A lo largo de los siglos han sido numerosos los casos en que algunos príncipes de la Iglesia se han visto envueltos en sórdidos asuntillos eróticos. Así, poco o nada sorprenden ya episodios recientes, como el de un Caballero de su Santidad y un cantor de la capilla Giulia dedicados a la prostitución masculina o que un curilla rural de Toledo ofreciera por Internet sus servicios sexuales a cambio de una módica cantidad de dinero. Hace mucho tiempo que, como consecuencia de comportamientos semejantes, la sabiduría popular acuñó refranes alusivos: “Nunca digas de esta agua no beberé ni este cura no es mi padre”.
La literatura culta también ha recogido en numerosas ocasiones los pecadillos a los que se entrega el clero. Desde el medieval Libro del arcipreste de Hita, pasando por el Lazarillo de Tormes, hasta las obras más próximas a nuestros días de Galdós (Tormento), de Clarín (La Regenta) o de Valle-Inclán (Divinas palabras), por citar textos señeros, sirven para ilustrar las debilidades de los curas. Se podrá aducir en buena lógica que tales ejemplos no son reales y pertenecen al ámbito de la literatura. Cierto; pero, teniendo en cuenta la vocación realista de nuestras letras desde sus albores hasta hoy, se podría argumentar que estos no son más que reflejos de una realidad social persistente. Mas, si se desean referencias históricas, bastaría recordar la depravación incestuosa del Papa Alejandro VI en las postrimerías del siglo XV o el escándalo que provocó en Martín Lutero, durante una visita a Roma, comprobar que en la ciudad de las siete colinas existieran burdeles exclusivos para sacerdotes.
Aún así, teniendo en cuenta la dilatada historia criminal de la Iglesia, las prácticas amatorias de los discípulos de Cristo son meras anecdotillas, sólo útiles para amenizar tertulias o sonrojar a algún columnista del ABC. Siempre choca, sin embargo, que quienes se permiten predicar la rectitud moral y hacen alarde de celibato incurran tan a menudo en los usos que ellos mismos condenan. También resulta curioso cómo, fruto de los tiempos, pese a pertenecer a una organización anacrónica, el cura libidinoso sabe valerse de los adelantos modernos. Es el caso del apuesto párroco del toledano municipio de Noez, sirviéndose de Internet para publicitar sus encantos y ofrecer servicios eróticos.
Tratamiento diferente merecen, en cambio, los casos frecuentes de pederastia dados a conocer en los últimos tiempos, que inculpan a un buen número de clérigos católicos estadounidenses, franceses, irlandeses, holandeses, alemanes y australianos. Los abusos sexuales, vejaciones y torturas a los que estos curas pervertidos sometieron a enormes cantidades de niños durante largo tiempo —algunas iniquidades se remontan a los años 30 de la pasada centuria— no son para tomárselos a broma. Máxime si se tiene en cuenta el tiempo que han tardado en hacerse públicos, debido tanto a la complicidad de la curia católica, presta a tapar los escándalos, como a la colaboración criminal de las autoridades políticas.
Estos ministros de la Iglesia convierten en un cruel sarcasmo las palabras de su líder: “dejad que los niños se acerquen a mí”. Quizá por esto el rabino de Nazaret, previendo la incuria, amenazó con el fuego eterno a aquellos que escandalizaran a los niños. Puede que alcanzara a intuir, en un rapto de omnisciencia, la ralea de los futuros pastores de su grey. Seguramente, la consideración de esta amenaza llevara hace poco al arzobispo Silvano Tomasi, observador permanente del Vaticano ante la ONU, a aportar al asunto un curioso matiz cuando afirmó que no debería hablarse de pedofilia —lo que implicaría la condenación eterna de sus artífices—, sino de efebofilia, practicada por homosexuales atraídos por adolescentes varones de entre 11 y 17 años. Como de los mozos nada dijo el maestro…
Es posible que alguna alma cándida considere que, aunque tarde, el Vaticano ha reaccionado con firmeza y que Ratzinger ha conminado con energía a los obispos irlandeses, por ejemplo, para que condenen el grave pecado masivo cometido durante décadas. Sin embargo, se echa en falta en la amonestación del Santo Padre el reconocimiento del grave delito. Porque los pecados, por abyectos que sean, se redimen mediante el arrepentimiento, la contrición y la penitencia; pero, para reparar un delito, hay que someterse al juicio de los tribunales ordinarios de justicia y se debe cumplir la condena impuesta, así como se hace imprescindible poner los medios para indemnizar a las víctimas. A veces, sin embargo, sucede. La Iglesia católica de Estados Unidos, después de recibir 10.667 denuncias, se animó en 2004 y en 2008 a aceptar en parte los daños causados y pagó indemnizaciones millonarias a una pequeña porción de las víctimas de sus orgías.
Pero lo que resulta evidente en todos los casos es que la doctrina de la Iglesia consiste en mirar para otro lado para ocultar. Un ejemplo significativo de dicha práctica se produjo en el pontificado anterior, durante el papado de Karol Wojtyla. Es el triste caso protagonizado por Marcial Maciel Degollado, sacerdote mexicano fundador en 1940 de los Legionarios de Cristo y del grupo sacerdotal Regnum Christi. Este personaje siniestro surge del vivero de la contrarrevolución cristera que, durante la década de 1930, sufrió México de la mano de grupos reaccionarios de clérigos opuestos al poder civil. Entre ellos destacó el obispo Rafael Guízar, tío de Maciel.
Según ha escrito Alejandro Espinosa en su libro El legionario, “Guízar acogió a su sobrino en su seminario clandestino, pero la buena relación entre ambos duró hasta que el obispo descubrió que el joven Maciel le estaba pervirtiendo su seminario con relaciones sexuales con otros estudiantes. El día en que el obispo murió había tenido una discusión muy fuerte con Maciel”.
La tesis de Espinosa, ex legionario de Cristo y víctima también de abusos sexuales, es que el sobrino envenenó al tío con cianuro, lo que explica que cuando se exhumó diez años después el cadáver del obispo estuviera incorrupto y presentara el cabello enrojecido, al parecer como consecuencia del envenenamiento. Sin embargo, las autoridades judiciales mexicanas prefirieron interpretar el fenómeno como un síntoma de la santidad del finado.
