viernes, 14 de enero de 2011

Escatología vaticana o la purga de Benito 16


No estaba en el ánimo de este corresponsal en el infierno abundar en la crítica de la patulea vaticana (también cansa ser maligno). Sin embargo, dado que la curia no da tregua, me he visto en la necesidad de insistir en la irreverente blasfemia.
Según mis últimos informes, tras la abolición del limbo, con la consecuente desbandada de las almas de los fetos y de los bebés no bautizados, de los tontos y de los locos a los campamentos improvisados en los arrabales celestiales, ahora el Papa ha decidido unilateralmente que el purgatorio no existe como ámbito, no es un lugar del espacio, sino “un fuego interno que purifica el alma del pecado”. Algo así como una úlcera de estómago que las almas podrían aliviar con Almax. Pero tal abolición no es baladí. Se renuncia de forma caprichosa a una tradición, al tiempo que cesa un vasto territorio, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus quejumbrosos lamentos, con sus monarcas y sus ríos, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica.
De forma frívola y arbitraria, sin asomo de temblor en el flequillo, lo proclamó Ratzinger el pasado 12 de enero en la audiencia de los miércoles, cuya catequesis dedicó a la figura de santa Catalina de Génova (1447-1510), conocida por su visión del concurrido lugar de redención. “El purgatorio -afirmó el pontífice- no es un elemento de las entrañas de la Tierra, no es un fuego exterior, sino interno. Es el fuego que purifica las almas en el camino (sic.) de la plena unión con Dios”. Al tiempo añadió sin rubor -un hombre tan mayor y tan leído- que santa Catalina no parte del más allá para contar los tormentos del purgatorio e indicar después la senda de la purificación o la conversión, sino que parte de la “experiencia interior del hombre en su viaje hacia la eternidad”. Pero una atenta lectura del Tratado del purgatorio de la susodicha santa permite observar que también para ella este se representa como un enclave: “una dulce pendiente que asciende por un cerro donde hay muchas cruces. De cada una de estas cruces, cuelga, clavado de pies y manos el cuerpo de un ser humano”.
Es más, en una de sus múltiples amenazas, el propio Jesús se refiere al purgatorio con una clara referencia espacial: “Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo". (Lucas 12,58-59). ¿Qué está pasando pues? ¿A quién representa el trasero que ocupa la silla de Pedro?
Con todo, lo más grave de las insensatas palabras del Santo Padre es la desconsideración que muestran hacia el prolijo trabajo del gran Dante Alighieri, a quien, como se sabe, debemos la más minuciosa descripción del purgatorio. Según el poeta medieval (seguimos refiriéndonos a Dante), el purgatorio se emplaza en el hemisferio austral de nuestro planeta, por aquel entonces anegado totalmente por las borrascosas aguas de los océanos. De estos mares emerge una gran torre, como una tarta de siete pisos, erigida con la tierra obtenida de la excavación de la sima del infierno. La puerta del purgatorio está custodiada por un ángel con una espada de fuego, que parece tener vida propia, claro antecedente de la espada láser de los caballeros Jedi. Dicho pórtico está precedido por tres jardines: el primero de mármol blanco, el segundo de una piedra oscura que la intuición geológica de Dante no adivina, y el tercero y último de pórfido rojo. El purgatorio, como ya se ha dicho, se divide en siete cornisas, donde las almas expían sus pecados para purificarse antes de entrar al paraíso. Al contrario del infierno, donde los pecados se agravan a medida que se avanza en los círculos, en el purgatorio la base de la montaña, es decir la primera cornisa, alberga a quienes padecen las culpas más graves, mientras que en la cumbre, cerca ya del Edén, se encuentran los pecadores menos culpables. Su distribución es la siguiente: la primera cornisa la pueblan los soberbios; la segunda, los envidiosos; la tercera, los iracundos; la cuarta, los perezosos; la quinta, los avaros y los pródigos; la sexta, los golosos; y la séptima, los lujuriosos. Finalmente, tras una cortina de fuego, se llega a una escalera que acerca a dos ríos precursores del paraíso: el Lete, donde al bañarse las almas olvidan los pecados, y el Eunoe, cuyas aguas devuelven la memoria del bien realizado.
¿Puede esta compleja arquitectura derrumbarse mediante una irresponsable licencia de la imaginación en una simple catequesis de los miércoles?

