¡Qué tiempos! ¡O tempora. o mores! ¡Oh, tiempo de los moros!
jueves, 9 de abril de 2026
viernes, 8 de marzo de 2024
RICARDO
Había caminado como tres kilómetros con la guitarra a cuestas y no encontraba el camino de vuelta al hotel. Desde que se dedicaba al negocio de la música, a Ricardo (Richi como nombre artístico) le habían sucedido multitud de vicisitudes que le encallecían y le volvían más avispado. Por eso, cuando tenía algún bolo* en fincas perdidas en el campo, procuraba coger alojamientos que no pillaran muy lejos, pero esta vez la jugada no le acompañaba: el pueblo se encontraba a cierta distancia del lugar de la actuación y, como era un senderista avezado, decidió prescindir de cualquier vehículo que le ayudara en el regreso. Pero ya las vueltas y revueltas eran sospechosas, hasta que llegó a la conclusión de que se había perdido. Intentó llamar al hotel pero se dio cuenta de que el móvil no tenía cobertura, así, puesto que la noche era cálida, se decidió a prepararse un vivac con las pocas cosas que tenía en la mochila. Sacó el machete que siempre llevaba consigo y cortó algunas ramas para hacerse una cubierta provisional asentando el suelo de manera que estuviera lo más confortable posible. No tenía miedo, no era la primera vez que le ocurría una experiencia similar, con lo que colocó la guitarra a su lado a modo de compañía y se abrigó con el chaquetón de cuero que le servía tanto para los eventos artísticos como para las inclemencias del tiempo. Pronto se quedó dormido de manera plácida. Soñó que un osezno se le acercaba y se hacía su amigo, jugaban pero cuando la madre aparecía de forma amenazadora, Ricardo se despertó un tanto sobresaltado. Faltaba poco para que amaneciera, por lo que con la claridad del día seguro que encontraría el hotel.
Mientras caminaba recordó el concierto de los Rolling Stones en La Habana durante el 2016. Había ido con los de su grupo y bailaron y disfrutaron de lo lindo mientras Mick Jagger hablaba, entre canción y canción, en un español espantoso haciendo gala de baile adolescente con los 73 años que tenía. Ricardo se acordaba de aquella experiencia porque en el transcurso de la noche conoció a una muchacha que le hizo plantearse su masculinidad, una vez más. La chica se le acercó de improviso y quiso que la subiera sobre los hombros para agitar los brazos por encima del gentío. El joven se negó diciendo que no cargaba peso por su delicada espalda y aquélla, sin mediar palabra, le estampó un beso en la boca. Ricardo se dio cuenta de que estaba borracha y pensó que lo mejor sería llevarla a un puesto de seguridad para que la atendieran debidamente, a lo que la mujer se negó y empezó a increparle. Ante la situación, él decidió alejarse y volver con sus amigos que ya se estaban preguntando qué ocurría. Pero lo que Ricardo se preguntaba era si había obrado correctamente, si debía haber insistido en llevar a la joven a algún lugar donde se ocupasen de ella y si había sido suficientemente respetuoso o, por el contrario, demasiado paternalista que era de lo que le acusaban muchas de las mujeres que se cruzaron en su vida. No tenía novia porque la última que tuvo le abandonó por un estudiante de Ingeniería, el cual gozaría de mejor futuro que un rascatripas de guitarra que iba a salto de mata entre ejercicio musical y ensayos matutinos. Con estos pensamientos llegó al hotel.
Se hallaba cansado a pesar del vivac improvisado que se había construido, por lo que pidió el desayuno y se echó a dormir en una cama grande y mullida que le tenían preparada. En esta ocasión soñó que navegaba en una barca y los que le acompañaban se lanzaron al agua a pesar de lo profundo del embalse. Ricardo se quejó de no llevar chaleco salvavidas negándose a nadar como sus compañeros. En ese momento, contempló toda la profundidad desde debajo del pantano y observó la grandiosidad del mismo sintiendo un miedo paralizador. Con sudor y agitación se despertó.
Cuando tocaba, el joven sentía un temblor eléctrico mientras el sentimiento de libertad le invadía. Apreciaba así su trabajo como un escape de todos los sinsabores que había contraído en su vida. Su padre falleció cuando él tenía cinco años y su madre, bastante demediada, recibía la pensión de viudedad y la ayuda de una muchacha que le proporcionaba el Ministerio de Inclusión y Seguridad Social por cuestión de dependencia. Ricardo se ocupaba de ella todo lo que podía. Excepto cuando tenía actuaciones y ensayos, se quedaba en casa alegrando su existencia con pantomimas y canciones que él mismo inventaba entonando emotiva y cálidamente. Su relación con las mujeres, por tanto, estaba muy condicionada por la madre. Aún le dolía el recuerdo de Greta.
Se conocieron a través de un anuncio en Internet en el que buscaban una voz femenina para el conjunto y, enseguida, congeniaron. Hermanaban sus gustos por la música mientras iban ahondando en los mutuos sentimientos. Ricardo aún echaba de menos la valentía con la que Greta afrontaba su trabajo. Ocurrió, sin ir más lejos, en una actuación como orquesta y en un pueblo de la Castilla profunda. Ella cantaba con una falda estrecha y corta, pero cuando se agachó para dejar el micrófono en el escenario un lugareño le gritó:
_¡Chica, que se te ven las bragas!
Y otro siguió:
-¡Si quieres cuando acabes te hacemos una follá!
La joven, que no había terminado de incorporarse, volvió a coger el micro y profirió:
-¡Te voy a decir yo a a quién te vas a follar! ¡Mira chaval, tengo muy mala hostia y cuando actúo me gusta que me dejen en paz! ¡Así que córtate, no vaya a ir al cuartel de la Guardia Civil y te ponga una denuncia!
Ricardo se quedó petrificado y no supo reaccionar a ese encaramiento de la chica. La fiesta acabó como el rosario de la aurora debido al tumulto que organizaron los mozos de la peña, con lo que el grupo tuvo que salir deprisa, recogiendo los bártulos apresuradamente y sin cobrar un euro por el evento.
Pero la quería, la admiraba y la quería por su autodeterminación, por su independencia, por sus convicciones y por sus ojos lánguidos que le volvían loco. Se quedaron a descansar en la furgoneta donde llevaban todo el equipo de sonido. Recostados, sentía la caricia de su cabello cortado a lo garçon y el olor a lavanda que le embriagaba; se encontraba feliz y emocionado por poder estar tumbado junto a ella, le recorría una alegría que le renovaba sus ganas de vivir, era como si un gozo inusitado le subiera y le bajara por sus entrañas, su pecho, su garganta. En esta situación, se quedó dormido.
Sumido en el sueño se vio en una playa nocturna con la cabeza en el regazo de Greta. Ambos estaban desnudos. Las olas iban y venían en un vaivén rítmico que les mojaba los pies y la sensación de placer inundaba todo el espacio que podían alcanzar con la mirada. Ricardo y Greta hicieron el amor envueltos por la espuma del mar mientras la luna iluminaba la tersura de sus cuerpos. No queriendo despertar, el joven sintió un sobresalto ocasionado por las voces de sus compañeros que les arengaban para retomar el camino de vuelta a casa. Aturdido y sin saber muy bien dónde se encontraba, Ricardo empuñó la guitarra en tono amenazador.
-¡Vamos, Richi, que se nos hace tarde para llegar al partido!
Cuando reaccionó, la chica ya estaba despabilada dispuesta a partir. Fue la que le recordó que por la tarde jugaba el Madrid y habían quedado con otros amigos en la plaza principal de su ciudad para ver el espectáculo. Regresaron con una mezcla de frustración por el desenlace que había tenido el bolo de aquella noche pero, a la vez, con alivio porque el asunto no había ido a más.
Y así, transcurrió el tiempo. Ricardo enamorado perdidamente de Greta y ella queriéndole como un amigo entrañable. Hasta que llegó lo inevitable. Un buen día la joven manifestó que deseaba vislumbrar otros horizontes, otros espacios y, sin esperar consejos ni recomendaciones, se marchó a Holanda a recoger tulipanes amparada por una comunidad de mujeres que practicaba una suerte de ritos espirituales mezclado con yoga kundalini.
En todo esto iba pensando mientras salía del hotel y se encaminaba para ver a su madre. La mujer andaba algo maltrecha por los dolores de la fibromialgia y Richi, sumamente afectado, percibía el sufrimiento de su progenitora con la angustia de no poder hacer nada para aliviarla. ¿Qué clase de hombre sería si no empatizase con el tormento que la producía la enfermedad?¿Cómo no sentir pena por la tortura que su hacedora vivía cada día como una condena?
Ricardo besó a su madre en la frente, la dio de comer y le puso la televisión para que se distrajera un poco. Musitó el nombre de Greta entre los dientes mientras guardaba la guitarra en el armario de su habitación, olfateó un ramito de lavanda que llevaba escondido en el bolsillo de su camisa y, agotado por los avatares de la jornada, se tumbó en la cama y se quedó dormido.
*bolo: En argot artístico. Función que se realiza fuera de la temporada estándar de actuaciones que un músico, orquesta o compañía teatral tienen contratadas.
8 DE MARZO DE 2024
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
jueves, 18 de enero de 2024
PEPA
MADRID, 23 DE SEPTIEMBRE DE 1977
¿Cómo te encuentras, Charlie?