En los años 40, Maciel viajó a Madrid, donde su congregación recién creada fue muy bien acogida por las autoridades y la alta sociedad nacionalcatólica del franquismo. De hecho, los Legionarios fundaron en España la universidad Tomás de Vitoria y cuentan hoy en día con cientos de colegios, así como una amplia lista de seguidores entre los que se encuentran conocidos políticos conservadores de la actualidad.
Pero donde el ambicioso sacerdote mexicano halló su verdadera vocación fue en Roma, al servicio del papa Juan Pablo II, del que fue estrecho colaborador y confesor. Por esta afinidad, cuando los informes sobre escándalos sexuales protagonizados por Maciel abrumaron la mesa del despacho papal, el pontífice prefirió ignorarlos. Es más, conocedor de estas denuncias, Wojtyla no tuvo empacho en declarar, durante una visita a México, que su protegido representaba “una guía eficaz de la juventud”. Pero los testimonios sobre la desviada conducta del confesor del Papa se sucedían para acusarle de numerosos abusos sexuales sobre sus acólitos, de adicción a la morfina y de haber engendrado hasta seis hijos con distintas mujeres.
El cardenal Ratzinger, a la sazón prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el Santo Oficio de la Inquisición puesto al día) tampoco hizo gran cosa contra Maciel; la vox populi tardó mucho en hacerse vox dei. Hasta que Ratzinger no fue proclamado Papa, no emprendió acciones contra el protegido de su antecesor. En 2006 el anciano fundador del Reino de Cristo fue apartado de Roma y se le conminó a llevar en México una vida apartada de oración y penitencia, alejado de cualquier ministerio público. Demasiado poco castigo para documentadas acusaciones de abusos sexuales en varios países.
Maciel murió nonagenario en 2008 y desde entonces los escándalos no han cesado. Sus hijos, ya adultos, han emprendido acciones legales para que se les reconozcan sus derechos legítimos. Aunque no todos: una de las hijas del fecundo sacerdote, Norma Hilda, residente en Madrid, ha pactado silencio a cambio de una pensión vitalicia. Significativamente, quien selló el acuerdo y se encargó de que la hija clandestina aceptara quedarse calladita fue el mismísimo secretario de Estado vaticano, el cardenal Tarsicio Bertone, durante una visita semioficial a España. Por el dinero, la Iglesia no debía preocuparse; el vil metal nunca fue un problema para los irónicamente llamados Millonarios de Cristo.
Inevitablemente, tras sucintas recapitulaciones como esta, caben muchas formas de interpretación. A mí se me ocurren algunas preguntas: ¿Con qué autoridad moral se invisten curas y obispos para censurar a la sociedad civil, incluso a los que no profesan su doctrina? ¿Cómo se permiten excomulgar, vetar obras o acusar de graves pecados quienes así se conducen? Y, en el caso de nuestro país: ¿A qué se espera para derogar los Concordatos firmados con la multinacional vaticana que tanto condicionan la vida pública española, comprometen la teórica separación Iglesia-Estado y conculcan el precepto constitucional sobre libertad de cultos?
De todas formas, con todas las salvedades que se quiera, la Iglesia habrá de reconocer que una parte significativa de sus ministros son una jauría de enfermos desesperados. Ante dicha situación, a la Iglesia actual se le ofrecen dos opciones: asumir esta perversión de su ministerio, en tal caso yo les propondría que nombraran obispo —de Mondoñedo, por ejemplo— al Rafita; o bien que intenten corregir sus desviaciones, para lo cual sería útil que la Santa Sede estableciera contacto comercial con alguna empresa de sexshop, con el fin de que les fabriquen monaguillos hinchables de plástico. Repartidos entre los misacantanos junto al devocionario y el rosario, como un kit de supervivencia sacerdotal , mitigarían inflamadas urgencias. Los acosados feligreses se lo agradecerán.
miércoles, 10 de marzo de 2010
martes, 2 de marzo de 2010
Contra la muerte
Contra la muerte,
los mares de la infancia,
tus piernas recién bañadas
como pájaros y fuentes.
Contra la muerte,
la música y las voces,
resonando como soles
en los cielos de noviembre.
Contra la muerte,
todos los viajes de ida,
blancas alma y camisa
como mañanas nacientes.
Contra la muerte,
los jardines en domingo
y beber con los amigos
en los bares de siempre.
Contra la muerte,
la palabra y el poema,
todas las obras completas
encuadernadas en verde.
Contra la muerte
me levanto cada día
y compruebo que respiran
las mujeres y los hombres,
como vivas maldiciones
contra la muerte.
los mares de la infancia,
tus piernas recién bañadas
como pájaros y fuentes.
Contra la muerte,
la música y las voces,
resonando como soles
en los cielos de noviembre.
Contra la muerte,
todos los viajes de ida,
blancas alma y camisa
como mañanas nacientes.
Contra la muerte,
los jardines en domingo
y beber con los amigos
en los bares de siempre.
Contra la muerte,
la palabra y el poema,
todas las obras completas
encuadernadas en verde.
Contra la muerte
me levanto cada día
y compruebo que respiran
las mujeres y los hombres,
como vivas maldiciones
contra la muerte.
lunes, 1 de marzo de 2010
Fly me to the moon
Antes de que, en el contexto de la Guerra Fría, el presidente Kennedy y el camarada Kruschov dieran rienda suelta a los excedentes de testosterona de sus respectivos arsenales para dirimir quién tenía los cohetes más largos, nuestro pálido satélite era un lugar que se sabía densamente poblado. A partir del momento en que el hombre pisó la luna —aunque sería mejor decir desde el momento en que Stanley Kubrick filmó para la televisión su película más vista—, simplones astrónomos y astronautas prosaicos han querido convertir un fértil vivero de la imaginación humana en yermo polvoriento, del que no fueron capaces de extraer más que una exigua colección de roquitas. Singular contienda esta, tantas veces librada, en la que la razón usurpa el trono del mito, para después erigir la no menos mítica satrapía del logos.