martes, 11 de enero de 2011

Cristianofobia



El Papa, una vez más, tiene razón. El tradicional discurso de Su Santidad ante los representantes del cuerpo diplomático en la Santa Sede ha puesto de manifiesto una contundente denuncia ante el oprobio que todos vivimos en los últimos tiempos. Con la serena y valiente oratoria que le caracteriza, el Santo Padre sostiene que la Iglesia “no puede guardar silencio ante otra amenaza a la libertad religiosa de las familias” donde “se impone la educación en cursos de educación sexual o cívica que transmiten concepciones de la persona y de la vida presuntamente neutras, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la recta razón”.
Un ejemplo nítido de la falta de orientación sexual sana y de la citada antropología invertida, unidas al relativismo moral que impera en la sociedad moderna, se pudo comprobar en el verano de 2009 cuando Paris Hilton, tras salir un par de noches con Cristiano Ronaldo, se despachó, sin duda movida por despecho, con unas infamantes declaraciones al tabloide inglés Daly Star, en las que afirmaba que a ella le gustan los hombres machos y veía a Cristiano como un real afeminado. Y añadió, cual ramera babilónica: “Pensaba que se reirían de mí si salía con un hombre que se pone flores en el pelo".
Algunos malintencionados o culés (en este contexto viene a ser lo mismo) querrán ver en el apoyo pontificio al cristiano una afinidad blanca, alentada por el hecho de que B16 y CR7 defiendan los mismos colores. Nada más lejos de la realidad (matritense). A poco objetivo que se sea habrá de reconocerse la confabulación de los poderes fácticos contra Ronaldo. ¿Cómo se explica si no que en las votaciones de la FIFA y del rotativo de deportes France football para otorgar la Pilota d’Or, el gran Cristiano haya obtenido 146 puntos frente a los 853 sumados por el menudo Messi? Menos mal que no han tenido la desfachatez de otorgar el esférico galardón al de Fuentealbilla o, peor aún, al medio centro catalán Xavi Hernández, pese a haber ganado ambos el Mundial. Es verdad que en 2006 se le concedió el premio a un central como Cannavaro con el argumento mundialista, pero ¿acaso Xavi es neofascista como el italiano? No. Pues eso.
En su profundo discurso, el Papa situó en el mismo contexto cristianofóbico las medidas que toman los gobiernos democráticos. Definió además como una “manifestación de la marginación de la religión, y, en particular, del cristianismo”, el hecho de “suprimir de la vida pública fiestas y símbolos religiosos en nombre del respeto a aquellos que pertenecen a otras religiones y de los que no creen” en Dios. Al actuar así, dijo, “numerosas naciones” no solo limitan “el derecho de los creyentes a la expresión pública de su fe”, sino que también “cortan las raíces culturales que alimentan la identidad profunda y la cohesión social”.
Afortunadamente, mientras los jabalíes hozan la viña blanca, grandes hombres como Florentino de las Altas Torres o el propio Benedicto XVI velan por la recta razón, investidos como abnegados cruzados por el albo fulgor de la cristiandad. No todo estará perdido si se deja a los niños en estas sabias y santas manos: en lo futbolístico, la cantera de Valdebebas servirá para formar grandes jugadores traspasables -no como en la Masía- ; en lo tocante a la moral, ¿dónde aprenderá mejor un chaval los valores cristianos y la verdadera sexualidad sino junto a un sacerdote? Basten de colofón las piadosas palabras del obispo de Roma: “animo a acompañar la plena tutela de la libertad religiosa con programas que, desde la escuela primaria y en el cuadro de la enseñanza religiosa, eduque en el respeto a todos los hermanos de la Humanidad”.

sábado, 8 de enero de 2011

Impresiones de una lectura exquisita

Pero ignoro

su propósito al perturbar el polvo

en el cuenco de pétalos de rosa.