En tu última carta me contabas que no te sentías muy bien, especialmente por los acontecimientos ocurridos con tus compañeros. La competitividad de la que hablas y que llega al extremo de gastar bromas pesadas en el cuartel, me parece de una cobardía que no tiene nombre. Lo de quitarle a ese chico los pases pernocta simplemente porque se había quejado al sargento sobre unos ejercicios que le mandaron hacer con los ojos vendados y, después, le bajaron los pantalones para que se quedase con sus partes al aire, me ha sobrecogido y me parece que todo es fruto de un ejército anclado todavía en las prácticas más abominables del franquismo. Espero que a ti no te ocurra nada, intenta ir a lo tuyo y llevarte bien con todos; dice Johny que no te conviertas en un chivato, que huyas de los malos rollos y hagas lo que te manden lo mejor que puedas. Las elecciones pasadas ponen la esperanza en que algo está cambiando, mis padres votaron a Adolfo Suárez porque decían que era el único que podía garantizar una transición tranquila, que debíamos evitar las revueltas del pasado y que debíamos mirar al futuro sin rencor. Pero yo hubiese votado al PCE de haber podido, porque quiero que las cosas cambien de verdad, que el poder lo tenga la clase proletaria, que superemos el sistema capitalista y que implantemos un sistema revolucionario, internacionalista y solidario. Sandoval dice que los Pactos que se están discutiendo en la Moncloa deben traer una Constitución en la que la mayoría de edad quede fijada a los 18 años y no a los 21 como ahora, y con ella una consolidación de la democracia. Él lo debe saber bien porque está metido en la Joven Guardia Roja y se inmiscuye en todos los corrillos de los partidos de izquierdas que hay aquí en el barrio. Hace poco nos llevó a un cine-fórum en una parroquia de un cura comunista. Ponían Luna de papel con Ryan O´Neal y su hija Tatum O´Neal. A mí me gustó mucho y, en el coloquio que hubo al final, me atreví a hablar y decir lo que opinaba sobre la película.
Pero dejemos estos temas y vamos a lo que te quería contar: el pasado día 8 fuimos a las fiestas de Santa Eugenia. Actuó un barbas muy sesudo que cantaba cosas muy raras, era cantautor pero no como los que conocíamos hasta ahora, se hace llamar Joaquín Sabina y hablaba de la vida en Madrid y de sus recuerdos en Jaén cuando era pequeño. Nos dejó un tanto impactados, tenemos que intentar oírle otra vez. También participó un grupo con melenas y muñequeras de clavos a los que el Johny les preguntó que porqué llevaban pendientes en las orejas. Uno de ellos, muy chulito, le respondió que por la misma razón por la que él lleva las pelotas colgando. El Johny se quedó perplejo y no supo qué contestar, pero lo pasamos bien: bailamos todo lo que pudimos y nos reímos con las ocurrencias de Berto acerca de los artistas. Lo único que me extrañó es que Tina no se viniera con nosotros. Lleva un tiempo muy rara, creo que no me perdona que, al final, tú y yo estemos juntos, debe estar celosa y se siente mal cuando está cerca de mí. Un día intenté aclarar las cosas y decirle que yo no me había entrometido entre ella y la amistad que tuviera contigo. Me contestó algo que todavía no entiendo. Me dijo que yo en una ocasión la defraudé y que ya era mayorcita para conocer las consecuencias de mis actos. Charlie, te aseguro que no sé a qué se refería. Únicamente recuerdo que desde aquella vez en la que estuvimos en la discoteca Osiris y ella se puso a tontear con un tipo alto y musculado, no me trata igual. En aquel momento, yo no supe qué decir, ya sabes que soy muy tímida, pero cuando el individuo la empezó a manosear y quiso besarla introduciéndole la lengua ella lo apartó de un empujón y se puso a pedir ayuda. Nos echaron de allí porque los guardias de seguridad dijeron que éramos unas escandalosas, unas niñatas que no sabíamos aguantar nada ni sabíamos comportarnos en determinados sitios. Yo me callé, no sé reaccionar cuando las situaciones me sobrepasan y no sé expresar con palabras emociones de rabia e injusticia. Así que me callé. Regresamos a casa en silencio. Después tú y yo empezamos a salir; yo sabía que a Tina le gustabas y que erais muy amigos, lo que a mi no me importaba. Quería que todo fuese como antes, que siguiésemos siendo los de la pandilla, divirtiéndonos y llevándonos tan bien como cuando éramos pequeños. Más tarde, tú te has ido a la mili y algunos hemos entrado en la universidad. Claro, hemos cambiado y nuestros destinos se van bifurcando en el camino. Pero te aseguro que yo no quería hacer daño a esa chica, que si ella se ha sentido ofendida conmigo no ha sido porque yo hiciese algo conscientemente, no sé, no me siento culpable, sólo un poco triste por que se piense de mi algo que no es cierto. Dime qué opinas de todo esto. Cuídate y no te olvides de nuestra cita para cuando te den permiso.
Un beso de esta que te quiere
Pepa
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
17 DE ENERO DE 2024
viernes, 1 de diciembre de 2023
BEATRIZ
Los ojos de su marido la vigilaban con avidez. Era como si un ojo escrutase cada uno de sus actos y el otro ojo indagase en lo que ella sentía mientras realizaba las tareas cotidianas. Beatriz se sentía observada y eso la molestaba. Había llegado un punto en el que le odiaba, sentía asco de su olor, de su forma de comer, de los ronquidos que emitía durante la noche; no podía hacer un movimiento sin que él la recriminase su proceder y percibía con estupor que no le era permitido guardar ningún secreto ni reservarse cualquier dato o hecho que rozase el misterio.
Hacía veinte años que estaban casados. Los primeros tiempos habían sido cálidos, se amaban con la inocencia de la juventud, ponían su ilusión en el porvenir y se unían felices a las fiestas de los amigos o los eventos de los conocidos. No habían tenido hijos. No porque no los quisieran sino porque, en un principio, estaban demasiado ocupados con asentarse en sus respectivos trabajos y, después, la desesperanza se fue apoderando de ellos y de todas sus expectativas.
No habían transcurrido más de tres veranos desde que Beatriz se volviese a reencontrar con aquel hombre.
Lo había conocido siendo muy joven, todavía menor de edad, un día en el que fue con su amiga Estela a la plaza de Santa Ana. Al principio, las risitas de las chicas les hacía parecer un poco bobas dejándose acariciar por el galanteo de aquellos dos pretendientes que, a la caída de la tarde, apuraban el tiempo del domingo. Después, ya más confiadas, pasearon juntos hasta una terraza en la que sentarse y consumir algo. El acompañante de Beatriz era pintor o eso decía, hacía alarde de cierta madurez rotunda y se sintió halagado cuando la muchacha le confesó que se parecía al mismísimo Gustavo Adolfo Bécquer.
-¿Sabías que Bécquer, además de escritor, fue un gran dibujante?
-No-respondió ella.
-Sí, colaboró con su hermano Valeriano y realizó una serie de dibujos en los que pretendía reírse de la muerte: `Les morts por rire´.
Así, comenzaron una relación tórrida en la que la niña fue adentrándose en el mundo del arte y del amor. Aprendió los secretos de la vida sexual, amén de las tácticas de seducción y de las perversiones que conlleva una pasión temprana con alguien experimentado. Se hizo una avezada experta en pintura contemporánea y llegaba a juzgar las obras por sus matices, su expresión figurativa y su ubicación en las corrientes o escuelas donde se vieran inscritas. Pero a la hora de elegir carrera universitaria se decantó por Administración y Dirección de Empresas, lo que a su amante dejó perplejo e incapaz de comprender cómo Beatriz no prefería estudiar algo relacionado con las bellas artes. Lo que ocurría es que ella tenía un sentido práctico, amasado familiarmente, que la condujo a decidirse por una licenciatura con salida y proyección profesional. De esta manera conoció a su futuro marido, ambicioso y concluyente en lo que se refería a la planificación de su vida.
Y ocurrió por tanto que los días en los que él dibujaba a Beatriz desnuda se fueron dilatando; las visitas a las galerías de pintura se daban cada vez más de tarde en tarde y el olor a tabaco rubio de su amado, que la envolvía y la mareaba, fue perdiendo su poder alucinógeno. La chica fue poniendo sus acentos en todo lo relacionado con sus estudios, en los amigos que la surgían del campus, en ese nuevo acompañante que era tan solícito y amable con todo lo que la concernía. Poco a poco, Beatriz perdió interés por su antiguo amante y no acudía al estudio del pintor con tanta asiduidad porque sus recomendaciones se le hacían demasiado paternales, demasiado seniles para lo que ella precisaba en esos momentos. Hasta que un día dejaron de verse. Fue una ruptura anunciada, evidente, pero la muchacha se sintió emancipada, liberada por fin de aquel halo de madurez que la obligaba a pensar y actuar por encima de su edad, por encima de sus impulsos juveniles, por encima de la inocencia perdida de forma prematura.
Beatriz se dedicó a sacar buenas notas, a acudir los fines de semana a reuniones con sus compañeros de clase, a presentar a sus padres a un novio que era colega de facultad. Y ya nada le haría recordar su pasado, porque su futuro se estaba escribiendo con el ansia y la pretensión de una vida desahogada, suntuosa, espléndida, sumida en la vorágine de los negocios y la gestión de empresas millonarias, de la febril inmersión en el despacho, la ganancia, el provecho, el lucro. Su futuro marido la azuzaba en esta aventura, eran fieles socios de un viaje en el que ambos perderían los intereses más personales y más íntimos, más que una pareja eran una razón social. De esta manera transcurrieron los días, los meses, los años. Pasada la cuarentena, la mujer se sentía agotada, aburrida, vaciada por una vida que la aportaba bienestar físico, sí, pero que no completaba ni llenaba sus anhelos emocionales ni le hacía crecer como ser humano.
