sábado, 25 de septiembre de 2010

Genialidad, anticipación y friquismo en Economía. Vauban(I)

No importa el arte, la ciencia o la palabra. Lo genial es saber ver donde todos miran, descubrir polifonía donde otros oyen ruido o ser capaz de concebir el bosque sin salir de los árboles. Sólo al genio le está reservada la epifanía de descorrer el velo de una verdad esquiva, simple y maravillosa. La anticipación es casi siempre un drama, sobre todo para el visionario: El de la fuerza de la razón abriéndose paso en la maraña de prejuicios, inercias e intereses que conforman cualquier paradigma dominante que se precie -y los económicos se precian muchísimo. El friquismo, entendido como una pasión excéntrica y obsesionante, la salsa de todos los guisos. Cuidado con las falsas sinonimias. Nótese que la rara avis del genio es con frecuencia (hay excepciones confortables y enormes) un perfecto incomprendido; los incomprendidos, que son legión, son casi siempre unos perfectos imbéciles egocéntricos, lobotomizados y asociales que se reproducen por esporas.

Una selección de tal calibre sólo puede ser anárquica, intemporal y caprichosa. Quiero exhumar a los olvidados, a los mártires y a los granujas de la fosa común de la historia del pensamiento y la acción económica. No es fácil dilucidar en qué medida y proporción sus luminosas vidas participan en la condición de genio, de visionario o de excéntrico, pero hay algo que todos sin excepción comparten: Su apasionada lucidez y su talento merecerían un panegirista más fogoso y mejor dotado que yo.

Nada en el retrato de Sebastian de Vauban revela que estemos ante un espítiru en ebullición permanente y abocado a una actividad frenética e incluso volcánica. Sólo un rostro envuelto en una peluca, una media sonrisa desengañada y plácida y un mirar lejano, fatigoso y azul. Le Brun, pintor de cámara de Luis XIV, no ha pasado por alto la cicatriz sobre la mejilla izquierda que un Vauban ya entrado en años luce con sereno orgullo, el orgullo con que otros lucen una renta de diez mil libras o un toisón de oro en el pecho.

La cicatriz, un recuerdo del sitio de Douai, apenas es una anécdota en una brillante carrera como ingeniero militar e inspector de obras y fortificaciones. Su competencia y autoridad en el sutil y bárbaro arte de la poliorcética puede rastrearse por las fortalezas de media Europa, especialmente en esas estructuras con forma de estrella que podemos apreciar en Figueras, Pamplona, Cádiz o el Pentágono. Su poderoso influjo en el ejército francés llegará hasta el siglo XX y en su fe, siempre desmedida y a veces un poco cómica, en las fortificaciones ciclópeas sin estrenar al estilo de la Línea Maginot.

En su obligado nomadismo profesional, Vauban recorrió los dulces campos de Francia como un poseso. Observador curioso, crítico y desprejuiciado, consignaba en sus diarios de forma perfectamente minuciosa y notarial todo lo que iba viendo, y lo que iba viendo no le gustaba nada. La señora Anne Blanchard, que ha estudiado con detalle sus oceánicos cuadernos de viaje, estima que en sus andanzas por el hexágono recorrió 180.000 km., una media de 3170 km. al año durante sus 57 de servicio, a pie o a caballo, en burro o en una especie de parihuelas de su propia invención que le permitían viajar tumbado por toda clase de terrenos sin sufrir el tormento de las ruedas.

Así, sorbiendo datos como una esponja y juntando números como un contable, empezó a perjeñar en opúsculos y memoriales un collage desolador del lastimoso estado de las provincias del reino sumidas en la miseria, el hambre, el asco y la tristeza, que Vauban atribuía a la indiferencia de sus pares, a la iniquidad de los tributos y a la incompetencia, la corrupción y el desprecio de los servidores públicos.