T.S. ELIOT




Estas asépticas e higiénicas palabras las pronunció Eliot al inicio de su primer "Cuarteto" poco antes de permitir el ingreso de su mujer Vivianne en un centro de salud mental. Más o menos en un tiempo cercano, paseando por los jardines del castillo de Duino, Rilke paladeaba su epitafio ("Rosa, oh contradicción pura/delicia/de no ser el sueño de nadie/bajo tantos/párpados") y consideraba su tarea poética una misión, olvidando desde hacía años a su única hija. Cito insidiosamente estos datos sentimentales y tal vez "demasiado humanos" para invitar a la reflexión sobre las obras y corpus literarios excelsos que parecen sobrevolar y, en ocasiones, ignorar los asuntos cotidianos y mundanos.
Mi intención es sólo la de un comentario ocioso y torpe, la expresión de un escalofrío al pensar en las veneraciones literarias por las obras absolutamente blancas y bellas, incontaminadas, aisladas del sudor y la sangre colectivas.Porque no se trata de las rosas mismas y sus silencios, de los que yo también disfruto, sino del modo de vivirlos y comprenderlos. Una mirada que evoca el estadio teológico de la creación literaria.
No sé bien si se llega a la libertad por la belleza o a la belleza por la libertad, como quería Schiller, pero recordar que acaso la literatura la hacemos todos (con la lógica consideración de una división del trabajo consciente e inconsciente, individual y colectiva), y que las obras creadas dependen de cómo somos y "de todas las historias de la historia". Ya digo, se trata quizá del uso (si entendemos que el significado es el uso) que hagamos del arte para cambiar la realidad y la vida, que los alegres tormentos de la creación y contemplación estéticas alienten en la llama de todos y no en solitarias cenizas guardadas en urnas votivas. En fin, que después de sentar a la belleza en nuestras rodillas, como haría Rimbaud, saliéramos de esa temporada en el infierno con la luz de la justicia y la libertad.

viernes, 7 de enero de 2011

El pequeño onanista navarro.

Cincuenta años habrán transcurrido ya de la muerte de Fermín Losada, víctima durante su corta vida del vicio solitario. Había nacido en un pequeño pueblo del valle del Roncal, donde la familia solía pasar las vacaciones, que sigue oliendo a melocotón recién cortado y de luz adusta como de oro viejo. Pronto marchó el padre, linotipista republicano y socialista (“de Pablo Iglesias”, como le gustaba decir) a trabajar a Pamplona, llevándose con él a Fermín y a su madre. Esta, de educación carlista y estricta religiosidad, cuidaba del hogar y del hijo.


A la edad de doce años, ya estudiando con los maristas, dio Fermín con una lámina del personaje bíblico de Onán mientras hojeaba un breviario satírico y anticlerical de su padre. ¡Funesto hallazgo!, como su vida demostraría cruelmente. Fuese por enfermedad, diversión, ideal de vida o dulce degeneración, el pobre Fermín quedose deslumbrado por la imaginería barroca de la postal y concibió su vida de otra trascendental y radical forma: “Ya tengo una misión”, se dijo para sus adentros.

Pero no pensemos que este pomposo designio carecía de profundidad de miras. El bueno de Fermín albergaba un sincero y modesto deseo de no contribuir a los males de la humanidad aumentando la especie. En sus adolescentes entendederas, la visión doliente y luctuosa del mundo que su madre le había inculcado tomó formas de gran pesimismo. Y también una firme resolución malthusiana: “¡Que se fastidien, lo que es por mí, no habrá más personas desgraciadas ! Tal vez, alguien crea que este programa ingenuo y primario de vida era una manera de justificar el onanismo compulsivo de un simplón mozalbete, pero la nobleza de alma de Fermín excluía tales argucias.

Los acontecimientos devinieron dramáticos en breve tiempo. Fermín sufrió un aciago accidente (se precipitó desde la rama más alta de un chopo mientras se entregaba frenético a su descubierta vocación) que exigió la castración urgente. La conmoción familiar fue tremenda y el joven cayó en negra desesperación. Pasados los momentos más amargos y convaleciente en la soledad del hospital, recibió la visita del padre Antolín, su confesor y director del colegio. Fermín sentía un gran ahogo, como si un atroz cuervo le aprisionara el corazón. El quería vivir como aquel lejano Onán, mártir blanco y puro de la honradez a sus cándidos ojos, que había renunciado a tocar el cielo del dulce yacer con una mujer. Y por qué no decirlo, el desdichado muchacho le había cogido gusto a la tarea.