Un domingo, deambulando por las calles de Madrid, sus pasos la llevaron a la plaza de Santa Ana. Se sentó en un banco cerca de la estatua de Federico García Lorca y dirigió la mirada en derredor por el entorno que, en aquellas horas de la tarde, se atestaba de gente dispuesta a ocupar las terrazas con voracidad consumista. Al principio no le conoció. La pareció un vagabundo o un indigente de los que en aquella zona circulaban mendigando unas monedas para subsistir. Pero no, allí estaba, con su melena encanecida a lo Gustavo Adolfo Bécquer, con sus lánguidas manos de dedos afilados, dedos de pintor, algo más encorvado, más envejecido, con aire antiguo e inveterado. Cuando Beatriz se acercó pudo aspirar su olor a tabaco rubio y, por un momento, se sintió embriagada, enajenada, evocando un tiempo en el que como la magdalena de Proust, las hebras del cigarro estimulaban los recuerdos más privados y prohibidos.
-¿Te has fijado en que Lorca no tiene la avecilla que sostenía entre sus manos?- preguntó él.
-Sí. En su lugar le han colocado unas rosas, pero ya están marchitas.
-Algún envidioso se la ha tenido que arrancar, le debía molestar la delicadeza con la que el autor concibió la estatua invitando a volar al pequeño pájaro en el nido de sus manos.
Ella le acompañó a la austera pensión en la que se alojaba. La habitación se componía de cama, mesilla, cómoda con espejo, armario y un caballete con lienzo en el que su amigo componía en esos momentos un bodegón minimalista que recordaba algunos cuadros de Frank Stella. El recinto estaba limpio. Siguieron hablando sin reproches, sin censura, abriendo su corazón y su alma a esa nueva oportunidad que se les presentaba sin vergüenzas, ahora que el miedo ya no anegaba sus ánimos, ahora que las miradas eran francas, ahora que la pasión estallaba en cada uno de sus espíritus.
Y comenzaron otra relación, renovada, abierta, sin secretos. Se amaban en las cálidas tardes después de que el trasiego del día les hubiese dejado exhaustos y sin ganas de mantener comunicación con otras gentes. Buscaban su particular paraíso en aquella pensión recoleta que ocultaba sus murmullos y jadeos; hablaban de pintura y de las nuevas corrientes que aparecían en las galerías de arte; se comían con los ojos comprendiendo que ya nada les podía separar. Y él volvió a dibujar a Beatriz desnuda. La muchacha se dejaba acariciar por la mirada de su amante mientras éste recorría cada centímetro de su cuerpo buscando el mejor ángulo, la mejor textura con el fin de plasmar el color de su piel, la percepción sutil del movimiento de sus labios.
Pero su marido empezó a intuir algo. Los días en que Beatriz llegaba tarde a casa y no daba ninguna explicación, el ocultamiento del móvil o apagarlo cuando no había por qué, y ¿cómo no?, sus repuestas esquivas ante preguntas que parecían inocentes, hacían de sus sospechas algo más que una simple manía de marido aburrido. Empezó a observarla, a seguir sus pasos, a ponerle pequeñas trampas en la conversación con respecto a las citas que tenían con los amigos. Y su nerviosismo y sus recelos fueron en aumento. Hasta que supo la verdad. Beatriz le pidió el divorcio, le dijo que ya no le quería, que estaba enamorada de otro hombre y que se iría con él. La discusión que allí surgió fue subiendo de grado, tanto es así que los vecinos, haciéndose eco de las voces y los gritos, llamaron a la policía. Cuando los agentes llegaron los ánimos se calmaron por un momento. Preguntaron a la mujer si existía algún tipo de maltrato, pero ella les contestó que solo había sido una bronca puntual, cosa de matrimonios, no había que darle más importancia.
Pasaron los días sin que las cosas fueran a mejor. La ira que ascendía por las venas del esposo le hacían congestionarse, perder la razón, la vista se le nublaba y sus pensamientos eran como un enjambre de locura volcados hacia un único objetivo: que Beatriz no le abandonase. Los celos no le dejaban vivir. A cada gesto equívoco de ella, él la interrogaba sobre sus intenciones, sobre lo que había hecho en el trabajo, con quién había estado, a dónde pensaba ir. Y Beatriz le fue odiando cada vez más, lo que la hacía olvidarse de regresar al domicilio conyugal pasando algunas noches en la pensión de su amante.
Una tarde que volvía con la firme determinación de recoger sus cosas y marcharse definitivamente, se encontró a su marido borracho y profiriendo insultos contra todos los hombres que frecuentaba su mujer. No dispuesta a aguantar más, entró en la habitación a preparar la maleta. En su acometida, abrió el bolso para guardar algún dinero y allí encontró uno de los dibujos en los que aparecía desnuda haciéndole sentir una inmensa ternura hacía el hombre que era objeto de su amor. Su marido la observaba desde el quicio de la puerta. Llevaba en su mano el sacacorchos con el que había estado abriendo botellas de vino mientras que una ola de rabia y furia ascendía por su cuerpo. Su rostro estaba enrojecido, respiraba con dificultad y sus manos y sus piernas temblaban peligrosamente. Cuando Beatriz terminó de cerrar la maleta, él se acercó por detrás. La agarró del pelo y empezó a musitar una salmodia muy cerca de sus oídos: “¡No me vas a dejar! ¡No me vas a dejar!”. Mientras decía esto, clavó con fuerza el sacacorchos en el cuello de su esposa cortando de lado a lado minuciosamente hasta conseguir degollarla.
Unas gotas de sangre se derramaron sobre el dibujo en el que Beatriz aparecía desnuda. Sus manos dejaron caer el papel mientras se derrumbaba sobre la alfombra que había junto a la cama. Fue la víctima 43 por violencia de género de ese año.
Madrid, 1 de diciembre de 2023
Estrella del Mar Carrillo Blanco
lunes, 17 de abril de 2023
CARMELA
Corría el año 1982 y Felipe González acababa de ganar las elecciones por una mayoría absoluta abrumadora. Este hecho a Carmela le daba igual porque lo que le preocupaba realmente era su hija con una semana escasa de vida y su padre, paralítico, que en esos momentos regurgitaba las sopas de pan con leche tomadas para el desayuno.
-¡Padre, levante la barbilla que le limpio y le quito el babero!.
La chica conducía las tareas con diligencia. Al fin y al cabo no le quedaba otra: desde que su novio el Tato la dijo que no quería saber nada del embarazo y su situación en la casa era de escasez, Carmela se había buscado la vida a lo largo de los nueve meses contando únicamente con la ayuda de tres amigos, dos compañeras del colegio y un antiguo colega que se dedicaba al trapicheo de hachis y lo que se le pusiera por delante.
Todavía recordaba la vez en que aquellos dos pijos universitarios se presentaron en su casa acompañados de una antigua conocida para pedirle que les vendiera algo de costo. El Rai, avezado en esas lides, les ofreció una mercancía buena pero en una cantidad irrisoria, lo que a Carmela le produjo algo de vergüenza y posteriormente le dijo a la comadre que sus amigos habían sido engañados. No transcendió el asunto, pero la chica se preguntaba qué habrían pensado aquellos niñatos del negocio que habían hecho: “-¡Pobres chavales! Tan modositos y puestos en limpio, con esa cara de no haber roto nunca un plato. ¿Qué esperaban sentir fumándose la poca mierda que les vendió el Rai? Seguramente ellos se dieron cuenta, pero se cortaron con decir nada por lo novatos que eran”.
Había dado el pecho a su hija y se disponía a salir para hacer la compra, cuando una vecina le comentó que iba a venir el del butano y que si se quedaba a cargo de la niña. Carmela asintió como había hecho otras veces, cuando la necesidad la obligaba a aceptar los favores de cualquiera que estuviera a su alcance. Así que se encaminó al mercado girando y dando revueltas por las casitas bajas de Vallecas, esas casitas que proporcionaban refugio a tantas familias de clase popular y que procuraban el acompañamiento y la solidaridad en los momentos de mayor privación. Cuando cruzó el bulevar, miró con curiosidad por si estaba por allí Luis Pastor, tal y como le había visto en otras ocasiones en un corro de incondicionales. Pero no, en ese instante la avenida estaba desierta y pensó que ella era más de Leño y de Burning, que no le interesaban los mensajes sociales de los cantautores y que bastante tenía con su realidad al desamparo de las circunstancias y con los reveses que te da la vida.
Al regresar, su hija estaba dormida y su padre, con la mano no impedida, colocaba piezas en un puzzle imaginario sobre la mesa del salón que también servía de dormitorio. Carmela se preguntó qué habría sucedido si hubiese seguido estudiando, si no se hubiese quedado embarazada y si a su padre no le hubiese dado un ictus. Porque todo podría haber sido muy distinto, incluso desde años atrás, cuando era pequeña y su madre falleció de cáncer. Tuvo que espabilar desde bien temprano, a pesar de que su progenitor hacía lo que podía y se esforzaba por que las cosas fuesen mejor. Con tesón y buen ánimo consiguió llegar a 1º de BUP, sintiéndose fascinada por su profesor de Lengua y Literatura que la obligó a leer en público una redacción de tema libre que Carmela tituló Observando mi calle. El maestro quiso constatar que había sido el mejor escrito de la clase, lo que a Dori, su amiga y compañera del alma, la llevó a divulgar a los cuatro vientos que ni el mismo Cervantes hubiera sido capaz de semejante composición. Pero no pudo ser: cuando su padre enfermó y se quedó hemipléjico, la chica se vio obligada a trabajar y, ni los consejos ni las buenas palabras de su amado profesor, fueron suficientes para hacerla desistir de que no abandonase los estudios. Así las cosas, el Rai acudió en su auxilio. Ayudó a Carmela a montar un pequeño puesto en las inmediaciones de El Rastro vendiendo objetos de artesanía que ella misma fabricaba. Con la exigua pensión de su padre y lo que sacaba del mercadillo iban tirando mientras el Rai, de vez en cuando, les hacía llegar algún alimento de capricho o algún utensilio que les hiciera falta. El Rai.