Pero Vauban era directo, noble y,como diríamos aquí, un poco baturro: Si tengo la verdad de mi lado, no os temo a vos, ni al rey ni a la humanidad entera. Prefiero la verdad, aunque sea ruda, a una cobarde complacencia que sólo serviría para engañaros a vos y deshonrarme a mí. Estoy sobre el terreno; veo las cosas con juicio y es mi obligación conocerlas. Sé cuál es mi deber a cuyas reglas me atengo con todo escrúpulo. Tened a bien, os lo ruego, que con el respeto que os debo exponga libremente mis opiniones. Mala condición para moverse entre los velos de intrigas, hopalandas y sutilezas de la Corte del Rey Sol. Declaraciones como esta prefiguraban de forma nítida los tristes pasos de su caída y ruina.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Analectas

Borges:

No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina filosófica es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo —cuando no un párrafo o un nombre— de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad final es aún más notoria. El Quijote —me dijo Menard— fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.


Raúl González Salinero:

Cirilo Ecistópolis, célebre monje palestino del siglo VI, cuenta en su Vita sabae que, en un momento de acuciante tentación, un monje de la comunidad dirigida por este santo tomó la drástica decisión de automutilarse los genitales de manera sanguinaria con una piedra afilada.


Anónimo:

Para triunfar en la vida es preciso creer en algo, o sea, hay que estar profundamente equivocado.


Rafael Sánchez Ferlosio:

Nadie tan ferozmente peligroso como el justo cargado de razón.


Borges (un palíndromo):

Sapos, oíd, el rey ayer le dio sopas.


Miguel Núñez (fundador del Partit Socialista Unificat de Catalunya):

En la cárcel de Ocaña había un cura (capellán del presidio) que participaba en las palizas a los presos y gustaba de dar el tiro de gracia tras las ejecuciones. El poeta Miguel Hernández lo retrato en sus versos:

La luna lo veía y se tapaba
por no fijar su mirada
en el libro, en la cruz
y en la
Star ya descargada.
Más negro que la noche
menos negro que su alma
cura verdugo de Ocaña.


Proust:

Del verdadero fruto del arte se alimenta la sociedad aun sin saberlo y proclamar el carácter ético de las propias motivaciones creadoras es equipararse al fariseo que loa su propia sinceridad; convencido de que, al igual que la autentica buena acción, el verdadero arte es ético sin proclamarlo.

Carmen Negrín:

Fue en España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón y aun así sufrir la derrota. Que la fuerza puede vencer al espíritu y que hay momentos en que el coraje no tiene recompensa. Esto es sin duda lo que explica por qué tantos hombres en el mundo consideran el drama español como su drama personal.


Fernando Fernán Gómez:

Las hijas de la marquesa
hablan inglés y beben ginebra;
qué cortos son los días
y qué largas son sus piernas.

Madre, yo quiero ser un señorito,
aunque sea de Palencia.


Bernd Schuster:

Yo soy muy humilde; si no, no habría podido llegar a ser tan grande.


Anne Sexton:

Un escritor es alguien que con unos muebles hace un árbol.


Madame du Deffand:

¿Aprender a bien morir? ¡Que capricho! Yo a todo el mundo le he visto hacerlo a la primera y perfectamente.


Cesar Molinas:

Nuestras guerras (las de España) en los últimos dos siglos han sido guerras civiles, que son divisivas en vez de cohesivas. Francia, por ejemplo, se ha hecho francesa matando alemanes. España se ha hecho española matando a los españoles.


Gregory Hause:

Si no fuera por Newton todos flotaríamos por el techo.

La religión no es el opio del pueblo; la religión es el placebo del pueblo.


Faulkner (mucho antes de descubrirse la figura del “fumador pasivo”):

Los no fumadores pierden una de las experiencias más gratas de la vida para un hombre sensible: el conocimiento de estar sucumbiendo a un vicio que sólo lo puede dañar a él.


Francisco Ferrer Guardia:

Deseo que en ninguna ocasión ni próxima ni lejana, ni por uno ni otro motivo, haya manifestaciones de carácter religioso o político ante los restos míos, porque considero que el tiempo que se emplea ocupándose de los muertos sería mejor dedicarlo a mejorar la condición en que viven los vivos, teniendo gran necesidad de ello casi todos los hombres.