El caso es que de nada sirvieron las persuasivas palabras que el padre Antolín dejaba volar sobre sus oídos, como si cayeran en un mar ciego y sin esperanza. En un último intento, el buen cura le mostró un retrato del conocido castrato Farinelli, encareciéndole la fortuna y éxito que tuvo como soprano en toda Europa. Hasta le mencionó, apelando con inteligencia a la sensibilidad patriótica, que el susodicho cantante napolitano había vivido veinticinco años en España. Pero Fermín como si nada, que ni el ángel de la música ni el canto con sus suaves alas podían calmar su desaliento y amargura. Y el padre Antolín, inclinándose más sobre él como si buceara en su alma, le sugirió con delicadeza que las funciones genitales por las que lloraba aún permanecían vivas para poder ejercitarlas. A lo que Fermín respondió con tan delgada voz que parecía estar muriendo en su garganta un pajarillo herido: “Desengáñese, padre, que así no tiene mérito el sacrificio, si no hay posibilidad de reproducción”.

A la mañana siguiente, mientras el sol intentaba entrar con tristeza en la habitación, la enfermera encontró el cuerpo exánime de Fermín sobre el lecho. En el barrio, se comentó que había muerto de melancolía o como insinuó una vecina algo deslenguada : “Para mí que el pobrecillo enfermó de tanto darle al manubrio, pero seguro que Dios le tendrá en su gloria porque a todos nos agrada dar alegría al cuerpo”.

(Del blog de Carlos Yepes)

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz Navidad con abadesa preñada y fuego amigo. Óleo sobre lienzo.

Según el Diccionario de Uso del Español, el oxímoron es una figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto. Desde la abadesa preñada de Gonzalo de Berceo en el siglo XIII al fuego amigo de nuestros días, la vocación del oxímoron es suscitar la sorpresa, despertar nuestra curiosidad, provocar la incredulidad o la ironía, y a veces, iluminar la vida con la revelación de una paradoja oculta y maravillosa (la soledad sonora de San Juan de la Cruz). Cuando el oxímoron se tensa hasta lo imposible entra en el terreno de la contradictio in terminis, fuente de jugosos chascarrillos y malvados sarcasmos como el del sardónico Unamuno que cuando le preguntaron si había leído el último número de El pensamiento navarro, exclamó: ¿El pensamiento navarro? ¡Imposible! Tenemos un editor en la Rívoli que los colecciona, compila e incrementa en función de sus propias filias y fobias, de forma que su lista incluye además de pensamiento navarro (ya todo un clásico), derecha civilizada, izquierda unida, querido compañero, feliz navidad e incluso Microsoft Works (Microsoft funciona).


La verdad, no sabemos si a ustedes feliz navidad les parece la formulación de un deseo noble y puro o un oxímoron a una contradicción en sus términos o una fórmula hueca para despachar de una vez al jefe antes de unos días de vacaciones, porque tantas cabezas, tantos sombreros. Por nuestra parte, y desde esta modesta y apasionante aventurilla con apenas un año de vida, no podemos dejar de desearles lo mejor a los que nos leen, a los que nos ignoran, a los que inspiramos, a los que nos inspiran, a los que nos ceden sus imágenes sin saberlo, a los que ignoran nuestras invitaciones, a los que no saben lo que se pierden y a los que aún se lo están pensando. Que descansen, que sueñen y que hablen con los niños.

La Rívoli.

martes, 21 de diciembre de 2010

¡La cara, Manolo. la cara!

Un tórrido día de verano a finales de los 70. Fraga y su entonces escudero, Pío Cabanillas, en viaje oficial, hacen un alto en una cala desierta deseando darse un chapuzón. Ni don Pío ni el ministro, fatalmente predestinado a que la historia le asocie a esta prenda, tienen bañador, así que se van al agua en directa, en pelota y en la confianza de que el aislamiento y la soledad del lugar les garantizan un baño secreto y discreto. Si hubiera asomado por la playa la aleta de un tiburón, habrían sentido menos espanto que al ver aparecer, aparcar y desembarcar en la arena a un autocar del colegio de monjas del Sagrado Corazón de Placeres, provincia de Pontevedra. Pío comprendió que lo decisivo en aquel trance no era la exhibición de las vergüenzas sino la notoriedad de sus propietarios, así que ante el acto reflejo de su jefe de echar las manos a la entrepierna, con inteligente sangre fría echó a correr hacia el coche cubriéndose el rostro mientras gritaba: ¡La cara, Manolo, la cara…!