Desde hacía tiempo, Carmela sabía que estaba enamorado de ella y que no le podía corresponder porque sólo le veía como un gran amigo, el mejor. Pero él no desistía y, en las situaciones más difíciles, se hacía valer con su presencia por más que la muchacha ahuyentase todas sus esperanzas. Fue por esa época cuando apareció el Tato, con su planta achulada como sacada de una estampa para anuncio de colonias, con su facilidad para embaucar, con sus ojos verdes que evocaban la vieja copla. En cuanto le vio, Carmela se volvió loca. Y mira que Dori le advirtió que ese tipo no era de fiar, que no le habían hablado nada bien de él, que era un chaval al que le gustaba ir con unas y con otras, que era un Casanova (decía Dori enfatizando lo de Casanova tal y como había aprendido en una fotonovela por fascículos). De nada sirvieron todos los avisos y consejos, porque Carmela cayó rendida ante los pies del encantador, lo que a Rai le sumió en cierta depresión y anduvo algunos meses alejado de la pareja.
Cuando supo que estaba embarazada corrió a decírselo al novio, contenta, alegre, inundada de una confianza propia de una colegiala. Pero el Tato rechazó la paternidad aventurando incluso que el chiquillo podía ser del Rai. ¡Maldito miserable! Como si ella tuviese relación con todo aquel que se le acercase, como si fuese una chica facilona y con los cascos ligeros. Durante los meses de preñez, sólo tuvo náuseas un día en el que volvían de El Rastro y tuvieron que apresurarse porque empezó a llover. Al llegar a casa, Carmela se vio vomitando y con un gran malestar, lo que llevó a Rai a avisar a un médico. Éste les recomendó que la muchacha mantuviera algo de reposo y no hiciera grandes esfuerzos en lo que quedaba de embarazo. Así lo hizo: cuidaba de su padre y confeccionaba las figurillas que después su amigo dedicaba a la venta. Hasta que llegó el día del parto. Después de comer y sin darse cuenta empezó a soltar agua como si se orinase, lo que le ocasionó un miedo inusual. Todavía faltaban dos semanas según los cálculos del ginecólogo y pensó que algo iba mal. Llamó a la vecina y el marido de ésta se ofreció para llevarla al hospital. Carmela quiso que el Rai estuviera presente pidiendo que le avisaran. Ya en la planta de obstetricia, los especialistas determinaron que había que realizar una inducción porque la bolsa se había roto demasiado pronto y el bebé no podía estar sin el líquido amniótico. Fueron 12 largas horas durante las cuales se produjo la dilatación. Carmela sentía las contracciones uterinas cada vez con más frecuencia y a veces creía que se iba a desmayar. El Rai estaba ahí. Le habían preguntado si era el padre y al responder que no quisieron cerrarle el paso, pero su poder de persuasión pudo con los remilgos de las enfermeras. Ayudaba a su amiga a soplar y respirar cuando el dolor se hacía insoportable, y le cogía la mano libre del vial animándola a esforzarse. Hasta que por fin la pasaron a la sala de alumbramientos. Tras la episiotomia, la matrona indicó a Carmela que tomase aire y empujase. Fue rápido. De repente ella notó que algo empezaba a salir de su interior, siendo azuzada por la mujer que la indicaba que ahora no dejase de empujar porque el bebé se podía axfisiar. Y de repente escuchó un cachete y un ¡Ya está! Has tenido una niña preciosa. ¿Tiene todos los dedos?, preguntó ella extenuada. ¡Todos! Está perfecta.
El Rai no cabía en sí de gozo. Cuando le dejaron pasar a la habitación donde reposaba su amiga con la lactante, se puso a hablar de los planes que harían a partir de ese momento. Lo afortunada que era esa criatura por haber nacido en esa época. Empezó a narrar las promesas que habían hecho los socialistas en su campaña. POR EL CAMBIO, decía la propaganda que habían utilizado para la tarea electoral. Felipe González había asegurado 800.000 puestos de trabajo en los próximos cuatro años, una renovación de la Seguridad Social y una Ley Básica de Empleo. Los tiempos de la dictadura y la transición estaban quedando atrás. Había que confiar en el futuro, ya nada volvería a ser como antes. Se rumoreaba incluso que a los que vivían en casitas bajas les darían casas mejores si estaban empadronados. El padre de Carmela podría tener mejor asistencia gracias a leyes que atenderían a su situación. La niña viviría en un mundo mejor. Eran las promesas de los socialistas. Eran las promesas del Rai.
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
17 DE ABRIL DE 2023
domingo, 26 de febrero de 2023
KENYA
El color de su piel lo decía todo. Y su nombre.
Bajaba por la Cuesta de San Vicente hacia Príncipe Pío para reunirse con un colega que la entregaría mercancía a precio de saldo y, después, poder venderla expuesta en una manta por las calles del foro. Todavía sentía miedo cuando recordaba aquel episodio en el que una patrulla de policía arremetió contra ella en las cercanías de Atocha, atropellando todas sus gafas de imitación y dejando a Kenya entre la delantera del coche y la pared. El oficial se había enfrentado al público echándose la mano al cinto y amenazando a todo aquel que se atreviera a protestar, hasta que al fin detuvieron a la chica y le incautaron lo que quedaba del género. Por eso, ahora andaba más prudente, cuidando mucho con quién hacía negocios y fijándose bien en qué calles practicar la venta. Entre los oficios que había ejercido desde que llegó siempre descartaba la prostitución, haría lo imposible por no tener que recurrir a ese extremo y había sido capaz de mendigar con tal de evitar vender su cuerpo.
Ahora, mientras descendía con su carrito dispuesta a buscarse otra vez la vida, musitaba una salmodia que la servía de catarsis frente a los infortunios que sufría.
“Señor, perdóname por ser negra. Señor, ayúdame en tu infinita bondad. El mar, las olas, la inmensidad del mar. El agua entrando en la lancha, moja nuestros pies con el vaivén. Señor, no dejes que me entregue a los hombres. Mendigar. Pedir. Salir a la calle por las mañanas, sin nada, sin haber comido nada. El ugali. El matoke. Nyama choma. La curva de Nairobi. El león que escapa de la reserva. La pobreza. El frío en las aceras. Las casas donde limpio y la mierda que le quito a las señoras. No quieren mi color, las señoras no quieren mi color. El frío en la ciudad. El frío en la chabola. Baridi. Swahili. Hambre en la mañana. Una cuchilla en la noche. Señor, perdóname por ser mujer. No quiero que ningún hombre se tumbe conmigo en el jergón. Miedo. Soledad. Desamparo. Señor, perdóname por ser negra, apiádate de mí, tu sierva. En la playa, los hombres de uniforme nos mandan ir deprisa, ponernos en fila deprisa. Los hombres de rojo nos dan algo de abrigo. Las preguntas, la documentación. No contestar, no responder porque te devuelven a la patria. El mar, inmenso, los vaivenes de las olas. Los hombres de rojo ayudan a una mujer con su hijo. Nos llevan bajo una lona. Y después, los papeles.”
La vida de Kenya había sido difícil desde los primeros años de su infancia. La segunda entre siete hermanos, se ocupaba de los más pequeños haciendo recados a los vecinos por los que recibía una miseria. Después, tras un breve espacio de tiempo en el que asistió a la escuela, sus padres la colocaron en casa de un matrimonio amigo para que se ocupase de las tareas domésticas. Cuando la niña hacía algo que a la dueña no agradaba ésta le atizaba con un cinto de cuero que dejaba gruesos verdugones sobre su piel de ébano. Pero lo peor llegó cuando cumplió 10 años.
Una noche, su madre le dijo que la acompañase a casa de unas amigas. `Una vez allí, cuatro mujeres más la condujeron a una habitación donde había un camastro, sucio y desvencijado y, la más vieja, desnudó a Kenya por completo tumbándola boca arriba. Otra de ellas rodeó fuertemente el pecho con los brazos, mientras las demás obligaban a la niña a mantener los muslos separados. En ese momento, su pubis quedó totalmente abierto y la anciana, con una cuchilla de afeitar, le extirpó el clítoris. A continuación, la misma mujer practicó un corte a lo largo del labio menor y luego eliminó la carne del labio mayor. Hizo lo mismo con el otro lado de la vulva. Kenya se retorcía de dolor y casi no podía gritar porque también la sujetaban de la mandíbula, mientras la sangre, que manaba a borbotones, era limpiada por las mujeres a la vez que introducían sus dedos para comprobar que el trabajo estaba bien hecho. Luego, la vieja aplicó una pasta y cosió los labios mayores asegurándose de que quedaba un orificio tanto para la sangre menstrual como para la orina. Después, con el fin de que el cierre de los labios se hiciera efectivo, ataron a Kenya desde la cadera hasta los pies´(*). Días después tuvo intensas fiebres que la dejaron al borde de la muerte. Su madre le dijo que había sido por su bien, para que se purificase y los hombres no la despreciasen; la infección era un contratiempo que había que sufrir con valentía. No le ocurriría nada si ella tenía confianza en Dios. Pero, desde ese momento, Kenya se prometió marcharse de su país en cuanto pudiera y empezar una nueva vida. Así, con el correr del tiempo, la chica fue ahorrando un dinero con el que podría salir del lugar que consideraba una prisión.