José Luis Montes (exdirectivo de Epson y Xeros):

No hay mayor fracaso que fijar objetivos equivocados y conseguirlos.


Winston Churchill:

Debo hacer constar que mi regla de vida prescribe como un rito absolutamente sagrado fumar cigarros y beber alcohol antes, después y si es necesario durante las comidas y en los intervalos entre ellas.


Enrique Vila-Matas:

Siempre me he forzado a la contradicción para evitar conformarme con mi propio gusto.


Saramago:

La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios: ni él nos entiende a nosotros, ni nosotros lo entendemos a él.


Swedenborg:

El fin del mundo ya ha tenido lugar: estamos todos muertos.


Ángel González:

Yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;…


Sidi Oul Sidina (dirigente de Al Qaeda en el Magreg Islamico):

Yo no soy una persona, yo soy un arma. No habléis conmigo. Disparo cuando me lo ordenan.


Andre Maurois:

Hay que tratar las catástrofes como molestias y jamás las molestias como catástrofes.


Juan Goytisolo:

Valen menos cien pájaros en mano que el que, para nuestra delicia y tormento, vuela y revuela en la invisible ligereza del aire.


Stendhal:

El pastor intenta convencer siempre al rebaño de que los intereses de las ovejas y los suyos coinciden.


Manuel Vicent:

En el fondo, el Estado sólo es una organización, cada día más costosa y compleja, para que los pobres no maten a los ricos.


Pío Baroja:

El instinto no yerra nunca; acierte o falle, es lo mismo: cuando acierta, acierta dos veces; cuando falla, también acierta.


Wittgenstein:

Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo. Yo soy mi mundo, por lo que "yo" no es otra cosa que mi lenguaje.


Manuel Delgado:

La violencia es un acto de comunicación. Los actos violentos tienen el mismo valor simbólico que las palabras o las monedas.


Alejandro Martínez-Abraín:

Somos una especie de reciente aparición, con sólo unos 200.000 años de historia a nuestras espaldas, y gracias a nuestra extraordinaria sapiencia nos las hemos ingeniado para poner en jaque a la diversidad biológica del planeta entero, que representa una historia acumulada, única e irrepetible, de miles de millones de años. No está mal para lo que fue una pequeña población marginal de primates bajados a la fuerza de los árboles de una selva tropical que se desvaneció por causas naturales hace "cuatro días" en África oriental.
Parece que, después de todo, ser tan inteligentes no resulta adaptativo a largo plazo.

miércoles, 14 de julio de 2010

Analectas

Kafka:
De forma “esencial” tampoco hay ilimitadas posibilidades para la vida. Todo lo que nos rige e influye, cualquier acto que realicemos, se produce dentro de unos límites que nos constriñen. Sólo imaginar que la libertad es un mito invita al desánimo o al combate. Y la única lucha posible es la negación: de la literatura; de la vida.

Pessoa:
El único misterio es que haya quien piense en el misterio.

A. Machado:
Creo más útil la verdad que condena el presente, que la prudencia que salva lo actual a costa siempre de lo venidero. La fe en la vida y el dogma de utilidad me parecen peligrosos y absurdos. Estimo oportuno combatir a la Iglesia católica y proclamar el derecho del pueblo a la conciencia y estoy convencido de que España morirá por asfixia espiritual si no rompe ese lazo de hierro. Para ello no hay más obstáculo que la hipocresía y la timidez. Esta no es una cuestión de cultura —se puede ser muy culto y respetar lo ficticio y lo inmoral— sino de conciencia. La conciencia es anterior al alfabeto y al pan.