La irrupción inesperada del autocar Assange ha puesto a las cancillerías de medio mundo corriendo por la playa con el culo al aire y gritándose unos a otros: ¡La cara, Manolo, la cara! Sin embargo, en esta ocasión parece que ya es tarde. Ya sabemos que los países árabes no verían con malos ojos que Israel borrara del mapa el poder nuclear iraní; que Putin es un capo de la Bratva; que Mohammed es un sátrapa corrupto y Berlusconi, exactamente lo que parece; que todo gobierno sigue a pies juntillas el modelo de conducta que recomendaba Platón al rey-filósofo en su República: instalarse en el hábito de la hipocresía y arrogarse el derecho a comportarse como un rufián.

¿Pero está justificada tanta sensación y tanto escándalo? Bien mirado, lo sensacional de todas estas explosivas revelaciones es que son exactamente lo contrario de lo que parecen, es decir, son no-revelaciones, confirmaciones de hechos previsibles, rutinarios e incluso triviales. Y el verdadero escándalo, que la realidad sea casi exactamente como nos la imaginábamos.

Por eso no es extraño que quien pone en peligro la seguridad del mundo se parezca menos a Fumanchú que a un desvalido y angelical Tintín con un improbable historial de desenfreno y libertinaje. Hay prisa por echarle el guante. Y eso que en los papeles casi nada compromete a la diplomacia norteamericana y casi todo pone en evidencia a todas las demás. ¡La cara, Manolo, la cara! Después de tantos años y tanto programa doble de maquiavelismo y zorrería, cabe incluso dudar de que un volumen tan colosal de miserias, chismes y secreteos pueda salir a la luz sin el consentimiento o incluso la voluntad de los emisores. Lo que ya ha animado a algunos a calzarle al australiano la deliciosa teoría del tonto útil, teoría que uno, francamente, no acaba de entender. Demasiada tontería para tan poca utilidad.

Ahora bien. si desde el más remoto rincón del imperio un soldado raso, víctima de un ataque de honradez, de resentimiento o de hemorroides, puede chapotear en todas las alcantarillas de la realpolitik y vivir para contarlo urbi et orbi, es que entramos en una nueva era. Así que era cierto: con internet otro mundo es posible. Un mundo no menos canalla pero más franco y descarnado. Un mundo donde ni los espías tienen ya derecho a la intimidad.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Ficción y realidad


La realidad a menudo nos sobrepasa y resulta casi siempre ininteligible, de ahí nuestra irrenunciable propensión al mito. La ficción, en cambio, posee con frecuencia más verosimilitud que la propia realidad. Ya lo proclamó el reciente premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, en su imprescindible colección de ensayos La verdad de las mentiras. Si bien, el autor peruano tiene a veces problemas para sortear las mentiras de la realidad, como se desprende de uno de sus últimos artículos (“Las caras del Tea Party”, El País, 24-10-2010), dedicado a la inclasificable asociación conservadora de moda en los Estados Unidos. Tras denostar como excentricidades ideológicas los postulados en moral religiosa y sexual de este hatajo de republicanos desquiciados, el escritor miraflorino cree saber distinguir lo que tiene el grupo conservador de positivo: el adelgazamiento del Estado en beneficio de la iniciativa privada.

Se trata, una vez más, de una curiosa forma de autoengaño, propiciada por la asidua costumbre de generalizar a partir de uno mismo. No debe creer el suspicaz lector que desde estas páginas se defiende el estatalismo utópico u otras formas de gobierno autoritarias, pero tampoco hay que cegarse con el hecho de que la reducción del Estado en democracias como la norteamericana o las europeas supone simple y llanamente atentar contra una distribución algo más justa de la riqueza en beneficio de los que más tienen.

Con todo, ha de reconocerse que el autor de La ciudad y los perros acierta muchas veces en sus análisis de la realidad a través de la ficción. Tal es el caso, entre los trabajos más recientes, de su magnífica novela La fiesta del Chivo, en la que radiografía minuciosamente la figura del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. Es más fácil encontrar entre estas quinientas páginas de narración literaria la esencia de lo que supuso aquella tiranía de tres décadas y la posterior transición seudodemocrática de Balaguer que en los análisis de la historia, por lo común más atentos a la macrorrealidad que a los detalles intrahistóricos.