Mas no debe olvidarse que anteriores expediciones resultaron sumamente fructíferas, como la realizada por Julio Verne y reflejada en su relato De la tierra a la luna, en el que, por cierto, se inspira el Viaje a la Luna de Georges Méliès, película que nos dejó, cual indeleble icono, la prosopopeya del rostro lunar animado con la entrañable ingenuidad de cualquier dibujito infantil.
Sin embargo, debemos a Luciano de Samósata la más minuciosa narración sobre los hábitos y costumbres de los selenitas, criaturas que permanecieron invisibles para la miope exploración del siglo XX; probablemente porque sus populosas ciudades se asientan en el lado oscuro de la luna.
En sus Relatos verídicos, Luciano —tal vez deberíamos llamarle ya Luniano— refiere con lujo de detalles la idiosincrasia de la nutrida población lunera, con la que convivió amigablemente durante una larga temporada, llegando incluso a participar en sus frecuentes guerras contra los heliotas, altivos habitantes del sol.
Entre los rasgos de mayor rareza y curiosidad destacados por el conferenciante de Samósata aparece el hecho de que los selenitas no nacen de mujeres, sino de hombres, sin que exista entre ellos una palabra para designar a la mujer. Todos los habitantes actúan hasta los veinticinco años como esposas y a partir de esa edad, como maridos. Y no quedan embarazados en el vientre, sino en la pantorrilla (gastroknemia en griego: panza de la pierna). A partir de la concepción, comienza a engordar la extremidad inferior; transcurrido el tiempo preceptivo, unos seis meses, dan un corte y extraen el feto muerto, pero lo exponen al viento con la boca abierta y lo hacen vivir.
Más sorprendente resulta el caso de un linaje de hombres que allí existe, los llamados “arbóreos”, que nacen de manera verdaderamente extravagante. Cortan el testículo derecho de un hombre y lo plantan entre el polvo lunar; de él brota un corpulento árbol de carne, semejante a un falo: tiene ramas y hojas y su fruto son las bellotas, del tamaño de un codo; cuando están ya maduras, las recolectan y extraen de su interior a los hombres. Curiosamente, sus partes pudendas son artificiales. Algunos las tienen de marfil, pero los pobres las usan de madera, y con ellas se unen y fecundan a su pareja.
Tras la vejez, el hombre no muere, sino que, como el humo, se disuelve y convierte en aire.
Especial extrañeza despiertan en el cronista los hábitos alimenticios de los selenitas. El menú es para todos el mismo: encienden fuego y asan ranas sobre el rescoldo —pues las ranas son muy abundantes allí, y vuelan—; una vez asadas, se sientan en círculo, como en torno a una mesa, aspiran el humo que asciende y se dan el festín. La bebida consiste para ellos en aire exprimido en copa, destilando un líquido como el rocío. No orinan ni defecan, ni poseen siquiera el orificio anal en el lugar que nosotros; ni tampoco los jóvenes ofrecen para el amor sus traseros, sino las corvas sobre la pantorrilla, pues en este lugar tienen el orificio.
Se considera hermoso en la luna al hombre calvo y pelón; los melenudos en cambio son despreciados. Aún así consideran hermosos a los cometas por su cabellera. Otro detalle: lucen barbas que crecen tímidamente sobre sus rodillas, y carecen de uñas en los pies, pues todos son solípedos. Sobre las nalgas de cada uno brota una col de gran tamaño, a guisa de cola, siempre exuberante, sin ajarse cuando caen de espaldas.
De sus narices fluye una miel muy agria y, cuando trabajan o hacen ejercicio, sudan leche por todo su cuerpo, lo que les permite elaborar queso, extendiendo sobre este una capa de miel. De las cebollas lunares, muy apreciadas, elaboran un aceite denso y aromático, como perfume.
Cultivan enormes extensiones de viñas para la producción de agua, pues los granos de los racimos son como el granizo. También sorprende al viajero observador —el que sabe mirar, claro, y ha superado la mera curiosidad geológica—- que estas criaturas empleen sus vientres como alforjas, colocando en ellos los objetos de uso corriente, pues pueden abrirlos y cerrarlos. No parecen albergar intestinos en ellos: tan solo una espesa cabellera interior, lo que les permite resguardar a los recién nacidos cuando hace frío.
La vestimenta de los selenitas opulentos es de vidrio maleable, y la de los pobres de hilado de bronce, pues abunda el bronce en aquellas regiones y lo trabajan reblandeciéndolo con agua, como la lana.
Por último, Luciano expone la peculiaridad de los ojos, pues los lunitas o luneños poseen ojos desmontables, y quien lo desea puede quitárselos y guardarlos hasta que necesite ver. Muchos, al perder los propios, los piden prestados a otros y ven. Los ricos suelen atesorar muchos en reserva. Tienen por orejas hojas de plátano, excepto los hombres-bellota; únicamente ellos las tienen de madera.
Si los exploradores que emprendieron las misiones de la NASA se hubieran esforzado en recorrer el paisaje lunar con la atención que merece, en vez de dedicarse a construir frasecitas para la Historia, a dar paseos en automóvil o a jugar al golf, tal vez todavía hoy conservaríamos un amplio reservorio para la casi extinguida imaginación, impidiendo así que los creadores actuales se vieran obligados a emigrar a la lunas remotas de Naboo o a los vastos bosques de Pandora.
Mas no debe olvidarse que anteriores expediciones resultaron sumamente fructíferas, como la realizada por Julio Verne y reflejada en su relato De la tierra a la luna, en el que, por cierto, se inspira el Viaje a la Luna de Georges Méliès, película que nos dejó, cual indeleble icono, la prosopopeya del rostro lunar animado con la entrañable ingenuidad de cualquier dibujito infantil.
Sin embargo, debemos a Luciano de Samósata la más minuciosa narración sobre los hábitos y costumbres de los selenitas, criaturas que permanecieron invisibles para la miope exploración del siglo XX; probablemente porque sus populosas ciudades se asientan en el lado oscuro de la luna.