Borges:
Los caracteres alegóricos ocupan un lugar intermedio entre las realidades absolutas de la vida humana y las puras abstracciones del entendimiento lógico. (…)En efecto, ¿qué son los prodigios de Wells o de Edgar Allan Poe —una flor que nos llega del porvenir, un muerto sometido a la hipnosis— confrontados con la invención de Dios, con la teoría laboriosa de un ser que de algún modo es tres y que solitariamente perdura fuera del tiempo?¿Qué es la piedra Jezoar ante la armonía preestablecida, quién es el unicornio ante la Trinidad, quién es Lucio Apuleyo ante los multiplicadores de Buddhas del Gran Vehículo, qué son todas las noches de Shahrazad junto a un argumento de Berkeley? He venerado la gradual invención de Dios; también el Infierno y el Cielo (una remuneración inmortal, un castigo inmortal) son admirables y curiosos designios de la imaginación de los hombres.

Beckett:
El estilo es pura vanidad: una corbata de lazo sobre un cáncer de laringe.

Jesús Pardo:
El destino guía a los dóciles, a los reacios les empuja.

De Quincey:
Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente.

Natterson:
¿Por qué perder el tiempo aprendiendo si la ignorancia es instantánea?

Navokov:
La realidad debería ir siempre entre comillas.

Juan Goytisolo:
Prefiero equivocarme por mi cuenta que tener razón por consigna.

Silvina Ocampo:
Borges tiene corazón de alcancil. Ama a las mujeres hermosas, en especial si son feas, porque entonces puede inventarles la cara con mayor comodidad.

Hanse:
Nada significa nada: todo son lemas, perogrulladas y gilipolleces.

Santiago Ramón y Cajal:
El ojo no ve en las cosas más que lo que está en su espíritu.

Virginia Woolf:
La esencia del esnobismo estriba en el deseo de impresionar a la gente. El esnob es un ser aturdido y de escasa capacidad mental, tan poco contento de sí mismo que, a fin de consolidad su personalidad, no hace más que pasar un título o algo que suponga un honor por la cara del prójimo a fin de que el prójimo le crea y ayude al esnob a creer lo que realmente no cree.

Negro Black:
Siempre cuesta interpretar a un poeta metafísico: pura espeleología, pues al precipicio que ofrece una idea se han de sumar los abismos sucesivos de las palabras empleadas para expresarla. Símbolos de símbolos, emblemas y alegorías pergeñados repetitivamente para representar un mundo ajeno e incomprensible.

martes, 29 de junio de 2010

Nuevas noticias sobre Machaquito de Hamburgo

A raíz de la interesante nota de Montenegro sobre la misteriosa y tantálica figura de Machaquito de Hamburgo, inicié algunas pesquisas que, lejos de aportar luz, ensombrecen aún más la escurridiza biografía de este singular matador de toros. No me resisto, sin embargo, a compartir mis “hallazgos” con los curiosos lectores de La Rivoli.
En 1937, Teágenes Sierra Salcedo, a la sazón crítico taurino del Mercurio de Aguascalientes, publicó su célebre libro de memorias Desde la barrera, donde da cuenta de las múltiples experiencias acumuladas durante más de tres décadas de dedicación a los toros como aficionado y periodista en todas las plazas de México. En el capítulo IV, dedicado íntegramente a Juan Belmonte, se refiere en varias ocasiones a un matador de toros conocido como el Rubio que, “aunque llegado desde España, no era gachupín y, en honor a su apodo, lucía un pelo amarillo como el oro del Rhin”. Poco se entretiene don Teágenes en el toreo del Rubio: “buen capoteador y templado con la muleta, estropeó muchas tardes por su torpe manejo del estoque”. En 1925, el cronista dice encontrarlo por casualidad en Querétaro: “de casa en casa vendía paños y bordados, para mantenerse mientras se recuperaba de una cornada”. Este detalle, con ser poco, ilustra el escaso éxito del matador en las plazas mexicanas. Más curiosa resulta la evocación de una fiesta en Ciudad de México para agasajar a Juan Belmonte después de una tarde memorable en la Monumental. El diestro de Triana acudió a la cita en compañía del Rubio y, en palabras de Sierra, ambos protagonizaron el acontecimiento de la velada:
“Hacia la media noche, cuando ya se había trasegado generosamente el tequila, el malicioso Ramiro Monje, por entonces subsecretario del ministro de la Gobernación, retó a los toreros españoles al juego de la ruleta rusa, para que demostraran su gallardía fuera del ruedo. El propio Monje inició el lance: vació el tambor de su revólver sobre una mesa, cogió un cartucho, lo introdujo de nuevo en el tambor y lo hizo girar. Ante el estupor de los invitados se colocó el cañón en la sien y, sin perder la sonrisa bobalicona que le adornaba, miró a Belmonte y disparó. Los presentes suspiraron con alivio al oír el sonido metálico del perrillo y no la detonación temida. Después, Monje hizo girar de nuevo el tambor y le ofreció el revólver a Belmonte, quien lo rechazó por preferir usar el suyo, que siempre llevaba encima. Serio, el matador repitió la operación ante el espeso silencio de la sala, respiró hondo y disparó con idéntico resultado. Cuando llegó el turno del Rubio, aceptó el revólver de Monje, tomó otro cartucho de la mesa y, dirigiéndose al retador, dijo:
—Subamos la apuesta, señor, ¿le parece doble o nada?
Alojó el segundo cartucho en el seno diametralmente opuesto al que ya estaba relleno, montó el arma y con serenidad temeraria apretó el gatillo sin parpadear. Tampoco hubo disparo.
Atónito, el público aplaudió con entusiasmo y emocionado gritaba: “torero, torero”.
Ramiro Monje, a quien tocaba responder, levantó solemne su copa y brindó con deportividad:
—Viva España y vivan los toreros valientes.
— ¡Y que viva México! —añadió el Rubio.”