Sin embargo, en esta forma de buscar la verdad a través de la fantasía, no siempre está fino Vargas Llosa. Documentarse para escribir una novela con la intención de practicar la autopsia de lo real resulta imprescindible. Pero, en la elocución del relato, el acopio documental debe pasar inadvertido en beneficio del simulacro de la vida. Y no es así en su última entrega, El sueño del celta, novela en la que nuestro autor pretende desgranar la vida de Roger Casement, diplomático británico que dedicó denodados esfuerzos a denunciar los excesos de la industria cauchera en el Congo belga y en la región amazónica del Putumayo. Pese a las buenas intenciones del peruano por novelar la aventurera vida de este nacionalista irlandés, que terminó sus días ahorcado por el imperio británico acusado de traición, el relato no supera el catálogo de atrocidades que surge de los informes del propio personaje, no se alcanza en esta ocasión ese momento mágico en que el lector se olvida de su prosaica existencia para trascender a la realidad de la ficción.

Mas no siempre es necesario acudir a la literatura para saborear lo real, pues en no pocas ocasiones la propia realidad se novela sola o, por decirlo de manera sentenciosa, la realidad supera la ficción. Un ejemplo reciente lo encontramos en el largo y apasionado romance que vive Benedicto XVI con su prelado de honor, el sacerdote Georg Gaenswein, conocido en las revistas del corazón italianas como “il bello Giorgio”. Este apuesto cura alemán de peinado desestructurado es novio de Ratzinger desde finales del pasado siglo, cuando el entonces cardenal lo reclamó para trabajar a la verita suya en la Congregación para la Doctrina de la Fe. Desde ese momento, la carrera de Gaenswein fue fulgurante. Pronto consiguió la cátedra de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia del Opus Dei en Roma, pese a que el adonis con sotana no pertenece a esta conocida prelatura. Durante el 2003, en un diáfano mensaje a los curas pederastas, Ratzinger nombró a su talludito galán asistente personal, puesto que siguió ocupando cuando el viejo inquisidor ascendió en 2005 a la silla de Pedro. Il bello Giorgio, como buen fámulo, se encarga de todo lo relacionado con el pescador de las sandalias de marca: ora filtra la correspondencia del atareado pontífice, ora compone los pliegues de su esclavina, como tuvimos ocasión de comprobar en la reciente visita papal a Santiago y Barcelona. Seguramente también debemos al abnegado amante la elegancia con que su Coqueta Santidad adorna la egregia figura: los singulares tocados, el gracioso calzado de Prada o el níveo tupecillo que desborda con delicada onda el capelo.

Como la de cualquier enamorado, la lealtad de Giorgio hacia su amado está fuera de toda discusión. Así lo demuestra la cerrada defensa que realizó sobre el polémico discurso de Ratzinger en Ratisbona, que produjo contrariedad y repulsa en los sectores islámicos y puso en entredicho el acercamiento del papa germánico a otros credos. Sin embargo, para el novio del Santo Padre, paradójicamente admirador confeso del cantante muladí Cat Stevens, el discurso “fue profético”, y añadió: “en el Islam, cuando está a cargo del Estado y de la sociedad, los derechos humanos son constantemente pateados. Los intentos de islamización de Occidente no pueden ser puestos a un lado”. Si esto no es amor, que venga Dios y lo vea.

En definitiva: ¿queda algún lugar habitable entre la ficción real y la realidad ficticia? Nos tememos que no. Sólo cabe ubicarse con suma cautela en la difícil frontera entre estas dos imposiciones, reconociendo que no todo lo que pasa sucede verdaderamente y no todo sueño resulta inalcanzable. De todas formas, si hay que elegir, siempre resulta preferible Vetusta a Oviedo, Yoknapatawpha a Ciudad Real; antes las calles embarradas de Macondo que el pulido pavimento de la Place Vendôme; las gulas en lugar de las angulas, la burbujeante Fanta mejor que el zumo pulposo de la naranja.






Mishkin dijo...
Este tipo de imputaciones viles y calumniosas contra el sucesor de Pedro serían más sólidas y divertidas con las correspondientes fuentes y fotos. ¿La Fanta mejor que el zumo de naranja? Eso no es ubicarse muy cautamente. Si al menos hubieras dicho mejor el flan de polvos que el casero... Enhorabuena por el artículo.
P.D. ¿Alguien sabe quién ha tirado a la basura el anterior comentario?

 ¡Qué tiempos! ¡O tempora. o mores! ¡Oh, tiempo de los moros!