Seis años tardó en cruzar media África hasta llegar al Estrecho. En ese deambular procuraba siempre juntarse con otras mujeres a pesar de la desazón que la provocaban por lo que le habían hecho. Pero más prevención la procuraban los hombres: en esos años sufrió dos violaciones y otros tres intentos por parte de los miembros de las mafias, los cuales pedían más dinero por conducir a las pobres migrantes a lo que ellas consideraban el paraíso. Cuando las muchachas no podían satisfacer esas exigencias, eran violadas o maltratadas. A Kenya le causaron mucho dolor físico y psicológico las vejaciones a las que fue sometida y se juró no dormir jamás con ningún varón; por eso huía en cuanto notaba alguna mala intención por parte de los hombres que la rodeaban. En esa situación y encontrándose en extrema pobreza en Libya, confraternizó con otra muchacha llamada Ebele. Las dos mantenían la esperanza en un nuevo futuro, a pesar de que el presente lo dedicaban a mendigar por las calles, pero esperaban con anhelo el día en el que poder zarpar hacia la hermosa Europa.
Y llegó el momento de hacerse a la mar. Mil doscientos euros habían pagado a los miembros de las mafias por poder embarcar en una patera. Cuando se prepararon para subir, las dos amigas fueron separadas y cada una fue dispuesta en una lancha distinta. Uno de los hombres preguntó que quién sabía entender un GPS, a lo que respondió algún migrante que se hizo con el preciado aparato dispuesto a navegar por las aguas algo picadas en la mañana. Kenya se colocó junto a una mujer con un niño entre sus brazos; sabía que la travesía podía ser peligrosa, así que procuró asirse a los agarraderos que tenía a su alcance. Cuarenta personas iban apiñadas en lo que había de ser su vehículo de salvación, y sólo llevaban encima un chaleco salvavidas y una pequeña garrafa de agua potable. El mar, en su inmensidad, les abrazaba como madrastra fiera y cruel.
Llevaban varias horas bogando y el sol ya estaba en lo alto, cuando la barcaza de Ebele empezó a desviarse del rumbo. Gritaron para que volviesen, Kenya llamó a su amiga con desesperación y todos agitaban los brazos en señal de auxilio, pero la patera se fue perdiendo en el horizonte. Exhaustos y abrasados por el calor, no querían hacer uso de las botellas de agua por miedo a que el viaje se alargase en el tiempo y, ante el temor, se pusieron a rezar. Dos días tardaron en llegar a tierra, siendo recogidos por una ONG dedicada a ayudar a los inmigrantes que se aventuraban en aquel duro desplazamiento. Ya en la costa, los servicios de la Guardia Civil y la Cruz Roja se hicieron cargo de aquellos hombres, mujeres y niños extenuados y agotados por lo penoso del trayecto. Kenya nunca más volvió a saber de Ebele.
Tras pasar por varios centros de acogida y múltiples peripecias, la joven se ubicó en Madrid en el poblado chabolista de la Cañada Real, debido a que un grupo de colegas le habían hecho un hueco en una de las casuchas que sin luz y sin agua corriente servían de vivienda a cientos de desarraigados que se asentaban en la capital. Así, malvivían haciendo frente a las inclemencias del tiempo y sorteando la legalidad en busca del sustento de cada día. Kenya procuraba mantener su dignidad huyendo de situaciones comprometidas y ahora, mientras descendía por la cuesta, se concentraba en el sermoneo que utilizaba para liberarse de las experiencias pasadas:
“Señor, apíadate de mi, esta tu sierva. No dejes que caiga en tentaciones pecadoras contra Tu ley. Ayúdame a ser buena, a no defraudar tu confianza. Los hombres me observan y quieren que caiga en sus redes, pero yo no les dejo. Ayúdame a ser pura y perdóname por ser negra, por tener un color contrario a las buenas acciones, por no ser como Tú, Señor mío. Ebele se marchó y me dejó sola en este triste camino de perdición y dificultades. Ebele se fue lejos. Los niños tosen en las chabolas. Hace frío. La gente blanca nos desprecia y no se ocupan de nosotros. Solo nos quieren como mulas de carga, como animales. Señor, ayúdame a encontrar la senda correcta, a encontrar en este día el pan que nos alimente, a encontrar trabajo y paz. Ampáranos en tu misericordia, en tu infinita bondad. No dejes que tenga malos pensamientos, no dejes que me desvíe de tus designios, apíadate de mí, Señor. Amén.”
(*) Recreación de un texto aparecido en El Mundo, 7 de marzo de 1995, a partir de un informe de Amnistía Internacional.
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
26 DE FEBRERO DE 2023
sábado, 28 de enero de 2023
VANE Y JESSY
Las dos chicas acababan de salir del instituto. Ambas iban mirando el móvil mientras cargaban a su espalda una pesada mochila. Sorteaban los charcos que se habían originado por la lluvia de la mañana y, de vez en cuando, reían a carcajadas con las imágenes que aparecían en los smartphones de cada una. A Jessica le hacían mucha gracia las muecas que sus compañeros de clase mostraban en las fotos porque, según decía ella, les asemejaban a los animales mitológicos de Harry Potter, y Vanessa se sentía feliz con los comentarios de su amiga.
Habían hecho un examen de matemáticas a lo largo del día y, como siempre, a Jessy le había salido bien; no así a Vanessa. Las dos asignaturas que arrastraba desde 3º de la E.S.O. le hacían sentirse inferior y manifestar una vergüenza que le impedía relacionarse con su amiga de manera natural y normalizada. Su admiración por la compañera la llevaba al extremo de escribir pequeños poemas en los que reflejaba el entusiasmo que le causaban todos los asuntos que tuvieran que ver con Jessica, y Vane (que así la llamaban los que la conocían) guardaba esos escritos con íntimo fervor. Cada ocurrencia, cada acontecimiento, cada suceso eran para Vanessa objeto de estrechamiento, de conexión, de correspondencia con su querida Jessy, y eso, le hacía olvidar sus fracasos y sus particulares miserias.
JESSICA: “-¿Te vienes a mi casa para hacer los deberes?”
VANESSA: “-No puedo, tía. Tengo que cuidar de mi hermano, que mi madre se va a trabajar”.
JESSICA: “-Pues si quieres voy contigo y hacemos juntas el trabajo de filo”.
VANESSA: “-Vale, porque yo no entiendo muy bien qué es lo que hay que hacer”.
Las dos niñas se dirigieron a la casa mientras Jessy pasaba su brazo por los hombros de Vanessa. Así, juntas, afianzaban su amistad frente a los contratiempos que pudieran presentarse.
“-¿Eres tú, Vanessa? Llegas a tiempo para cuidar a tu hermano. ¿No vienes sola?”-, preguntó la madre cuando aparecieron.
VANESSA: “-Sí, mamá. Vengo con la Jessy, que vamos a hacer juntas los deberes”.
MADRE: “-Bueno, pero no dejéis de merendar”.
Las chicas rebuscaron en la nevera y se prepararon unas pizzas, también para el hermano de Vane. Después, se fueron al salón y vaciaron sus mochilas con el fin de ponerse a trabajar.
JESSICA: “-¿Te has enterado de lo de Alex?”
VANESSA: “-No, ¿qué?”
JESSICA: “-Que sale con otra chica. Una de Las Mercedarias, una pija que ya ha estado con varios tíos”.
VANESSA: “-¿Y a ti qué?”
JESSICA: “-Pues que a mí me gusta mucho ese niño y me pone de los nervios que vaya con unas y con otras”.
VANESSA: “-Pero si cuando estuviste tonteando con él decías que era un simple”.
JESSICA: “-Ya, bueno, pero eso lo decía para tenerle más pendiente de mí. A ti te lo puedo contar porque eres mi amiga, pero cuando yo era su novia me puso los cuernos con la Juani y eso no lo podía aguantar. Y subieron las fotos a Instagram”.
VANESSA: “-Yo creo que es mejor que pases de ese tío, no merece la pena preocuparse por tipos como ese”.
A Vanessa no le gustaba que Jessy le refiriera sus asuntos amorosos, notaba que algo se le retorcía en el estómago y, por momentos, la náusea le obligaría a vomitar. Desde que sus padres se separaron, tuvo la impresión de que algo se le rompía por dentro provocando en ella un sentimiento de desamparo difícil de mitigar; sólo la compañía de su amiga era capaz de aliviar la desazón que la embargaba. Por eso no le gustaba que le hablasen de temas del corazón, porque pensaba que detrás de todos ellos existía un cúmulo de mentiras y traición; y si no lo pensaba, sí al menos lo intuía. En su dificultad para concretar con palabras todas sus emociones, prefería quedar callada observando lo que los demás hacían y se atrevían a proferir. Con todo, lo que más le alegraba y calmaba su inquietud era acechar los gestos de Jessica, sus movimientos, su semblanza. Se quedaba embobada con la línea que se dibujaba en sus ojos cuando ésta sonreía y con lo inteligente que era resolviendo todas las situaciones, y con su cuerpo de atleta curtido por el sol y por la natación. Vanessa no se atrevía a confesárselo a sí misma, pero en el fondo de su alma sentía que la amaba.
En realidad, no recordaba haber estado enamorada nunca de ningún chico, únicamente en primaria tuvo un amigo con el que compartía los juegos y se llevaban bien en clase, pero de ahí a que la gustara y sintiera algo por él había un abismo. Sí que la llamaba la atención una niña que se llamaba Juliana, la cual tenía ademanes hombrunos y enfrentadas en el balón prisionero siempre ganaba ella. Los compañeros murmuraban: “-¡Si es que es un chicazo, si es que es un chicazo!”, lo que a Vanessa le ocasionaba franca tristeza no pudiendo evitar que la invadiera cierta ternura hacia la compañera. Con el correr de los años y ya instalada en el instituto, tuvo miedo a ser rechazada debido a su timidez pero fue cuando apareció Jessica, desenvuelta, airosa, despabilada, se sentó junto a Vane desde el inicio del curso y a partir de ahí sellaron los lazos que las hermanaban.