¿Sería el Rubio de este episodio Machaquito de Hamburgo? Resulta imposible asegurarlo a la luz de estos datos. Sin embargo, otros indicios avalarían dicha hipótesis. Según el Almanaque ilustrado de “El Siglo”, correspondiente al año 1922, Machaquito de Hamburgo debutó en una corrida con caballos en la plaza del Puerto de Santa María el 26 de agosto del citado año. El segundo novillo lo brindó a la cantaora Dolores Fuertes, la Poncia, de quien se dice que Lorca tomó prestado el nombre para el homónimo personaje de La casa de Bernarda Alba. Al parecer, la faena del brindis no pasó de aseada, pero bien pudo proporcionar otros réditos: no es difícil imaginar un romance entre el apuesto novillero teutón y la tonadillera, como se desprende de la coplilla que la hizo famosa:

El morenito, madre,
está loquito por mí;
yo prefiero al rubito,
el rubio me hace tilín.


Como se sabe, cuando dejó los tablaos, la cantaora se retiró a Carmona donde abrió una fonda que le permitió vivir con holgura. También triunfó la Poncia en el negocio de la hostelería gracias a la buena maña que se daba en los fogones. Sus guisos alcanzaron cierto renombre entre los viajantes de comercio, sobre todo los filetes rusos encebollados o en salsa de tomate, vianda por aquel entonces exótica. De hecho, el gentilicio de los filetes, como ocurre con la ensaladilla, era a comienzos del siglo XX sinónimo de "raro" o "extraño". Estas conocidas tortas de carne picada, aderezadas y fritas, son las mismas que en los Estados Unidos de América se popularizaron en aquel tiempo con el nombre de hamburguesas. ¿Puede ser esto fruto de la casualidad?