En sus Relatos verídicos, Luciano —tal vez deberíamos llamarle ya Luniano— refiere con lujo de detalles la idiosincrasia de la nutrida población lunera, con la que convivió amigablemente durante una larga temporada, llegando incluso a participar en sus frecuentes guerras contra los heliotas, altivos habitantes del sol.
Entre los rasgos de mayor rareza y curiosidad destacados por el conferenciante de Samósata aparece el hecho de que los selenitas no nacen de mujeres, sino de hombres, sin que exista entre ellos una palabra para designar a la mujer. Todos los habitantes actúan hasta los veinticinco años como esposas y a partir de esa edad, como maridos. Y no quedan embarazados en el vientre, sino en la pantorrilla (gastroknemia en griego: panza de la pierna). A partir de la concepción, comienza a engordar la extremidad inferior; transcurrido el tiempo preceptivo, unos seis meses, dan un corte y extraen el feto muerto, pero lo exponen al viento con la boca abierta y lo hacen vivir.
Más sorprendente resulta el caso de un linaje de hombres que allí existe, los llamados “arbóreos”, que nacen de manera verdaderamente extravagante. Cortan el testículo derecho de un hombre y lo plantan entre el polvo lunar; de él brota un corpulento árbol de carne, semejante a un falo: tiene ramas y hojas y su fruto son las bellotas, del tamaño de un codo; cuando están ya maduras, las recolectan y extraen de su interior a los hombres. Curiosamente, sus partes pudendas son artificiales. Algunos las tienen de marfil, pero los pobres las usan de madera, y con ellas se unen y fecundan a su pareja.
Tras la vejez, el hombre no muere, sino que, como el humo, se disuelve y convierte en aire.
Especial extrañeza despiertan en el cronista los hábitos alimenticios de los selenitas. El menú es para todos el mismo: encienden fuego y asan ranas sobre el rescoldo —pues las ranas son muy abundantes allí, y vuelan—; una vez asadas, se sientan en círculo, como en torno a una mesa, aspiran el humo que asciende y se dan el festín. La bebida consiste para ellos en aire exprimido en copa, destilando un líquido como el rocío. No orinan ni defecan, ni poseen siquiera el orificio anal en el lugar que nosotros; ni tampoco los jóvenes ofrecen para el amor sus traseros, sino las corvas sobre la pantorrilla, pues en este lugar tienen el orificio.
Se considera hermoso en la luna al hombre calvo y pelón; los melenudos en cambio son despreciados. Aún así consideran hermosos a los cometas por su cabellera. Otro detalle: lucen barbas que crecen tímidamente sobre sus rodillas, y carecen de uñas en los pies, pues todos son solípedos. Sobre las nalgas de cada uno brota una col de gran tamaño, a guisa de cola, siempre exuberante, sin ajarse cuando caen de espaldas.
De sus narices fluye una miel muy agria y, cuando trabajan o hacen ejercicio, sudan leche por todo su cuerpo, lo que les permite elaborar queso, extendiendo sobre este una capa de miel. De las cebollas lunares, muy apreciadas, elaboran un aceite denso y aromático, como perfume.
Cultivan enormes extensiones de viñas para la producción de agua, pues los granos de los racimos son como el granizo. También sorprende al viajero observador —el que sabe mirar, claro, y ha superado la mera curiosidad geológica—- que estas criaturas empleen sus vientres como alforjas, colocando en ellos los objetos de uso corriente, pues pueden abrirlos y cerrarlos. No parecen albergar intestinos en ellos: tan solo una espesa cabellera interior, lo que les permite resguardar a los recién nacidos cuando hace frío.
La vestimenta de los selenitas opulentos es de vidrio maleable, y la de los pobres de hilado de bronce, pues abunda el bronce en aquellas regiones y lo trabajan reblandeciéndolo con agua, como la lana.
Por último, Luciano expone la peculiaridad de los ojos, pues los lunitas o luneños poseen ojos desmontables, y quien lo desea puede quitárselos y guardarlos hasta que necesite ver. Muchos, al perder los propios, los piden prestados a otros y ven. Los ricos suelen atesorar muchos en reserva. Tienen por orejas hojas de plátano, excepto los hombres-bellota; únicamente ellos las tienen de madera.
Si los exploradores que emprendieron las misiones de la NASA se hubieran esforzado en recorrer el paisaje lunar con la atención que merece, en vez de dedicarse a construir frasecitas para la Historia, a dar paseos en automóvil o a jugar al golf, tal vez todavía hoy conservaríamos un amplio reservorio para la casi extinguida imaginación, impidiendo así que los creadores actuales se vieran obligados a emigrar a la lunas remotas de Naboo o a los vastos bosques de Pandora.
domingo, 21 de febrero de 2010
Green eyes


La tarde era tan triste como Catherine Deneuve marchándose de tu vida para siempre o mejor la tarde estaba triste como Carole Bouquet marchándose de tu vida para siempre o mejor la tarde estaba tan triste como Catherine Deneuve y Carole Bouquet marchándose de tu vida para siempre las dos y sin ni siquiera haberte conocido también o mejor tampoco las dos. No eran las dos, sino las seis de una tarde de verano con los ojos en letargo y este ánimo en desorden que intentas organizar mentalmente gracias a un perfecto o mejor absoluto desconocimiento del cine francés, hecho que aun así no impide que intuyas o mejor que sepas que si Carole o Catherine hubieran llegado a conocerte habrían pronunciado y rubricado con esa sonrisa tan francesamente encantadora un inevitable casi a medias susurrado je t’adore, escuchado por ti sin pestañear, imperturbable, consciente merecedor de adorables devociones.
Esa mañana había sido vivida con la desorientación pastosa de todas las resacas a la espera del momento adecuado para preparar un suero reparador, la única bebida posible en esos días en los que no es posible ampararse en bebida alguna después de una noche de alcohol y de desagüe. Completamente oxidado yo y afortunadamente inoxidable la coctelera, era el momento del memento: recordar concordancias de licores y de zumos, sumar dulzuras y burbujas como brújulas de estómagos y almas en naufragio. Abrir la nevera, verificar la sequedad del hielo para terciar con él un vaso High Ball, depositar en la coctelera una parte de ginebra inglesa, media parte de zumo de limón y una cucharada imprescindible de azúcar, agitar agridulce la mezcla hasta sentir en la mano el oceáno polar ártico. Un respiro y un vertido: la inversión propiciatoria sobre los hielos del vaso y el relleno casi pleno con agua de Seltz.