Pero no podía soportar los devaneos que Jessy tenía con los jóvenes de su edad; al ser más lista que muchos de ellos se envanecía y se burlaba sin piedad de sus debilidades, lo que la convertía en una especie de `devorahombres´ inconsciente que hacía presagiar una adolescencia perturbadora. Vanessa sufría estos galanteos sin pronunciar palabra, sollozando por las noches y dejando huella en los pequeños poemas que dedicaba a su amiga. Hasta que llegó Alex. Realmente el chico hizo mella en la osadía de Jessy, la cual se dejó vencer por los encantos que el chaval exhibía y, poco a poco, y debido a los coqueteos que éste mostraba sin pudor hizo que la muchacha cayera rendida a sus pies. Y ahora venía la cantinela continua: que si me ha puesto los cuernos, que si no me hace caso, que si es un golfo, que si va con otras y a mí me hace de menos, era lo que escuchaba Vane en boca de su compañera observando que ésta había perdido cierta mordiente y cierta gracia. Sin embargo, su amor se acrecentaba al verla padecer aquel tormento que ella no había buscado. Quería consolarla, calmar su dolor, amortiguar su pena. Sentía que estaba allí para algo, pero no sabía hacérselo entender. Sus limitaciones convertían a Vanessa en un ser sin recursos para lo que más adoraba, en una chica tonta que sólo sabía mirar y callar, en una burla de sí misma.
Cansada por la rutina del día y no sabiendo qué contestar ante las declaraciones de su amiga, dejó que finalmente ésta le explicase el trabajo de filosofía del que no entendía qué era lo que debían hacer.
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
28 DE ENERO DE 2023
miércoles, 4 de enero de 2023
ISABEL
Siendo pequeña y no habiendo llegado aún la guerra, su madre salía en un coche de caballos dando la vuelta al ruedo en la plaza de las Ventas. Ella lo veía desde las gradas acompañada de su tío y de sus hermanos. Estaba acostumbrada a esos acontecimientos grandilocuentes porque su abuelo era un importante empresario de la almoneda, dentro del intrincado escenario del Madrid de la República, e Isabel, todavía muy niña y dócil, disfrutaba con aquellas fiestas en las que cantaba y bailaba sin ton ni son y hacía reír las gracias que provocaba con su inocencia. Su situación en la familia, la menor y al cuidado de otros tres hermanos, la inclinaba a sentir una alegría desbordada, siempre contenta sin ser consciente de la realidad, observando el lado más jovial en cada sucedido, divirtiendo continuamente con sus ocurrencias.
“¡Isabel! ¡Isabelita!¡Isa!”, gritaba su madre a la hora de la merienda, y ella subía corriendo al olor del pan con sardinillas que repartía generosamente con sus amigos de juegos. Ya durante la guerra, sus padres la llevaron a vivir con una mujer cuya vivienda se encontraba en una zona más protegida de los bombardeos, mientras sus hermanos se alistaban en el ejército popular exceptuando el más pequeño, al que su padre sacó del tren cuando se disponía a marchar con el resto de milicianos. Isabelita los echaba de menos y tenía que hacer un esfuerzo por sacar su sentido del humor a relucir, pero no se desanimaba y jugaba solitariamente con las pocas muñecas que le habían dejado llevarse. La relación con la señora era cordial y ayudaba, en la medida de sus posibilidades y a pesar de su edad, en las tareas del hogar. Con todo, el breve tiempo que había pasado en la escuela le ayudó a resolver sencillas cuentas y a leer libros fáciles que la entretenían en las tardes llenas de temor por las incursiones del frente nacional; mientras la radio retransmitía los movimientos republicanos, ella se distraía mirando las viñetas del Pulgarcito y ojeando los cuentos de Celia, lo que le permitía fantasear con un mundo irreal y olvidar los sinsabores de su existencia.
Después de pasar un tiempo en el campo de concentración de Argelés-Sur-Mer, sus hermanos mayores volvieron a reunirse con la familia y ya, todos juntos, afrontaron la posguerra no sin cierta desazón, puesto que la contienda había hecho mella en la fortuna que el abuelo había amasado gracias a las antigüedades. A pesar de todo, la madre de Isabelita seguía despilfarrando, y un día sí y otro también solía pedir los cocidos de Casa Lhardy y los almuerzos de Viena Capellanes, lo que llevó la economía parental al borde de la quiebra . La niña, sin embargo, era feliz, interpretando obras de teatro con su amiga Luisita en las que se disfrazaban y hacían gala de su imaginación ofreciendo actuaciones para goce de los más cercanos.
Transformada en una joven muy atractiva, los amigos y conocidos decían que se parecía a la actriz Carole Lombard. Así, cuando cumplió 20 años, Isabel ennovió con un apuesto auditor de una conocida firma de baterías y juntos decidieron enfrentarse a lo que les deparase el destino. Convertidos en marido y mujer, tuvieron que marchar a la ciudad de Córdoba ya que a él le trasladaron por motivos de la empresa y, allí, al poco tiempo, tuvieron un hijo. Isabelita cuidaba del niño y de su madre, la cual hacía poco que había enviudado, y entablaba buenas migas con las vecinas de la barriada andaluza. Ocurrió que un buen día, una de estas residentes, con varios hijos y estando embarazada, entró en situación de parto y tuvo un aborto. La mujer, ignorante, entregó el feto a los niños para que jugasen con él. Cuando Isabel y su madre entraron en la casa, se encontraron a la vecina en la cama con las sábanas ensangrentadas y a los churumbeles bañando en un barreño, como si de un muñeco se tratase, al engendro que su progenitora había extraído de sus entrañas.
“-¡Si es que son muy brutos, si es que son muy brutos!-exclamó Isabelita. “-Con decirte que el marido arranca el coche con el embrague echado”-todo esto mientras ayudaba a la mujer a levantarse y su madre llamaba a una ambulancia.
Andando el tiempo, los esposos, la suegra y el hijo regresaron a Madrid en busca de una mejora económica que no llegaba. La demediada fortuna del abuelo había quedado mal repartida entre sus herederos y, la madre de Isabel, sólo recibió unos mantones de los tiempos gloriosos y unas pocas joyas que acabó malvendiendo con el fin de seguir consumiendo los manjares a los que estaba acostumbrada. A menudo, pedía a su hija manitas de cerdo y los entresijos y gallinejas que las freidurías madrileñas ponían al servicio de sus paisanos y, eso, junto con otros caprichos que demandaba ponía a Isabelita en una situación financiera muy comprometida. El nieto, dotado de un acerado humor, gastaba bromas a su abuela acerca de su glotonería, lo que provocaba las risas de sus padres, pero la anciana, no entendiendo el sentido de estas fantasías, murmuraba con hosco gesto: “-A este chico debéis llevarle a observación.”
Con los años y ya fallecida su madre, Isabel mantenía su jovialidad y gustaba de poner motes a los famosos de las revistas o a los conocidos que provocaban su hilaridad. Sin ir más lejos, al hijo de una folklórica famosa le llamaba “El coquito de la lenteja” y a Paquito, el marido de la portera, le apodaba “Cabezón de la sal” por el gran promontorio que cargaba sobre sus hombros. Cuando se juntaba con su cuñada, entre las dos sacaban punta a todos los acontecimientos del día y a los eventos de la alta sociedad, tal era su capacidad de burla que no paraban en mientes ante todas las ocurrencias que se les presentaban de continuo. Y el niño de Isabel no le iba a la zaga: ya de mayorcito le sacaban parecido con el cantante Manolo García, y él hacía gala de una fina ironía comentando que debía haber cotizado a lo largo de su vida en la modalidad de artista.
Sucedió que el joven se emparejó con una compañera de trabajo con la que tuvo un hijo, pero ella era lo bastante severa y egoísta como para no empatizar con su suegra. No obstante, la alegría del nieto colmó los deseos que pudieran tener los abuelos acerca de este asunto y volcaron todo su amor en aquel regalo que les había llegado con la vejez.
Cuando el Alzheimer hizo presa en la mente de Isabel, su familia la trasladó a una residencia de bajo presupuesto puesto que era lo único que se podían permitir. Allí falleció afectada por un virus convertido en pandemia mundial y por la nefasta gestión de unas autoridades autonómicas encargadas de la residencias de mayores. Murió sola, sin el calor de una mano amiga, sin la caricia de una voz, sin la viveza de una sonrisa, sin el ánimo ante el desaliento. Murió como nadie debe morir, porque nadie se merece marchar sin el soplo de un ser querido.
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
4 DE ENERO DE 2023
domingo, 4 de diciembre de 2022
CARLOTA
En la profesión, Carlota se hacía llamar Michelle. De pequeña, había escuchado la canción de The Beatles y se prometió que algún día utilizaría ese nombre. Ahora, en un breve receso del trabajo, paseaba por los canales de Ámsterdam recordando las razones y circunstancias que la habían llevado allí.
Aún tenía muy presente cuando, siendo todavía una niña, vivía con repugnancia las caricias de su padre sobre sus tersos muslos mientras éste mostraba una avidez perturbadora; y su madre, no siempre dispuesta a atender los comentarios que la chica revelaba, le decía que eran simples muestras de cariño y que no contrariase los deseos de ese hombre que, al fin y al cabo, se ocupaba de ellas.