lunes, 31 de mayo de 2010

miércoles, 26 de mayo de 2010

Machaquito







Machaquito de Hamburgo fue un matador de novillos alemán, de quien se tuvo noticia por su actuación en Xochimilco (departamento federal de Méjico), el 13 de marzo de 1927. Aunque se dio buena traza, no sabemos que persistiera en su idea de ser torero.
Esta breve nota en el Cossío no menciona nombre ni apellidos de quien, según se dice, siempre los ocultó porque quiso ser conocido sólo por el apodo con el que se anunció en su corta carrera como novillero. Había llegado a España en 1920 y casi de inmediato había caído fascinado por el que a sus ojos era un país hospitalario y cálido, en el que la mugre y las moscas no conseguían reprimir la alegría y la gracia de un pueblo vivo, chispeante y a la vez profundo, apasionado y asceta. Debía de ser un hombre leído y de alguna cultura, como se desprende de la lectura de las notas dispersas que han llegado a nosotros y que estaban en manos de quien fuera su apoderado. No parecen los apuntes de un viajero, sino los de alguien decidido a querer ser español y específicamente andaluz. Al futuro Machaquito le fascinaba, por ejemplo, la actitud de los españoles ante un problema transcendental como la muerte. En una de sus notas, fechada en 1921, comenta la emoción que le causó la lectura de unos versos de Miguel de Unamuno en los que se refería de manera agónica a “este buitre voraz de ceño torvo que me devora las entrañas fiero”. Esa misma noche, en una taberna de La Carolina (ya había traspasado Despeñaperros en busca de su tierra prometida) escuchó a un parroquiano entonar esta copla:

Cuando me pongo a pensar
que me tengo que morir
yo tiro una manta al suelo
y me jarto de dormir.

No le quedó ninguna duda. Había que acudir allí donde había sido posible la conjunción de la sombra y la luz, de la angustia y el oropel, del cáliz y el palo cortado, de la tragedia y la vida: Andalucía.
Cuando llegó a Granada, ya había sucumbido por completo a la “quincalla meridional” de la que años más tarde hablaría nuestro más renombrado filósofo en un artículo publicado en El Sol. Se sabe poco de su etapa granadina, aunque su presencia no pasó inadvertida. En The Art of Flamenco, publicado por Donn Pohren en 1963, se recogen algunos recuerdos del cantaor Manolo Caracol. Al repasar su vida, de pronto lo vemos a los doce años, participando en el Concurso Nacional de Cante Jondo celebrado en Granada en 1922 con el nombre de “el Niño de Caracol”. Ganó el primer premio (mil pesetas y un diploma acreditativo), ex aequo con Diego Bermúdez, “Tenazas de Morón”, que era ya un anciano. Cuenta Manolo Caracol que en la Plaza de los Aljibes había un público extraño, que luego supo compuesto por pintores, poetas periodistas y pocos cantaores: “Hasta había un alemán con aire de chico grande que se acercó a saludarme”.
A partir de este punto se pierde la pista de Machaquito. Parece improbable que la familia del niño cantaor, en la que figuraban también toreros de la saga de Enrique Ortega el Gordo, terminara por amparar a tan raro admirador y hasta quién sabe si, entre sorprendidos y divertidos, lo iniciaran en su conversión andalusí.
De los años andaluces de Machaquito sólo queda un misterio y un apunte: en un artículo publicado por el musicólogo Arcadio Larrea titulado “La copla andaluza”, al que hacen referencia el poeta Ricardo Molina y el cantaor Antonio Mairena en su libro Mundo y formas del cante flamenco, se recoge una taranta que dicen magistralmente cantada por Pastora Pavón “Niña de los Peines”:

Del agua que no descansa
ha aprendío el molinero
el gozo del caminar,
y yo caminar no quiero,
que solo quiero llorar.


¿Es fruto de la casualidad que esta copla recuerde tan evidentemente el primer lied del ciclo “Die Schöne Mullerin” de Schubert? Lo compuso en 1823 con poemas de Wilhelm Müller, y lo tituló “Das Wandern”. Sus versos no dejan lugar a dudas:

Das Wandern ist des Müllers Lust,
Das Wandern!
Das muß ein schlechter Müller sein,
Dem niemals fiel das Wandern ein,
Das Wandern.

Vom Wasser haben wir's gelernt,
Vom Wasser!
Das hat nicht Rast bei Tag und Nacht,
Ist stets auf Wanderschaft bedacht,
Das Wasser.


Para quien escribe estas líneas, que recibiría agradecido cualquier información sobre nuestro personaje, la solución a esta enigmática coincidencia solo tiene un nombre: Machaquito de Hamburgo.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Que viene la tramontana.