Cuando entró en el local desde el que volvías a mirar a Catherine Bouquet alejándose de tu vida para siempre supiste que se llamaba Isabel. Bella ocupó un taburete contiguo al tuyo, huyendo pensaste quizás de un otro amor qué ganas de llorar en esta tarde gris completamente high bolero tango . Sus ojos no me miraron, pero en el espejo frente a la barra yo decidí mirarla y mimarla sin que ella lo supiera . Ojos verdes que también vio Santiago, barman querido de mis beberes, ojos verdes como la albahaca y caderas de verde limón. Ni mímica hizo falta para que Santiago supiera , mientras ella encendía un cigarrillo rubio, que sus manos perfiladas pedían a grifos un vaso Collins en el que con tres partes de zumo de naranja, una de Curaçao azul y una de vodka, convenientemente agitadas con hielo y son de maraca triste, surgió el prodigio de su mirada esmeralda. Bebió a tragos cortos y se marchó displicente de nuestra vida para siempre. Nunca supimos que se llamara Isabel.
¿Es esta mi madre?
La tradición filosófica occidental (si queda algún lector después de estas primeras palabras, que siga leyendo hasta el final) casi siempre se ha ocupado del ‘ser’. En estos tiempos donde se valoran tanto en televisión las tetas grandes, hablar de ontología no llega a ser una humorada, se queda simplemente en tontería.
Si han visto la película “El hijo de la novia” de Juan José Campanella, protagonizada por Ricardo Darín, o han tenido la desgracia de ver próximo el declive mental de una persona cercana, sabrán lo importante que es el ‘ser’. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿esta persona que no me reconoce es mi madre?, ¿esta persona que me rechaza es mi madre?, ¿esta persona terca en la negación es mi madre? Uno se queda con la idea de la mujer que te llevaba de la mano al colegio, o hablaba con el cura cuando te castigaba. También era la madre con la que hablabas mientras desenvainabas guisantes para la cena o te cuidaba cuando estabas enfermo. Nadie más hubiera asumido con tanto celo esas tareas.
Sin embargo ahora esa misma madre pudiera ser intercambiada por cualquier otra, que el resultado sería el mismo. Es un cuerpo que albergó la persona que te cuidó y te quiso, pero ahora su ser es otro, una sombra en la caverna.
Aunque no he hecho ninguna pregunta, tampoco tengo respuestas para esto, sólo las culturales (el amparo) y las egoístas (quid pro quo), lejos de esas razones que tan bien combinan la razón con la belleza.
(Del dietario de LugarFundamental.)
Si han visto la película “El hijo de la novia” de Juan José Campanella, protagonizada por Ricardo Darín, o han tenido la desgracia de ver próximo el declive mental de una persona cercana, sabrán lo importante que es el ‘ser’. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿esta persona que no me reconoce es mi madre?, ¿esta persona que me rechaza es mi madre?, ¿esta persona terca en la negación es mi madre? Uno se queda con la idea de la mujer que te llevaba de la mano al colegio, o hablaba con el cura cuando te castigaba. También era la madre con la que hablabas mientras desenvainabas guisantes para la cena o te cuidaba cuando estabas enfermo. Nadie más hubiera asumido con tanto celo esas tareas.
Sin embargo ahora esa misma madre pudiera ser intercambiada por cualquier otra, que el resultado sería el mismo. Es un cuerpo que albergó la persona que te cuidó y te quiso, pero ahora su ser es otro, una sombra en la caverna.
Aunque no he hecho ninguna pregunta, tampoco tengo respuestas para esto, sólo las culturales (el amparo) y las egoístas (quid pro quo), lejos de esas razones que tan bien combinan la razón con la belleza.
(Del dietario de LugarFundamental.)
martes, 9 de febrero de 2010
Últimas revelaciones del Club Underbridge.
Siempre que oigo hablar del club Bilderberg y del libro de Daniel Estulin, recuerdo una célebre boutade de Unamuno: “Es un libro tan deleznable que ni siquiera lo he leído”. Yo tampoco he leído La verdadera historia del club Bilderberg (2006) ni Los protocolos de los sabios de Sión (1903) ni La conjura de la francmasoneria contra la religión católica y los soberanos (1792) ni el Apocalipsis de San Juan. Tampoco la famosa biografía sobre Robespierre que se publicó después de la restauración borbónica en Francia, donde el lector descubre, con horror y a la vez con alivio, que el pequeño Maximiliano tuvo una infancia desdichada en la que su principal distracción era decapitar pájaros. Estos libros aterradores, analgésicos y sensacionales se venden como rosquillas. Estulin ha vendido, sólo en España, 150.000 rosquillas. La fórmula, milenaria e invariable, combina siempre en diversas dosis tres elementos irresistibles: La impostura, el secreto y la manipulación.
Se ofrecen visiones torturadas que se remontan al Jardín de las Delicias del Bosco y a los bestiarios medievales: Banqueros ultraliberales criptocomunistas; Benedicto XVI como maestro de la gran logia de Roma con el sublime grado 33. No importa la falta de consistencia del cuadro, la incoherencia infumable de las etopeyas, al contrario. Todos parecen algo y son otra cosa, generalmente su contraria. Un bebé babeante y humedecido es el Anticristo. Un inmenso campo de amapolas agitando las oriflamas de sus pétalos como un primero de mayo en la Plaza Roja, una ominosa avanzadilla alienígena.
Nótese que aquí lo relevante no es el mensaje sino la ausencia de mensaje, su vaguedad o su carácter cifrado y enigmático. Divinas palabras. Un fructífero vacío que podemos llenar descargando el saco de nuestros recelos, fantasmas y aprehensiones. Si las reuniones de este club contaran con taquígrafos para recoger las deliberaciones de estos señores, causarían tanta sensación y se leerían con tanta avidez como las actas del Congreso Iberoamericano de entomología tropical.