Pero no, no se ocupaba de ellas. Las utilizaba para que limpiasen casas que él mismo les buscaba, mientras se pasaba la mañana bebiendo en la taberna. En un principio y por la edad, Carlota preparaba la comida de su madre y se la llevaba todavía caliente. Pero al cumplir los 14, empezó a fregar escaleras en edificios estrechos y con olor a garbanzos en remojo. Edificios en los que no entraba el sol y donde algunas mujeres se aposentaban en los portales exhibiendo impúdicamente sus carnes ceñidas con ropas muy llamativas. En uno de esos inmuebles, vivía un joven que hacía ademán de cierta cortesía y mostraba una instrucción no muy acorde con el vecindario que se gastaba en aquellos lugares. Carlota le veía pasar mientras la saludaba educadamente. Ella se sentía halagada y, secretamente, iba cogiéndole querencia deseando la hora en la que salía o entraba de la casa. Un buen día, él se atrevió a preguntarle la edad que tenía y si no debería estar en el colegio, a lo que Carlota respondió que trabajaba por un sueldo con el que ayudar a sus padres. No hubo nada más, no cruzaron más palabras pero, desde ese instante, sintió que alguien se preocupaba por ella. Tanto es así que, un buen día, encontró en el cuarto de la limpieza un pequeño transistor y unos cuadernos de caligrafía y de sencillas cuentas. Carlota se aplicó a ellos y escuchó, por primera vez en la radio, la canción de Michelle y otras muchas que le animaron a seguir adelante.
Sin embargo, su vida no estaba destinada a caminos halagüeños. Una tarde en la que todavía estaba con la faena de las escaleras, corrieron a avisarle de que su madre había sufrido una caída en plena calle y estaba en el hospital. Cuando llegó, ya estaba muerta. Había sufrido un colapso cardiovascular que la condujo a un desenlace fulminante. Carlota se ocupó de todo, ya que su padre aceptó la situación con un encogimiento de hombros. Las pocas personas que asistieron al funeral dieron sus condolencias de manera fría y formal y Carlota, con un llanto contenido, sintió que algo se le rompía por dentro. Aquella misma noche, después del entierro, se acostó pensando que su vida ya no tenía sentido y que debía espabilar en un mundo que le era adverso. Pero sus desgracias no habían finalizado. Su padre, borracho y desatado, llegó a la casa dispuesto a arrasar con todo y, sin mediar ningún trato, se le metió en la cama. Entre muestras de cariño y muestras de cariño, abusó de Carlota.
Así, deshonrada y ultrajada, sintió una infinita vergüenza y juró a su padre que nunca se lo perdonaría, lo que no impidió que él la vendiera a una madama de alguna de las escaleras en las que ejercía como fregona. La realidad entonces se hizo más insoportable. Por la vida de Carlota fueron pasando hombres de todo género y toda condición, la mayoría viejos, babosos, repugnantes, repulsivos; hombres que la obligaban a todo tipo de prácticas sexuales y dejaban su dignidad conculcada y aplastada. Empezó a beber y a tomar drogas con el fIn de sobrellevar su existencia y, en algunas ocasiones, pensó en quitarse de en medio.
Hasta que apareció un “guardián protector”. El llamado “chulo” que le tocó en suerte le hizo abrir los ojos en cuanto a sus valores como carnaza erótica. Ella era guapa y tenía muy buen tipo, por lo que no era de recibo desperdiciarse en burdeles de tres al cuarto. El “rufián” le empezó a hablar de la prostitución en Ámsterdam, que era legal y eso conllevaba unos derechos asegurados, como los controles sanitarios y la posibilidad de pedir ayuda policial si la necesitaba. Que podía alquilar una vitrina y realizar sólo aquellas prácticas que libremente eligiese, que tenía la potestad de permanecer al amparo de un “padrino” como él y que, obviamente, como en todo trabajo regulado, debía pagar impuestos. Carlota pensó que era una oportunidad para dar un giro a su vida, que seguiría trabajando en lo mismo pero, al menos, podía ser más dueña de sus actos. Hizo acopio, por tanto, de los ahorros que tenía y con su “amigo” marcharon a la capital de los Países Bajos. Una vez instalados en el Barrio Rojo, buscaron la manera de legalizar su situación.
Ahora, mientras Carlota (o Michelle, que así le gustaba que la llamasen) paseaba por los canales y hacía acopio de todas sus experiencias, se preguntaba qué habría sido de ella si otra infancia, otros orígenes más propicios, le hubieran sido dados. Si la objetividad de los hechos no hubieran sido tan malsanos y enfermizos, quizá no estaría allí, quizá sólo la historia se hubiese escrito de otra manera.
Recordó entonces que debía prepararse para el turno de las 20 horas, que debía ponerse sus pestañas postizas y elegir una peluca (no, esa no, la pelirroja) para estar en el escaparate y hacer pasar a sus clientes. Es posible que la historia ya se estuviese escribiendo de otra manera. Es posible que aquellos a los que levemente había importado, no hubiesen estado ahí de forma inútil. Es posible que Carlota, al menos en algunas coyunturas, tomase por primera vez sus propias riendas sin pedir permiso a nadie.
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
4 DE DICIEMBRE DE 2022
viernes, 25 de noviembre de 2022
MERCHE Y LOLA
Acababan de salir del cine y se dirigieron a un café cercano. Una vez allí, pidieron un completo con churros y croissant.
MERCHE: “¿Qué te ha parecido la película?”
LOLA: “Pues me ha gustado, pero el que más Viggo Mortensen, ¡qué tío! ¡siempre está bien!”
MERCHE: “¿Que si está bien? ¡Está para comérselo!”
LOLA: “¿Y la temática?¿Qué piensas?”
MERCHE: “Pues me ha recordado aquello que decía mamá: `La instrucción, en el colegio; la educación, en casa´. Es como lo que siempre hemos vivido con nuestros padres, educadas en la más absoluta libertad, lejos de los convencionalismos y los prejuicios del sistema.”
LOLA: “Ya, pero en la película no parece que den libertad a los chicos para ir a la escuela. Tanto la madre como el padre les entrenan en plena naturaleza para que sean autosuficientes y vivan de forma crítica...”
MERCHE: “Sí, sí, guiándoles sin tecnología y con un ideario de extrema izquierda”-interrumpió. “Es una postura socioanarquista que pretende acabar con la escolarización obligatoria.”
LOLA: “Bueno, ¿y no estás a favor?”
MERCHE: “En parte, sí. Pero, ¿recuerdas a Micaela? Pues su hija no quería ir al instituto y terminaron por quitarle la custodia, teniendo que pagar la consiguiente multa. Consecuencias de la escolarización obligatoria.”
LOLA: “Claro, se considera un logro de las sociedades democráticas porque se salvaguardan los derechos de la infancia, favorece el desarrollo de los niños y niñas, prepara para la inserción en el mundo laboral, promueve la igualdad de oportunidades, ayuda a la socialización de los chavales...pero...”
MERCHE: “¿Pero...?”
LOLA: “Pues volviendo a la película, si observamos los principios rousseaunianos, el hombre es bueno en la naturaleza y sería la sociedad (en especial la sociedad consumista y capitalista) la que lo corrompe.”
MERCHE: “Recuerda que es el hijo mayor el que se queja de esa educación, que los deja al margen del mundo real. Saben sobrevivir, por la fuerza de sus manos, en un medio hostil; conocen todos los artículos de la Constitución; tienen una vasta cultura en cuanto a lecturas, celebran el Día de Noam Chomsky en lugar de la Navidad; pero ignoran las cuestiones más básicas de la sociedad moderna.”
LOLA: “Bueno, eso es lo que quiere reflejar la película, pero cabría preguntarse si los niños que poseen todos los medios tecnológicos, reciben una instrucción de los colegios y los institutos acordes con esa sociedad moderna de la que hablas, están socializados con otros semejantes de su misma edad; cabría preguntarse, digo, si realmente están preparados para la vida real.”
MERCHE: “En teoría, sí. De hecho se les prepara para que obtengan un título, una certificación, y puedan acceder al mundo laboral, funden una familia y no sean unos delincuentes o unos indigentes.”
LOLA: “Entonces, ¿a qué responde la queja de muchos docentes sobre la desmotivación de sus alumnos, la disrupción que les lleva a hacer de las clases algo insoportable? Y, sí, efectivamente obtienen una certificación que les permite tener un trabajo, pero esos mismos docentes y, quizá, la sociedad se quejan de la excesiva puerilidad de una gran parte de los jóvenes, que se estresan ante cualquier revés y no saben asimilar el fracaso.
MERCHE: “Seguramente por querer hacer de ellos megaciudadanos que, a través de las clases regladas y no regladas, se conviertan en seres competitivos capaces de cualquier salvajada dentro de las junglas de cemento. Pero como esto se hace con extremo mimo y llevándoles entre algodones, pues de ahí la ruptura que se produce en su interior.”
LOLA: “¿Es posible que eso se vea reflejado en Captain Fantastic en la figura de la madre, con trastorno bipolar, que la conduce al suicidio?
MERCHE: “No lo sé, no lo creo. Ellos lo que quieren es dar a sus seis hijos una educación alternativa, lejos de los cauces convencionales. De ahí la no escolarización. Lo de la madre pienso que no tiene nada que ver; ella sufre un trastorno mental, pero la película no deja entrever que esto se deba a un conflicto entre lo que quiere para sus hijos y su propia experiencia personal.”
LOLA: “Eso nos lleva a que lo que hay que distinguir es la escolarización de la educación. Una cosa es estar escolarizados, `estabulizados´ para entendernos, y otra cosa es recibir una educación, que es lo que reclaman para sí algunos padres que no ven con muy buenos ojos la obligación de llevar a sus hijos a la escuela.”