Para lo que se estila en mi tierra, me confieso un simple aficionado a la previsión meteorológica. Me cuesta distinguir el mestral del gregal, los mil matices del azul del mar no me aclaran nada y las formas que adquieren las nubes en el momento del crepúsculo se me antojan tan finas y tan delicadas como caprichosas, volubles y carentes de significado. Sin embargo, la comarca produce una floración asombrosa de meteorólogos aficionados, sujetos que atesoran una sabiduría milenaria y que pueden leer a libro abierto en el filo de un cirro, individuos a quienes un leve susurro de brisa les habla en román paladino, personas que formulan pronósticos rotundos que no conviene tomar siempre al pie de la letra. No se me interprete mal. No quiero decir con esto que estas previsiones sean completamente ilusorias o que carezcan de fundamento. Ocurre que esta sabiduría, como cualquier ciencia empírica, es algo ingobernable, correoso, siempre dispuesto a irse de las manos y a dejar en mal lugar al catavientos más fino.

Por la tarde vienen los tíos. En la terraza, mientras la tarde declina lentamente y el crepúsculo pone los últimos relumbres de fragua sobre la bahía, la conversación decae por momentos. Mi tío guarda silencio pero le noto inquieto, hipersensible, mientras escudriña el universo como si buscase algo. De repente, como alertado por un soplo de brisa, se levanta, se acerca a la barandilla y arruga el ceño con la atención de un perro sabueso que acecha una presa invisible. En un tono de alarma que me parece desproporcionado, le oigo exclamar: “¡Mira, mira!”, y señala un lejano rizarse del agua en el mar, el flamear de unas ropa tendida, y después, como si hubiese reunido ya todas las evidencias que necesitaba, vuelve a sentarse con una serenidad estoica: “Otra vez la tramontana”. Después con un tono lúgubre, con una especie de pesimismo triunfal, remacha: “Ya la tenemos encima. Esta noche volverá a soplar”. Y lo cierto es que que no se ha movido ni una hoja, la noche ha estado encalmada y ha amanecido un día completamente sereno.

Sería una ingenuidad por mi parte pretender añadir algo sobre la tramontana. Es el viento más transitado del país, desde las tesis de los psiquiatras a los juegos florales pasando por el inevitable Dalí y por los escritores ampurdaneses. Pero la cosa no acaba ahí. Ni mucho menos. La tramontana es la obsesión local. Es difícil asistir a una conversación en la que no acabe saliendo a relucir la tramontana. La tramontana por aquí, la tramontana por allá y siempre esa frase –pronúnciese con una pizca de perplejidad y de melancolía- inevitable: De tota manera, ja no n´hi ha tramontanades com aquelles d'avans. Una frase que se escucha en las ramblas del Ampurdán desde la época en que empezaban a ponerse en pie los primeros menhires.

La tramontana, hay que reconocerlo, tiene mucha personalidad, lo que justifica en parte otra consecuencia fatal: La personificación animista con la que se habla de ella. Al atardecer, la tramontana va muriendo. ¡Cuidado!, si no queda completamente muerta, se alzará otra vez de sus cenizas con una furia renovada. Para cualquiera que haya pasado la experiencia de una noche a su merced esto no tiene nada de particular. Habría que ser un cyborg para sustraerse a la idea de haber caído en las garras de una bestia desaforada y diabólica que aúlla y vocifera, que gime y que llora, mientras las tablas de las persianas saltan, los objetos brincan y vuelan, la estructura de las casas cruje y los nervios se van tensando como cuerdas de violín.

¿Cuando viene la tramontana? Teorías hay muchas. El señor Bonaterra examinará las cintas sonrosadas que pintan sobre el horizonte los rayos del sol poniente. El señor Solá, las bandas de azul oscuro y turbio que parten por medio la superficie del mar. El señor Llach, la forma y la disposición de las nubes lejanas. Pero el argumento definitivo, inapelable, lo proporciona el señor Vinyes:

-Sí, esto es muy difícil pero una cosa es segura, y no se lo digas a nadie: Si sales a la calle y empieza a soplar viento fuerte, racheado, de componente norte, entonces, noi, es que hay tramontana.

 ¡Qué tiempos! ¡O tempora. o mores! ¡Oh, tiempo de los moros!