Y siempre la mano negra. Si viene un nublado y luego no llueve sobre los trigales sedientos de Soria, ha sido una avioneta fletada por la C.A. de Aragón para dispersar las nubes. ¿Os creíais que los jóvenes de los 60 descubrieron a Los Beatles? ¡Ah…, cenutrios! Los Rolling, los Beatles, Woodstock y los 40 Principales son las metáforas de un lavado de cerebro devastador. Nos los implantaron. Todo está manipulado. Este punto es muy poderoso y está profundamente arraigado en nuestra conciencia. Hacemos una operación. Si el mercado se mueve a nuestro favor, es porque sabemos leer los signos y conocemos sus leyes sutiles. Conclusión: el capitalismo es maravilloso y si no existiera, habría que inventarlo. Si ocurre lo contrario, el sistema está podrido. Han sido los templarios del Plunge Protection Team, el vencimiento o las ventas a corto. El mercado es matrix. Las bolsas, una mafia. ¿Pero acaso la manipulación no existe? Que si existe… La manipulación es tan antigua como la mano. ¿Quién se resiste a empujar por todos lo medios y con todas sus fuerzas para llevar el agua a su molino? Unos tienen las manos más grandes que otros, pero cada uno hace lo que puede. En los mercados, en el trabajo, en el amor y la familia, y no digamos en la política, la manipulación es un hecho. También es un hecho que sólo la denunciamos cuando estamos en la oposición. Después de todo, vivimos en un mundo secularizado que ya no puede atribuir las mercedes que recibe a la providencia divina, pero que no puede evitar adjudicar los reveses que sufre a una voluntad externa, egoísta y diabólica.
El conspiranoico es tradicionalista, crédulo y sobre todo, comodón. Él nunca tiene que probar nada. La onerosa carga de la prueba recae sobre los escépticos ¡Que le demuestren a él que el 11-S no lo montó el Mosad, la Cia y un consejero delegado de British Petroleum! Por más honesta que parezca, la mujer del César nunca podrá probar que jamás ha sido infiel. Como es metafísicamente imposible demostrar que no ha ocurrido algo que ha podido ocurrir, se abre ante nosotros un mundo policromado y delirante de posibilidades insospechadas y maquiavélicas.
Pero el libro que yo echo de menos y nadie escribe es Presente y futuro del club Underbridge. Como su nombre indica, los integrantes del club Underbridge no se reúnen en hoteles de cinco estrellas sino bajo los puentes. Su influencia individual es nula pero su número va en aumento constante y sólo en España ya cuenta oficialmente con medio millón de nuevos miembros. Desde hace siglos, los arquitectos del universo han subestimado la capacidad del club Underbridge para irrumpir en la Historia y han despertado de su sueño cayéndose de la cama por cualquiera de sus dos lados. En realidad, sólo es necesario que alcance una masa crítica con un grado de desesperación crítico. Pero no hay problema. El Instituto Tavistock ya tiene un protocolo para neutralizarlos con un implante de barretina, Messi y Chiquilicuatre. Mientras tanto, Estulin sigue dándole a la carraca y buscando los móviles inconfensables de una crisis de laboratorio. Con lo fácil que es cortar por lo sano con la najava de Hanlon: No lo atribuyas a la malicia si la estupidez basta para explicarlo.
Se ofrecen visiones torturadas que se remontan al Jardín de las Delicias del Bosco y a los bestiarios medievales: Banqueros ultraliberales criptocomunistas; Benedicto XVI como maestro de la gran logia de Roma con el sublime grado 33. No importa la falta de consistencia del cuadro, la incoherencia infumable de las etopeyas, al contrario. Todos parecen algo y son otra cosa, generalmente su contraria. Un bebé babeante y humedecido es el Anticristo. Un inmenso campo de amapolas agitando las oriflamas de sus pétalos como un primero de mayo en la Plaza Roja, una ominosa avanzadilla alienígena.
Nótese que aquí lo relevante no es el mensaje sino la ausencia de mensaje, su vaguedad o su carácter cifrado y enigmático. Divinas palabras. Un fructífero vacío que podemos llenar descargando el saco de nuestros recelos, fantasmas y aprehensiones. Si las reuniones de este club contaran con taquígrafos para recoger las deliberaciones de estos señores, causarían tanta sensación y se leerían con tanta avidez como las actas del Congreso Iberoamericano de entomología tropical.
Y siempre la mano negra. Si viene un nublado y luego no llueve sobre los trigales sedientos de Soria, ha sido una avioneta fletada por la C.A. de Aragón para dispersar las nubes. ¿Os creíais que los jóvenes de los 60 descubrieron a Los Beatles? ¡Ah…, cenutrios! Los Rolling, los Beatles, Woodstock y los 40 Principales son las metáforas de un lavado de cerebro devastador. Nos los implantaron. Todo está manipulado. Este punto es muy poderoso y está profundamente arraigado en nuestra conciencia. Hacemos una operación. Si el mercado se mueve a nuestro favor, es porque sabemos leer los signos y conocemos sus leyes sutiles. Conclusión: el capitalismo es maravilloso y si no existiera, habría que inventarlo. Si ocurre lo contrario, el sistema está podrido. Han sido los templarios del Plunge Protection Team, el vencimiento o las ventas a corto. El mercado es matrix. Las bolsas, una mafia. ¿Pero acaso la manipulación no existe? Que si existe… La manipulación es tan antigua como la mano. ¿Quién se resiste a empujar por todos lo medios y con todas sus fuerzas para llevar el agua a su molino? Unos tienen las manos más grandes que otros, pero cada uno hace lo que puede. En los mercados, en el trabajo, en el amor y la familia, y no digamos en la política, la manipulación es un hecho. También es un hecho que sólo la denunciamos cuando estamos en la oposición. Después de todo, vivimos en un mundo secularizado que ya no puede atribuir las mercedes que recibe a la providencia divina, pero que no puede evitar adjudicar los reveses que sufre a una voluntad externa, egoísta y diabólica.
