se giró. Lola estaba azorada. Notó un golpe de calor en el rostro. Marisa extendió una mano hacia Lola y con un gesto la invitó a acompañarla. Lola vaciló unos instantes. Se levantó, tomó la mano de Marisa y juntas abandonaron la cocina.
viernes, 27 de mayo de 2011
Liturgias de primavera
Estalla el mes de mayo con su lujuria de flores, exultantes luces electorales bajo un sol de injusticia, pertinaces alergias y poéticas concentraciones en plazas doradas. Pero, sobre todo, de los niños soldado y las núbiles doncellas comulgantes.Es entonces cuando recordamos aquel dictamen de Nietzsche denunciando la tibieza de los cristianos: "Si es verdad que ahí se encuentra lo que por fe debe ser el cuerpo de Cristo, no entiendo cómo los cristianos no salen gritando de alegría a la calle."
Ciertamente, asombra la pasividad e impavidez con que reciben su carne sin mostrar la menor emoción. Mas otro estupor nos invade: que tan excelso acontecimiento de teofagia y totemismo ritual sólo merezca una convencional celebración en los Salones "Lady Ana" o cualquier otro mesocrático establecimiento. También origina una deliciosa perplejidad el carácter de noviciado militar que encierra tan marcial ceremonia. Bien de marineritos o almirantes los niños, o de novias místicas las niñas, los indefensos impúberes, tensos y vigilantes por la solemnidad que van a cumplir, templan y aquietan su ánimo tan pronto les asalta el balsámico pensamiento de que, al serles dada por primigenia vez la comunión, lo van a hacer vestidos de manera correspondiente: los varones, con la ropa del oficio que más sabe de dar hostias; las hembras, con el dulce atavío de la sumisión y la obediencia.
Dejando al margen el rito de religión civil o la probable conculcación de los Derechos del Niño que el suceso iniciático entraña, es claro que mediante este trascendental acto confirman su ingreso en una antigua y "Honorable Sociedad", que ha acreditado su eficacia en múltiples y acrisoladas infamias. Pero volvamos a la sencillez y emoción con la cual viven las familias el hecho. Versadas, instintivamente por supuesto, en tácticas de guerrilla urbana, se las puede ver emboscadas en la puerta de un bar o restaurante, o marchando alegremente por las calles con la satisfacción del requeté recién comulgado, el niño o la niña de avanzadilla traviesa y pizpireta, y la voz tribal que les advierte de que están poniendo en peligro de rotura o suciedad el uniforme o traje.
Todas estas maniobras vienen a desembocar en el gran ágape de celebración en las susodichas fondas u hospederías. Allí menudean las cultas y jocosas conversaciones, con un punto siempre chispeante de maledicencia, sobre el resto de los comensales, la grata fanfarronería sobre quien tarda menos en llegar con el coche a Murcia o Alicante, lo buena que se está poniendo la hermana pequeña de Alicia o las dudas sobre si la ensaladilla no estará un poco pasada. Tampoco suele faltar el lisonjero que ensalza lo guapa que está la niña con su vestido blanco: "¡Parece una novia!". Y si el pudor y la ocasión lo permitieran, el pedante que trae a colación pasajes del "Cántico espiritual" o el "Cantar de los cantares".
Cuando la liturgia declina, y los últimos y delicados acordes de un pasodoble se pierden con la tarde, todos los participantes, amohinados por tanto trasiego de viandas y alcohol, y no por la lucidez no alcanzada, dan por acabada la feliz ceremonia con la sensación que expresara tan bien el poeta (y que un gran amigo mío tanto festeja) " de una bulla triunfal en los vacíos".
martes, 24 de mayo de 2011
Soneto culinario escrito al alimón por Montenegro y Negro Black en un ameno jardín de Denia (julio-2001)
Fideuá
Rotundo sol de crustáceos reflejos
-sitaxis circular-, y jubilosa
luna empedrada vuelta ardiente, rosa
de hilados azafranes circunflejos.
Reloj quieto, tiempo que vive lejos,
remueve calidez y la reposa:
devuelve los recuerdos de las cosas,
simplemente resueltos en complejos.
Amarillo albero, as que los espejos
la calma multiplican vaporosa;
crespo rostro erizado que sonrosa
rubores marineros y festejos.
Destellos de fermentos paladares:
el fideo, los soles y los mares.
jueves, 19 de mayo de 2011
El vientre del arquitecto y el duodeno del aparejador.
Live TV : Ustream
El libro que yo echo de menos y nadie escribe es Presente y futuro del club Underbridge. Como su nombre indica, los integrantes del club Underbridge no se reúnen en hoteles de cinco estrellas sino bajo los puentes. Su influencia individual es nula pero su número va en aumento constante y sólo en España ya cuenta oficialmente con medio millón de nuevos miembros. Desde hace siglos, los arquitectos del universo han subestimado la capacidad del club Underbridge para irrumpir en la Historia y han despertado de su sueño cayéndose de la cama por cualquiera de sus dos lados.
(Mayo de 2009)
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