MERCHE: “Ya, pero fíjate, ¿la E.S.O. qué significa? Educación Secundaria Obligatoria, con lo que se pretende una enseñanza integral, que aúne conocimientos, procedimientos y valores. Y que, lejos de desmerecer el aprendizaje que se inculca en casa, complemente los dos ámbitos: el de la enseñanza institucional y el de las familias.”
LOLA: “Vale, vale, pero no termino de ver claro lo de OBLIGATORIA. Los amishs, sin ir más lejos, no llevan a sus hijos al colegio y, sin embargo, éstos reciben una educación muy estricta.”
MERCHE: “Ya, ya sé que estudian todos juntos del primer al octavo grado. Una asamblea de padres selecciona a mujeres jóvenes solteras, que hayan mostrado una fuerte dedicación al estilo de vida Amish y la religión, para que trabajen como profesoras. Todo ello al margen de las escuelas oficiales, poniendo énfasis en la obediencia en términos de toda la comunidad y no del individuo.”
LOLA: “Y en Estados Unidos es legal.”
MERCHE: “Muy bien, pero lo que salvaguarda una educación oficial obligatoria es que los niños y las niñas no puedan ser educados dentro del régimen de cualquier fanatismo religioso, que reciban valores democráticos, igualitarios, solidarios y críticos.”
LOLA: “¿Y qué me dices de la etnia gitana aquí en España?”
MERCHE: “Pues que una de las razones de la Renta Mínima de Inserción es garantizar que los niños y niñas gitanos estén escolarizados y no trabajen en el mercadillo con sus padres o en cualquier otro sitio, lo que podría suponer una explotación de los mismos, un impedimento para que puedan acceder a estudios superiores, y un factor de exclusión social. De paso se pretende favorecer su pleno desarrollo como ciudadanos.”
LOLA: “Especialmente por lo que respecta a las niñas gitanas, las cuales, en gran número, son madres entre los 12 y los 16 años, y eso les lleva a abandonar sus estudios a edad muy temprana.”
MERCHE: Efectivamente. Mira, el sistema tiene sus fisuras y sus contradicciones pero es `garantista´, es decir, asegura unos mínimos en cuanto al derecho a una educación básica, a tener los resortes y recursos para poder ganarse la vida de forma digna y a tener expectativa de futuro. En cualquier caso, aunque haya países donde se permite la educación en casa, aquí en España no es posible, a pesar de que ha habido sentencias que han dictaminado que la obligación de escolarizar tiene un sentido más restringido que la obligación de educar, por lo que la falta de escolarización supone la infracción de un precepto legal, pero no todas las infracciones legales constituyen un delito. En consecuencia, ha habido padres que han sido absueltos por educar a sus hijos al margen de la institución docente.
LOLA: “Eso me lleva a que, quizá, debería ser un derecho de los padres.”
MERCHE: “Quizá...”
LOLA: “Bueno pues, mientras tanto, brindemos, aunque sea con café, por Noam Chomsky.”
MERCHE: “Y por Viggo.”
LOLA: “Eso.”
Seguidamente, pagaron la cuenta, se pusieron los abrigos y salieron del local enlazadas del brazo.
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
25 DE NOVIEMBRE DE 2022
viernes, 18 de noviembre de 2022
AMANDA
“¿Cómo es posible que mi hija no se haya dado cuenta de semejante despropósito? Le dije que tuviera cuidado con ese hombre, que no era de fiar. ¿Pues no le dio confianza para poner un negocio de vinos? Y ella le entregó 3000 euros, para que le arreglase el local de venta y, claro, no se los devolvió. Se quedó con el dinero y no hizo nada. Mira que se lo dije, que siempre te has fiado demasiado de todo el mundo, que has sido una ingenua toda la vida, que tú no sabes nada de ese tipo de negocios. Y ella erre que erre, que sí, que era una oportunidad, que nadie la iba a engañar, que le habían hablado muy bien de esa persona, que todo lo hacía por salir adelante después de su divorcio. Si es que es como su padre, un crédulo, un cándido, un imprudente, un irreflexivo. Son tal para cual. Y yo siempre cuidando de ellos, advirtiéndoles de los peligros, de las malas gentes, del fraude, de la trampa, de la engañifa.
Todavía recuerdo aquella cesión de terreno que hizo él cuando apenas teníamos nada, cuando para arreglar la casa del pueblo le regaló al vecino un trozo de la parcela para que pudiera acceder con el camión. Es que era tonto, así, sin reclamarle ningún coste ni ningún papel, y eso que el terreno era mío de la herencia que me dejó mi madre... Pues se atrevió a hacer y deshacer sin consultar y ahora, ya ves, no tenemos sitio nosotros para meter el coche. De aquellos lodos vienen estos polvos. Y que no pasa nada, que era un acto de generosidad vecinal, que nos convenía por si alguna vez le teníamos que pedir algún favor. ¡Será ingenuo!
¿Y qué decir de ella? No me extraña que la abandonase el marido, si se pasaba gran parte del día con los del partido político ese en el que se metió, si no sabía ni freír un huevo, y ahora dice que el futuro son los vinos. Cabeza de chorlito. Como mis hermanas, a cual más desahogada. Toda la vida preocupándome de sus intereses, de sus deseos, de sus necesidades, pero ninguna me lo agradeció. Cada una va a lo suyo y allá te las entiendas. Cría cuervos. Nunca les ha importado si yo reclamaba algo, si me hacía falta algo, si estaba enferma, nada, yo era la burra de carga de todos, la que tenía que apechugar si había algún problema en la familia, la que les sacase las castañas del fuego. Y como la madre me dejó a mi la casa por ser la mayor y por ser la que más se había ocupado de ella, pues se armó el chocho grande. Que yo la había manipulado, que no tenía derecho, que me había aprovechado de su buena voluntad. Pues ya no me hablan.
Y el pamplinas de mi yerno, que lo único que ha hecho bueno es cortar con mi hija, pero mientras duró bien que quería que le hiciese la comidita y que le planchase los pantalones, y que le escuchase todas las tonterías que se le venían a la cabeza. Me decía: “¡Mamá grande! Preciosa, ¿qué te parece el traje que me he comprado? Voy a ir a la despedida de soltero de Joaquín, que se nos casa, ya iba siendo hora, si no se echaba novia ni con la más fea del barrio, pobrecillo, pero `ha pinchao´ y se nos casa de penalty. A ver si tu hija deja un día de estar con sus amigas y me ayuda a comprarle un regalo. Va a ser un bombazo.”
Pero no tenían que haberlo dejado. Al fin y al cabo él era el único que me hacía reír, el único que se acordaba de mi cumpleaños. ¡Qué pena de hija! No sabe lo que ha perdido, porque tener a alguien que acompañe tu soledad...eso es impagable. Si lo sabré yo que, aunque su padre es un chiquilicuatre, está conmigo y me hace compañía. Los dos se conocían desde pequeños, desde que se hicieron amigos en el parvulario y no había dios que los separase. Jugaban, estudiaban, se divertían, venían a mi a que les diese la merienda, estaban hechos el uno para el otro. Pero al pasar de los años y no tener hijos, eso, eso es lo que más me duele, que no me hayan dado nietos, con lo que disfrutaría ya con la edad que tengo, con la felicidad que hubieran traido unos retoños, ¡qué calamidad! Mi hija se metió en el partidos político ese que no sé qué le da...pues se metió porque conoció a un tipo que la comió la cabeza y le aseguró que podía hacer carrera política, que tenía don de persuasión y podía hacer mucho por su país. ¡Cuántas mentiras! Y poco a poco fue abandonando sus rutinas, sus querencias, a los amigos de siempre y se echó a esas amigas que se llaman feministas, que se creen que sólo ellas se preocupan por las mujeres. ¡Como si yo no me hubiese estado haciendo cargo de todas las que me rodeaban a lo largo de mi vida! Sin hacer halaraca, sin montar pollos, sin manifestarme cuando según ellas los hombres cometen algún abuso. Si al final va a resultar que la auténtica feminista soy yo. Pero mi hija dice que hay que salir a la calle y denunciar, y hacer visible los siglos de patriarcado que hemos sufrido. ¡Cuántas mentiras! Con lo que he peleado para que ella sea una mujer independiente, inteligente, con carrera universitaria, para que viviera con honradez y nadie pudiera pisotearla, para que nadie se burlase de ella y la tratasen con toda la dignidad que se merece. Pues no. Ahora dice que su marido la impedía crecer y que necesita sentirse realizada a través de otras ocupaciones. Que la gente del partido le ha enseñado a valorarse, que ahora es cuando realmente siente que su vida tiene sentido. ¡Válgame! ¿Y todo el trabajo que hemos hecho su padre y yo? Eso ya no le importa, ahora está empecinada en poner un negocio de vinos, que uno del partido le ha dicho que le vendrá muy bien para promocionarse entre los empresarios y en su carrera política. ¡Vaya desatino! No será si yo lo puedo impedir, que ya está bien, ella lo que tiene que hacer es volver con su marido, que es el que más la quiere, y seguir con su profesión sin meterse en camisas de once varas, que la deben 3000 euros y no sabe cómo los va a recuperar. Si se mete en berenjenales será por encima de mi cadáver. No le consiento que eche a perder su vida en nombre de no sé qué ideales y no sé qué principios. Principios de señoritas desocupadas, de gente ociosa, de personas vagas que solo emplean su tiempo en adoctrinar a los ingenuos que no se han esforzado en su vida. Gentes que aleccionan a los demás y en el fondo tienen un gran vacío dentro. Eso es lo que pienso y nadie me va a hacer cambiar de opinión.”
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
18 DE NOVIEMBRE DE 2022
¡Qué tiempos! ¡O tempora. o mores! ¡Oh, tiempo de los moros!
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