El conspiranoico es tradicionalista, crédulo y sobre todo, comodón. Él nunca tiene que probar nada. La onerosa carga de la prueba recae sobre los escépticos ¡Que le demuestren a él que el 11-S no lo montó el Mosad, la Cia y un consejero delegado de British Petroleum! Por más honesta que parezca, la mujer del César nunca podrá probar que jamás ha sido infiel. Como es metafísicamente imposible demostrar que no ha ocurrido algo que ha podido ocurrir, se abre ante nosotros un mundo policromado y delirante de posibilidades insospechadas y maquiavélicas.
Pero el libro que yo echo de menos y nadie escribe es Presente y futuro del club Underbridge. Como su nombre indica, los integrantes del club Underbridge no se reúnen en hoteles de cinco estrellas sino bajo los puentes. Su influencia individual es nula pero su número va en aumento constante y sólo en España ya cuenta oficialmente con medio millón de nuevos miembros. Desde hace siglos, los arquitectos del universo han subestimado la capacidad del club Underbridge para irrumpir en la Historia y han despertado de su sueño cayéndose de la cama por cualquiera de sus dos lados. En realidad, sólo es necesario que alcance una masa crítica con un grado de desesperación crítico. Pero no hay problema. El Instituto Tavistock ya tiene un protocolo para neutralizarlos con un implante de barretina, Messi y Chiquilicuatre. Mientras tanto, Estulin sigue dándole a la carraca y buscando los móviles inconfensables de una crisis de laboratorio. Con lo fácil que es cortar por lo sano con la najava de Hanlon: No lo atribuyas a la malicia si la estupidez basta para explicarlo.
lunes, 1 de febrero de 2010
Nuevos versos de Otsumi Mikawa
Hace casi una década, Ediciones La Rivoli dio a la luz un librito analógico, impreso sobre papel al viejo estilo de Gutenberg, en el que bajo el título Jardín interior se recogían por primera vez en castellano un centenar de jaikus de la poetisa japonesa Otsumi Mikawa. Aquellos versos fueron cuidadosamente recopilados, fielmente traducidos y primorosamente vertidos a nuestro idioma por el profesor D. Fernando Rayo.
Pese a la conmovedora belleza que exhalaba su lectura, la obra ha pasado inadvertida para la crítica literaria. Muchas pueden ser las razones de tan ominoso silencio, pero la principal se debe sin duda al hecho de que todo poeta nuevo, de verdadera e insólita novedad, precisa a su vez de una nueva especie de analistas. Dicho de otra forma: la auténtica poesía engendra necesariamente su propio lenguaje crítico, genera una obra crítica de valor condigno.
Si se acepta esta premisa, cabría inferir que la ausencia de valoraciones a lo largo de los dos últimos lustros sobre Jardín interior es un ejemplo elocuente del jibarismo que medra en nuestro Parnaso. Porque lo cierto es que la poesía de Mikawa ha creado un espacio en nuestras letras al que sería inútil acercarse con los herrumbrosos pertrechos de la filología al uso. Quienes intenten agrupar su lírica en conjuntos generacionales o medirla con el rasero de un discurso tan vacuo como reiterativo se condenan a no entenderla. La incompatibilidad de su lenguaje con el comentario de los reseñadores oficiales no puede ser más tajante.
Desde esta perspectiva, el mutismo con que se han acogido los versos de la autora japonesa es un elogio, a tenor de cómo se ha desarrollado durante los últimos veinte años la lírica en España, baldío en el que la grama prospera con la etiqueta manida de poesía de la experiencia, bajo la que se cobijan poetas cuyos versos harían sonrojar a cualquier lector sensible. Si entre los bardos actuales, agavillados por el segador de turno, hay algunos poetas, la mayoría de ellos no lo son: su lenguaje, meramente instrumental, no ha pasado por la indispensable alquitara que lo destile y transmute en un verbo radicalmente distinto. La ejemplaridad de Mikawa estriba precisamente en su busca señera de ese raro verbo, en la decantación de una palabra-materia que aspira a la palabra total, en la condensación del don que se sitúa entre el silencio y la locuacidad.
Resulta sumamente aguijador seguir paso a paso, estrofa a estrofa, la construcción del mundo poético de esta singular mujer. Cada una de sus estaciones o lances crea un ámbito de reflexión e impone al lector la aventura de adentrarse en una terra incognita en la que deberá acampar con levedad y sigilo, para examinarla con detenimiento.
Durante uno de mis frecuentes vagabundeos por la red tropecé por casualidad con nuevos jaikus de Otsumi Mikawa que tal vez pasaran inadvertidos años atrás al profesor Rayo o que quizá quedaron retenidos en su exigente cedazo. Los encontré en una página web francesa, traducidos por un tal Mato Masaaki, y me pareció oportuna la idea de recopilarlos para los curiosos lectores de La Rivoli. Modestamente, me he limitado a acomodarlos a nuestra lengua, intentando respetar la rigurosa disciplina de las diecisiete sílabas.
Tal vez la rosa
en su alba de rocío
contenga el mundo.
Sobre la helada
sola brizna de hierba
un triunfo verde.
Ese nubarrón
oculta la luz nueva
cesa la verdad.
Fin del recreo
basura de los niños
festín de aves.
Regato en sombra
en el claro esmeralda
nada la carpa.
En el ocaso
las alas de las grullas
incandescentes.
Gregal furtivo
helada voz de muerte
en los jardines.
Al pie de un árbol
rígido verde limón
verderón muerto.
En la flor blanca
mata la mantis, mata
belleza, muerte.
El verde nuevo
los brotes del granado
sombra y tesoros.
Vientos de marzo
las hojas del narciso
tan encorvadas.
Flauta de mirlo
rumores de arroyo
tarde perfecta.
¡Pobre granado!
en el desnudo invierno
sueña rubíes.
Comienza marzo
mientras gime la flauta
ronda de grullas.
En la pradera
como gotas de olvido
las orquídeas.
Descansa allí
en la sombra de la encina
la felicidad.
Albaricoque
el último, habitado
día en ayunas.
Aunque la riego
con el agua de lluvia
gardenia sin flor.
Dando saltitos
por la baranda el gorrión
su arroz reclama.
Viento alegre
las hojas del hibisco
deshidratadas.
Mi arroz comparto
con una gran familia
de gorriones.
Un arcoiris
en lo alto de la tarde
de abejarucos.
En las antenas
nostalgia del verano
abejarucos.
Como el lirio
amarlo casi todo
no amar nada.
(a Yasunari Kamabata)
Ulula el viento
el jardín yace yerto
ladran los perros.
Poeta mirlo
puntual cada tarde
hace un poema.
Una hoja sola
en la rama del árbol
sólo una idea.
Canta el ruiseñor
el bosque se hace un líquido
dulce en la fronda.
Canta la curruca
en tan breve garganta
canto tan hondo.
Tempranos brotes
apenas rotos, muertos
tardía helada.
El cielo rojo
entierro del amigo
la sierra azul.
Ropa tendida
el grito del halcón
rasga los cielos.
El mundo quizá
apenas sea sólo
la idea del mundo.
Pese a la conmovedora belleza que exhalaba su lectura, la obra ha pasado inadvertida para la crítica literaria. Muchas pueden ser las razones de tan ominoso silencio, pero la principal se debe sin duda al hecho de que todo poeta nuevo, de verdadera e insólita novedad, precisa a su vez de una nueva especie de analistas. Dicho de otra forma: la auténtica poesía engendra necesariamente su propio lenguaje crítico, genera una obra crítica de valor condigno.
Si se acepta esta premisa, cabría inferir que la ausencia de valoraciones a lo largo de los dos últimos lustros sobre Jardín interior es un ejemplo elocuente del jibarismo que medra en nuestro Parnaso. Porque lo cierto es que la poesía de Mikawa ha creado un espacio en nuestras letras al que sería inútil acercarse con los herrumbrosos pertrechos de la filología al uso. Quienes intenten agrupar su lírica en conjuntos generacionales o medirla con el rasero de un discurso tan vacuo como reiterativo se condenan a no entenderla. La incompatibilidad de su lenguaje con el comentario de los reseñadores oficiales no puede ser más tajante.
Desde esta perspectiva, el mutismo con que se han acogido los versos de la autora japonesa es un elogio, a tenor de cómo se ha desarrollado durante los últimos veinte años la lírica en España, baldío en el que la grama prospera con la etiqueta manida de poesía de la experiencia, bajo la que se cobijan poetas cuyos versos harían sonrojar a cualquier lector sensible. Si entre los bardos actuales, agavillados por el segador de turno, hay algunos poetas, la mayoría de ellos no lo son: su lenguaje, meramente instrumental, no ha pasado por la indispensable alquitara que lo destile y transmute en un verbo radicalmente distinto. La ejemplaridad de Mikawa estriba precisamente en su busca señera de ese raro verbo, en la decantación de una palabra-materia que aspira a la palabra total, en la condensación del don que se sitúa entre el silencio y la locuacidad.
Resulta sumamente aguijador seguir paso a paso, estrofa a estrofa, la construcción del mundo poético de esta singular mujer. Cada una de sus estaciones o lances crea un ámbito de reflexión e impone al lector la aventura de adentrarse en una terra incognita en la que deberá acampar con levedad y sigilo, para examinarla con detenimiento.
Durante uno de mis frecuentes vagabundeos por la red tropecé por casualidad con nuevos jaikus de Otsumi Mikawa que tal vez pasaran inadvertidos años atrás al profesor Rayo o que quizá quedaron retenidos en su exigente cedazo. Los encontré en una página web francesa, traducidos por un tal Mato Masaaki, y me pareció oportuna la idea de recopilarlos para los curiosos lectores de La Rivoli. Modestamente, me he limitado a acomodarlos a nuestra lengua, intentando respetar la rigurosa disciplina de las diecisiete sílabas.
Tal vez la rosa
en su alba de rocío
contenga el mundo.
Sobre la helada
sola brizna de hierba
un triunfo verde.
Ese nubarrón
oculta la luz nueva
cesa la verdad.
Fin del recreo
basura de los niños
festín de aves.
Regato en sombra
en el claro esmeralda
nada la carpa.
En el ocaso
las alas de las grullas
incandescentes.
Gregal furtivo
helada voz de muerte
en los jardines.
Al pie de un árbol
rígido verde limón
verderón muerto.
En la flor blanca
mata la mantis, mata
belleza, muerte.
El verde nuevo
los brotes del granado
sombra y tesoros.
Vientos de marzo
las hojas del narciso
tan encorvadas.
Flauta de mirlo
rumores de arroyo
tarde perfecta.
¡Pobre granado!
en el desnudo invierno
sueña rubíes.
Comienza marzo
mientras gime la flauta
ronda de grullas.
En la pradera
como gotas de olvido
las orquídeas.
Descansa allí
en la sombra de la encina
la felicidad.
Albaricoque
el último, habitado
día en ayunas.
Aunque la riego
con el agua de lluvia
gardenia sin flor.
Dando saltitos
por la baranda el gorrión
su arroz reclama.
Viento alegre
las hojas del hibisco
deshidratadas.
Mi arroz comparto
con una gran familia
de gorriones.
Un arcoiris
en lo alto de la tarde
de abejarucos.
En las antenas
nostalgia del verano
abejarucos.
Como el lirio
amarlo casi todo
no amar nada.
(a Yasunari Kamabata)
Ulula el viento
el jardín yace yerto
ladran los perros.
Poeta mirlo
puntual cada tarde
hace un poema.
Una hoja sola
en la rama del árbol
sólo una idea.
Canta el ruiseñor
el bosque se hace un líquido
dulce en la fronda.
Canta la curruca
en tan breve garganta
canto tan hondo.
Tempranos brotes
apenas rotos, muertos
tardía helada.
El cielo rojo
entierro del amigo
la sierra azul.
Ropa tendida
el grito del halcón
rasga los cielos.
El mundo quizá
apenas sea sólo
la idea del mundo.
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